Con una práctica que privilegia la escala humana y la interdisciplina, María Paz Gómez-Lobo y Francisca Vergara construyen una arquitectura que se adapta, contiene y potencia la vida cotidiana. Desde su estudio en Santiago cada obra parte de una pregunta esencial: ¿cómo se vive este lugar? Una mirada que une oficio, sensibilidad y detalle en cada decisión.
Entre planos, noches de taller y maquetas imposibles nació la complicidad y una amistad inquebrantable entre María Paz Gómez-Lobo y Francisca Vergara, arquitectas formadas en la Universidad Católica, hoy fundadoras del estudio GLV Arquitectura. Se conocieron en los pasillos de Lo Contador, compartiendo jornadas interminables que, más que un ejercicio académico, fueron una escuela de colaboración y empatía.
“Nos conocimos hace muchos años y siempre tuvimos la inquietud de trabajar juntas”, cuentan. “Sabemos perfectamente cómo trabaja cada una, compartimos una visión de la arquitectura y una afinidad estética que es clave para tomar decisiones”.
Después de recorrer caminos paralelos —ambas con paso por el mundo inmobiliario y la experiencia de la maternidad—, decidieron finalmente unir sus fuerzas durante la pandemia. Fue un momento de repliegue y de transformación del habitar, donde las casas se volvieron oficinas, aulas y refugios.
En medio de ese cambio global, GLV emergió con la necesidad de volver al contacto directo con las personas y los espacios reales. “Quería trabajar con el cliente en vivo y en directo”, dice María Paz. “En las inmobiliarias aprendimos muchísimo, fue una escuela, pero ahí no tienes contacto con el usuario final. Y necesitaba eso: mirar, escuchar, entender cómo vive la gente”.
Cinco años después, esa decisión sigue marcando el sello de una oficina que se mueve entre la arquitectura y el interiorismo, entre lo técnico y lo sensible, y que ha sabido construir una manera de hacer arquitectura centrada en lo esencial: el uso.

Arquitectura sin fórmulas
En un panorama donde muchos estudios definen su identidad a través de estilos, materiales o paletas reconocibles, GLV prefiere no fijar etiquetas.
“No nos regimos por un estilo particular”, explican. “Cada proyecto tiene su propio contexto, su paisaje, sus materiales, su clima, su normativa, su gente. Lo importante es entender todas esas variables antes de tomar cualquier decisión de diseño”.
El enfoque, más que formal, es metodológico. Todo parte por una observación profunda del entorno y del cliente.
“Nos interesa saber cómo y para qué se va a usar el espacio”, señala María Paz. “A partir de eso aparecen las soluciones, los materiales y las proporciones. Uno nunca se desmarca completamente de su huella como arquitecto, pero el centro siempre es el proyecto, no nosotras”.
Esa manera de pensar la arquitectura las aleja del concepto de “firma” o “autoría”. Les incomoda la idea del arquitecto como artista solitario. “La arquitectura es un trabajo en equipo y de servicio”, dice Francisca. “Ponerse al servicio del proyecto y no al revés”.
En su práctica cotidiana, eso se traduce en un equilibrio permanente entre la flexibilidad y la precisión. GLV no busca repetir fórmulas, sino leer con atención cada encargo.
“Puede ser una vivienda unifamiliar, una oficina, una ampliación o una remodelación; siempre partimos por el uso”, agregan. “Nos interesa potenciar al máximo la vida que va a ocurrir dentro de esos muros”.

El valor del detalle
Si hay algo que une a las fundadoras de GLV es la obsesión por los detalles. En su oficina no existen proyectos “menores”.
“Nos importa igual una cocina que una casa completa”, aseguran. “Porque lo relevante no es la escala, sino el modo en que ese espacio mejora la vida de quien lo habita”.
Ese foco se traduce en una mirada artesanal sobre el proceso de diseño.
“Nos gusta entendernos como una oficina tipo sastrería”, comenta Francisca. “Todo a la medida, sin soluciones prefabricadas. Nos tomamos el tiempo para definir los detalles, estar en las obras, ajustar lo necesario”.
El detalle, sin embargo, no es una cuestión ornamental, sino funcional.
“Los materiales nobles, que envejecen bien, son algo que valoramos mucho”, dice María Paz. “Tratamos de no usar cosas que pretendan ser lo que no son. La nobleza del material se nota, y eso genera una arquitectura que se sostiene en el tiempo”.
La experiencia, más que la fotografía, es el criterio que guía su trabajo. “En redes sociales mostramos sólo una parte”, aclaran. “Entendemos que Instagram es visual, pero nuestra arquitectura no se mide en imágenes: se vive”.
El corazón de la filosofía de GLV es simple y, a la vez, profundo: la arquitectura como soporte del habitar. No como objeto ni como gesto formal.

“Nos gusta pensar la arquitectura como un soporte, una envolvente de las actividades que suceden tanto en su interior como exterior”, dicen. “Un soporte que acoge, que interactúa y que potencia ese habitar”.
Esta idea, aprendida y pulida desde sus años de formación, atraviesa cada uno de sus proyectos. Para ellas, diseñar implica observar la realidad doméstica con una precisión casi antropológica.
“Nos pasa mucho que los clientes llegan con referencias de Pinterest o con la idea de replicar algo que vieron”, explica Francisca. “Pero no siempre eso se adecua a su forma de vivir ni a los espacios disponibles. Nuestro trabajo es ayudarlos a descubrir cómo realmente quieren usar su espacio”.
Ese proceso, muchas veces, las lleva a modificar decisiones en plena marcha.
“A veces en medio del proyecto, el cliente se da cuenta de que quiere ocuparlo de otra manera”, comenta María Paz. “Y eso cambia todo, pero es parte del proceso. Lo más importante es cómo van a habitar el espacio, no cómo se ve”.
Pasar liebre por gato
En la escuela, una frase quedó grabada para siempre en su memoria: pasar liebre por gato. “Era una expresión que usaba un profesor para describir lo que debe lograr un arquitecto”, recuerdan. “Significa entregar algo que quizás no cuesta más, pero que tiene una calidad espacial superior, que sorprende y mejora lo que el cliente esperaba”.
El dicho popular dar gato por liebre significa engañar, ofrecer algo de menor valor fingiendo que es mejor, por ejemplo: “Le vendieron vino barato como si fuera de reserva: le dieron gato por liebre.”
Dar liebre por gato sería una inversión irónica y positiva: dar más de lo que se promete, sorprender positivamente o no defraudar.
Esa idea resume su manera de entender la profesión: generar valor desde la inteligencia y la sensibilidad, no desde el presupuesto.

“Mucha gente piensa que para hacer buena arquitectura se necesita mucho dinero”, dice Francisca. “Pero no es así. Lo importante está en las decisiones espaciales y funcionales, en la luz, la proporción, los recorridos”.
Su objetivo no es impresionar, sino elevar. “Queremos que el resultado aporte más de lo que el cliente imaginó”, añade María Paz. “Y cuando lo viven, cuando se dan cuenta de que el espacio les mejora la vida, eso es lo que reafirma por qué hacemos lo que hacemos”.
Interdisciplina y capital humano
Para GLV, la arquitectura no es una labor aislada. Cada proyecto se construye en red, con la colaboración de múltiples disciplinas. “Nos encanta trabajar con otros profesionales”, afirman. “El paisajismo, la iluminación, la construcción, la estructura: todo aporta”.
Esa apertura interdisciplinaria, que consideran una extensión natural de la profesión, se da desde las primeras etapas del diseño. “Mientras antes se sumen los distintos actores, mejor”, explica María Paz. “El constructor o el calculista pueden entregar soluciones que enriquecen el proyecto, ajustándolo al presupuesto sin perder calidad”.
La pandemia les enseñó, además, a valorar el capital humano que hay detrás de cada obra. “Había escasez de materiales y de mano de obra, y tuvimos que aprender a trabajar con lo que había”, recuerda Francisca.
“Eso te obliga a ser creativa, a confiar en la gente, a construir equipos. Cuando un maestro, un calculista o un paisajista funciona bien contigo, quieres seguir trabajando con ellos. Se genera un lenguaje común que se nota en el resultado final”, añade María Paz.

El desafío de leer los tiempos
El contexto también moldea su arquitectura. En un mundo globalizado, donde los modos de vida cambian rápido, GLV se mantiene alerta. “Los desafíos que vienen en Chile no son solo locales”, reflexionan.
“Hay transformaciones culturales que se reflejan en la forma de habitar: espacios más pequeños, familias más diversas, nuevas formas de convivencia”.
La observación de esos procesos les permite anticipar tendencias sin seguir modas. “Hace diez años nadie pedía cocinas abiertas”, comenta María Paz.
“Hoy casi todos las quieren integradas. Son cambios culturales, y hay que estar atentos para responder con soluciones espaciales que acompañen esa evolución”.

El equilibrio entre tecnología, eficiencia y calidez humana es uno de sus ejes. “La arquitectura está llamada a adaptarse”, dicen. “Pero esa adaptación no significa perder identidad, sino entender cómo los cambios tecnológicos y culturales se pueden traducir en bienestar, en confort, en calidad de vida”.
Una oficina boutique en un mundo acelerado
A diferencia de otros estudios que buscan crecer en volumen o expandirse geográficamente, GLV Arquitectura apuesta por la escala humana.
“No tenemos metas de crecer en grandes números”, confiesan. “Nos vemos más como una oficina boutique, que pueda dedicarle el tiempo necesario a cada proyecto”.
Esa decisión no responde solo a una elección profesional, sino también a una convicción ética. “Queremos mantenernos cercanas, con tiempo para escuchar, diseñar y acompañar”, afirma Francisca. “Cada obra nos enseña algo nuevo; estar presentes en todo el proceso es lo que más disfrutamos”.


Su crecimiento, entonces, se mide en otros términos: profundidad, coherencia, atención. “Nos interesa expandir áreas de conocimiento, capacitarnos, aprender de otras disciplinas”, dice María Paz. “Pero siempre con la mirada puesta en lo esencial: que la arquitectura sea un soporte para optimizar la calidad de vida.
Habitar, el verdadero proyecto
En cada conversación, en cada obra y en cada plano, la palabra habitar aparece como un eje que articula su pensamiento. No como concepto abstracto, sino como práctica concreta que involucra tiempo, afectos, cuerpos y luz.
Para ellas, la arquitectura no es una colección de objetos, sino un conjunto de relaciones: entre personas y lugares, entre materiales y emociones, entre lo que se ve y lo que se siente.
“Nos gusta pensar la arquitectura como una carcasa interactiva con el usuario, por dentro y por fuera”, resumen. “No es un objeto para mirar, sino un espacio que se usa y con el que se interactúa”, vuelven a afirmar.

Quizás por eso, los proyectos de GLV se reconocen no por una estética fija, sino por su capacidad de adaptarse, contener y acompañar.
Cada casa, cada remodelación o ampliación lleva esa misma impronta: la búsqueda de una belleza funcional, íntima, que entiende que la arquitectura más valiosa es aquella que permite vivir mejor.








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