Desde Curicó, la arquitecta e interiorista Bernardita Lozano ha desarrollado una práctica que pone el habitar en el centro del diseño. Tras años trabajando en proyectos de gran escala en Santiago —incluyendo hoteles y residencias de alto estándar— decidió emprender un camino independiente que hoy combina arquitectura, interiorismo y vida familiar. Su trabajo se construye desde una premisa clara: comprender cómo viven las personas para proyectar espacios coherentes, luminosos y profundamente conectados con la experiencia cotidiana.
Temprano por la mañana, cuando la casa ya se vació de mochilas, cuadernos y carreras de último minuto, Bernardita Lozano vuelve a encender su computador. El silencio que queda después de la rutina familiar se transforma en espacio de trabajo. Entre planos, renders y reuniones con clientes, su jornada transcurre en un equilibrio que hace algunos años parecía improbable: diseñar proyectos de interiorismo y arquitectura mientras construye, al mismo tiempo, una vida familiar en Curicó.
Arquitecta de formación y dedicada al interiorismo desde hace más de una década, Bernardita ha desarrollado una carrera que se mueve entre dos escalas aparentemente opuestas: la precisión técnica de la arquitectura y la intimidad de los espacios habitados.
Hoy, desde su estudio BLI Interiorismo, trabaja de manera independiente desarrollando proyectos residenciales y comerciales que comparten una premisa clara: entender cómo viven las personas antes de diseñar cualquier espacio.
“Para mí la arquitectura no es desde afuera hacia adentro”, explica. “Es desde adentro. Desde cómo se habita”.
Una sensibilidad inesperada
Curiosamente, su inclinación por lo creativo no nació en un entorno artístico. Bernardita creció en una familia marcada por lo técnico: ingenieros, números y estructuras lógicas. En ese contexto, la estética parecía ocupar un lugar secundario.
Sin embargo, había una excepción.
“Mi mamá tenía una sensibilidad artística súper desarrollada”, recuerda. “Le gustaba pintar, le gustaba que todo se viera bonito, armónico. Yo creo que eso influyó mucho en mí”.
Ser la única mujer entre varios hermanos también contribuyó a desarrollar esa sensibilidad particular. Mientras compartía juegos y dinámicas con ellos, también observaba los espacios desde otro lugar, con una atención especial por los detalles y las atmósferas.
Pero fue fuera de casa donde esa intuición comenzó a tomar forma.
Los viajes familiares —una visita a un museo, una ciudad nueva, un edificio distinto— despertaron en ella una fascinación que terminaría definiendo su camino profesional.
“Yo me quedaba pegada mirando edificios, mirando cómo estaban diseñados los espacios”, cuenta. “Para alguien que creció en provincia, ver ciudades más grandes, con otra escala, con otra forma de habitar, te abre mucho la cabeza”.
Ese contraste entre lo cotidiano y lo monumental fue, en cierta medida, el primer acercamiento a la arquitectura.

El choque con la realidad
Estudió arquitectura en la universidad con entusiasmo. Como suele ocurrir en la carrera, los años de formación estuvieron llenos de proyectos ambiciosos, maquetas complejas y encargos imaginativos.
“En la universidad te piden diseñar un museo, un edificio cultural, proyectos increíbles”, rememora. “Trabajas todo el semestre, haces planos, maquetas, presentaciones. Sales de ahí con el pecho inflado”.
Pero la realidad profesional fue distinta.
Su primer trabajo en una oficina de arquitectura en Santiago estuvo lejos de esos ejercicios académicos. Regulaciones, trámites municipales y tareas técnicas ocuparon la mayor parte del tiempo.
“Te das cuenta de que no sales diseñando castillos”, dice entre risas. “Ahí te llega el golpe de realidad”.
Ese período, sin embargo, fue clave para entender el oficio desde otro ángulo. Aprender los procesos, las normativas y la dimensión práctica de la arquitectura terminaría siendo una base importante para lo que vendría después.
El verdadero punto de inflexión ocurrió lejos de Chile.

Nueva York y el descubrimiento del interiorismo
Un nuevo viaje a Nueva York, ahora ya arquitecta, cambió completamente su perspectiva.
Recorrer la ciudad con una formación arquitectónica reciente le permitió observar los espacios de manera distinta. Restaurantes, hoteles, tiendas, galerías: todo parecía hablar un lenguaje distinto, uno donde el interior tenía un protagonismo especial.
“Ahí me di cuenta de que quizás estaba enfocada en el área equivocada”, recuerda.
La experiencia fue tan reveladora que, al regresar a Chile, tomó una decisión radical: renunció a su trabajo y comenzó a buscar oportunidades en el mundo del interiorismo.
No tardó en encontrarlas.
Ingresó a una empresa dedicada a proyectos de interiorismo de gran escala, donde permanecería ocho años y llegaría a desempeñarse como gerente de proyectos. Durante ese tiempo participó en desarrollos de hoteles, residencias de alto estándar y espacios comerciales en distintas ciudades del país.
Fue ahí donde, finalmente, sintió que todo lo aprendido comenzaba a encajar.
“Ahí exploté profesionalmente”, dice. “Todo lo que tenía en la cabeza empezó a tomar forma”.
Más que diseñar objetos o decoraciones, el interiorismo le permitió explorar lo que realmente le interesaba: la relación entre las personas y los espacios que habitan.

La arquitectura desde adentro
Con el tiempo, Bernardita desarrolló una mirada clara sobre el diseño interior. Para ella, la arquitectura no comienza en la fachada ni en la forma exterior del edificio.
Comienza en la vida cotidiana.
“Lo que me interesa es cómo las personas viven un espacio”, explica. “Cómo se mueven, cómo lo usan, qué necesitan realmente”.
Ese enfoque define su proceso creativo. Cada proyecto comienza con una conversación extensa con el cliente, una instancia donde intenta comprender hábitos, dinámicas familiares, expectativas y formas de habitar.
“Me gusta hacer reuniones largas”, admite. “Necesito entender cómo vive la gente. Desde ahí mi cabeza empieza a funcionar”.
A partir de esa información comienza un proceso casi intuitivo donde aparecen ideas de distribución, atmósferas, materiales y luz. Pero ninguna decisión es arbitraria.
“La estética es el resultado de un análisis”, dice. “No es que algo se vea bonito porque tiene madera o vidrio. Es porque cada decisión tiene un sentido”.
La coherencia —entre uso, espacio y materialidad— es el criterio que guía cada proyecto.
Cuando esa coherencia aparece, el diseño se vuelve natural.



Volver a Curicó
Después de casi una década desarrollando proyectos de gran escala, la vida volvió a plantear una pregunta distinta: cómo equilibrar la carrera profesional con la vida familiar.
La respuesta llegó en forma de un regreso.
Hace siete años Bernardita y su marido Ignacio, decidieron volver a Curicó, la ciudad donde ella creció. El cambio implicó comenzar prácticamente desde cero en términos profesionales, pero también abrió una oportunidad inesperada.
“Tuve que reinventarme”, cuenta.
Lejos de ser un obstáculo, el contexto local terminó transformándose en un terreno fértil para nuevos proyectos. Con el tiempo, su estudio comenzó a crecer y hoy acumula más de cuarenta desarrollos entre viviendas, locales comerciales y proyectos de arquitectura interior y cuenta con distintos equipos de trabajo para la ejecución.
“Me ha ido demasiado bien”, dice con tranquilidad. “Estoy feliz”.
La escala de la ciudad también ha permitido algo que en Santiago resultaba más difícil: un equilibrio real entre trabajo y vida personal.
“Soy mamá, tengo un marido que me apoya 100% y trabajo”, resume. “Y hoy día puedo hacer todo”.

Proyectos que construyen ciudad
Entre los trabajos que más la motivan actualmente están losquinchos, remodelaciones y proyectos comerciales. Restaurantes, locales y pequeños centros comerciales se han convertido en espacios donde puede explorar su idea de arquitectura como experiencia cotidiana.
Uno de ellos es un strip center recientemente desarrollado en Curicó, que para ella representa algo más que un encargo profesional.
“Cuando ves que la gente disfruta el espacio, que lo pasa bien ahí, eso es lo que vale”, dice.
En esa idea aparece una de las motivaciones más profundas de su trabajo: entender el diseño como una forma de aportar a la vida de las personas y, de paso, a la ciudad.
“Si un proyecto logra que la gente se sienta bien, ya cumplió su propósito”.




Diseñar para que las personas sean felices
Cuando habla del futuro, Bernardita no menciona grandes gestos ni expansiones internacionales. Sus aspiraciones son, curiosamente, más sencillas y al mismo tiempo más ambiciosas.
Seguir diseñando espacios que funcionen.
Espacios donde la luz, la escala y la materialidad se alineen con la vida real de quienes los habitan. Lugares donde la arquitectura no se imponga, sino que acompañe.
“Mi propósito es que cada obra sea un bien para el usuario”, explica.
En una época donde el diseño muchas veces se mide en tendencias o imágenes, su enfoque parece ir en la dirección contraria: volver a lo esencial.
Entender cómo vivimos.
Y desde ahí, construir espacios donde la vida cotidiana —esa que ocurre después de que se apagan las cámaras y se cierran las revistas— pueda simplemente fluir.
Porque al final, como insiste Bernardita Lozano, la arquitectura más valiosa no siempre es la más espectacular.
Es la que hace que las personas se sientan bien en el lugar donde están.












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