Hay trayectorias que no comienzan con una epifanía ni con un plan trazado, sino con gestos cotidianos que, con el tiempo, revelan una vocación más profunda. En el caso de Catalina Varas Saelzer —arquitecto, interiorista y fundadora de su propio estudio— el diseño surgió desde la intuición: desde las manos inquietas y esa energía que siempre la ha impulsado a hacer, resolver y proponer.
La imagen es nítida para ella. “Con mi bisabuela hacíamos carteritas de origami. Yo tenía como diez años… y se las vendía”, recuerda riéndose. En ese simple acto aparecía ya la semilla de lo que más tarde sería su sello: creatividad espontánea, sensibilidad material y un temprano impulso emprendedor.
Hoy vive en Santiago, pero carga consigo el ritmo del sur donde creció. Ese equilibrio —entre dinamismo y calma— también se refleja en la manera en que aborda cada proyecto y cada cliente.
Hoy, más que arquitecto, Catalina prefiere definirse como emprendedora. “El camino a independizarse es otro mundo, algo que nadie te enseña”, dice. Y esa transición, lejos de ser solo un salto profesional, terminó dándole una mirada más amplia sobre su oficio: un equilibrio entre diseño, gestión y experiencia humana.
Quizás por eso, cuando habla de su oficio, vuelve una y otra vez a una idea sencilla: hacer hogar.
“Para mí, el lujo es estar en la casa. Eso es un privilegio que muchos tienen, pero no todos lo aprecian”.
Este reportaje recorre esa historia: la de una arquitecto sureña que encontró en el interiorismo no solo un lugar profesional, sino una forma de vida; la de una emprendedora que descubrió que los materiales, las texturas, los cielos y la luz pueden narrar una biografía; la de una mujer que no teme admitir que aún está aprendiendo, pero que ha construido, paso a paso, una voz propia en un oficio lleno de estilos, tendencias y ruidos. Una voz que apuesta, con convicción, por “la belleza de vivir liviano”.

Formación: aprender mirando, construyendo, habitando
Catalina estudió Arquitectura en la Universidad del Desarrollo, primero en Concepción y luego en Santiago. Su formación se fue ampliando de manera orgánica: diplomados, talleres de construcción en tierra, cursos intensivos y, más adelante, un postítulo en Arquitectura Interior en la Universidad de Chile.
Luego vinieron experiencias profesionales que le dieron perspectiva. La Dirección de Obras de Temuco le enseñó rigor.
Más tarde, su trabajo para una inmobiliaria brasileña redefiniría su visión del interiorismo.
“En Brasil el interiorismo es otra cosa. Allá entregan las casas casi en obra gruesa. Hay mucho arquitecto involucrado en el interiorismo. Es otra escuela.”
Esa escuela, centrada en la obra, los materiales y la luz, terminó consolidando su inclinación natural hacia la atmósfera y la composición. Años de obra le enseñaron que un interior bien proyectado no se construye desde la decoración, sino desde la arquitectura misma: desde cómo se conduce la luz, cómo conversan los materiales y cómo se respira el espacio.

Independizarse: un paso claro
En 2023, Catalina decidió independizarse. “Fue ambición”, admite con honestidad, aunque no se refiere a ambición desmedida, sino a la convicción de que era el momento correcto. Quería aprender aquello que no se enseña en la universidad: atención al cliente, procesos, comunicación, gestión, acompañamiento.
Su estudio nació de ese impulso. Es un espacio donde el diseño conversa con la experiencia del cliente, donde las decisiones se toman con calma y donde cada proyecto se vuelve un trabajo conjunto.
Hoy vive en Santiago, pero sigue trabajando entre la capital y Temuco, donde desarrolla una buena parte de sus proyectos
“Tengo equipo allá. Me obliga a viajar. Ha sido fácil”, cuenta.

La identidad del estudio:diseñar para que el cliente respire
En un mundo donde muchos estudios hablan de estilo, Catalina habla de experiencia. Su sello no está en una paleta de colores fija, ni en una estética replicable, ni en un lenguaje visual rígido. Su sello está en el proceso.
“Mi enfoque es la experiencia del cliente. Remodelar estresa. Mucho. Y yo absorbo ese estrés. A mí la obra no me produce estrés. Me encanta.”
Su proceso es simple: claridad, calma y acompañamiento. Su rol, dice, no es imponer, sino sostener.
“Yo los guío, pero nunca impongo. La casa la van a habitar ellos, no yo.”
Esa frase —dicha una decena de veces a lo largo de la conversación— resume casi todo lo que define su práctica: una mezcla fina entre dirección creativa y escucha honesta. Una arquitectura interior que busca coherencia más que estética fácil, permanencia más que tendencia pasajera.
Ese gesto ha construido algo fundamental: confianza.
“Los clientes tienen que confiar. De verdad. Los proyectos salen mejor cuando se entregan.”
Confianza que no solo permite avanzar, sino que mejora la calidad del resultado final.



El estilo: obra, luz y liviandad
Con los años, Catalina ha formado un lenguaje propio, uno que no depende de tendencias, sino de principios claros: materialidad honesta, luz bien pensada y espacios que respiren.
“A mí me gusta el diseño contemporáneo, sí… pero sobre todo me gusta que los materiales hablen, que el hogar respire en base a textura, iluminación, vegetación.”
Al hablar de colores y curvas, su tono cambia. Se ilumina.
“Me encanta cuando el cliente se atreve. Cuando deja la foto estándar de Pinterest y se abre a colores, a formas más blandas, a curvas. Me encanta proponer esas cosas, sobre todo porque la gente no se imagina que puede arriesgarse sin perder elegancia”.
Su idea de elegancia no es fría ni distante; es más bien una elegancia cotidiana, amable, ligera. Tiene mucho que ver con Brasil -sus referentes, su escuela, su formación profesional- y con la lógica tropical-minimalista que la marcó durante su trabajo en la inmobiliaria.
Esa apertura le permite proponer un interiorismo que no busca impresionar, sino acompañar. Que no busca llenar, sino dejar espacio. La vegetación ocupa un rol natural en esa lectura.
“La vegetación entrega tanto…”, dice, recordando quizás su propio origen rodeado de naturaleza.



Obra y asombro
La inspiración de Catalina viene de dos lugares que parecen opuestos, pero que en ella dialogan con naturalidad: el paisaje y la arquitectura icónica.
“Si tú no sabes combinar colores, vas al cerro y lo encuentras”, dice. “Todo está hecho ahí. Miras un pajarito y están los colores perfectos.” Lo dice con un entusiasmo que no se desgasta, como si cada referencia natural fuera también un recordatorio de su origen.
Con la misma emoción habla de sus viajes a obras de personajes icónicos: Le Corbusier, Oscar Niemeyer, Frank Lloyd Wright, Zaha Hadid.
“Cuando conoces la Notre Dame Du Haut o bien conocida Ronchamp dices: ya está. Ya todo está hecho.”
Ese asombro —entre lo natural y lo monumental— sostiene su búsqueda por coherencia, sentido y profundidad. Entre esos dos polos, el paisaje rural y la urbanidad de Le Corbusier, Catalina construye un imaginario que está siempre en movimiento, siempre aprendiendo, siempre encontrando belleza.

El lujo de estar en casa
Si hay algo que atraviesa toda la vida de Catalina, es esta convicción: estar en casa es un lujo. Un lujo íntimo, sencillo, alcanzable, pero profundamente valioso. Lo repite cada vez que puede: “Para mí, estar en la casa es un lujo. Me encanta mi casa, mi familia, mi marido, mis gatitas. Me encanta ese ritmo”.
Su frase “El lujo de sentirse en casa” no es un slogan; es un retrato de sí misma. Viene de su origen sureño, de su necesidad de calma en medio de una ciudad que corre demasiado rápido, de la pausa a media tarde y de su manera de valorar lo que no siempre se mira con atención. Y junto con ese lujo aparece otra idea que la define: “la belleza de vivir liviano”.
“Para mí, vivir liviano es viajar con maleta de mano”, explica.
Crecer sin perder el ritmo
Además de los proyectos de su estudio de interiorismo, Catalina impulsa hoy su línea de papeles murales, Saelzer Studio, un proyecto que considera una extensión natural de su lenguaje. Mira con entusiasmo la idea de un showroom en el mediano plazo, un espacio donde mostrar su trabajo con libertad y recibir clientes con más cercanía.
Pero su crecimiento tiene su propio ritmo: atento, consciente y fiel a la manera que la distingue.
Un diseño que acompaña
Hacia el final, Catalina vuelve a la idea que parece sostener todo lo que hace: la confianza.
“Los arquitectos resolvemos”, dice. “Vemos algo complejo y lo solucionamos.” No lo dice desde el ego, sino desde la experiencia directa. Desde la conciencia de que su trabajo solo funciona cuando el cliente se entrega.

“Si yo contratara a un arquitecto, le diría: haz lo que quieras. Me iría para el lado.” Y lo dice convencida. Porque sabe que la libertad creativa no es un capricho: es una forma de lograr que el proyecto encuentre su mejor versión.
Esa misma invitación es la que hace a sus propios clientes: confiar en los materiales buenos, de calidad y locales en lo posible, en la obra bien hecha, en los procesos que toman tiempo, en la luz que ordena, en los espacios que respiran.
Catalina diseña desde un lugar íntimo, sereno y profundamente humano. Sus proyectos no buscan deslumbrar: buscan acompañar. Crear espacios donde las personas puedan llegar, reconocerse y sentirse —finalmente— en casa.










0 comentarios