Formada como arquitecta y con una sólida trayectoria en interiorismo, Gabriela Arroyo reconfigura su lenguaje a través de la pintura abstracta. Su obra, cargada de capas, texturas y memoria, revela un equilibrio tenso entre control y espontaneidad, donde cada trazo es también una forma de habitar lo vivido.
Gabriela Arroyo habla de la pintura como quien vuelve a una casa que siempre estuvo ahí. No como un descubrimiento tardío, sino como un territorio que aguardaba el momento adecuado para desplegarse. Durante años, la arquitectura, el interiorismo y la vorágine de la vida profesional ocuparon el primer plano. Sin embargo, bajo esa estructura —como una corriente subterránea— seguía latiendo una pulsión más antigua: la necesidad de pintar.
Hoy, de regreso en Chile después de varios años en Europa, esa energía creativa vuelve a ocupar el centro de su práctica.
En su taller, rodeada de telas de gran formato, capas de óleo y espátulas cargadas de materia, Arroyo está construyendo
un lenguaje pictórico propio. Uno que dialoga con la arquitectura, pero que se permite una libertad radical.
“En la arquitectura inciden muchos factores externos. En cambio, aquí soy yo y el lienzo. No le pido permiso a nadie.
Es como mi acto rebelde”, dice entre risas.
Y en ese gesto —a medio camino entre la intuición y la memoria— comienza a dibujarse el universo de su obra.
Volver al origen
Antes de ser arquitecta, Gabriela Arroyo fue la niña que pintaba.
Creció en Viña del Mar y desde muy pequeña participó en talleres de pintura al óleo. A los nueve o diez años ganó un concurso en la universidad local, un reconocimiento temprano que terminó marcando su identidad dentro del colegio y
su entorno.
“Siempre fui la niña que pintaba. Desde muy chica sentía que eso era parte de mí”, recuerda.
Sin embargo, al momento de elegir una carrera, optó por un camino más estructurado. La arquitectura apareció entonces como una especie de puente entre ambos mundos: un territorio donde la creatividad podía convivir con una formación profesional sólida.

Estudió Arquitectura en la Universidad de Valparaíso y durante esos años su relación con la pintura quedó, en cierto modo, suspendida.
La carrera exigía una dedicación total: cálculos, estructuras, proyectos, maquetas.
“Arquitectura es muy técnica y tiene muchos elementos más allá del arte. Durante muchos años tuve que dedicarme completamente a eso”, explica.
Pero la pintura nunca desapareció del todo. Permaneció latente.
El momento de reencuentro llegó durante su intercambio académico en Roma, hacia el final de la carrera.
Vivir en una ciudad donde cada calle parece un museo abierto alteró su percepción del arte. Iglesias, esculturas, frescos,
plazas, ruinas: la historia material del arte europeo estaba literalmente en cada esquina. Durante ese período también
viajó por distintas ciudades del continente y comenzó a recorrer museos con una intensidad casi obsesiva.
Fue entonces cuando volvió a pintar.
“Roma es como vivir en un museo al aire libre. Ahí vuelve a nacer la necesidad de crear, de volver a conectarme con el
arte puro”, recuerda.
Durante ese intercambio desarrolló una serie de collages urbanos inspirados en las ciudades europeas que visitaba. La
colección llamó la atención de profesores y compañeros, y de alguna manera confirmó algo que había estado esperando su momento: el arte seguía ahí.
Madrid: arquitectura, interiorismo y ritmo vertiginoso
Tras titularse, trabajó un breve tiempo en Chile antes de trasladarse a Madrid, donde terminaría viviendo casi siete años.
Allí cursó un Máster en Diseño de Interiores y posteriormente fundó su propio estudio: CALAARQ, desde el cual desarrolló
proyectos residenciales y comerciales.
Fue una etapa intensa. Gabriela diseñaba, coordinaba obras, trataba con clientes, proveedores y constructores. La arquitectura dejó de ser una disciplina académica para convertirse en una práctica diaria, tangible y exigente.
“Era un ritmo muy excitante, pero también muy intenso. Yo hacía todo: diseño, obra, coordinación… era mi estudio”, recuerda.
En ese período su trabajo también obtuvo reconocimiento en concursos de interiorismo evaluados por jurados internacionales, consolidando una trayectoria profesional que parecía ir en ascenso.
Sin embargo, en medio de esa dinámica, la pintura volvió a quedar en segundo plano. El tiempo, simplemente, no alcanzaba.

El regreso
En 2025 Gabriela Arroyo regresó a Chile junto a su familia. La decisión tuvo un componente profundamente personal: buscaba cercanía con su entorno, apoyo familiar y un ritmo de vida más pausado y el cambio fue radical.
Del dinamismo madrileño pasó a instalarse en una parcela, rodeada de campo y silencio. Un entorno donde el tiempo parece expandirse y donde la relación con la naturaleza se vuelve cotidiana.
Ese cambio de paisaje coincidió con otro acontecimiento importante: el nacimiento de su segundo hijo.
Entre la maternidad, el regreso al país y una nueva etapa vital, algo empezó a reordenarse internamente.
Y entonces volvió a pintar.
“Siempre tengo que estar creando. Es una necesidad vital. Si no estoy haciendo arquitectura, estoy pintando”, dice.
El gesto de tomar la espátula otra vez no fue una decisión estratégica ni un plan profesional. Fue más bien una especie de impulso inevitable.
Una necesidad.
Pintar como quien respira
Las pinturas de Gabriela Arroyo nacen de la intuición.
No hay bocetos estrictos ni estructuras previas demasiado definidas. El proceso comienza con manchas, gestos amplios, capas de óleo que se superponen lentamente.
La espátula entra en juego más tarde, cuando esas manchas comienzan a revelar una forma.
“Parto con manchas, tirando colores. Y en esas manchas empiezan a aparecer otras capas, otras formas. Al final agarro la espátula y todo empieza a tomar una forma orgánica”, explica.
El óleo es fundamental en ese proceso.
Le permite trabajar con densidades, espesores, capas superpuestas. La pintura adquiere volumen, textura, presencia física.
No es una superficie plana: es materia.
Esa dimensión material conecta directamente con su formación como arquitecta. Aunque ella insiste en que no intenta forzar esa relación, lo cierto es que conceptos como escala, recorrido o espacialidad aparecen inevitablemente en su obra.
Muchas de sus pinturas superan los dos metros.
“Hay obras que no se pueden mirar en dos segundos. Tienen un recorrido. Tienes que detenerte, desplazarte, contemplarlas”, dice.
El espectador no solo observa la obra: la habita.

Paisajes emocionales
La serie que actualmente desarrolla se titula Ciclos.
Es un conjunto de pinturas abstractas donde predominan formas orgánicas, capas de color profundas y una paleta que combina tonos terrosos, verdes, azules y sombras densas.
Arroyo describe estas obras como “paisajes emocionales”.
No representan lugares específicos, pero evocan territorios internos: recuerdos, procesos personales, transformaciones.
“Mis obras nacen desde lo íntimo. Desde mi presente, desde mis emociones. Por eso son paisajes emocionales”, explica.
La naturaleza aparece de manera recurrente.
No como representación literal, sino como una presencia orgánica que emerge de la pintura misma: flores insinuadas, texturas que recuerdan cortezas, manchas que evocan vegetación o tierra.
El cambio de vida —del centro urbano madrileño al campo chileno— tiene mucho que ver con esa aparición.
“Volví a vivir en el campo, y sin pensarlo empezaron a aparecer elementos orgánicos en las obras. Es lo que estoy viviendo ahora”, dice.
La materia y el aura
Uno de los conceptos que Arroyo menciona con frecuencia al hablar de su obra es la idea de aura.
Un término que recuerda haber estudiado durante su formación universitaria y que, con el tiempo, terminó adquiriendo un significado personal dentro de su práctica.
Para ella, una obra tiene aura cuando acumula experiencia, historia, emoción.
Cuando no es simplemente una imagen más dentro del flujo infinito de imágenes que nos invaden en la vorágine actual de las redes sociales.
“Busco que mis obras tengan una carga especial, una vivencia, una historia que las haga únicas”, explica.
En ese sentido, sus pinturas funcionan también como una especie de resistencia silenciosa frente al exceso visual de nuestro tiempo.
Pantallas con imágenes que aparecen y desaparecen en segundos.
Frente a ese ritmo vertiginoso, sus telas proponen lo contrario.
Pausa… Contemplación.
“Hoy vivimos saturados de imágenes. Mis obras invitan a detenerse, a mirar con calma”, dice.
“Me imagino las obras como un paisaje interior dentro de un espacio. Un lugar donde detenerse”, agrega.

Arquitectura y pintura: un mismo cuerpo
Aunque hoy la pintura ocupa el centro de su práctica, la arquitectura no ha desaparecido de su vida.
De hecho, sigue recibiendo encargos y desarrollando proyectos de manera puntual. Pero más que disciplinas separadas, ambas parecen formar parte de un mismo sistema creativo.
“No soy arquitecta por un lado y artista por otro. Todo va de la mano”, explica.
La escala, la materia, la luz, el recorrido del espectador dentro del espacio… todos esos elementos aparecen tanto en la arquitectura como en su pintura.
Incluso el cuerpo entra en juego.
Para pintar formatos tan grandes, Gabriela se desplaza frente al lienzo, estira el brazo, inclina el cuerpo. El gesto se vuelve casi un espectáculo teatral.
La pintura deja de ser un acto exclusivamente manual y se transforma en una experiencia física.






Artista
Después de años de títulos académicos —arquitecta, diseñadora de interiores— la palabra artista todavía le provoca cierto pudor.
“Siempre sentí que el título de artista era para los grandes. ¿Quién me da ese título?”, apunta.
Pero poco a poco esa resistencia comienza a transformarse. Porque, al final, la identidad artística no se otorga desde afuera. Se construye trabajando, pintando, explorando.
“He trabajado muchos años en esto. Hoy siento que mi obra tiene una identidad, una coherencia visual. Y eso me da confianza para mostrarla”, reflexiona.
Actualmente Gabriela continúa desarrollando la serie Ciclos, experimentando con capas de óleo, texturas y escalas monumentales.

También sueña con realizar exposiciones, colaborar con arquitectos y artistas, y eventualmente mostrar su trabajo en circuitos internacionales, manteniendo el vínculo que aún conserva con Madrid.
Pero más que un plan rígido, su proceso se mueve en otra lógica.
La del flujo.
“Estoy fluyendo. Nunca imaginé que empezar a mostrar mi obra iba a generar estas conversaciones”, dice.
Y mientras habla, la pintura sigue creciendo en su taller, capas sobre capas, como si cada gesto fuera una forma de volver, una y otra vez, al mismo lugar de origen.
El lugar donde todo comenzó: la niña que pintaba.










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