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Andrea Vaccaro: El alma en los espacios

Dic 4, 2025 | Interiorismo, Reportajes | 1 Comentario

“Todo espacio tiene un alma. Y uno entra ahí, en silencio, a descubrirla”. La frase es de Andrea Vaccaro Argo, y la dice con esa claridad tranquila de alguien que ha pasado más de dos décadas leyendo la vida de las personas a través de sus casas. No lo plantea como teoría ni dogma: lo dice como quien ha aprendido observando, instalando muebles, caminando entre cajas recién abiertas, oyendo las dudas de los clientes y mirando con atención esos rincones donde se juega la vida cotidiana.

Andrea nació en Concepción, pero su historia profesional se escribió durante años entre Santiago, Concepción y su ciudad natal. Su oficio empezó temprano, desde abajo, entendiendo la decoración no como un gesto estético sino como una herramienta para ordenar el mundo interior de otros. Estudió Diseño de Ambientes en Duoc UC Concepción, y desde entonces el trabajo la llevó por tiendas, talleres, bodegas, ferias comerciales y casas de todo tipo.

Su camino no fue lineal, ni aspiracional, ni formulado como un plan impecable: fue práctico. Fue vida real.

El origen: tiendas, clientes y el lenguaje de los objetos

Antes de transformarse en una figura reconocible dentro del interiorismo en Chillán y sus alrededores, Andrea vivió su primera gran escuela en Santiago. Tenía menos de treinta y arrendó su primera tienda.

Era un local Avenida Padre Hurtado, muy entretenido con diferentes espacios, especializado en muebles infantiles, un rubro que la fascinaba por la mezcla entre imaginación, materialidad y escala doméstica. Luego abrió otra tienda en el barrio El Golf, en Augusto Leguía, un espacio que recuerda con cariño porque “en ese tiempo yo hacía todo… estaba metida en cada detalle, desde atender hasta instalar”.

El negocio funcionaba bien, pero cuando nació su primera hija, decidió volver a Chillán. “Fue por un tema de vida, de tiempo… necesitaba compatibilizar todo eso con ser mamá”, recuerda. En su ciudad abrió una nueva tienda de muebles infantiles, pero pronto la gente comenzó a pedirle otras cosas: muebles a medida, ambientaciones de dormitorios, cambios de distribución, ayuda en reformas pequeñas. Andrea entraba por una necesidad puntual y terminaba transformando el espacio completo.

Ese contacto directo con los clientes –preguntas, necesidades pequeñas, presupuestos ajustados– le enseñó algo que desde entonces guía todo su trabajo:
“Me interesa que las casas tengan alma, no que se parezcan a una revista”.

Espacio Cubo y la consolidación profesional

El salto definitivo llegó cuando Francisca Martínez abrió Espacio Cubo en Chillán y la invitó a instalar su tienda adentro. Para Andrea fue un punto de inflexión. “Ahí ya empezamos a hacer proyectos más grandes. No solo muebles: proyectos completos, ambientaciones, cambios de distribución… la gente te va confiando más”, explica.

En ese espacio colaborativo, rodeada de otros rubros, aprendió a trabajar articuladamente con distintos profesionales y a entender el proyecto de interiorismo como una conversación multidisciplinaria: carpinteros, paisajistas, diseñadores, proveedores de iluminación, papeles murales y arte. Esa forma de trabajo –horizontal, colaborativa, flexible– se convertiría más adelante en uno de sus sellos más reconocibles.

Más tarde, llegó la invitación a integrarse como encargada del área de diseño en Casa D, una tienda grande recién inaugurada en Chillán. Ahí estuvo varios años, desarrollando proyectos más complejos, coordinando fabricación, instalando mobiliario y trabajando directamente con clientes. Pero otra vez el tiempo, las hijas y la intensidad del rubro volvieron a poner la pregunta sobre la mesa: ¿era sostenible dirigir una tienda y, a la vez, estar en terreno instalando proyectos?

La respuesta fue clara: no. Andrea decidió independizarse.

“Ser dueña de tienda es precioso, pero esclavizante. El cliente quiere verte a ti, quiere hablar contigo, quiere que tú instales. Y si estás atendiendo un local mientras al mismo tiempo deberías estar en una obra… no da, simplemente no da. Hoy soy literalmente una vendedora ambulante, pero feliz”, dice riéndose.

Independencia, oficio y la experiencia con el mundo inmobiliario

La independencia no significó empezar desde cero. Mientras trabajaba en tienda, Andrea ya había iniciado una relación laboral con Inmobiliaria Del Real, una colaboración que se ha mantenido hasta hoy. Lo primero que le tocó fue corregir un piloto diseñado por otra oficina.

“No les funcionaba mucho. Y ahí yo metí la cuchara”, cuenta. Con el tiempo se volvió parte estable del equipo: asesora, diseña, revisa detalles, participa en la definición de espacios comunes, y actúa como contraparte de arquitectura en proyectos nuevos, incluido el reciente strip center que la inmobiliaria está pronta a inaugurar.

Esa relación larga habla de algo más profundo: confianza.
Confianza en su ojo, en su manera de resolver problemas y en su capacidad de dialogar con equipos técnicos sin perder el foco humano.

Hoy, dentro del nuevo strip center, Andrea está desarrollando dos proyectos.

Le gusta esa mezcla: lo comercial y lo residencial, lo pequeño y lo grande, lo íntimo y lo público.

“El comercial tiene desafíos distintos… al final uno hace lo mismo, pero pensando en la empresa, en el flujo, en la experiencia”, explica.

El estilo: mezclas cálidas, fibras naturales y espacios que se habitan

Andrea no habla mucho de “estilo” como categoría rígida. Nunca se sintió representada por los encasillamientos académicos. Prefiere observar.

“Trabajo mucho con mezclas. No me acomoda la estética fría o muy moderna, especialmente en Chillán, donde la mayoría vive en parcelas o casas amplias y conectadas con el jardín. Ahí funcionan materiales más cálidos: madera, fibras naturales, lino, piedra. Me gusta lo natural, lo táctil, lo que envejece bien.”

Su paleta es predominantemente neutra: tierra, arena, blancos, verdes grisáceos. Y esa elección no tiene que ver con moda, sino con duración emocional.

“Prefiero jugar el color con un cuadro, con un jarrón… no en el sofá. Los tonos neutros permiten que la casa respire y que los años pasen sin agotarla”.

Pero si hay algo que sí declara como sello, es la búsqueda del alma del espacio.

“Para mí lo básico es que cada lugar tenga su propia alma. Ese es mi sello. Y también el cariño. Yo trabajo con cariño con la gente; si no, no me funciona”.

Sus proyectos hablan de eso: dimensiones modestas, presupuestos reales, vida cotidiana. Andrea mira los espacios como organismos vivos; no como escenografías.

El proceso creativo: escuchar para interpretar

Cuando un cliente la llama, Andrea no empieza dibujando: empieza escuchando.

“¿Quiénes viven en la casa? ¿Cómo habitan? ¿Dónde se sientan? ¿Dónde se juntan?”
Cada familia es un mundo, insiste. Para algunos, la vida ocurre en la cocina. Para otros, en la sala de estar. Hay quienes nunca usan el living y quienes vuelven siempre al dormitorio.

Con esa información inicial arma una idea base: paleta, texturas, distribución, mobiliario. Luego viene la etapa más técnica: modelos 3D, renders, referencias visuales y propuestas concretas. Su forma de trabajar es clara: diseño, presentación y luego presupuesto detallado.

Pero también hay flexibilidad. Cuando un cliente mira la propuesta y teme que “no le alcance”, Andrea busca alternativas.

Cambia un sofá por otro, ajusta materiales, reutiliza muebles.
“Yo siempre he tratado de llevar el diseño a algo más accesible. En Chile el interiorismo es muy elitista… las revistas muestran casas de 500 o 600 metros. Pero la gente normal también merece vivir bonito, ¿cierto?”

Su mirada sobre el rubro es crítica, pero pragmática. Le interesa democratizar el acceso al diseño. Que deje de ser aspiracional y se vuelva cotidiano.

Mujeres que se potencian

Una parte esencial de su modo de trabajo es la red. Pero no una red formal ni jerárquica: una red de mujeres creativas, emprendedoras, madres, diseñadoras, paisajistas y artesanas que se apoyan mutuamente.

Entre ellas está; Tania Muñoz, su partner en proyectos grandes, Daniela y María Paz de Arte Bendito, dedicadas a arte y paisajismo; J&C Deco, representantes de Hunter Douglas en Chillán y La Flora, empresa de papeles murales.

La colaboración fluye. Se recomiendan clientes, se cubren áreas según la especialidad de cada una, y juntas ofrecen soluciones más completas.

“A mí me gusta trabajar así, en comunidad, no en grandes empresas. Siento que así se activa la economía local y nos potenciamos todas”.

China: un viaje para abrir otra puerta

En los últimos años, Andrea comenzó a mirar más allá del trabajo uno a uno. El diagnóstico era claro: en Chile los objetos bonitos suelen ser caros. No porque deban serlo, sino por cómo funciona el mercado.

“Me pasaba que encontraba la misma lámpara en una tienda a 250 y en otra a 85. El proveedor era el mismo. Entonces pensé: ¿por qué no traer yo misma?”

Organizó con una amiga un viaje comercial a China, donde visitaron la feria Canton, Yiwú, Foshan, Hong Kong y Shanghái.

La experiencia la marcó.

“Allá encontré todo. Hubiera traído China entera. Las fábricas son como ciudades gigantes”.

Más allá de la anécdota, ese viaje abrió una posibilidad real: importar directamente y ofrecer productos de calidad a precios más variados. No para masificar indiscriminadamente, sino para ampliar el acceso.

“Me gustaría acercar el diseño a más gente. Esa es la meta».

El presente: austeridad, escala humana y oficio

Hoy, Andrea no tiene tienda física. Y está bien así. Trabaja “sobre ruedas”, como dice entre risas, moviéndose entre obras, reuniones, bodegas y casas. Mantiene una cartera de proyectos diversa: casas nuevas, reformas, espacios comerciales, pilotos inmobiliarios y mobiliario a medida cuando es necesario.

Su sello no está en la espectacularidad, sino en la escala humana, en eso que susurra en el subconsciente de los recintos, en esos detalles que evocan memorias. En la escucha. En entender lo que se necesita sin imponer un estilo. En combinar materiales nobles con propuestas accesibles.
En darle alma a lugares donde antes no la había.

Quizás por eso su nombre circula tanto en Chillán: por la cercanía, el oficio, la precisión y el cariño que pone en cada encargo.

“Yo creo que la gente percibe cuando uno hace las cosas con cariño. Eso se nota en los espacios.”

Y en la conversación, también.

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1 Comentario

  1. Claudia Yañez

    Me encanta su trabajo y la calidad humana que entrega en cada uno de ellos!
    Mi Living-comedor -cocina, quedo maravillosa!
    Súper recomendable

    Responder

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