a

Carlos Mardones Del Solar: Antes de la forma

Mar 27, 2026 | Arquitectura, Destacados | 0 Comentarios

En Mardones Del Solar Arquitectos, la arquitectura no se impone como forma, sino que se construye desde la escucha. A través de un proceso que entrelaza relato, experiencia y precisión, cada proyecto se afina como una composición donde las decisiones emergen desde quienes habitan y desde lo que el lugar sugiere. Más que definir espacios, su trabajo propone una manera de habitar que se revela lentamente, en ese punto exacto donde imaginar, dibujar y construir comienzan a coincidir.

Hay arquitecturas que se dejan reconocer de inmediato. Un gesto, una materialidad, una forma que insiste hasta volverse lenguaje. En la obra de Carlos Mardones Del Solar (Santiago, 1983), en cambio, esa identificación es más esquiva. No porque falte claridad, sino porque su trabajo se instala en un lugar anterior, más silencioso, donde el proyecto todavía no tiene forma pero ya comienza a organizarse.

Ahí, en ese territorio previo, lo que aparece no es una imagen, sino una manera de pensar.

“Para mí la arquitectura para las personas no es un concepto, es una forma de trabajar. Se traduce en decisiones bien concretas: cómo se define un programa, cómo se ajusta un espacio a una rutina real, o incluso cómo un proyecto cambia a partir de una conversación”.

Esa conversación —que en su práctica deja de ser un gesto inicial para transformarse en estructura— es, probablemente, el verdadero punto de partida.

Pero no siempre fue así.

Llegar a ese lugar implicó atravesar una serie de desplazamientos, donde el oficio heredado, la formación académica y la experiencia internacional fueron tensionando, poco a poco, una manera propia de hacer arquitectura.

Y esta es su historia.

La arquitectura como paisaje

Antes de cualquier definición, la arquitectura estuvo ahí, como una especie de fondo constante.
No como teoría, ni como vocación explícita, sino como algo que ocurría en lo cotidiano, casi sin ser nombrado.

“Crecí en un entorno donde la arquitectura no era un tema, era parte de la vida cotidiana. Más que conversaciones teóricas, lo que recuerdo es ver procesos: dibujos sobre la mesa, visitas a obra, decisiones que se tomaban en el día a día”.

Esa naturalidad, sin embargo, no resuelve del todo la relación con el oficio. Porque en algún momento, lo heredado necesita ser revisado. No para negarlo. Sino para poder habitarlo.

Pero, hay algo en esa escena que se repite sin estridencia, pero que termina por instalar una forma de mirar. La arquitectura entendida no como resultado final, sino como una secuencia de decisiones que se ajustan, se corrigen, se vuelven a pensar.

“Me llamaba la atención la facilidad con que mi padre resolvía programas a través del croquis”.

La imagen es simple, pero contiene una idea precisa: el dibujo como herramienta para entender, no como gesto final, sino como un lenguaje que permite ordenar lo complejo con cierta economía, casi intuitiva. Ahí también aparece, aunque todavía de forma implícita, una base que se mantendrá en el tiempo: el rigor.

Desarmar para volver a construir

Esa base se consolida durante su formación. Luego de un buen comienzo en la Universidad Finis Terrae, logra trasladarse a la Pontificia Universidad Católica de Chile, en una transición que no se vive como quiebre, sino como continuidad dentro de un proceso que empieza a tomar mayor densidad.

El cambio no implica desarmar lo aprendido, sino profundizarlo, ordenarlo, exigirle más.

“Hoy reconozco mucho de esa herencia en la forma de mirar y en el oficio, especialmente en el rigor”.

Ese rigor, lejos de limitar, se transforma en una estructura que le permitirá sostener procesos más abiertos sin perder precisión. Porque en paralelo comienza a aparecer una inquietud que todavía no tiene forma del todo, pero que insiste: la sensación de que el proyecto podía construirse de otra manera.

El primer experimento

Esa inquietud encuentra un primer espacio concreto al inicio de su carrera, cuando funda TRI Arquitectura junto a dos socios.

Más que una oficina, funciona como un campo de prueba donde el proyecto deja de organizarse desde una sola mirada y comienza a construirse en diálogo constante. Las decisiones ya no son inmediatas ni individuales: se discuten, se tensionan, se reformulan.

En paralelo, la oficina participa en concursos públicos, adjudicando proyectos como la Plaza Mayor de Maipú —que se construye— y la propuesta para la Restauración y Reposición del Mercado Central de Talca.

Son encargos que introducen nuevas variables: bases, normativa, tiempos, coordinación. La arquitectura empieza a enfrentarse a condiciones más complejas, donde el proyecto ya no depende únicamente de la voluntad del arquitecto.

Y, sin embargo, incluso ahí, algo sigue en movimiento. La colaboración existe, pero todavía no alcanza a desplegarse del todo.

Irse para poder ver

Ese movimiento continúa de manera natural cuando surge la posibilidad de irse a Australia a través de Becas Chile, combinando estudios y trabajo.

El viaje aparece entonces como una extensión de esa búsqueda. No como una pausa, sino como un cambio de contexto que permite mirar desde otra distancia.

Se instala en Sydney, cursa un máster en urbanismo en la Universidad de Sydney y se integra a FJC Studio, un de los más importantes del país, donde el trabajo ocurre en equipos más amplios y con una estructura distinta a la que venía experimentando.

Es ahí donde algo empieza a desplazarse con mayor claridad.

“La arquitectura como disciplina puede cambiar en el contexto en que está inserta… pero lo que generó el cambio más profundo fue haber entendido procesos más colaborativos”.

No es solo una diferencia de escala. Es una diferencia de lógica.

“Más que incorporar herramientas, entendí que la arquitectura no se construye solo desde el arquitecto. La horizontalidad y una autoría menos rígida empezaron a ser fundamentales”.

El Design Thinking aparece entonces no como una fórmula, sino como una manera de sostener esa apertura sin perder coherencia.

Volver con otra mirada

El regreso a Chile no ocurre en línea recta. Hay, más bien, una especie de desfase entre lo aprendido y lo que se encuentra.

Y es en ese cruce donde aparece una tensión más silenciosa No como conflicto explícito, sino como diferencia de ritmo.

Se integra por un período a la oficina de su padre, retomando un vínculo que había sido parte de su formación desde siempre.

El contexto le resulta familiar, pero la posición es otra.

Por un lado, una manera de trabajar afinada por años, donde el proyecto avanza desde la claridad del arquitecto, donde las decisiones se toman con precisión y rapidez.

Por otro, una inquietud por abrir ese proceso, por hacerlo más participativo, más iterativo, más permeable.

“Ahí fue donde consolidé ese rigor y amor por el trabajo bien hecho”.

Ese aprendizaje no se cuestiona, se incorpora. Y desde ahí aparece una decisión más clara: “Entendí que no quería solo continuar ese camino, sino apropiarme de él desde un lugar propio”.

Apropiarse, en este caso, no implica romper, sino reorganizar. Tomar ese rigor —esa precisión heredada— y ponerlo al servicio de un proceso más abierto, más iterativo, más vinculado a las personas.

Es en ese ajuste donde comienza a tomar forma su práctica actual bajo Mardones Del Solar Arquitectos.

El proyecto como conversación

Cuando Carlos habla del inicio de un proyecto, no aparece el plano ni el croquis, sino una instancia donde el proyecto todavía no existe, pero ya comienza a tomar posición.

“Para iniciar cada proyecto desarrollamos un taller participativo con el cliente, donde abordamos en profundidad sus necesidades, el lugar y el presupuesto”.

Ese taller no funciona como una etapa previa al diseño, sino como su estructura.

Ahí se organiza la información, pero también se desarma. Se ponen en juego referencias, hábitos, formas de habitar, pero también límites concretos.

El cliente deja de validar y comienza a decidir.

“Creo que la coautoría aparece en el momento en que el cliente deja de reaccionar a propuestas y empieza a tomar decisiones informadas dentro del proceso”.
En ese desplazamiento ocurre un cambio más profundo: el cliente deja de ser mandante para transformarse en coautor del proyecto. Participa en la definición de prioridades, en la toma de decisiones y en los ajustes que van dando forma a la arquitectura.

Esa coautoría no implica diluir el rol del arquitecto, sino redistribuirlo.

El proyecto ya no se entiende como una respuesta que se entrega, sino como un sistema de decisiones que se construye en conjunto, donde cada actor asume un grado de responsabilidad sobre el resultado final.

El proyecto comienza entonces a existir como relato. Antes de dibujar, se escribe. Se identifican patrones, se reconocen repeticiones, se jerarquizan necesidades.

Y desde el inicio, el presupuesto entra como una variable activa. No como una restricción posterior, sino como una herramienta para tomar decisiones informadas desde el comienzo.

Dibujar, ajustar, construir

Cuando el dibujo aparece, lo hace sobre esa base. No como una intuición aislada, sino como una traducción.

El proyecto se mantiene abierto, en un estado iterativo.

“Rescato algunas cosas de ellos, algunas mías, y abordamos un posible layout”.

Ese carácter iterativo no solo responde a una búsqueda formal, sino a la necesidad de ir ajustando el proyecto en función de variables concretas: uso, presupuesto y factibilidad constructiva.

En paralelo, se integra la constructora desde etapas tempranas, no como una estrategia teórica, sino como una necesidad detectada en la práctica.

“Al incorporar la mirada constructiva desde el inicio, el proyecto se vuelve más coherente, más eficiente y también más realista”.

Esa integración temprana cambia el orden habitual del proyecto. Muchas decisiones que tradicionalmente se postergan —materiales, sistemas constructivos, costos— se abordan desde el inicio, reduciendo la incertidumbre y evitando desviaciones significativas durante la obra.

A esta forma de trabajar la denomina diseño responsable.

El diseño responsable no se plantea como una limitación, sino como una forma de proyectar con mayor conciencia. Se trabaja con soluciones conocidas, con detalles ya probados, con rangos de costo claros, permitiendo que el proyecto se mantenga dentro de parámetros reales desde sus primeras etapas.

Esto no reduce la arquitectura, la vuelve más precisa. Cada decisión tiene un impacto directo y visible, y es asumida como parte del proceso, no como una corrección posterior.

En ese escenario, el rol del arquitecto se desplaza con mayor claridad: deja de ser únicamente quien diseña para convertirse en quien articula. Coordina al cliente, la constructora, los costos y las decisiones proyectuales en un mismo sistema, asegurando que el proyecto no pierda coherencia a medida que avanza.

Entre práctica y sistema

En paralelo a Mardones Del Solar Arquitectos, en 2020 Carlos funda Mod Journey junto a dos socios, una empresa enfocada en viviendas prediseñadas personalizables que combina prefabricación y obra in-situ bajo un modelo llave en mano.

Más que un desvío, este proyecto aparece como una extensión de su práctica. Si en su oficina el proceso se construye desde la profundidad del encargo particular, en Mod Journey esa misma lógica se traduce a un sistema más acotado, donde las decisiones deben anticiparse y resolverse con mayor eficiencia.

Ahí, la coautoría se reduce en tiempo, pero no desaparece: se canaliza a través de opciones, configuraciones y variables previamente diseñadas. El cliente sigue participando, pero dentro de un marco más estructurado.

Hoy continúa como arquitecto colaborador, dirigiendo el diseño de nuevos proyectos. En ese cruce entre práctica abierta y sistema controlado, comienza a tomar fuerza una pregunta: cómo escalar un proceso sin perder su dimensión humana.

Sostener la pregunta

Si algo atraviesa toda su práctica, no es una certeza, sino una pregunta que se mantiene abierta: cómo sostener la dimensión humana del proyecto a medida que este crece.

Esa pregunta se vuelve especialmente relevante en su interés por retomar el desarrollo inmobiliario, un ámbito que conoce desde su formación inicial y que hoy busca abordar desde una lógica distinta. No se trata solo de producir más, sino de incorporar dentro de ese sistema variables que tradicionalmente quedan fuera: el proceso, la participación, la toma de decisiones informadas.

Porque si en encargos más acotados el proceso puede sostenerse desde la cercanía, en estructuras mayores aparecen nuevas tensiones: más actores, más variables, más distancia.

En paralelo, también cambia el contexto en el que se proyecta. La vivienda —especialmente después de la pandemia— deja de responder a esquemas rígidos y comienza a integrar nuevas capas: espacios híbridos, trabajo remoto, mayor flexibilidad en el uso.

Ese cambio no es solo programático, es también cultural. Exige una arquitectura más adaptable, más consciente de los hábitos reales y menos dependiente de modelos predefinidos.

En ese escenario, su forma de trabajar —basada en la conversación, la coautoría y la toma de decisiones desde el inicio— adquiere una nueva relevancia.

El desafío no es expandirse sin más, sino trasladar esa lógica de proceso, conversación y precisión a escalas mayores sin diluirla. Sostener, en contextos más complejos, una arquitectura que no pierde de vista a las personas, incluso cuando el proyecto deja de ser íntimo.

Y es ahí donde su arquitectura vuelve a ese punto inicial: un lugar previo a la imagen, donde el proyecto todavía no se ve, pero ya comienza a tomar sentido.

Ahora revisamos algunos de sus proyectos destacados

Edificio Piacenza — la precisión como estructura

Antes de que su práctica encontrara su forma actual, hay un proyecto que funciona como antecedente: el Edificio Piacenza.

Desarrollado junto a TRI Arquitectura y SML Arquitectos, el proyecto se inserta en un tejido urbano de escala media, donde las restricciones normativas no son un obstáculo, sino una condición desde la cual proyectar.

La operación es precisa.

Un edificio que se ajusta con lógica rigurosa: cinco niveles más uno retirado, una volumetría contenida, pero intensamente trabajada.

Más allá de la resolución técnica, lo que aparece es una preocupación por la calidad.

Hormigón visto, mallas metálicas, espacios amplios.

Decisiones que no buscan destacar, sino sostenerse en el tiempo.

Piacenza no es todavía la práctica abierta que vendrá después, pero sí contiene su base: el rigor.

Casa Barco — habitar entre pliegues

En la Casa Barco, la arquitectura deja de ser un volumen y comienza a comportarse como una secuencia.

El gesto inicial —un triángulo— no responde a una voluntad formal, sino a una condición concreta: protegerse de la calle y, al mismo tiempo, abrirse completamente hacia el paisaje.

Esa operación, en apariencia simple, desencadena una serie de consecuencias espaciales.

El triángulo no se cierra, se pliega. Se fragmenta. Genera patios intermedios.

Entre el interior y el exterior no hay una separación clara, sino una transición constante. Espacios que se filtran, que se diluyen, que permiten que la naturaleza entre en distintos grados, desde lo expuesto hasta lo íntimo.

El zócalo de hormigón, en cambio, se mantiene firme, marcando la pendiente del terreno y anclando la casa al lugar.

Hay, en esa convivencia, una tensión controlada.

Entre lo abierto y lo contenido. Entre lo geométrico y lo orgánico. Entre la decisión y el descubrimiento.

Casa Barco no se impone como objeto. Se despliega.

Casa 29 Aguadulce — Recorrer la intimidad

En la Casa 29 Aguadulce, el proyecto se construye desde una idea menos visible, pero más profunda: la experiencia del recorrido.

El encargo plantea una casa de playa, pero no como refugio inmediato, sino como una secuencia que se descubre en el tiempo.

Un layout tipo lodge, casi como un pequeño hotel doméstico, donde los dormitorios no se agrupan de manera convencional, sino que se alcanzan a través de un desplazamiento.

Salir, moverse, volver a entrar.

El habitar se transforma en recorrido

La arquitectura, entonces, no organiza únicamente espacios, sino también ritmos. Distancias. Pausas.

Y en paralelo, aparece otra capa que atraviesa todo el proyecto: la integración con la naturaleza.

No como fondo, sino como gradiente.

“Expuesto, gradual, íntimo”, podría leerse casi como una partitura espacial, donde cada nivel de apertura define una manera distinta de estar.

La casa no busca aislar. Busca vincular.

Y en ese gesto —contenido, pero persistente— se vuelve también un soporte para el arte, para la materia, para aquello que necesita espacio para aparecer.

Artículos relacionados

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Categorías

Visita nuestra nueva store

Articulos relacionados

Síguenos en RR.SS

También te puede interesar