Desde la infancia entre campos agrícolas en Chillán hasta la creación de jardines sostenibles en distintas regiones del país, Catalina Jahn ha construido una trayectoria donde lo humano y lo ecológico se encuentran. Su mirada íntima y vital convierte cada proyecto en un espacio para habitar, recordar y vivir.
En Chillán, entre campos agrícolas y veranos de camping bajo la sombra de los árboles, nació una relación con la naturaleza que nunca dejó de crecer. Catalina Jahn Forteza recuerda con nitidez las caminatas por los cerros, las tardes de deportes en ríos y lagos tranquilos, la experiencia de leer tendida sobre la tierra y no en una terraza. “Yo creo que mi contacto con la naturaleza llegó cuando era niña. Mis vacaciones siempre fueron acampando, inmersos en la naturaleza”, dice con la serenidad de quien ha visto cómo esos recuerdos se transforman en oficio y vocación.
Hoy, después de más de veinte años de trabajo, Catalina se define en pocas palabras: paisajista, agrónoma, mamá de cuatro hijos, esposa y amante de la naturaleza, desde siempre. Pero la definición no alcanza a contener el modo en que concibe su disciplina. Sus jardines no son piezas de exhibición, no son escenografías estáticas, sino espacios vivos, diseñados para ser habitados, recorridos y sentidos. “Para mí el jardín no es algo para mirar, sino que es algo para estar. Es lo que creo, deben ser una experiencia, un espacio para vivirlo”, explica.
Su vida y su obra dialogan con ese origen íntimo: la infancia marcada por lo sencillo, el descubrimiento en Alemania de una cultura que vive el paisaje como extensión de la ciudad, la formación en agronomía y luego en arquitectura del paisaje, la influencia de maestros, la búsqueda de un método propio. Cada jardín es, al mismo tiempo, técnica y emoción, ecología y memoria, comunidad y familia.
El campo como escuela
Catalina creció en una familia agrícola. Aunque vivía en la ciudad, siempre estuvo rodeada del campo y de sus ritmos. La vida rural era parte del día a día, aunque las direcciones postales dijeran otra cosa. “Yo me crié en Chillán y vengo de una familia agrícola, netamente, y yo creo que mi contacto con la naturaleza es desde, y para, siempre”, recuerda.
Las vacaciones eran distintas a las de sus compañeros: no había cabañas ni grandes comodidades, sino carpas en medio del bosque, la fogata como centro y las estrellas como techo. Ese vínculo temprano con lo esencial le dio una manera de mirar distinta. “Conocer los parques nacionales, leer debajo de un árbol, sentir las rocas de los ríos helados, vivir el cerro”, dice.
En esa cotidianeidad aprendió a leer la naturaleza sin pretensiones, desde la calma y la contemplación.
Esa infancia, cruzada por caminatas, lagos y deportes tranquilos, se convirtió en la semilla de lo que hoy transmite en cada proyecto: jardines que no buscan la perfección de un catálogo, sino la experiencia vital de estar en ellos.

Alemania: el descubrimiento de otra forma de habitar
El otro momento fundante llegó a los dieciséis años, durante un intercambio en Alemania. Allí vio cómo la relación entre las personas y el paisaje podía ser radicalmente distinta. “Ahí fue donde finalmente nació mi vocación», confiesa.
Las ciudades eran distintas: amigables, pensadas para integrar el verde. “En Alemania no tienen piscina en sus casas, sino más bien se van al lago. Termina la pega y se van todos al lago con una bicicleta y los niños atrás. Eso es muy bonito”, cuenta. También recuerda cómo las carreteras estaban diseñadas para que el verde predominara, cómo la gente caminaba por los campos sin cercos ni límites. “Ellos tienen el concepto de ciudad, el concepto de vivir inmerso en el paisaje, mucho más que nosotros”.
Ese descubrimiento le mostró un modelo de vida donde la naturaleza no es un adorno, es algo esencial e inherente al ser humano. Eso, en gran medida, fue la chispa inicial de su decisión definitiva: ser paisajista.

De la agronomía al paisajismo: la doble formación
A pesar de esa pulsión, la decisión no fue inmediata.
“Siempre quise ser paisajista, desde los 16 años, pero mis papás me sugirieron que estudiara agronomía o arquitectura. Preferí estudiar agronomía para entender a cabalidad la naturaleza, la ecología, el comportamiento de las plantas”, recuerda.
La formación profesional fue exigente, ingenieril, y le entregó un conocimiento profundo de las especies, de los ciclos, de los suelos y del agua. Ese bagaje hoy es parte central de su propuesta: jardines pensados no solo en su diseño, sino en su mantención, en su sustentabilidad real a lo largo del tiempo. “Mis jardines, por ejemplo, en general no se podan, al menos no con la frecuencia a la que estamos acostumbrados… las plantas tienen que crecer todo lo que tienen que crecer y así está pensado el jardín. Hay una parte ecológica distinta que me lo da la parte agrícola”, explica.
Más tarde vendría el paso definitivo: el postítulo en Arquitectura del Paisaje en la Universidad Católica. Allí se enfrentó a un enfoque interdisciplinario, trabajando con artistas, arquitectos, historiadores.

“Eso me abrió mucho la mirada hacia el de diseño, hacia la sensibilidad artística que conlleva. Si bien yo ya la sentía como algo internalizado, creo que tengo buen ojo estético, ese experiencia me abrió mucho al análisis del paisaje, a las miradas más arquitectónicas, a cómo uno percibe las cosas”.
En esa etapa hubo figuras claves. Catalina nombra con especial cariño al paisajista Juan Grimm. “Para mí él fue el gran maestro junto a Carol Krämer. Ellos fueron grandes guías porque hacen un paisajismo que a mí me hacía sentido”.
De ellos aprendió a mirar el paisaje desde la emoción y la sensibilidad, pero también con un rigor conceptual que le ha permitido sostener su trabajo a lo largo de dos décadas. “Si bien no hago el mismo paisajismo que ellos, porque uno va evolucionando, quedó plasmado en mis jardines la forma en que ellos abordaban el paisaje”.
Un método centrado en las personas
Hablar del estilo de Catalina Jahn no es sencillo, porque no responde a una estética rígida. Su método se centra en dos pilares: lo humano y lo ecológico.
“El estilo es más bien enfocado en el ser humano”, dice. Cada proyecto parte de las necesidades psicológicas y vitales de quien habitará ese jardín. Si es en el sur, donde la falta de luz deprime, pondrá flores y colores vivos. Si es en la zona central, marcada por la sequía, privilegiará los verdes que refrescan la mirada. Si un cliente recuerda con nostalgia el sauce del campo, buscará incorporarlo.
“Mi mayor desafío es que el jardín se empiece a usar, que se haga el asado afuera, que al cliente le recuerde algo. El jardín es más bien una historia para contar, algo para recorrer, para recordar lo que quieras recordar: un olor, un color que te hace bien”, explica.
El otro pilar es lo ecológico, pero desde una mirada amplia. Catalina cuestiona los discursos vacíos que repiten consignas sin entender las consecuencias. “Para mí la ecología no es solo un speech. Todavía hay gente que usa tierra de hoja, que la sacan de los cerros y los depredan para tener un jardín lindo. De ser necesario yo prefiero, por ejemplo, usar un fertilizante químico antes que eso, es una forma distinta de mirar lo ‘sustentable’”, asegura.




Su visión de lo sostenible incluye el uso de materiales locales —durmientes de las líneas del tren en Chillán, piedras de las canteras de Colina— y también el trabajo con comunidades locales. “En San Vicente trabajo con gente de San Vicente, en Temuco con gente de Temuco. No me llevo un equipo fijo. Eso también es sostenible”.
Lo sostenible como práctica vital
En sus palabras, más que sustentable, su enfoque es sostenible, en el sentido amplio del término. No se trata solo de ahorrar agua o de usar químicos con moderación, sino de pensar en el ciclo completo: materiales, especies, mano de obra, cultura local.
Incluso en algo tan debatido como el pasto, Catalina se permite una mirada flexible. “Mientras tengan agua, ocúpenla. Eso se va a las napas freáticas, no es poco ecológico. Cuando no tengan agua en 20 años más tendrán que poner un patio duro. Pero si ahora necesitan el verde, ¿por qué no?”.
Su práctica no se encierra en dogmas, sino que se abre a las realidades concretas de cada cliente, cada comunidad y cada territorio.

Awen: diseño colaborativo y artesanía local
En esta misma línea se encuentra Awen. Un proyecto que nació junto a su amiga y socia Anita Alessandrini. La idea surgió de manera natural: Catalina siempre diseñaba rincones y complementos en sus jardines —reposeras, maceteros, fogones, esculturas—, pero no tenía el tiempo ni la logística para producirlos. Anita, en cambio, sí tenía esa habilidad.
De esa alianza nació una línea de objetos y complementos premium para jardines, hechos en Chile, con materiales nobles y duraderos. “Son modelos súper clásicos, pero que duran toda la vida”, explica.



El proyecto también se convirtió en un motor para la economía local, vinculando a costureras, artesanos, escultores y maestros. “Ha sido súper lindo darle trabajo a personas que no lo tenían. Hay casos de artesanos que gracias a Awen han podido sostener a sus familias y que sus hijos estudien”, cuenta Catalina.
En Awen también hay una dimensión ecológica: al privilegiar lo local, se evita la huella de carbono de importar objetos de plástico o de producción masiva. “Nosotros estamos más enfocados en materiales nobles, reales, que envejecen con el tiempo. Hay un segmento de gente que preferimos las cosas tal como son, con sus defectos”.
Volver a lo esencial
Después de recorrer su historia, Catalina vuelve siempre al mismo punto: lo esencial. La infancia en Chillán, la experiencia en Alemania, la agronomía, el paisajismo, los maestros, los jardines diseñados para personas y comunidades: todo conduce a la misma conclusión.
“En Chile tenemos tanta riqueza nativa, tantos climas distintos, que es lindo poder hacer jardines y parques enfocados en el ser humano, tomando en cuenta toda esta riqueza. No necesitamos grandes lujos o viajes para ser felices. Podemos estar ahí, sentados en una reposera, dichosos. No es necesario mucho más que eso”, dice.

Esa certeza íntima, dicha sin grandilocuencia, resume una vida dedicada a hacer del paisaje un lugar para habitar. El jardín, para Catalina Jahn, no es un lujo ni un adorno: es un espacio donde la memoria se vuelve presente y donde lo cotidiano se convierte en un acto de belleza simple y compartida.










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