Con más de 17 años de experiencia, el taller liderado por Cristian Sanhueza Oñate e Ian Contreras desarrolla en Villarrica una práctica que cruza mobiliario a medida, proyectos únicos y soluciones constructivas en madera. Desde el diseño hasta la instalación, cada pieza es fabricada directamente en taller, en un proceso que combina tradición artesanal, precisión técnica y una profunda relación con el material, proyectando en cada encargo la identidad y el oficio del sur de Chile.
La jornada comienza antes de que el taller esté completamente despierto. Una tetera descansa sobre la cocina a leña mientras el vapor empaña levemente los vidrios, y alguien —casi en silencio— revisa una tabla apoyada contra el muro, deslizándole la mano como si estuviera leyendo una superficie que todavía no se dice en voz alta. Afuera, el aire es frío y húmedo; adentro, el olor a madera recién abierta se mezcla con ese humo tenue que se queda suspendido en la mañana, marcando un ritmo distinto… más lento, más atento.
Sobre una de las mesas se acumulan planos, croquis y medidas anotadas a lápiz. Algunos llegan desde oficinas de arquitectura; otros nacen en el mismo taller, en conversaciones que avanzan entre dibujos y decisiones compartidas. Sin embargo, antes de que cualquiera de esos trazos se convierta en acción, hay un gesto que se repite: detenerse frente a la madera.
“Primero hay que entender qué te está mostrando”, dice Cristian Sanhueza Oñate, fundador del taller.
En ese momento inicial —donde el diseño y la materia todavía no se imponen el uno sobre el otro, sino que comienzan a dialogar— se define el carácter del trabajo. La madera se gira, se observa, se deja reposar, se vuelve a mirar bajo otra luz. No se trata de una pausa improductiva, sino de una forma de entrar en sintonía con el material.
Es desde ahí que se articula lo que hoy se reconoce como Estudio Cristian Oñate: no solo desde el diseño ni únicamente desde el oficio, sino desde la intersección entre ambos, en un proceso donde cada decisión se negocia con la materia.
“Somos fabricantes. Hacemos todo en madera, desde una viga gigante hasta una pequeña decoración”.
La frase resume una forma de trabajo donde no existen jerarquías entre escalas y donde cada encargo, por más definido que llegue, vuelve a abrirse en ese primer encuentro con la madera.

Aprender desde la materia
Para Cristian Sanhueza Oñate, esa relación no es una construcción tardía, sino una condición de origen.
Su abuelo, dedicado a la venta de madera hasta el día de hoy, fue quien lo introdujo desde pequeño en un universo donde cada pieza tiene un comportamiento propio, donde las diferencias no se explican, sino que se reconocen con el tiempo.
“Mi abuelo vende madera. Yo crecí viendo eso, aprendiendo a reconocerla, a entenderla”.
Ese aprendizaje no pasó por lo académico, sino por la repetición constante de gestos simples que, con los años, se transforman en intuición: levantar, comparar, escuchar cómo suena una tabla al ser golpeada, anticipar cómo va a responder antes de intervenirla.
Cuando a los 19 años entró como ayudante a una mueblería, ese conocimiento encuentra un cauce más definido.
“Nunca más salí de este mundo”.
El oficio se instala primero como trabajo, luego como rutina y finalmente como una forma de mirar. Incluso el momento de quiebre —el despido por falta de puestos— no interrumpe ese camino, sino que lo redirige hacia su independencia.
“Me fui a un taller que había hecho mi abuelo. Era chico, pero tenía todo lo necesario”.
En ese espacio su práctica empieza a tomar forma propia, afirmándose en una idea que atraviesa todo su trabajo: hacer bien las cosas, incluso cuando eso implique mayor complejidad.
“Me gustan los trabajos más difíciles, los que requieren más tiempo, más dedicación”.
Habla de curvas, de torneados, de piezas que exigen precisión y paciencia, y en esa elección aparece una ética clara frente al material.
“La madera te pide respeto. No puedes apurarla”.
Desde ahí, la mueblería deja de ser únicamente un oficio técnico y se aproxima a otra dimensión.
“Esto es un arte. Y nosotros trabajamos para gente que valora eso”.

Salir del mundo abstracto
La trayectoria de Ian Contreras, en cambio, comienza lejos de ese contexto. Su formación como ingeniero y su paso por grandes empresas en Santiago y Rancagua lo sitúan en un entorno definido por cifras, objetivos y resultados medibles, donde el trabajo se estructura en torno a indicadores que, con el tiempo, comienzan a volverse ajenos.
“Era un mundo bien frío. Todo eran números, porcentajes… pero finalmente no había nada concreto”.
Esa distancia no aparece de forma abrupta, sino como una sensación persistente de desconexión entre lo que se hace y lo que eso produce.
“Sentía que estaba trabajando por objetivos que eran súper etéreos. No había algo que tú pudieras ver o tocar al final”.
Su traslado a Villarrica responde a esa necesidad de cambio, más que a una decisión planificada.
“Me vine sin tener muy claro qué iba a hacer. Busqué trabajo y llegué acá, al taller”.
Su ingreso como ayudante marca un punto de reinicio, pero también el inicio de una transformación más profunda. Lo que encuentra no es solo un oficio, sino un proceso completo que le devuelve sentido al trabajo.
“El proceso me hizo sentido al tiro. Poder empezar algo, pensarlo, desarrollarlo, terminarlo y entregarlo. Eso es mucho más humano”.
En ese recorrido, donde cada etapa se encadena de forma tangible, aparece una relación distinta con el hacer.
“En las finanzas todo era abstracto. Acá todo pasa por tus manos”.
El aprendizaje ocurre desde la práctica, desde el error y la repetición, hasta que ese proceso deja de ser ajeno y se vuelve propio.
“Afortunadamente aprendo rápido», dice entre risas.
Hoy, como socio, su mirada también se expresa en el diseño, particularmente en una referencia constante al mundo clásico.
“Me interesa mucho el diseño anterior al siglo XIX, las proporciones, las curvas, los detalles”.
Se trata de un lenguaje que no busca simplificar, sino sostenerse en el tiempo.
“Hay un nivel de trabajo ahí que hoy casi no se ve, eso me gusta. Generalmente esas piezas me las dejo para mí”.

Un taller, dos trayectorias
Lo que ocurre en el encuentro entre Cristian e Ian no es una superposición de caminos, sino una convergencia en el hacer.
Uno llega desde el oficio como herencia; el otro lo encuentra como una forma de reconstruir el vínculo con su trabajo. Sin embargo, en el taller esas diferencias se diluyen en una práctica común.
“Al final, hablamos el mismo lenguaje”, dice Ian.
Ese lenguaje no está únicamente en los planos ni en las referencias, sino en la relación directa con la madera, en la manera en que cada decisión se ajusta a lo que el material permite y exige.
Trabajar desde el origen
Instalarse en Villarrica no responde solo a una elección territorial, sino a una forma específica de trabajar. Aquí, la madera no llega como un insumo distante, sino como una materia que puede ser observada desde su origen, seleccionada en función de sus características y acompañada en todo su proceso.
“Podemos ir a verla, tocarla, elegirla nosotros mismos. Eso cambia completamente el resultado”, explica Cristian.
Ese momento inicial activa un conocimiento que no siempre es visible, pero que resulta determinante: anticipar cómo se comportará cada pieza, cómo responderá al corte, al ensamblaje, al paso del tiempo.
Trabajan principalmente con maderas nativas, aunque también incorporan especies como cedro, roble americano o nogal cuando el proyecto lo requiere, entendiendo que cada encargo plantea condiciones distintas.
“La madera correcta es la que necesita el proyecto”.
A esta lógica se suma el trabajo con madera recuperada, particularmente aquella que proviene de los lagos Villarrica y Panguipulli, cargando consigo una historia que se integra al proceso.
“Antes transportanban troncos por el lago, y con el viento puelche algunos se soltaban. Esos quedaron abajo por décadas”.
Al emerger, esa madera no solo presenta características físicas distintas —mayor densidad, una textura particular—, sino también una dimensión temporal que se incorpora al objeto final.
“Es una madera que tiene otra historia”.

La técnica como lenguaje
En el interior del taller, la precisión técnica convive con la intervención manual en un equilibrio constante. La maquinaria europea —proveniente principalmente de Austria e Italia— permite trabajar con exactitud, pero no sustituye el conocimiento acumulado en el oficio.
“Las máquinas ayudan, principalmente a acelerar el proceso para los cliente o a generar cosas nuevas con la CNC, pero el trabajo sigue siendo artesanal. Es nuestra esencia”, explica Cristian.
Ese carácter se vuelve especialmente visible en la forma en que se resuelven las uniones. El uso de espigas y ensambles tradicionales, evitando el tornillo como solución inmediata, responde a una decisión estructural y no únicamente estética.
“Es la forma en que las cosas duran. La madera se comporta distinto al interactuar con metales u otros materiales”.
Cada unión implica cálculo, ajuste y tiempo, en un proceso que raramente es lineal y que incorpora el prototipado como una etapa fundamental.
“Hacemos prototipos, probamos, corregimos y volvemos a hacer”.
El error no aparece como falla, sino como parte constitutiva del aprendizaje.

De la estructura al objeto
Cuando dicen que trabajan “desde una viga hasta una cuchara”, no se trata de una declaración amplia, sino de una descripción precisa de su alcance.
El taller se mueve entre distintas escalas con la misma lógica, abordando desde estructuras constructivas hasta piezas de mobiliario o elementos específicos para proyectos arquitectónicos.
““Trabajamos con reconocidos arquitectos como Matías González, Felipe Mekis, entre otros, además de diseñadores y constructoras. Cada proyecto es distinto”.
También desarrollan encargos particulares, siempre bajo una premisa clara.
“Todo es a medida. No trabajamos con catálogo”.
Cada proyecto se inicia desde la conversación, donde se cruzan las necesidades del cliente con las posibilidades reales del material.
“Hay que entender lo que necesita el cliente, pero también lo que permite la madera”.
Incluso en trabajos de réplica, de revestimientos, por ejemplo, especialmente en ampliaciones, el objetivo no es copiar, sino establecer continuidad.
“Buscamos que todo dialogue con lo que ya existe”.

El valor del tiempo
“Todo lo que hacemos requiere dedicación, y ese tiempo es parte del resultado”, señala Cristian.
La madera se mueve, se adapta, responde a condiciones que no siempre pueden acelerarse, y en ese proceso se define la calidad final de cada pieza.El cliente, en ese sentido, también forma parte de esa lógica.
“Trabajamos con gente que valora el oficio, el detalle, el trabajo bien hecho”.



Permanecer
Al final, lo que se construye en este taller no se limita al objeto terminado, sino que incluye todo lo que lo hizo posible: las decisiones, los ajustes, el tiempo invertido, la relación con la materia.
“Nos interesa que las cosas duren, que sean de calidad y busquen la perfección”, dice Ian.
En un contexto donde gran parte de la producción tiende a la inmediatez, este tipo de prácticas propone una forma distinta de habitar el hacer, donde el valor no está únicamente en el resultado visible, sino en el proceso que lo sostiene, en el arte que lo abraza.
Es en ese espacio —donde el plano y la madera aún están en diálogo, donde la forma todavía no se impone por completo— donde aparece con mayor claridad su identidad.
Porque es ahí, en ese momento previo y muchas veces invisible, donde el oficio se convierte en lenguaje.
Y donde la madera, finalmente, vuelve a hablar.











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