Lejos de la imagen como fin, su trabajo propone espacios que se viven antes de construirse. A través de procesos colaborativos y herramientas como el BIM, la arquitectura se vuelve un sistema abierto, sensible y profundamente humano, donde las experiencias y el juego juegan un rol central.
En la práctica de Alejandro García, el espacio no es una imagen ni un gesto, sino una experiencia en permanente construcción. Desde una infancia marcada por el juego entre materiales hasta el desarrollo de sistemas colaborativos apoyados en tecnología BIM, su trabajo propone una arquitectura donde el cuerpo es medida y el habitar, propósito.
En tiempos donde la forma muchas veces se impone sobre el uso, su mirada insiste en lo esencial: diseñar lugares que inviten a permanecer, a encontrarse y a vivir.
El patio como origen
Hay una escena que se repite, casi como un loop silencioso, en la memoria de Alejandro García: un niño en una parcela de la comuna de La Reina, rodeado de fierros, maderas, tubos de PVC y sacos de ripio, jugando.
No en un patio terminado, sino en uno en constante transformación. Una casa que no era una casa fija, sino un organismo en expansión.
Una obra abierta. Un territorio en construcción.
“Yo nací con la casa en obra”, recuerda. “Mis papás partieron con una casa prefabricada chiquitita, y a medida que íbamos creciendo, la iban ampliando ellos mismos. Mi papá diseñaba, construía… era como un arquitecto autodidacta. Entonces para mí, los primeros siete u ocho años de vida fueron en constante construcción”.
Ese paisaje —lejos de ser caótico— se vuelve, con el tiempo, el germen de una forma de mirar. De entender el espacio no como algo dado, sino como algo que se transforma, que se prueba, que se habita incluso antes de existir.
“Yo salía a jugar con los autitos y armaba cosas con los materiales que había: tubos, maderas, pedazos de lo que fuera. Pintaba palos, les hacía ventanitas, los paraba y les metía los autos adentro. Le decía a mi mamá que quería hacer casitas cuando fuera grande. Y bueno… terminé haciendo casas”.
Hay algo profundamente lúdico en ese origen. Una relación directa, casi instintiva, con la materia. Una arquitectura que no nace desde el plano, sino desde el juego.
“Para mí era una extensión del patio estar entre los materiales. Me encantaba. Llegaban los maestros, el camión con el ripio, todo eso… y yo estaba ahí, participando. Era un juego”.

Dibujar, observar, decidir
Ese vínculo temprano con la construcción no fue una intuición pasajera. Tampoco una decisión tardía. Fue, más bien, una continuidad.
A pesar de que su padre era médico —y de haber jugado también a serlo—, Alejandro nunca terminó de conectar con esa idea. Su inclinación estaba en otro lugar: en el dibujo, en el detalle, en la observación minuciosa.
“Siempre fui bien meticuloso para dibujar. Muy detallista. Y eso lo tengo hasta hoy. No sé si busco la perfección, pero sí busco la calidad en el detalle”.
Esa precisión, que en la infancia se manifiesta como obsesión por el trazo, se convierte con los años en una herramienta proyectual. Una forma de pensar.
Pero no todo es línea recta.
Entrar a estudiar arquitectura en la Universidad de Chile fue, en sus palabras, “una explosión en la cabeza”.
“Tuve profesores que trabajaban desde la experiencia, no desde lo técnico. Hacíamos puestas en escena, representaciones del espacio. Era muy lúdico. Para mí fue como seguir jugando, pero ahora con un marco más consciente”.
Mientras otras escuelas apostaban por lo técnico desde el inicio, la suya lo empujaba hacia la exploración, la prueba, el error. Una pedagogía que, para algunos, resultaba desestabilizadora. Para él, en cambio, era una extensión natural de su forma de estar en el mundo.



“Me gustó mucho. Era entender el espacio desde la experiencia, no desde la norma”.
Con el paso de los años, eso sí, la estructura apareció. La ingeniería, la construcción, la lógica técnica. Y con ella, una segunda capa de comprensión.
“Esa parte más dura la agradezco hoy. Porque finalmente es lo que enseño también. Tecnología, construcción… son herramientas que uso todos los días”, dice el también docente universitario de la Universidad Diego Portales
Pero hay algo más profundo que se instala en ese periodo: la noción de lo colectivo.
“La universidad era muy plural. Había gente de todos lados, con realidades muy distintas. Y todos teníamos que trabajar juntos. Eso me marcó mucho. Hoy lo sigo replicando: somos un sistema humano, un equipo, donde cada uno aporta desde su visión”.
En 2007, además pasó por la Universidad de Belleville en Paris.
«Experimenté el arte de proyectar de la mano de un profesor de Taller discípulo de Le Corbusier y pude visitar obras arquitectónicas europeas icónicas de la arquitectura Mundial».
Del juego a la obra
Titulado en 2009, su entrada al mundo profesional no fue gradual. Fue directa, casi abrupta.
“Me acuerdo que estaba en la casa de mis papás, descansando después del proyecto de título, y me llama un amigo: ‘Necesitan gente para el GAM’. Y yo dije: por supuesto. Me sumo a lo que sea necesario”.
Así comienza su participación en uno de los proyectos culturales más importantes de Santiago. Desde una oficina frente a la obra, viendo el edificio levantarse día a día, Alejandro enfrenta su primer gran aprendizaje: el paso del juego a la materia.
“Ahí aprendí el oficio real. El detalle constructivo, hablar con los maestros, entender que lo que uno dibuja tiene que poder hacerse. Fue un contraste, pero muy necesario”.
Luego vendría una etapa larga —siete años— en la oficina de Plan Arquitectos Ltda , donde se desempeña como jefe de taller, liderando licitaciones públicas y desarrollando proyectos de gran escala: estadios, edificios institucionales, espacios públicos.
“Fue una escuela muy intensa. Diseñábamos mucho, ganábamos concursos, pero también implicaba una carga importante de trabajo”.
Esa intensidad lo lleva, eventualmente, a una pausa. Un quiebre. Un viaje.
“Me Fui un año a China, a gran parte de Asia y Europa. Mochila al hombro. Y me alejé de la práctica directa de la arquitectura. Pero en realidad uno nunca deja de mirar como arquitecto”.
Ese viaje —más que un escape— se convierte en una reconfiguración.
“Fue volver a observar, a absorber. A entender que podía hacer las cosas por mi cuenta”.



Alejo Garcia Arq + Sebastián Bórquez
Independencia y red
Su primer proyecto independiente nace desde un encargo específico: caniles y una sala de cosecha para un productor de trufas en el sur de Chile.
“Le dije que podía desarrollar todo el proyecto. Y lo hice. Solo al principio, luego se sumó un colega con quien hasta hoy trabajamos en conjunto. Y el resultado fue muy bueno”.
Ese proyecto no solo marca el inicio de su camino independiente, sino también el comienzo de una red.
“Todo empezó a moverse por contactos. Personas con las que había trabajado antes comenzaron a llamarme. Primero como asesor, luego con proyectos propios”.
En paralelo, se integra a Contract Workplaces, donde adquiere herramientas clave: ventas, marketing y relación directa con clientes.
“Aprendí a presentar, a comunicar ideas, a entender al cliente desde otra perspectiva. Adquirí herramientas para concebir espacios productivos innovadores y a entenderlos como una plataforma colaborativa de estímulo y encuentro creativo. Fue otra escuela”.

Santiago
Alejo Garcia Arquitectos + MAAS Workspaces



Arquitectura como sistema colaborativo
Hoy, su estudio —– Alejo García Arquitectos — no se define por una estructura rígida, sino por una lógica abierta y colaborativa.
“Más que una oficina, somos un ecosistema. Dependiendo del proyecto, armamos equipos con distintas habilidades afines y especificas al encargo, nadie puede hacerlo todo”.
Esa forma de trabajo se apoya en una herramienta clave: el BIM (Building Information Modeling), que Alejandro no solo utiliza, sino que también enseña.
“El BIM nos permite, por un lado, trabajar de manera colaborativa en tiempo real, ahorrar tiempo, crear coherencia y fluidez en los procesos de diseño y desarrollo, tomar decisiones informadas con el cliente y por, sobre todo, comunicar experiencias espaciales con precisión, calidad y contundencia”, apunta el experto.






«Finalmente, nos ofrece la oportunidad de poder vivir el proyecto antes de construirlo, recorrerlo y ajustarlo ante cualquier cambio o requerimiento detectado”, agrega.
Pero más allá de la tecnología, hay una idea que atraviesa todo su trabajo: la experiencia.
“Para mí, lo más importante es que el espacio sea habitable. Que funcione. Que permita vivir experiencias”.




MJAA Matias Jarpa Arquitectos +Alejo Garcia Arquitectos
Habitar antes que representar
En esa definición, lo estético aparece —pero no como punto de partida.
“La arquitectura pensada solo para la imagen se queda corta. Primero tiene que ser vivible. Si no, no funciona”.
Habitar, en su lenguaje, no es solo ocupar un espacio. Es sentirse contenido, cómodo, estimulado.
“Que no te mueras de frío ni de calor. Que haya buena luz, buena ventilación. Eso es fundamental. Pero además, que el espacio te invite a permanecer”.
En esa lógica, la proporción, la materialidad y la orientación se vuelven herramientas sensibles.
“Todo tiene que ver con cómo diseñas eso. Qué permite ese espacio y qué no”.
La madera, por ejemplo, aparece como un material recurrente.
“Tiene que ver con la biofilia. Con esa conexión con la naturaleza que genera bienestar”.

Arquitectura y música: una misma lógica
Pero quizás una de las claves más reveladoras de su pensamiento aparece en una analogía inesperada: la música.
“Soy músico, amo la guitarra. Y siempre les digo a mis alumnos: la música es para el alma, la arquitectura es para el cuerpo”.
En esa comparación, el proyecto se convierte en composición.
“En la Música se busca la emoción – en Arquitectura el habitar -. Luego vienen los Ritmos, Melodías y Armonías – en Arquitectura el Orden, Estructuras y Sistemas – para finalmente expresar con Escalas, Motivos y Volúmenes que en la Arquitectura se traduce en Texturas, Luz y Sombra.”

El valor de lo intangible
El estudio se mueve hoy en tres áreas principales: vivienda, espacios de trabajo y asesorías BIM. Tres líneas que, aunque distintas, comparten una misma base: el usuario.
“Todo parte desde entender al cliente. Qué necesita, cómo vive, qué quiere experimentar”.
Y en ese proceso, el éxito no se mide en publicaciones ni en premios.
“Para mí, el mejor reconocimiento es volver tiempo después y que el cliente me diga que está feliz. Que el espacio realmente funciona en su vida”.
Lo mismo ocurre en oficinas.
“Nos han comentado que mejora la productividad, pero más allá de eso, es que las personas están más cómodas, se relacionan mejor”.
Esa dimensión intangible —difícil de medir, pero evidente en la experiencia— es, para Alejandro, el verdadero objetivo.



Alejo Garcia Arquitectos + DPA David Pérez Arquitectura
Proyectar sin perder la esencia
Mirando hacia adelante, sus metas no se construyen basadas en la ambición, sino desde una inquietud más profunda: mantener una cierta esencia.
“Me interesa seguir desarrollando esta idea del espacio lúdico. Es fácil caer en una arquitectura más fría, más estandarizada”.
No reniega de ese mundo, pero sí busca tensionarlo.
“Me gustaría poder aportar ahí, especialmente en vivienda social, donde hay mucho por mejorar en términos de calidad espacial”.
Un objetivo que reconoce como complejo, pero necesario.
“Se pueden hacer mejores espacios con los mismos recursos, si se piensa bien”.
En paralelo, hay una convicción clara: seguir aprendiendo.
“Nunca dejar de estudiar. Siempre hay nuevas herramientas, nuevas formas de hacer las cosas”.
Porque, en el fondo, todo vuelve a ese punto inicial.
“A mí me gusta pensar que esto sigue siendo un juego. Uno va creciendo, sumando herramientas, pero sigue explorando”.
Un juego serio, sí. Pero juego al fin. Uno donde la arquitectura deja de ser objeto y se convierte en experiencia, en cuerpo, en vida.

















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