Entre recortes, memorias visuales y escenas que nunca terminan de cerrarse, el arquitecto y collagista Matías Bustamante Chávez, desde Basal Studio, construye un lenguaje donde la imagen no ilustra, sino que piensa. Desde el sur de Chile, y a través de Basal Studio, su obra transita entre lo análogo y lo digital para proponer un territorio en constante transformación, donde el archivo se activa, la estética se tensiona y el relato queda siempre abierto a quien observa.
Hay algo en la obra de Matías Bustamante Chávez que no se deja apresar del todo. No por hermética, sino por lo contrario: porque está en movimiento. Como si cada imagen fuese apenas un estado transitorio de algo que sigue ocurriendo fuera del marco, en otra capa, en otro tiempo. Quizás por eso hablar de su trabajo implica también aceptar cierta deriva, una forma de narrar que no busca fijar, sino acompañar.
Matías es arquitecto de formación y collagista por una necesidad más íntima, más persistente. “Fue de manera paralela a la universidad”, dice, casi como si ese desvío hubiese estado siempre ahí, esperando. Estudió en Santiago, creció rodeado de estímulos visuales —cine, libros, fotografía, objetos— y encontró en la arquitectura una estructura desde donde mirar el mundo. Pero el collage apareció como otra cosa: un espacio menos normado, más abierto, donde esa fascinación por la imagen podía desplegarse sin pedir permiso.
“Siempre me ha llamado mucho la atención la capacidad de una persona de poder expresarse a través de un medio, independiente cuál sea”. La frase, dicha sin énfasis, contiene sin embargo una clave importante: en su trabajo no hay jerarquías rígidas entre disciplinas. Todo parece estar en el mismo plano de interés, disponible para ser tomado, intervenido, mezclado.
Ese cruce —entre arquitectura, arte y diseño— no es una declaración teórica en su caso. Es práctica cotidiana.

El sur como un tiempo que se espesa
Hoy vive en Puerto Varas. El cambio geográfico no es un dato menor. Hay algo en el ritmo del sur que se filtra en su manera de producir: una relación más lenta con el tiempo, más introspectiva, más atenta a lo que ocurre en el detalle.
“El clima te obliga a estar más indoor, más en el taller, más contemplativo”, comenta. Y esa contemplación no es pasiva: es una forma de escucha. Hacia adentro y hacia el entorno.
La vegetación, los animales, la densidad del paisaje comienzan a aparecer en su obra, dialogando con imaginarios que vienen de otros tiempos —renacentistas, barrocos, populares— en una especie de cruce temporal que desarma cualquier lectura lineal.
No es casual que su exposición más reciente se titule Escenas Gráficas: la poética de la deconstrucción. En ella, el collage deja de ser una técnica para convertirse en un campo expandido, donde lo análogo y lo digital no se oponen, sino que se potencian.
“Bustamante opera entrelazando procesos análogos con herramientas digitales”, señala el texto curatorial. Y en esa operación hay algo más que un procedimiento: hay una posición.
La decisión de no elegir un solo lenguaje, de no quedarse en una sola escala, de no cerrar el relato.

El archivo como un cuerpo que respira
El proceso comienza en algo bastante concreto: la recolección.
Revistas antiguas, enciclopedias, ferias, bancos de imágenes de dominio público. Materiales que han sido descartados o que han perdido su contexto original. “Rescatar del olvido imágenes que parecían haber agotado su propósito”.
Pero en su trabajo el recorte no es nostalgia pura. Tampoco es ironía superficial. Es más bien una operación de desplazamiento. Las imágenes se arrancan de su origen y se vuelven otra cosa. Se contagian entre sí. Se tensan.
“A mí me gusta crear cosas que generen emociones, conexión con el espectador”, dice. Y agrega algo que parece simple, pero que no lo es: “crear cosas que me gusten a mí”.
Esa declaración —que podría leerse como una renuncia al juicio externo— es en realidad una forma de honestidad. Una manera de sostener un criterio propio en medio de un campo saturado de referencias y tendencias.
Porque si algo hay en su obra es exceso. Color, capas, símbolos, citas visuales. Una estética que coquetea con lo pop, con lo kitsch, con lo barroco. Pero que nunca cae del todo en ninguno de esos lugares. Se mueve entre ellos.
El maximalismo, en su caso, no busca saturar por saturar. Busca tensionar. Generar fricción. Obligar a mirar dos veces.

Escenas que no terminan de decirse
Hay también una dimensión narrativa que atraviesa todo su trabajo. No en el sentido de contar historias cerradas, sino de proponer escenas abiertas.
“Para mí el storytelling es fundamental en el desarrollo de toda la imagen”, explica. Y eso se siente. Cada obra parece capturar un momento suspendido, una situación que podría expandirse en múltiples direcciones dependiendo de quién la mire.
“No es como ‘esto es lo que dice’, sino ‘cuéntame tú qué es lo que ves’”.
Esa apertura no es casual. Tiene que ver con su propia forma de entender la obra: no como un objeto terminado, sino como un dispositivo de interpretación.
De alguna manera, el collage se convierte en una metáfora de la identidad. Fragmentaria, cambiante, siempre en construcción.
“Pienso que la obra va mutando”, dice. “No es algo fijo, sino que en constante desarrollo y construcción”.

Entre la mano y la máquina
En términos técnicos, la diferencia entre lo análogo y lo digital no es menor en su práctica. Cada uno le permite algo distinto.
El collage análogo le ofrece una relación directa con el material: el corte, el tacto, la escala íntima. Pero es el digital el que le abre posibilidades de expansión. “Puedes llevar las imágenes a tamaños mucho más grandes, más potentes”, comenta.
Esa escala le interesa. No solo por lo visual, sino por lo espacial. Ahí aparece nuevamente el arquitecto.
Porque en su trabajo hay algo de escenografía. De construcción de mundos. De pensar la imagen no solo como superficie, sino como un espacio habitable, aunque sea mentalmente.
De hecho, él mismo lo sugiere: un paso desde el “relato gráfico” hacia la “escena gráfica”, donde el collage comienza a insinuar una tridimensionalidad, una especie de arquitectura de la imagen.
Una obra que no quiere quedarse sola
La tecnología, lejos de ser una amenaza, es para él una herramienta más. La inteligencia artificial, por ejemplo, la utiliza para ampliar imágenes, para potenciar lo que ya existe.
“Hay que abrazar estos avances”, dice, con cierta claridad.
Pero también establece un límite: “cuando la inteligencia artificial diseña por ti, pierde autoría”. La frase no es un rechazo, sino una toma de posición. La herramienta es válida en la medida en que no sustituya el gesto.
Ese gesto —manual, intuitivo, incluso errático— sigue siendo el núcleo de su trabajo.

Basal: un lugar que aún se está inventando
Basal Studio, el proyecto que impulsa, se construye desde esa misma lógica de apertura.
“No lo veo como un proyecto personal cerrado”, dice. “Me gustaría colaborar con distintos grupos de gente, distintas especialidades”.
Arquitectura, arte, diseño, teatro. Las fronteras se diluyen. Lo importante es el cruce.
En ese sentido, Basal no es solo un estudio, sino una plataforma en construcción. Un espacio que busca crecer no hacia lo monumental, sino hacia lo colectivo. Hacia lo cercano.
“Pienso que hay que trabajar desde lo pequeño, desde el barrio, e ir germinando cultura”.
Hacer mundo desde lo mínimo
Esa misma inquietud lo llevó a cofundar la Corporación Cultural Croma, un proyecto que busca articular la escena artística en la región de Los Lagos. Talleres, exposiciones, redes. Un intento —todavía en proceso— de construir un ecosistema.
“El arte es para compartirlo, no es para hacer ciertos nichos”.
Hay en esa idea una convicción profunda. No como discurso, sino como práctica. Se refleja en los formatos de sus obras, en sus precios, en las instancias que genera.
En la manera en que entiende su rol: no solo como autor, sino como parte de un entramado más amplio.
Precisamente es en Puerto Varas donde actualmente presenta su exposición individual en Centro Cultural Bosque Nativo. En Santiago, por otra parte, participa de una muestra colectiva en la Plataforma de arte emergente Factor F, de Factoría Franklin

El fragmento como una forma de verdad
Volver a su obra después de escuchar todo esto cambia la percepción. Las imágenes dejan de ser solo composiciones llamativas para volverse registros de un proceso más complejo.
Un proceso que mezcla memoria, archivo, intuición, técnica, territorio.
Un proceso que no busca respuestas definitivas.
Quizás por eso una de las frases del texto curatorial queda resonando como una especie de síntesis silenciosa: “El recorte no es un resto, sino un síntoma”.
En el trabajo de Matías Bustamante Chávez, cada fragmento —cada imagen arrancada, cada superposición— habla de algo que no está completamente dicho. Algo que sigue desplazándose.
Y es justamente en ese desplazamiento donde su obra encuentra sentido. No como una imagen fija, sino como un sistema vivo. Un collage en permanente construcción.












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