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Paulina Zañartu: Diseñar la luz, habitar la sombra

Mar 27, 2026 | Destacados, Reportajes | 0 Comentarios

Entre lo técnico y lo intuitivo, Paulina Zañartu construye una práctica que desborda el interiorismo para convertirse en experiencia: espacios que se sienten, objetos que se contemplan y una mirada que entiende el diseño como una forma de habitar el mundo.

La mañana no irrumpe… se desliza. Entra por la ventana con una calma casi imperceptible, se posa sobre los muros blancos, rebota en las superficies claras y empieza, lentamente, a construir el espacio. No hay dramatismo en ese gesto, pero sí una precisión silenciosa. La luz no solo ilumina: ordena, jerarquiza, define.

Paulina Zañartu la observa con atención.

No es una observación técnica —no mide, no calcula—, sino una lectura. Como si en ese recorrido se revelara algo más profundo: una forma de habitar.

“Para mí la luz es lo más importante. De verdad creo que cambia todo. No es solo un tema estético, es cómo se siente el espacio. La luz te hace más feliz, te abre el lugar, lo hace respirar. Yo siempre parto desde ahí”.

En esa afirmación, aparentemente simple, se condensa una manera de proyectar que no comienza en el objeto ni en el plano, sino en la experiencia.

Entre lo técnico y lo intuitivo

La trayectoria de Paulina no se construye en línea recta. Desde el inicio, su camino se mueve en una tensión constante entre lo aprendido y lo buscado, entre la estructura y la intuición.

Su formación como diseñadora industrial estuvo marcada por una lógica técnica, rigurosa, donde el objeto debía responder a parámetros claros: función, materialidad, producción. Sin embargo, incluso en ese contexto, algo no terminaba de encajar.

“Yo siempre fui más soñadora. Sentía que todo estaba muy enfocado en lo técnico, en resolver, en ejecutar y a mí me interesaba otra cosa. Me interesaba la creatividad, lo artístico. Sentía que estaba empujando hacia otro lado”.

Esa incomodidad inicial no se transformó en resistencia, sino en motor. En una intuición temprana de que su práctica no iba a definirse por la especialización, sino por la mezcla.

“Para mí nunca hubo una separación real. Diseño, arte, arquitectura… todo está en el mismo lugar, solo que se expresa de distintas formas”.

Italia y el descubrimiento del origen

Un punto de inflexión importante se expresa durante su paso por el Politécnico de Torino. Más que un aprendizaje técnico, es un cambio de mirada.

“Ahí entendí que diseñar no es solo hacer, sino entender de dónde vienen las cosas. Por qué un objeto es como es, qué historia tiene detrás”.

Italia instala en su práctica algo que luego se vuelve fundamental: el valor del contexto.

“Cuando volví a Chile sentí que eso faltaba. Que muchas veces se diseñaba sin esa base, sin esa historia. Y para mí eso es clave. Es como estudiar arte sin saber historia del arte”.

Ese descubrimiento no se pierde. Se transforma en una capa permanente de su forma de pensar el diseño.

Seguir Educando la mirada

De vuelta en Chile, su paso por Interdesign funciona como una segunda formación, esta vez desde la práctica.

Entra como vendedora, pero rápidamente empuja su rol hacia el diseño. No desde una estructura formal, sino desde la insistencia personal.

“Yo pedí ser diseñadora. Quería estar en el proceso, no solo en la venta. Entender cómo se armaban las cosas, cómo se pensaban”.

Ese tránsito le permite entrar en contacto con marcas internacionales, con referentes europeos, con una forma de trabajo donde el diseño se articula como sistema.

Pero hay dos áreas que terminan marcando profundamente su mirada: el mobiliario y la iluminación.

“La iluminación fue clave. En ese momento no lo dimensioné tanto, pero después entendí cuánto me había marcado. Aprender a mirar la luz, a entender cómo construye un espacio… eso se me quedó”.

A partir de ahí, la luz deja de ser un elemento técnico y pasa a convertirse en una herramienta proyectual.

La experiencia como eje

En paralelo, otra capa comienza a tomar forma.

Viajes, vitrinas, restaurantes, tiendas. No como escenarios, sino como experiencias completas.

“Me fijaba en todo. En cómo te recibían, en cómo estaba armada la vitrina, en cómo recorrías el espacio. Era entrar a un mundo”.

Ese contraste con la realidad local se vuelve evidente.

“En Chile eso no pasaba tanto. Faltaba intención. Faltaba pensar la experiencia completa”.

La inquietud se transforma en pregunta: cómo diseñar no solo un objeto o un espacio, sino lo que ocurre en él.

Esa búsqueda la lleva a estudiar diseño de servicios. Un espacio más estructurado, que le permite ordenar su intuición.

“Era más sistemático, más rígido, pero me ayudó a entender lo que quería hacer. A darle forma”.

Pero su referencia no es técnica. Es emocional.

“Siempre lo pensé desde algo más cercano a Disney. Ese nivel de experiencia donde entras a un lugar y sientes que estás en otro mundo”.

Función /contemplación

En paralelo al espacio —y casi como una extensión inevitable de él— aparece el objeto. No como complemento ni como accesorio, sino como una presencia con peso propio, con autonomía, con carácter.

En el caso de Paulina, el objeto no responde únicamente a la lógica funcional que tradicionalmente estructura el diseño industrial.

Su aproximación se mueve en un territorio más ambiguo, más tensionado, donde la utilidad convive con la contemplación, y donde la forma no necesariamente se subordina al uso.

“No me interesa tanto que sea perfecto en términos funcionales”, explica, deteniéndose un momento, como si necesitara precisar la idea.

“Obviamente tiene que funcionar, pero no es lo principal. A mí me interesa el objeto como algo que tú puedas mirar, que tenga presencia, que genere algo”.

Esa búsqueda se hace evidente en las piezas que ha desarrollado hasta ahora: una silla, una mesa auxiliar, un escritorio. Objetos que, más que resolver una necesidad, parecen proponer una relación.

La silla —que ella misma describe como un “trono”— es quizás el mejor ejemplo de esa tensión.

“No es una silla pensada para tener diez iguales en un comedor. No está hecha para eso. Yo la imagino más bien como una pieza única, en un lugar específico, casi como si estuviera ahí para ser observada”.

La referencia no es casual. Hay algo en esa idea de “trono” que remite a una cierta solemnidad, a una carga simbólica que excede lo cotidiano. Pero al mismo tiempo, la forma no cae en el exceso ornamental. Por el contrario, se sostiene en líneas rectas, en una estructura contenida, casi austera.

Y es ahí donde aparece una de sus contradicciones más interesantes: la convivencia entre lo gótico y lo minimalista.

“Me gusta mucho lo gótico. Esa cosa más oscura, más intensa, incluso un poco incómoda. Pero al mismo tiempo soy muy minimalista… Siempre estoy tratando de mezclar cosas”.

Esta mezcla, en particular, no se traduce en ornamento, sino en tensión. En cómo un objeto puede ser formalmente simple, pero emocionalmente cargado.

“Lo gótico no es bonito en el sentido clásico. No es algo que tú mires y digas ‘qué lindo’. Es algo que te sobrecoge, que te intimida un poco. Y eso me interesa”.

Incluso en esa exploración, hay una decisión formal consistente: evitar la organicidad en la forma.

“Yo no soy una diseñadora orgánica en ese sentido. Mis líneas son más rectas, más contenidas”.

Sin embargo, lo natural aparece con fuerza en la materialidad.

“Lo orgánico lo llevo al material. A la madera, a la piedra, a cómo se muestran. Me interesa esa crudeza, esa honestidad”.

Ahí emerge otra capa de su pensamiento: una afinidad con lo brutal.

“En la naturaleza hay algo brutal. Todo es hermoso, pero también están los volcanes, los terremotos… hay una fuerza que no es suave. Y eso también somos nosotros”.

El objeto, entonces, deja de ser solo una pieza dentro de un espacio. Se convierte en una condensación de ideas: estética, materia, emoción, memoria.

El territorio de lo indomable

Si el estudio es estructura, encargo y coherencia, Gastumendia, el alterego artístico de Paulina, aparece como su contracara necesaria: un espacio donde el control se suspende y donde el proceso deja de responder a una expectativa externa.

“Ahí no hay cliente, no hay reglas. Puedo hacer lo que quiera”, dice, con una claridad que no deja espacio a dudas.

Sin embargo, esa libertad no implica liviandad. Por el contrario, es en este territorio donde su trabajo adquiere una densidad distinta, más introspectiva, más cargada de capas invisibles.

Sus obras —principalmente digitales— se construyen a partir de líneas que, en una primera mirada, podrían parecer simples. Pero esa simplicidad es engañosa.

“Detrás de esas líneas hay mucho. Pensamientos, cosas que he vivido, incluso sueños. No es algo decorativo, es algo que viene de adentro”.

El proceso, además, incorpora una variable que rompe con la lógica de control total: el resultado final no está completamente definido hasta el momento de la impresión.

“Yo trabajo en el computador, pero cuando imprimo, el cuadro cambia. Se mueve. Y ahí recién veo si funciona o no”.

Ese momento —casi revelador— transforma la obra en algo que se termina de construir fuera de la pantalla.
“Hay veces que no resulta, y simplemente no funciona. Pero cuando sí, pasa algo, lo sientes”.

Gastumendia no es un desvío dentro de su práctica. Es el lugar donde su lenguaje se libera de toda traducción funcional.

Diseñar en red: la familia como estructura

Hay una dimensión menos visible en su trabajo, pero profundamente significativa: la forma en que decide construir su estudio.

Lejos de la estructura tradicional de oficina, su proyecto se articula desde un núcleo familiar.

Trabaja con su madre, sus hermanos, su prima. Pero no desde la informalidad, sino desde roles definidos, responsabilidades concretas.

“Mi mamá supervisa, y tiene un ojo increíble. Es muy detallista, muy rigurosa. Llega a un proyecto y detecta cosas que a veces uno no ve”.

Esa colaboración no es solo práctica. Es también una declaración.

“Me gustaría poder integrar a más mujeres mayores. Siento que hay muchas que tienen una capacidad increíble y que quedan fuera del mundo laboral”.

En ese gesto, el estudio deja de ser solo un espacio de diseño para convertirse también en una forma de organización, donde la experiencia y la sensibilidad tienen un valor central.

La decisión de no elegir

En un entorno que insiste en la especialización como camino, Paulina toma una decisión distinta: no reducirse.

“No quiero enfocarme en una sola cosa. Siempre me lo dicen, pero no me hace sentido”.

Su práctica se despliega en múltiples direcciones —interiorismo, branding, objeto, arte—, pero no desde la dispersión, sino desde una lógica interna coherente.

“Para mí todo está conectado. No son áreas separadas. Es el mismo lenguaje que se expresa de distintas formas”.

Esa postura no es solo profesional. Es profundamente personal.

“Si quiero diseñar muebles, lo hago. Si quiero hacer arte, también. No veo por qué tendría que elegir una sola cosa”.

Traducir una vida en espacio

Si hay un lugar donde todas las capas del trabajo de Paulina Zañartu se encuentran —la técnica, la intuición, la experiencia, la observación— es en el interiorismo. No como disciplina aislada, sino como un territorio donde todo converge: el habitar, el objeto, la luz, la emoción.

Su aproximación no comienza en referentes formales ni en tendencias. Comienza en el otro.

“Cada proyecto, cada creación, nace de entender al cliente. Siento que entro en su mundo y, desde ahí, puedo encontrar lo que necesita”.

Esa idea, que podría leerse como una declaración común, en su caso adquiere una dimensión mucho más profunda. No se trata solo de recopilar gustos o referencias visuales, sino de construir una especie de mapa íntimo: cómo vive esa persona, cómo se mueve en su espacio, qué necesita —aunque no siempre lo sepa— para habitar mejor.

“Yo investigo mucho. Me meto en la vida del cliente, en su rutina, en su forma de ser. No es solo ‘me gusta esto’ o ‘no me gusta esto’. Es entender cómo vive realmente. Porque desde ahí el diseño deja de ser algo superficial y empieza a tener sentido”.

A partir de esa inmersión, el proyecto se organiza desde una lógica que, aunque parece simple, es profundamente estratégica: limpiar para amplificar.

“Me buscan mucho por mi estilo clean, por cómo trabajo la luminosidad. Me interesa que los espacios se sientan más amplios, más abiertos, más livianos. Y eso no es solo una decisión estética, es una forma de mejorar cómo se habitan”.

Esa decisión se traduce en una base clara, contenida, donde predominan los tonos neutros y las superficies limpias.

Esa “limpieza” no es vaciamiento, sino control. Una manera de eliminar lo innecesario para que lo esencial aparezca con claridad.

El uso del color responde a esa misma lógica.

“Trabajo mucho con blancos, con beige, con bases neutras. Porque la luz se potencia ahí, se mueve mejor. Yo siempre pienso el espacio desde la luz. Qué zonas la necesitan, cuáles no, cómo entra, cómo se distribuye. La luz se potencia cuando no la bloqueas. Por eso no me gusta recargar demasiado los muros. Prefiero trabajar con detalles, no saturar,
Pero tampoco me interesa que todo sea plano. Siempre hay un quiebre”.

Ese quiebre —que aparece como un gesto constante en su relato— es el momento donde el espacio deja de ser completamente predecible.

“Puede ser el negro, puede ser un material, puede ser un objeto. Pero siempre hay algo que rompe esa calma. Me interesa esa dualidad, ese contraste”.
No se trata de una decisión decorativa, sino de una forma de introducir tensión dentro de un sistema controlado. Una manera de evitar que el espacio se vuelva neutro en exceso

“Si todo es igual, no pasa nada. Necesitas algo que te mueva, aunque sea sutil”.

Ese equilibrio entre lo contenido y lo disruptivo es, probablemente, uno de los rasgos más reconocibles de su trabajo.

Pero hay otra capa que atraviesa su interiorismo: la relación con el arte.

“Cuando creo, también me inspiro mucho en el arte. En lo bello, pero también en lo disruptivo. No todo tiene que ser ‘bonito’ en el sentido clásico”.

Esa influencia no siempre se traduce en piezas explícitamente artísticas, sino en decisiones más sutiles: cómo se compone un espacio, cómo dialogan los objetos, cómo se construye una atmósfera.

En ese sentido, su trabajo no busca replicar estilos, sino construir una narrativa espacial.

“Al final, el espacio tiene que contar algo. Tiene que sentirse propio. No puede ser una copia de otra cosa”.

La conexión con el branding aparece de manera natural.

“Lo mismo aplico al branding. Es exactamente lo mismo: entender la esencia de lo que estás trabajando y traducirlo. Ya sea en un espacio o en una marca”.

Esa transferencia entre disciplinas refuerza una idea central en su práctica: el diseño no cambia según el formato, cambia su escala.

Interiorismo, objeto, identidad… todo responde a una misma lógica de traducción.

Y en ese cruce, aparece nuevamente Gastumendia.

“Ese quiebre, esa dualidad, está muy presente en mi obra artística. En Gastumendia encuentro un espacio donde puedo llevar eso más lejos. Donde no hay límites”.

Lo que en el interiorismo se controla, en el arte se libera.

“Ahí hago poesía, pienso sin reglas. Es otro lugar, pero al mismo tiempo es lo mismo”.

Esa relación —entre contención y expansión— termina por definir su manera de diseñar interiores. Espacios donde la luz ordena, donde la materia sostiene, y donde siempre, en algún punto, aparece una tensión que los mantiene vivos.

Porque para Paulina, diseñar un interior no es resolver un programa. Es traducir una forma de vivir en un espacio que la haga visible.

Volver a la luz

La escena inicial se repite, pero ya no es la misma.

La luz ha cambiado de posición. Ya no entra: se instala. Define los bordes de los objetos, revela las texturas, dibuja las sombras con precisión. Nada parece arbitrario.

La claridad de los muros no es solo estética, es estrategia. El contraste no es un gesto decorativo, es una decisión consciente. La ausencia de exceso no es neutralidad, es control.

Y, sin embargo, hay algo que permanece abierto. Algo que no se puede medir del todo.

Quizás está en esa manera de entender al otro antes de diseñar. O en esa insistencia por no elegir un solo camino. O en esa tensión constante entre lo luminoso y lo oscuro, entre lo mínimo y lo intenso.

Paulina Zañartu no diseña desde la forma, diseña desde una sensibilidad que observa, que traduce, que construye.

Y en ese equilibrio —delicado, preciso, profundamente humano— aparece su verdadero trabajo: no solo diseñar espacios,
sino proponer una forma de habitarlos.

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