Antes que la imagen, la vida cotidiana. En el trabajo de Sara Villarreal, cada decisión nace de cómo se habita un espacio y de lo que requiere para funcionar con naturalidad y permanecer. Entre la remodelación, la administración y la asesoría inmobiliaria, ARPA Studio traza una práctica que acompaña el recorrido completo de los espacios, desde su transformación hasta la forma en que se habitan, se cuidan y permanecen en el tiempo.
Una escena se repite más de lo que se cuenta. No tiene que ver con el proyecto terminado ni con la imagen final, sino con ese momento intermedio donde alguien llama y dice: “oye, necesito arreglar esto, no está funcionando”. No hay croquis, no hay concepto, no hay discurso. Solo un problema concreto, cotidiano, urgente.
Es ahí donde hoy trabaja la arquitecta Sara Villarreal.
No llegó a ese lugar de inmediato. Tampoco desde la épica del arquitecto que instala una oficina y comienza a proyectar. Llegó después de moverse durante años por otras capas del mismo rubro, entendiendo el proyecto desde lugares que normalmente quedan fuera del relato arquitectónico.
“Yo nunca sentí que me fui de la arquitectura. Siempre estuve cerca, de alguna manera. Lo que pasa es que no estaba diseñando, pero estaba viendo proyectos, trabajando con inmobiliarias, entendiendo cómo funcionan las decisiones, cómo se venden, cómo se habitan”.
Esa continuidad —que puede parecer poco evidente desde afuera— es la que hoy sostiene su práctica.
El proyecto como sistema

Cuando habla de su formación, no aparece la idea del arquitecto como autor, sino más bien como alguien que organiza.
“Siempre fui súper metódica. Bien ordenada, bien estructurada. Nunca fui de esas personas que dibujan rápido o que tienen una idea brillante de la nada. A mí me gusta que las cosas estén bien hechas, completas, que funcionen”.
Esa forma de enfrentarse al trabajo, que durante la carrera le permitió sostener un rendimiento académico constante —con distinción máxima y una participación activa como ayudante en distintos ramos—, también anticipa algo que después se vuelve central: la arquitectura como un sistema de decisiones más que como un gesto.
“Para mí un proyecto no se trata solo de que se vea bonito. Tiene que cumplir. Tiene que responder. Tiene que funcionar en todo sentido”.
En ese “todo sentido” empieza a aparecer una idea más amplia del oficio, que no se limita al diseño, sino que incorpora variables que muchas veces quedan fuera del foco disciplinar: costos, tiempos, uso, mantenimiento, experiencia.

Funcionalidad Real
Su paso por URBEST, una gestora inmobiliaria, termina siendo uno de los momentos más formativos en esa dirección.
Ahí, su rol como jefa de proyectos no estaba puesto en diseñar, sino en coordinar, controlar y asegurar que cada proyecto cumpliera con lo que prometía.
“Tenía que preocuparme de que el proyecto funcionara en tiempo y forma, de que la rentabilidad fuera la que tenía que ser. Era mirar la arquitectura desde otro lado, desde cómo se ejecuta, desde cómo se convierte en un negocio viable”.
Ese cambio de foco no es menor. Es el paso desde el proyecto como idea al proyecto como sistema operativo.
“Ahí comprendí que no basta con diseñar bien. Si no se construye bien, si no se vende bien, si no responde a lo que el mercado necesita, el proyecto no funciona”.
Esa lógica se profundiza después, en un espacio aún más distante del ejercicio tradicional.

La arquitectura desde el cliente
Kitchen Center aparece, en su relato, como un punto de inflexión silencioso.
Primero como arquitecta especificadora, trabajando directamente con inmobiliarias en la definición de productos, y luego como gerente de la división de experiencia clientes, donde su rol se expande hacia algo mucho más transversal dentro de la organización.
“Partí recomendando qué poner, dónde ponerlo, cómo funcionaba mejor. Después fui creciendo dentro de la empresa hasta llegar a gerenta de experiencia clientes, que no tiene que ver directamente con arquitectura, pero sí con cómo las personas viven los espacios, cómo interactúan con lo que compran”.
Ahí, el proyecto definitivamente deja de ser objeto y pasa a ser proceso.
“Aprendí mucho sobre fidelización. Sobre relaciones de largo plazo. Sobre entender que el cliente no solo evalúa el resultado final, sino todo lo que pasó entremedio y lo que viene después”.
Ese aprendizaje —que en su perfil profesional se describe como una especialización en optimización de procesos y mejora continua— se instala como una capa estructural en su actual forma de trabajar.
“Hoy día la gente no solo quiere que algo quede bonito. Quiere que le respondan, que le solucionen, que la acompañen. Y eso es parte del proyecto también”.

Volver no es retroceder
El regreso a la arquitectura no ocurre desde la nostalgia, sino desde la convergencia.
Después de años acumulando experiencia en gestión, coordinación y relación con clientes, la posibilidad de volver aparece cuando esas capas empiezan a dialogar entre sí.
“Se juntaron varias cosas. La maternidad, la necesidad de tener más flexibilidad, el tema familiar con mi mamá que es corredora. De repente todo empezó a cobrar sentido”.
La idea inicial —trabajar en corretaje— rápidamente se transforma en otra cosa.
“Me di cuenta de que había una oportunidad en ofrecer algo más integral. No solo vender o administrar propiedades, sino preocuparse de cómo se mantienen, de cómo se mejoran, de cómo se viven”.
Ese giro es clave.
Porque no vuelve a la arquitectura como la dejó, sino que construye una nueva entrada.
La obra como lugar de validación
El retorno a la obra no es cómodo. Tampoco inmediato.
“Yo sabía cómo era. Ya había estado en obra antes, y sabía que no es un espacio fácil. Menos siendo mujer, más joven. Tienes que demostrar, tienes que pararte firme”.
Pero esta vez, el contexto es distinto.
No llega como parte de una estructura mayor, sino como responsable directa del proyecto, del cliente y del resultado.
“Acá el proyecto es mío. El cliente es mío. Yo tengo que responder por todo. Entonces no hay espacio para dudas”.
En paralelo, aparece el aprendizaje práctico.
“Tuve que volver a aprender muchas cosas. Presupuestar, coordinar, entender tiempos. Los primeros proyectos fueron duros, me equivoqué, perdí plata, pero era parte del proceso”.
Lejos de romantizar ese proceso, lo incorpora como parte estructural de su práctica.
“Esto se construye paso a paso. No hay otra forma”.

Diseñar desde el uso
Hay un momento, en casi todos sus proyectos, donde la conversación cambia de tono. Ya no se trata de qué material elegir o de qué color usar, sino de algo más básico, casi incómodo a veces: cómo se vive realmente ese espacio.
“Me pasa mucho que cuando parto con un cliente, más que preguntarle qué le gusta, trato de entender cómo usa su casa. A qué hora se levanta, cómo cocina, si recibe gente, si trabaja desde ahí. Porque al final, si uno no entiende eso, todo lo demás da lo mismo”.
Esa forma de aproximarse no es casual. Viene de haber pasado años viendo cómo los espacios se ocupan —y también cómo fallan—, tanto desde el mundo inmobiliario como desde la experiencia cliente.
“Hay muchas decisiones que en plano se ven bien, pero en la práctica no funcionan. Puertas que no abren bien, circulaciones incómodas, muebles que se ven increíbles pero son poco prácticos. Yo trato de evitar eso desde el principio”.
En ese sentido, su trabajo no parte necesariamente desde el diseño, sino desde una especie de diagnóstico. Una lectura más lenta, donde el proyecto se arma a partir de pequeñas observaciones que, acumuladas, terminan definiendo el resultado.
“Para mí es súper importante que el cliente sienta que el espacio le facilita la vida, no que se la complica. Que todo tenga sentido. Que si va a abrir un cajón, tenga espacio; que si va a entrar a una ducha, lo pueda hacer cómodo. Son cosas súper básicas, pero que muchas veces no se consideran”.
Un proyecto en particular aparece como síntesis de esa forma de trabajar. No por su escala, sino por lo que exigía.
“Me tocó remodelar un baño para una persona con movilidad reducida. Entonces no era una decisión estética. Había que pensar en cómo entraba con la silla de ruedas, en los giros, en las alturas, en los apoyos. Todo tenía que estar pensado para que funcionara bien”.

Ahí, el diseño deja de ser una capa superficial y se vuelve estructura.
“Ese tipo de proyectos te obliga a ir más allá. A entender que no basta con que se vea bonito. Tiene que ser cómodo, seguro, funcional. Y cuando logras eso, la estética se acomoda sola”.
Esa lógica se repite, incluso en proyectos más convencionales.
“Una cocina, por ejemplo. No es solo elegir un revestimiento lindo. Es pensar cómo se usa, cómo se limpia, cuánto dura. Me importa mucho que las decisiones sean sostenibles en el tiempo, que no sean solo para la foto”.
En lo formal, su lenguaje aparece con cierta claridad: materiales nobles, tonos cálidos, una búsqueda por lo orgánico. Pero esa identidad no se impone.
“Me gustan los colores tierra, la madera, la piedra, los espacios que se sienten acogedores, incoporar lo órganico de alguna manera, ya sea a través de plantas o bien de elementos que tengan ese lenguaje. Pero también me ha tocado clientes que quieren cosas completamente distintas, y ahí uno tiene que saber soltar”.
Ese gesto —ceder, pero sin desaparecer— es parte del equilibrio que ha ido construyendo.
“El arquitecto recomienda, orienta, trata de llevar el proyecto hacia un buen resultado. Pero la última palabra la tiene el cliente. Y eso también es parte de diseñar desde el uso, entender que ese espacio no es para uno”.
“Yo no busco imponer una estética. Me interesa que el proyecto funcione, que el cliente esté contento, que lo use, que lo disfrute. Si eso pasa, para mí el proyecto está bien logrado», agrega Sara.
Una práctica que integra
ARPA Studio no aparece como una oficina que se define desde un encargo específico, ni desde una tipología reconocible. Más bien se va armando en la intersección de distintos mundos que, en el caso de Sara Villarreal, nunca estuvieron realmente separados, aunque sí dispersos en el tiempo.
La remodelación, la administración de propiedades y la asesoría inmobiliaria no funcionan como líneas paralelas, sino como capas que se van superponiendo a medida que los proyectos avanzan y las relaciones se sostienen.
En esa estructura, hay una presencia que no es solo de origen, sino también de continuidad: su madre.
“Mi mamá es corredora de toda la vida. Yo crecí viendo eso, viendo cómo se relacionaba con sus clientes, cómo los acompañaba durante años. No era solo cerrar un negocio, era mantener un vínculo”.
Esa forma de entender el trabajo —más cercana a una práctica relacional que transaccional— se instala como una base silenciosa en lo que hoy construye.
“Hay clientes que llevan cuarenta años con ella y eso no es casualidad. Tiene que ver con cómo trabaja, con cómo responde, con la confianza que genera”.

Cuando la posibilidad de trabajar juntas aparece, no lo hace como un gesto inmediato de continuidad, sino más bien con una resistencia inicial.
“Durante mucho tiempo yo dije que no. No me veía en eso. Sentía que no tenía que ver conmigo”.
Pero con el tiempo, esa distancia empieza a moverse.
“Después entendí que en realidad sí tenía que ver. Que había algo muy potente ahí, en esa mezcla entre el mundo inmobiliario y la relación con el cliente. Y que yo podía aportar desde la arquitectura”.
Ese cruce es el que termina dando forma a ARPA. No como una suma de servicios, sino como una manera de acompañar procesos que no terminan cuando se entrega un proyecto.
“Cuando administras una propiedad, no es solo cobrar un arriendo. Es preocuparte de cómo está, de mantenerla, de arreglarla cuando corresponde. Y ahí aparece la remodelación, la mejora, el diseño”.
La asesoría inmobiliaria, en ese sentido, tampoco se entiende como una recomendación aislada, sino como parte de una mirada más amplia.
“Muchas veces los clientes llegan diciendo ‘tengo este monto, quiero invertir’. Y ahí no es solo decirles dónde comprar, sino pensar en el largo plazo, en cómo se va a usar esa propiedad, en qué decisiones van a hacer que eso funcione mejor”.
Esa lógica, heredada en parte de su entorno familiar y reforzada por su propia experiencia profesional, termina configurando una práctica que no se organiza por disciplinas, sino por relaciones.
“Esto es súper de confianza. La gente te llama porque ya trabajó contigo, porque alguien recomendó, porque sabe cómo trabajas. Y eso implica hacerse cargo de todo el proceso”.
Ahí, en esa continuidad, es donde ARPA deja de ser un proyecto individual y comienza a leerse como algo más amplio.No una oficina, sino una práctica que se sostiene en el tiempo.
La escala de lo cercano
En un escenario donde el crecimiento suele medirse en volumen, su proyección se construye desde otro lugar.
“No me interesa tener una empresa gigante donde el cliente no sepa quién está detrás. Si esto crece, me encantaría, pero quiero seguir involucrada, seguir metida en los proyectos”.
Hay algo casi deliberado en esa decisión de escala.
“Esto es muy de relaciones. De confianza. De cómo trabajas con la gente. Y eso se pierde cuando te alejás demasiado”.
Confianza. La palabra aparece no como un concepto abstracto, sino como una consecuencia.
“Queremos que la gente nos elija por eso. Porque sabe que vamos a responder”.

De afuera hacia adentro
El recorrido de Sara Villarreal no sigue la trayectoria clásica del arquitecto que avanza linealmente dentro del oficio. Se mueve, se desplaza, acumula capas que en otro contexto podrían parecer ajenas, pero que hoy funcionan como estructura.
Gestión de proyectos, coordinación inmobiliaria, liderazgo de equipos, experiencia cliente, administración de propiedades.Todo eso, que en su momento fue periferia, hoy es centro.
“Al final, todo suma. Todo lo que hice antes está hoy día en cómo trabajo, en cómo entiendo los proyectos, en cómo me relaciono con los clientes”.
En ese cruce, su arquitectura no se presenta como una vuelta, sino como una reformulación. Una que no parte desde el plano, sino desde algo más básico. Desde entender, primero, cómo se vive.











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