Desde una práctica independiente, la arquitecta Pilar Fernández Ramírez ha construido Prisma Estudio como un espacio donde interiorismo y paisajismo se desarrollan de manera integrada. Su trabajo, que abarca desde remodelaciones hasta diseño de jardines, se basa en una observación atenta de cómo las personas habitan sus espacios. A través de un proceso cercano y profundamente técnico, sus proyectos buscan traducir necesidades cotidianas en lugares coherentes, donde la forma, la materialidad y la naturaleza dialogan con naturalidad.
Hay una escena que se repite en casi todos los proyectos de Pilar Fernández. Antes de cualquier plano, antes de elegir un color o una planta, hay una conversación larga frente al espacio. Puede ser en una cocina que ya no funciona bien, en un patio que parece desaprovechado o en un living donde los muebles nunca terminan de encontrar su lugar. Los clientes hablan. Se quejan de una puerta incómoda, de la falta de luz, de una planta que nunca prospera. Y mientras eso ocurre, ella escucha.
Para Pilar, ese momento —aparentemente informal— es en realidad el inicio del proyecto.
“Las personas mismas te revelan una cantidad enorme de información”, explica. “Sin esa conversación yo no podría diseñar nada”.
Desde esa premisa ha construido Prisma Estudio, una práctica independiente donde interiorismo y paisajismo conviven como dos dimensiones de una misma búsqueda: crear espacios donde las personas realmente quieran estar.
Pensar un lugar antes de que exista
Mucho antes de estudiar arquitectura, Pilar ya estaba interesada en algo más abstracto que las formas o los materiales: la sensación de los lugares.
“Siempre me gustó la idea de poder pensar cómo quiero que se sienta un espacio”, recuerda. “Llegar a un lugar y decir: qué cómoda me siento acá, qué bien se está”.
Ese interés apareció tempranamente y se mantuvo incluso durante su formación académica.
“En la universidad me encargaban diseñar un edificio de vivienda y yo terminaba diseñando también el parque”, cuenta entre risas.
No era una decisión consciente. Simplemente le parecía natural que arquitectura y paisaje formaran parte del mismo gesto.
Hoy, esa intuición se convirtió en una de las características más reconocibles de su trabajo.

La intensidad de la formación
Pilar estudió arquitectura en la Pontificia Universidad Católica de Chile, un entorno donde la exigencia académica y la crítica constante forman parte del proceso.
Como ocurre con muchos arquitectos jóvenes, el paso por los talleres estuvo marcado por un fuerte vínculo emocional con cada proyecto.
“Uno se encariña mucho con lo que diseña”, dice. “Defiende sus ideas, sus decisiones”.
Pero esa misma intensidad también fue parte del aprendizaje. La universidad permitió experimentar con libertad, imaginar proyectos ambiciosos e incluso imposibles.
“En los talleres puedes hacer cosas que en la realidad serían carísimas”, explica. “Eso te permite expresar ideas y después ir aterrizándolas”.
Ese proceso —partir desde lo ideal para luego encontrar el camino hacia lo posible— sigue siendo una lógica que hoy aparece en su práctica profesional.
El camino independiente
A diferencia de muchos arquitectos recién egresados, Pilar no comenzó su carrera dentro de una oficina tradicional. Su primer proyecto llegó casi inmediatamente después de terminar la universidad.
Ese primer trabajo marcó el inicio de una trayectoria independiente donde cada obra se transformó en una instancia de aprendizaje.
Hubo decisiones que funcionaron de inmediato y otras que exigieron corregir sobre la marcha: problemas técnicos inesperados, situaciones constructivas complejas o soluciones que debían aparecer con rapidez.
“Muchas veces aprendes con ensayo y error”, dice. “A mí eso me sirve mucho más que si alguien simplemente me lo explica”.
Con el tiempo, ese proceso fue construyendo una experiencia que hoy combina diseño, coordinación de obra y conocimiento técnico.

Interiorismo y paisajismo: una misma lógica
En Prisma Estudio, Pilar lidera los proyectos desde el diseño hasta la ejecución. Trabaja de forma directa con los clientes y coordina un equipo de maestros que participan según las necesidades de cada obra.
El proceso comienza siempre de la misma manera: con una reunión en terreno.
“No llego imponiendo nada”, explica. “Llego abierta a escuchar”.
Ese primer encuentro permite entender cómo se vive realmente el espacio. Qué funciona, qué incomoda, qué falta.
A partir de ahí comienza el desarrollo del proyecto, un proceso que suele incluir varias reuniones donde las decisiones se ajustan en conjunto con el cliente.
Pero detrás de esa dinámica cercana existe una dimensión menos visible del trabajo: la técnica.
“En el paisajismo, por ejemplo, uno tiene que saber qué planta funciona con qué tipo de suelo, con cuánta luz, con qué nivel de humedad”, explica. “Hay muchísimos parámetros”.
En las remodelaciones interiores ocurre algo similar. Instalaciones, estructuras, materiales y proporciones forman parte de una red de decisiones que rara vez se percibe en el resultado final.
“Lo que las personas ven es el espacio terminado”, dice. “Pero detrás hay un proceso técnico muy grande”.

Diseñar emociones
Aunque cada proyecto responde a un cliente distinto, hay una idea que aparece de manera constante en su trabajo: el espacio como experiencia.
Algunas veces eso se traduce en interiores tranquilos y neutros; otras, en decisiones más atrevidas que incorporan color o elementos inesperados.
“Me gusta poder introducir cosas que no son tan habituales”, explica. “Como un pequeño elemento sorpresa”.
Más que imponer un estilo rígido, su enfoque consiste en interpretar la personalidad de quienes habitarán el lugar.
Esa flexibilidad también se refleja en los proyectos de paisajismo, donde las decisiones botánicas conviven con una mirada espacial.
Un jardín, en ese sentido, funciona casi como una extensión natural de la arquitectura.

Aprender del proyecto
Cuando se le pregunta por hitos en su carrera, Pilar menciona algunos trabajos que la desafiaron especialmente.
Uno de ellos fue la remodelación de un pequeño departamento en el centro de Santiago, en la calle Miraflores, que realizó junta una socia y compañera de universidad. El proyecto tenía una condición particular: estaba destinado a arriendo temporal, por lo que no existía un cliente específico que definiera el programa.
«Pudimos proyectar sin ataduras, explorar materialidades, colores, soltar un poco más la creatividad», apunta la arquitecta
Esa libertad permitió además experimentar con soluciones espaciales poco convencionales: muebles que ocultaban almacenamiento, superficies continuas que reorganizaban el espacio y decisiones cromáticas poco habituales.
Otro desafío importante llegó desde el paisajismo.
En un terreno dominado por pinos, donde el suelo ácido dificultaba el crecimiento de muchas especies, el diseño del jardín implicó investigar, probar y encontrar combinaciones vegetales capaces de prosperar en esas condiciones.
Fue un proyecto donde estética y conocimiento técnico debieron avanzar de la mano.
Una escala cercana
Cuando habla del futuro, Pilar no se imagina necesariamente liderando grandes oficinas ni desarrollando megaproyectos
Su motivación está en otra parte.
Le interesa seguir trabajando en una escala donde el vínculo con los clientes se mantenga cercano y donde el impacto del diseño se perciba directamente en la vida cotidiana.
“Cuando alguien te dice que le encanta su espacio o que lo disfruta todos los días, esa es la mejor sensación”, dice.
Es una satisfacción distinta a la de los proyectos masivos o anónimos: más íntima, más concreta.
Y quizás por lo mismo, más duradera.

El valor invisible del diseño
En un momento donde el interiorismo suele reducirse a tendencias visuales o imágenes en redes sociales, Pilar insiste en una idea que atraviesa todo su trabajo: el diseño es mucho más que estética.
Detrás de cada jardín que florece o de cada interior que funciona hay una red compleja de decisiones técnicas, pruebas y ajustes.
“Las personas ven el resultado”, dice. “Pero hay mucho conocimiento detrás de eso”.
Tal vez ahí reside el verdadero sentido de Prisma Estudio: en ese equilibrio entre intuición y precisión, entre sensibilidad espacial y resolución técnica.
Un lugar donde arquitectura y paisaje no compiten entre sí, sino que se complementan.
Porque al final, como sugiere Pilar Fernández, diseñar un espacio no es solo ordenar materiales o elegir plantas.
Es imaginar cómo alguien va a vivir ahí, y construir, paso a paso, el escenario donde esa vida ocurre.










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