En un territorio donde el clima obliga a mirar hacia adentro y el paisaje invita a abrirse hacia afuera, Lovivo Arquitectura, oficina liderada por Lorena Cárcamo Navarrete, se mueve entre esas dos fuerzas.
Ahí radica la diferencia: en comprender que la arquitectura no es una firma sobre el territorio, sino un diálogo.En Lovivo cada casa tiene un nombre. Cada espacio tiene una intención. Y en esa intención, cuidadosamente escuchada y proyectada, la arquitectura vuelve a ser lo que siempre fue: un lugar para vivir la vida.
El fuego está encendido y la familia reunida en torno a él. El frío obliga pero también brinda la oportunidad de vivir mejor, de encontrar ese abrigo junto a los queridos. Así es el sur de Chile, un lugar donde la casa no es solo una construcción: es refugio, memoria y paisaje. Desde allí nace Lovivo Arquitectura, el estudio fundado por Lorena Cárcamo Navarrete, arquitecta que ha hecho de la personalización y la impronta su forma de proyectar el mundo.
“Para mí, la arquitectura no es solo planos ni medidas: es escuchar, interpretar y transformar ideas en espacios que se sientan vivos”, dice. Y en esa frase se condensa el ADN de su oficina: diseñar hogares que no solo se habiten, sino que se vivan.

El origen: la casa como refugio
Lorena nació en Punta Arenas y creció en el sur, en un territorio donde el clima marca la manera de estar en el mundo. “Recuerdo salir a la niebla y al frío, pero saber que iba a volver a una casa calentita, acogedora”, cuenta. La imagen que vuelve una y otra vez es la de la estufa a leña, el sofá junto al fuego, la familia reunida alrededor del calor.
“Creo que desde ahí entendí, sin saberlo, que el espacio no es solo construcción, sino refugio”.
Esa noción primaria —la casa como abrigo físico y emocional— atraviesa su trabajo hasta hoy. No es casual que sus proyectos privilegien la madera, la luz natural y la conexión con el exterior: son extensiones contemporáneas de aquella memoria inicial.
Un camino que se afinó con el tiempo
Su ruta hacia la arquitectura no fue lineal, sino intuitiva. Primero estudió Diseño de Ambientes, luego Dibujo Arquitectónico y finalmente Arquitectura en la Universidad de las Américas, en Concepción. “Quizás siempre quise estudiar arquitectura, pero necesitaba encontrar mi propio ritmo. Empecé más lento, y eso me dio una base más profunda para lo que vino después”, recuerda..
En la universidad encontró un espacio exigente y formador. Los talleres marcaron un antes y un después, especialmente aquellos guiados por profesores que abordaban la arquitectura desde la composición y la experiencia espacial. “Me abrieron la mente. Conecté mucho con la manera de mirar el espacio y la volumetría. Más que influenciarme, me ayudaron a reconocer algo que ya estaba en mí”.
Tras egresar en 2011, su primer paso fue el servicio público. Trabajó en áreas de vivienda y planificación comunal en el sur de Chile. “Fue una etapa muy formadora en lo normativo, pero sentía que los proyectos eran repetitivos. Yo estudié arquitectura para crear”.
La necesidad de diseñar desde un lugar más personal fue el impulso definitivo. Así nació Lovivo.

Lovivo: vivir la arquitectura
“Lovivo nace desde la intención de entender la arquitectura como experiencia, no solo como construcción”, explica Lorena. El nombre es casi una declaración íntima: lo vivo, lo que se experimenta, lo que se siente. También, de forma sutil, su propio nombre resuena en él.
“Es vivir el proceso junto al cliente, vivir la naturaleza, vivir el paisaje. Es más que hacer una casa: es acompañar una historia”.
«Si tuviera que definir el estudio, hablaría primero de la impronta, de esa voluntad de que cada proyecto tenga carácter y presencia propia, que no pase desapercibido sin importar su escala. Luego mencionaría la personalización, porque no existen fórmulas repetidas ni proyectos tipo: cada vivienda nace desde cero, moldeada por la forma de vivir y los deseos de quienes la habitarán. Y, finalmente, la vinculación con el entorno, una condición ineludible en el sur, donde el paisaje no es telón de fondo sino protagonista activo del habitar», agrega con convicción.
En ese delicado equilibrio entre destacar y pertenecer se mueve su arquitectura. Casas que tienen presencia, pero que dialogan con el bosque, el lago o el volcán que las rodea.
El proceso: emoción y territorio
¿Cómo comienza un proyecto en Lovivo?
“Desde la emoción”, responde sin dudar. Pero no es una emoción abstracta, sino concreta: la del cliente y la del lugar.
Primero observa el territorio: la orientación, las visuales, la topografía y el clima. En paralelo, escucha con atención. “Me interesa entender cómo viven, cómo es su día a día, qué esperan realmente de su casa”.
Territorio y persona se entrelazan desde el inicio, como dos capas que se superponen hasta volverse inseparables. La técnica aparece después, no como imposición, sino como herramienta que ordena y hace viable esa primera intuición.
En ese proceso hay un gesto que se ha convertido en sello : cada casa recibe un nombre. No lo pone la arquitecta, sino sus dueños.
“Les propongo que nombren su casa desde el comienzo. Cuando una casa tiene nombre, deja de ser solo un proyecto y empieza a convertirse en historia”.
Algunos buscan significados profundos, otros optan por algo más sencillo. Pero el acto mismo genera pertenencia. “Quiero que sientan que la casa es realmente suya, que los representa”.

Función y estética: una sola cosa
En Lovivo no existe una tensión entre funcionalidad y belleza.
“Para mí no son cosas separadas. Cuando un espacio está bien pensado funcionalmente, la estética aparece de manera natural”.
La forma no se impone; emerge de la organización de la vida cotidiana. Las circulaciones, las visuales, la relación entre lo público y lo íntimo van definiendo una volumetría clara, de líneas precisas y carácter marcado.
Aunque no se encasilla en un estilo determinado, sus proyectos comparten ciertas constantes: grandes ventanales que capturan la luz del sur, horizontales marcadas, aleros generosos y cubiertas inclinadas que reinterpretan la tradición constructiva local.
“No me identifico con un estilo único. Puede ser más tradicional, contemporáneo o reinterpretar un galpón. Mi identidad está en los principios”.
Luz y materialidad: construir atmósferas
En el sur, la luz es un bien preciado. Los días cortos y el clima cambiante obligan a diseñar con conciencia térmica y lumínica.
“La luz es fundamental. Define la atmósfera y cómo se perciben los espacios a lo largo del día”, explica Lorena. Por eso los grandes vanos no son un gesto estético aislado, sino una estrategia que enmarca el paisaje y, al mismo tiempo, permite aprovechar el calor y la claridad natural.
En cuanto a materiales, privilegia aquellos que dialogan con el territorio. La madera aparece como protagonista tanto estructural como expresiva; la tejuela rescata tradición y textura; el zinc, reinterpretado en versiones contemporáneas, introduce contraste y modernidad sin romper la coherencia.
“Me interesa esa mezcla entre tradición y reinterpretación. Que los materiales hablen del lugar, pero desde una mirada actual”.
La sustentabilidad forma parte orgánica del proceso. Se expresa en decisiones como la orientación estratégica, la ventilación cruzada, la correcta entrada de luz y la elección consciente de sistemas constructivos que favorezcan el confort térmico. No es un añadido conceptual, sino una consecuencia natural de proyectar en el sur.
Arquitectura como forma de vida
Para Lorena, la arquitectura no es una disciplina distante ni abstracta. “Es el escenario donde ocurre la vida. Está presente todo el tiempo, aunque no seamos conscientes”.
Una buena arquitectura, hoy, debe avanzar con la tecnología y las nuevas formas de habitar, pero sin perder memoria. “No es solo innovación ni solo tradición. Es un equilibrio entre ambas”.
En la escena chilena reconoce una arquitectura diversa y resiliente, marcada por un territorio sísmico y extremo que obliga a adaptarse constantemente. El desafío está en mantener viva la creatividad dentro de marcos normativos que, a veces, no avanzan al mismo ritmo que la sociedad.

Acompañar de principio a fin
Lovivo Arquitectura se enfoca principalmente en el diseño de viviendas unifamiliares personalizadas, desarrollando cada proyecto de manera integral desde el anteproyecto hasta la tramitación municipal y la obtención del permiso de edificación. El acompañamiento continúa hasta la recepción final de obra, asegurando coherencia entre lo proyectado y lo construido.
Si bien no ejecuta directamente la construcción, Lorena trabaja con constructoras de confianza con las que ha desarrollado diversos proyectos, recomendándolas cuando el cliente así lo requiere. De esta manera, el proceso se mantiene articulado y fluido.
“Más que crecer en volumen, me interesa crecer en calidad. Profundizar en el diseño personalizado y, quizás, abrirme a nuevos programas sin perder la esencia” concluye Lorena, cuya impronta queda clara en el siguiente proyecto destacado.
Aulferhaus
Los Muermos | Los Lagos | Chile |2024
En medio de un bosque consolidado del sur de Chile se emplaza Aulferhaus, una vivienda concebida para integrarse al paisaje en lugar de imponerse sobre él.
El proyecto fragmenta el programa en volúmenes horizontales que se acomodan entre los árboles existentes, reduciendo el impacto y permitiendo que la naturaleza mantenga su protagonismo.
“El desafío principal fue insertar la arquitectura sin interrumpir la vegetación”, explica Lorena. La solución fue dividir la casa en piezas conectadas por pasarelas exteriores de madera, reforzando la experiencia de recorrer el bosque como parte de la vida cotidiana.
Sus propietarios —ambos escritores y uno de ellos pintor— requerían integrar un taller creativo. Este volumen, autónomo pero conectado, expresa su identidad sin romper la coherencia formal del conjunto.
Las líneas horizontales y los aleros marcados acentúan la relación con el suelo. Las cubiertas inclinadas reinterpretan la tradición constructiva del sur, mientras la madera dialoga con el entorno y el muro de piedra ancla la vivienda al terreno.
En el interior, la continuidad de la madera en muros y cielos genera una atmósfera cálida y envolvente. La doble altura del espacio principal y los grandes ventanales permiten un ingreso generoso de luz natural, enmarcando el bosque como una pintura viva.
Aulferhaus no solo es una casa: es refugio y taller, hogar y creación. Una síntesis precisa del espíritu Lovivo.

















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