Docente y fundadora de MB Arquitectura y Diseño, Michèle Berho habita el oficio como un proceso continuo de aprendizaje. Entre la docencia universitaria,la práctica profesional y su emprendimiento creativo, su historia revela una arquitectura hecha de tiempo, ética y emoción.
En Viña del Mar, a unas cuadras del Pacífico y de las brisas que arrastran el olor salino por las calles empinadas, está el epicentro de un taller que parece contener, en miniatura, una escuela entera de pensamiento. Allí trabaja Michèle Berho, arquitecta, docente y fundadora de MB Arquitectura y Diseño, quien lleva casi dos décadas construyendo una manera particular de entender el oficio: rigurosa y sensible, técnica y emocional a la vez.
Michèle pertenece a esa generación de arquitectos que aprendieron a dibujar con lápiz, pero que abrazaron la tecnología cuando aún era promesa. Lo suyo ha sido siempre el cruce entre mundos: entre la arquitectura y el interiorismo, entre la academia y el ejercicio privado, entre la técnica y la intuición. “Yo siempre he hecho clases, desde el 2007 a la fecha. Y siempre he tenido mi oficina. Me gusta esa mezcla: la práctica y la enseñanza se alimentan mutuamente”, dice.
Su voz tiene el tono de quien mira hacia atrás con agradecimiento, pero también con una cierta urgencia por seguir moviéndose.
“Llevo casi veinte años con la oficina, pero nunca he querido perder la escala humana del trabajo. Si tú quieres trabajar conmigo, vas a trabajar conmigo. No con mi nombre. No con una marca”, enfatiza.
MB Arquitectura y Diseño es hoy una oficina que combina proyectos de vivienda, edificios y diseño interior, con un sello que nace, precisamente, de esa doble mirada: el rigor técnico y la empatía por la forma en que la gente realmente vive.

La niña que jugaba a hacer ciudades
Antes de la arquitecta, hubo una pequeña que pasaba las tardes ordenando monitos de Fisher Price, construyendo avenidas con bloques y estaciones de servicio, inventando escenarios posibles para una ciudad diminuta.
“Mi papá siempre me decía que yo era su pequeña urbanista, porque me podía pasar horas generando combinaciones de calles y casas”, recuerda entre risas.
En su infancia también había algo de teatro doméstico. “En esos muebles antiguos con estanterías, sacaba los libros y armaba casitas de muñecas. Era como crear escenografías posibles”, cuenta.
Ese gesto —el de imaginar el habitar desde el juego— parece haber persistido hasta hoy. Su forma de entender la arquitectura sigue teniendo algo de esa exploración lúdica, pero encausada por la precisión de la técnica.
En su casa se respiraba arte. Su hermana mayor era diseñadora gráfica en la Universidad Católica, y Michèle creció acompañándola en sus primeros trabajos. “Siempre tuve acceso a buena tecnología, teníamos un Power Macintosh con impresora láser. Yo hacía los folletos de las fiestas del colegio”, recuerda divertida. La mezcla entre arte, diseño y curiosidad tecnológica se le grabó para siempre.

Una escuela en construcción
Cuando llegó el momento de elegir carrera, Michèle dudó. Pensó en diseño textil, pero algo la empujó hacia un camino más complejo. “Quería algo más”, dice. “Me interesaba el diseño, pero también la técnica. Y la carrera de Arquitectura en la Universidad Técnica Federico Santa María recién estaba comenzando. Era la tercera generación. Era ir a formar escuela”.
El desafío la atrajo como un imán. En una universidad dominada por ingenieros, el nuevo programa de arquitectura ofrecía una posibilidad inédita: construir una identidad desde cero.
“Era muy demandante, porque las matemáticas y la física eran fuertes, pero también muy enriquecedor. Teníamos profesores que venían de Alemania, de Italia, y otros chilenos que estaban marcando tendencia. Tuve módulos con Matías Klotz y clases con Oliver Lang. Era un privilegio”.
Ese cruce entre arte y tecnología la marcó profundamente. La U. Santa María, con su ADN ingenieril, le enseñó a dialogar con la estructura, a entender que el diseño no flota en el aire, sino que se ancla en la materia. Y que la arquitectura, más que un acto de creación aislada, es un ejercicio constante de conversación entre disciplinas.
“Era una escuela pequeña, muy cercana. Los profesores sabían tu nombre, había diálogo entre generaciones. Y uno sentía que estaba ayudando a construir algo nuevo”, recuerda.

Ida y vuelta
Apenas se tituló, un llamado cambió su rumbo. “La Universidad de Ferrara, en Italia, ofrecía un magíster en Programación Urbana con una beca increíble. Postulé con una colega y nos fuimos”. En esa ciudad del norte italiano —llena de bicicletas, ladrillos y ritmo universitario— Michèle entendió otra escala del diseño. “Fue un máster muy humano. La ciudad era pequeña, pero el pensamiento, enorme. Aprendimos a mirar la ciudad como organismo vivo”.
El acuerdo con la beca implicaba regresar a Chile y devolver la mano haciendo docencia. “Volví a la Santa María, pero al principio no había cupos. Me llamaron recién tres años después”, cuenta. Ese tiempo de espera, sin embargo, se transformó en su mejor escuela. “Creo que fue excelente. Hoy lo recomiendo: antes de enseñar, hay que ejercer. Es importante tener oficio, embarrarse las manos. La arquitectura se entiende desde la práctica”.
Cuando finalmente ingresó como profesora de taller de primer año, lo hizo con esa mezcla de rigor técnico y mirada empática que la caracteriza. Su aula se transformó en un espacio de exploración, de ensayo y error, de dibujo a mano y preguntas abiertas. “Yo siempre les digo a mis estudiantes que la arquitectura no se enseña: se contagia”, afirma.

Los primeros planos del oficio
En 2005, de regreso en Chile, Berhó fundó su oficina junto a la arquitecta Macarena Barrientos. Así nació MB Arquitectos, que más tarde se transformaría en MB Arquitectura y Diseño, reflejando la ampliación de su práctica hacia el interiorismo y el mobiliario. “Hoy quiero que el nombre abarque más, que refleje lo que realmente hacemos”, explica.
Su primer proyecto fue monumental: una vivienda de 700 metros cuadrados en Pinares de Montemar, Concón. “Fue nuestro primer gran encargo, una casa de ocho habitaciones, dos piscinas, sauna, todo. Le llamo mi doctorado en arquitectura doméstica”, ríe.


El desafío técnico fue enorme, pero el aprendizaje, mayor.
“Ahí entendí lo que significa realmente trabajar con un cliente, dónde poner límites, cómo negociar, cómo escuchar. La arquitectura no es solo diseño, es relación”.
Durante esos años, Berho también trabajó en Estudio Tres, una oficina local de gran prestigio, donde estuvo a cargo del diseño interior de proyectos de edificación en altura.
“Ahí me especialicé en terminaciones, materiales, lenguaje del color. Sin saberlo, estaba entrando al mundo del interiorismo”.
Esa experiencia la llevó a colaborar con arquitectos como Harken Jensen, participando en proyectos emblemáticos como el Hotel Radisson Acqua en Concón.
“Trabajábamos como intermediarios entre la arquitectura y la decoración. Diseñábamos los planos de detalle que no veía nadie. Era fascinante”.
También participó en la habilitación de oficinas para Merval, reutilizando durmientes y piezas metálicas del tren para fabricar mobiliario. “Era puro reciclaje y diseño. Ahí aprendí que el material tiene memoria”.
El juego de las escalas
Con el paso de los años, MB Arquitectura consolidó un sello: un enfoque integral que abarca el proyecto desde la estructura hasta la última lámpara. “Nunca hay proyectos pequeños. Para nosotros, diseñar un mueble tiene la misma dedicación que una casa entera”, dice Michèle.



Hoy la oficina cuenta con un equipo estable y una cartera activa de proyectos residenciales, remodelaciones y un nuevo desafío: su primer edificio de vivienda y uso mixto en el centro de Viña del Mar.
“Es un edificio de seis pisos con subterráneo, que combina un centro médico y departamentos. Es especial porque dialoga con la escala del barrio. Para mí, la ética hacia la ciudad es fundamental. No quiero construir algo que rompa el contexto”, explica.
Esa conciencia urbana —de respeto por el entorno y proporción— parece extenderse a toda su obra. En sus casas, los materiales y medidas se adaptan al territorio: piedra y madera en zonas boscosas, amplios ventanales frente al mar, muros cálidos en paisajes urbanos densos. “Me interesa que los proyectos se mimeticen, que dialoguen con su entorno. No me gustan los gestos que irrumpen sin entender dónde están”.
La arquitectura como sociología
En la conversación, Michèle Berho repite varias veces la palabra habitar. No habla de casas, sino de modos de vida.
“Más que el estilo, me interesa entender cómo la gente vive. Qué les gusta hacer, cómo cocinan, si leen, si se juntan en la cocina o prefieren el living. De eso depende todo”.
Su método parte siempre de la observación, casi como una entrevista antropológica. “Yo les digo: la casa la hacemos entre los dos. Yo los llevo a ver obras terminadas y les pregunto con cuál se identifican. Así empiezo a leer su lenguaje”.
A veces, ese diálogo se transforma en una historia de vida.

“Tuve clientes que venían del sur y querían traer su pedacito de sur al bosque de Reñaca. Trabajamos con madera nativa, piedra, tonos cálidos. Otros, en cambio, querían transparencia, vidrio, limpieza. Ninguno de los dos enfoques es mejor. Lo importante es la coherencia entre quien habita y lo que habita”.
Ese equilibrio entre técnica y emoción define su práctica. Habla del confort térmico, de la orientación solar, del recorrido de la luz. Pero también de las emociones que genera un espacio. “Ahora está muy de moda la neuroarquitectura. Pero en realidad, siempre ha estado ahí, es casi sentido común: se trata, muy básicamente, de distribuir y hacer cosas para que la vida se haga más fácil”.
La sala de clases como laboratorio
Para Michèle, la docencia es una extensión natural de su práctica. “Hacer clases te mantiene vigente. Te obliga a cuestionarte. Te conecta con los jóvenes y sus formas de mirar el mundo”. Desde 2007 enseña en la Universidad Técnica Federico Santa María, principalmente en talleres de primer año, donde la arquitectura aún es un territorio desconocido.
“La enseñanza ha cambiado muchísimo. Hoy los alumnos llegan con más herramientas digitales, pero menos paciencia para el proceso. Antes, la carrera duraba seis años; ahora dura cinco, y todo se comprime. Hay que enseñar a caminar antes de correr”, reflexiona.
También habla del respeto, de los nuevos códigos dentro del aula, de cómo la arquitectura refleja los cambios sociales. “Lo que pasa en la sociedad se traspasa completamente a la sala de clases. Hay que tener sensibilidad, empatía, cuidado en el lenguaje. Pero también pasión. Siempre les digo: si no aman la arquitectura, se van a frustrar. Es una carrera que te acompaña en toda la vida”.

Sus alumnos la recuerdan por su energía y por su insistencia en la ética del oficio. “La arquitectura no se enseña, se contagia, repite. Y esa contagiosa mezcla de entusiasmo y rigor técnico es quizá su mejor legado.
Papelita: un respiro entre planos
En medio de planos, maquetas y renders, Michèle encontró un refugio inesperado: Papelita, su pequeño emprendimiento creativo. “Nació como una forma de desestresarme. Me gusta trabajar con las manos, hacer manualidades. Es otra escala, pero sigue siendo diseño”.
El proyecto, ligado a la Cámara Chilena de la Construcción a través de MundoSocios, mezcla origami, reutilización de materiales y decoración infantil. “Es un mini negocio, pero me ha enseñado mucho. Desde cómo fotografiar mis productos hasta cómo pensar el diseño como un proceso circular”, cuenta.
A través de Papelita, redescubrió el placer de lo manual. “Cuando estás todo el día frente a pantallas, doblar un papel te reconecta. Y de paso, he conocido gente increíble. Me mantiene curiosa”.
Nunca dejes de aprender (ni de enseñar)
Evidentemente, para Michèle Berho la arquitectura no se detiene en la forma. Es una ética, una manera de mirar el mundo. “Para mí, la responsabilidad con la ciudad es fundamental. No quiero crecer a cualquier costo. Me interesa seguir involucrada en los proyectos, estar en obra, conocer a las personas”.
Su mirada hacia el futuro no está marcada por la ambición, sino por el deseo de profundidad. “Me encantaría retomar el área de decoración y seguir aprendiendo. Estoy haciendo un curso de paisajismo, porque me fascinan las plantas. Quiero que nuestros proyectos sean cada vez más integrales, que incorporen la luz, el mobiliario, el jardín. Todo el recorrido sensorial del habitar”, comenta la profesional que también ha participado en publicaciones de libros – algunas en conjunto con la TUB de Berlin y la PUC- y en varios congresos de arquitectura internacional.

Antes de despedirse, deja una reflexión que bien podría ser la columna vertebral de su filosofía:
“Para nosotros no hay proyectos pequeños. Diseñar un mueble o una casa es lo mismo: en ambos ponemos todo el corazón. La arquitectura, finalmente, es un acto de amor y de responsabilidad. Y como le digo siempre a mis alumnos: la ética es lo que te sostiene cuando el resto cambia.”





Quizás por eso, cuando habla de sus estudiantes, se emociona un poco. “Les diría que se enamoren de la arquitectura. Que entiendan que no se trata solo de diseñar, sino de aportar algo a la sociedad. El arquitecto es un mediador: reúne información, la combina y la convierte en algo útil y bello. Esa es nuestra tarea”.
Y así, entre clases, obras y papeles doblados, Michèle Berho sigue trazando líneas, imaginando espacios, enseñando a mirar. Su historia —la de una arquitecta que nunca quiso dejar de aprender— es también la historia de una manera de ejercer el oficio: con humildad, con cariño, con conciencia del lugar que se habita y el legado que se deja.








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