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Gonzalo Gutiérrez: el arquitecto que revela la luz de la madera

Mar 29, 2026 | Diseño de Autor | 0 Comentarios

Entre planos, docencia y el rugir del torno, este arquitecto radicado en Puerto Montt ha encontrado en la madera nativa un lenguaje propio. Lo que comenzó como una curiosidad heredada, hoy se transforma en piezas de iluminación que buscan rescatar la nobleza de lo rústico y lo contemporáneo. Entre virutas, vetas y superficies quemadas, en Küde Designs, Gonzalo Gutiérrez desarrolla un lenguaje donde la madera se transforma en luz. Un proceso íntimo y autodidacta que conecta la arquitectura con el oficio, y que encuentra en el antiguo torno de su padre el punto de partida para una práctica que insiste en girar.

El torno gira. No con prisa, sino con esa cadencia constante que obliga a mirar distinto. La madera, aún áspera, comienza a transformarse bajo la presión de la gubia. El sonido es seco, rítmico, casi hipnótico. Hay viruta en el aire, polvo fino suspendido, y ese olor inconfundible a madera recién abierta, como si el árbol todavía respirara.

La forma no aparece de inmediato. Se insinúa. Se esconde. Y luego, en algún punto entre la insistencia de la mano y la resistencia del material, se revela.

Podría ser hoy. Podría ser hace años.

Porque en el trabajo de Gonzalo Gutiérrez —arquitecto de formación, tornero por convicción— el tiempo no es lineal. Es circular. Como el giro del torno. Como las historias que, aunque parezcan cerradas, encuentran la forma de volver.

Su proyecto, Küde Designs, nace precisamente en ese punto donde el oficio deja de ser solo práctica y se convierte en memoria activa. No como un gesto nostálgico, sino como una continuidad.

“Mi papá era profesor rural y un ávido aficionado al oficio de la mueblería; era muy detallista. En ese tiempo todo era manual, no existían las máquinas de hoy. Verlo trabajar fue lo que me acercó a la madera; creo que de ahí viene mi gusto.”

La escena, entonces, no es solo imaginada. Es heredada.

Aprender desde la materia

Antes del torno, sin embargo, estuvo la arquitectura. Y más específicamente, una forma de entenderla desde la materia.

Formado en la Universidad del Bío-Bío en Concepción, Gonzalo se mueve desde temprano en un contexto donde el material no es soporte, sino contenido. Ahí, la madera no se estudia solo como recurso constructivo, sino como campo de exploración.

“Siempre me interesaron las asignaturas ligadas al material: la exploración y la innovación. La búsqueda de nuevas propuestas constructivas, siempre muy cercano a la obra”.

Esa relación se profundiza cuando en 2004 se traslada al sur, a Puerto Montt. En ese territorio, la madera deja de ser una decisión proyectual para convertirse en una condición inevitable, cotidiana, casi cultural.

“La madera está presente en casi todas las edificaciones. Además, existe la posibilidad de trabajar con madera reciclada como laurel, alerce, mañío o roble, entre otras, que se mantienen impecables durante décadas. Cuando la trabajas, afloran la veta, los tonos, las texturas y los olores. Es un proceso de transformación muy bonito”.

Tras años trabajando en oficina diseñando viviendas en madera, especificando muebles y compartiendo con maestros y artesanos expertos, Gonzalo no solo aprendió a proyectar espacios, sino también a comprender las cualidades de la madera a través del oficio.

Ese aprendizaje lo llevó a investigar desde viviendas en fardos de paja hasta la mueblería de detalle.

Ese modo de observar —detenerse en la textura, en el olor, en lo que aparece al intervenir— es el mismo que, años más tarde, se trasladará al torno.

El torno: cerrar y abrir el ciclo

El momento clave no ocurre en un taller propio ni en una obra. Ocurre en una casa familiar, casi como una escena suspendida en el tiempo.

Ahí aparece el torno que había pertenecido a su padre.

“Me encontré con el torno que mi papá le había regalado a un primo. Él me dijo que no quería que se perdiera y me lo confió. Fue bonito: cerró un ciclo e inició un trabajo con un vínculo personal muy fuerte».

Ese regreso no es solo material; es un gesto que reactiva una memoria latente, una forma de hacer que ya existía antes de ser nombrada.

Lo que comenzó como una práctica autodidacta durante la pandemia se convirtió en una obsesión por la fibra y la veta.
Hoy, desde Puerto Montt, donde ejerce como docente, Gonzalo vincula su conocimiento académico con la experimentación física en su taller, donde el trabajo con la materia no solo explora nuevas formas, sino que también nutre su práctica docente. Aquella curiosidad inicial se transformó rápidamente en una práctica absorbente, casi ritual.

“Me obsesioné con la sección del tronco, las vetas y las fibras”.

“En muchas piezas aparece también el centro del tronco y los anillos de crecimiento del árbol. Me interesa que esos círculos, que son el registro del tiempo, permanezcan visibles. Cuando la lámpara se enciende, la luz recorre esas vetas y hace aparecer los años acumulados en la madera, como si el objeto revelara la historia del árbol», agrega Gonzalo.

Y en esa obsesión aparece algo más que técnica: aparece una forma de leer.

“Cuando observas un trozo de tronco, aparece una forma oculta que el trabajo en tornería revela.”

Revelar lo que ya está

Esa idea —revelar más que imponer— recorre todo su trabajo. Cada pieza comienza mucho antes del primer corte, en la observación del material.

“Voy improvisando y aprendiendo qué madera es mejor para cada cosa”.

A veces se trata de especies conocidas; otras, de hallazgos inesperados.

“Algunas veces me regalan maderas que desconozco totalmente. Una vez me dieron un tronco de olivo que parecía un fósil: muy duro, pero con un nivel de brillo y una veta impresionantes”.

La búsqueda se vuelve activa, casi obsesiva.

“Una vez traje un tronco de lenga desde Coyhaique en el avión, dejando ropa fuera para que cupiera en la maleta. Era un trozo destinado al fuego, arrumbado como leña. Piezas que otros verían como leña para el fuego, yo las veo como posibles objetos de diseño.”

Ese gesto no es menor. Es una forma de resistencia frente a lo descartable, pero también una manera de insistir en que la materia contiene algo que vale la pena ser revelado.

Y es justamente en ese punto —cuando la forma aparece— donde entra en juego el fuego.

Fuego y luz: el origen de Küde

El nombre Küde no es arbitrario. Proviene de un elemento ancestral: un palo de colihue seco utilizado por el pueblo mapuche como antorcha para iluminar el interior de la ruca durante la noche. De aproximadamente un metro y medio, el küde se enciende por un extremo y se clava en la estructura superior, ardiendo lentamente, sosteniendo una luz constante que no irrumpe, sino que acompaña.

Esa imagen —un fuego contenido, vertical, persistente— se convierte en una clave de lectura para entender el trabajo de Gonzalo.

Porque si el torno revela la forma, el fuego la activa.

“A través de la quema de la madera busco que aparezca ese ‘craquelado sólido’, con colores rotundos. Es una dualidad entre materia, fuego, luz y espacio.”

El quemado de la madera, inspirado en técnicas como el yakisugi, deja de ser un acabado para transformarse en un lenguaje. La superficie se abre, se tensa, se oscurece, generando una piel que habla de transformación.

Pero más allá de lo técnico, hay algo en la lógica del küde que resuena profundamente en su trabajo: la idea de una luz que nace desde la propia materia, que no se impone desde fuera, sino que emerge desde adentro.

El fuego no destruye la madera. La revela de otra manera.

Y en ese tránsito —de tronco a objeto, de materia a luz— comienza a aparecer la lámpara.

La lámpara como síntesis espacial

La lámpara en Küde Designs no es un producto añadido. Es una consecuencia natural de ese proceso donde la madera ya ha sido revelada por el torno y transformada por el fuego.

“Transformo el tronco en una lámpara para que ese objeto se instale en un espacio y lo ilumine.”

En ese gesto, la referencia al küde se vuelve evidente, pero no literal. No se trata de replicar la antorcha, sino de reinterpretar su lógica: una pieza que contiene luz, que se instala en un espacio y modifica su atmósfera desde una presencia silenciosa pero constante.

Como en la ruca, la luz no es protagonista estridente, sino condición de habitabilidad.

Aquí, la formación como arquitecto reaparece con claridad. La lámpara no se piensa solo como objeto, sino como intervención espacial.

“Trato de lograr piezas sin ornamentos, buscando que el giro de la madera dé una forma singular”.

A veces hay un diseño previo. Como arquitecto pienso la lámpara en relación con el espacio: la atmósfera, los materiales y el tipo de luz que se quiere lograr. Pero también existe un proceso más exploratorio, donde la forma aparece en el torno. En ese caso el material y el giro van guiando la pieza. Uno va intuyendo la forma mientras la madera gira, pero muchas veces es en la pausa cuando la pieza realmente aparece.”

Y en ese momento de pausa, de revelación, la pieza encuentra su sentido: convertirse en luz.

El oficio como postura

En un contexto dominado por la repetición y la velocidad, el trabajo de Gonzalo insiste en otro tiempo. Uno más lento, más atento, más vinculado al hacer.

“Mi sello es un trabajo que mezcla la artesanía y la cultura del torno con un lenguaje contemporáneo, aprovechando materiales nobles y locales para crear lámparas donde conviven la innovación y la tradición.”

Y esto no se trata necesariamente de una declaración romántica, sino, más bien, una forma concreta de situarse frente al diseño, frente a la materia y de acercarse al valor real de los objetos.

Proyectar desde el origen

Esa misma lógica es la que se proyecta hacia el futuro. No hay intención de abandonar el origen, sino de expandirlo.

“Quiero que el producto tenga presencia en el mercado nacional. El nicho es complejo, pero sé que hay una oportunidad de valoración del trabajo artesanal”.

La ambición no está en escalar, sino en consolidar un lenguaje y profundizar una práctica.

“La búsqueda consiste en resignificar la madera a través de la transformación del material en un objeto de alto valor estético, sin perder su esencia”.

Pero incluso ahí, el foco se mantiene: crecer sin romper el vínculo con el oficio, sin perder esa relación directa con la materia, con el proceso y con el tiempo.

Seguir investigando. Seguir probando. Seguir fallando.

Seguir, en el fondo, girando.

Porque al final, todo vuelve ahí: al torno que insiste, al fuego que transforma, a la luz que aparece desde adentro, como ese küde encendido en la noche, sosteniendo, en silencio, la continuidad de un gesto que no se apaga Y a una historia que no se cierra, sino que —como el propio gesto de tornear— insiste en seguir girando.

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