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Iván Hurtado: El Intérprete

Ago 4, 2025 | Destacados, Interiorismo | 0 Comentarios

Arquitecto de profesión y diseñador de interiores por necesidad vital, Iván Hurtado ha construido una práctica donde lo técnico se funde con lo íntimo, y donde cada decisión —por mínima que sea— busca cuidar lo cotidiano. Con materiales nobles, geometría contenida y una escucha atenta, este profesional diseña interiores que no imponen: acompañan, contienen y permiten habitar con calma. En el trabajo de Iván no hay efectos ni excesos: hay decisiones. Cada proyecto se levanta desde la arquitectura, se piensa desde la atmósfera, y se entrega con la precisión de quien cuida lo esencial.

A veces basta una luz tenue, el trazo de una línea clara o la textura de un lino crudo para descubrir que el interior de un espacio también puede ser una extensión del alma. Iván Hurtado lo sabe desde siempre. Desde que, a los ocho años, ordenaba muebles, combinaba colores y reconocía en cada textura una oportunidad de expresión. Lo suyo no fue un camino forzado ni un plan maestro: fue una vocación silenciosa que se reveló entre capas de geometría, estética y sentido.

Arquitecto de formación, interiorista por instinto y creador en búsqueda constante, Iván ha construido una obra que desafía los moldes. Lejos de imponer un sello, abraza la figura del intérprete: alguien que, como un director de orquesta invisible, armoniza las voces de quienes habitan el espacio. “No me interesa tanto dejar mi huella, sino más bien traducir lo que el cliente necesita, con claridad, con equilibrio, con emoción”, dice. Y lo logra. Cada proyecto es una conversación materializada; una traducción precisa de lo íntimo, lo cotidiano, lo posible.

Desde su trabajo en WOM liderando el diseño de tiendas a nivel nacional, hasta sus intervenciones personales en departamentos y casas, Iván despliega un estilo en constante movimiento: “más clásico que moderno, más nórdico que tropical, más geométrico que orgánico, pero nunca rígido”, describe. Su universo es un cruce entre Le Corbusier y el diseño español, entre lo cálido del lino y la sobriedad de la madera oscura, entre la luz natural y la posibilidad de la penumbra.

Este es su recorrido. Sus búsquedas. Y sus espacios.

Origen espontáneo

“Yo creo que desde chico siempre me gustó más el interiorismo que la arquitectura”, confiesa. Aunque estudió en la Universidad del Desarrollo en Concepción —ciudad donde vivió dos décadas—, sus verdaderas influencias no vinieron de la academia.

“Estuve como ocho o nueve años en Concepción después de salir de la universidad. Trabajé en la Seremi de Vivienda, fue mi primera experiencia en el sector público”, recuerda.

Ese paso por lo público no fue anecdótico. Lo obligó a enfrentarse a proyectos de otra escala, con tiempos largos y estructuras rígidas. “Ahí aprendí a mirar los espacios de forma más estructural. A pensar no solo en el objeto, sino en lo que lo contiene”, dice. Quizás por eso, incluso hoy, cada uno de sus proyectos de interiorismo parte con un gesto arquitectónico: un eje, una lógica, una secuencia que organiza lo demás.

Con el tiempo, volvió a Santiago. Y aunque ya no trabaja en el Estado, su rol como jefe del área de arquitectura de WOM lo mantiene cerca de otra forma de sistema. “Me encargo del diseño y habilitación de tiendas a nivel nacional. Es súper distinto a lo que hago como interiorista, pero a la vez me ha dado herramientas clave: entender los procesos, coordinar equipos, manejar proveedores, resolver rápido”.

Esa doble vida —entre lo corporativo y lo íntimo— no genera conflicto. Al contrario: permite que su trabajo personal gane precisión. “Gracias a ese mundo más técnico, puedo ser más eficiente cuando diseño para alguien. Sé cómo aterrizar una idea. Y también sé cuándo algo simplemente no vale la pena”.

Sin embargo, como anticipamos su ‘ejercer’ y gustos tienen una larga historia.

«Lo mío es muy natural, muy espontáneo. No hay un estudio formal del diseño interior. Lo he ido desarrollando desde la observación, desde lo que me provoca.”

Ese impulso creativo surgió de la sensibilidad por el orden, cultivada en su casa familiar. “En mi casa todo tenía que estar ordenado, todo tenía que funcionar. Y eso me enseñó a entender los espacios. A reconocer lo que se siente cuando algo está bien dispuesto, bien resuelto.”

Con el tiempo, fue afinando esa intuición con las herramientas de la arquitectura. Y aunque nunca sintió un amor apasionado por la construcción, encontró en la escala más íntima —la del habitar cotidiano— un territorio fértil para diseñar con sentido.

La arquitectura como contención

Iván no parte desde lo decorativo. Sus proyectos no son una sumatoria de objetos bonitos. Cada intervención —aunque sea pequeña, incluso cuando es solo una asesoría— parte con una estructura clara, con lo que él llama un “partido general”. Un mapa conceptual que guía las decisiones sin dejar que el azar lo dicte todo.

“Yo levanto una estructura. Aunque sea invisible. Eso me lo dio la arquitectura. Me interesa más armar un sistema que decorar un lugar”, explica. Esa estructura no es rígida, pero sí sólida. Está pensada para que el cliente pueda moverse dentro de ella con libertad, sin desorden.

Esa contención se nota también en lo visual. Sus espacios suelen trabajar con tramas ortogonales, con proporciones muy meditadas, con una geometría que ordena sin oprimir. No hay curvas innecesarias. No hay efectos. Hay ritmo, hay pausa, hay una claridad casi gráfica.

Pero lejos de volverse fría, esa claridad genera una sensación de calma. De habitar un lugar que cuida. Como si cada línea estuviera ahí para sostener algo más profundo que el diseño mismo: la vida diaria de quien lo va a vivir.

En este sentido, la arquitectura, para Iván, es una estructura. Un esqueleto que sostiene la emoción del diseño interior. “Siempre he estado más cerca del proyecto chico que de la gran obra. Me interesa cómo vive la gente. Cómo se mueve en su casa. Qué necesita.”

Ese enfoque lo ha llevado a especializarse en espacios reducidos, principalmente departamentos entre 70 y 100 metros cuadrados, en los que interviene desde la raíz. “No se trata solo de decorar, sino de fundar un relato. Un proyecto bien hecho es como una historia: tiene un trazado, unos pilares, una lógica interna.”

Iván comienza sus procesos con una lectura profunda del cliente. Escucha. Interpreta. Y luego propone una estructura desde la cual todo lo demás se despliega: materiales, color, iluminación, muebles. “Hay algo muy intuitivo, pero también muy metódico. Trato de armar una base clara, y dejar que el cliente la habite con su propia energía. No me interesa que el resultado se vea como un showroom perfecto. Prefiero que esté ‘semiarmado’, que la vida lo complete.”

El trabajo de Iván comienza con una escucha. No con un render, ni con un catálogo de estilos. Escuchar, para él, es mucho más que una cortesía: es una metodología. “Me interesa saber cómo vive la persona, cómo se mueve en su casa, qué le molesta, qué le incomoda, qué le hace bien”, dice.
Más que diseñador, actúa como intérprete. No desde la complacencia, sino desde una profunda convicción de que el espacio debe reflejar a quien lo habita. “No quiero imponer mi sello. Me gusta construir algo con el cliente, no para el cliente”.

Esa sensibilidad se refleja también en la forma en que enfrenta los encargos. Muchas veces el proceso comienza con una conversación larga, sin planos de por medio, donde se van revelando claves emocionales que luego se traducen en decisiones materiales. “A veces el cliente ni siquiera sabe lo que necesita. Solo sabe que el lugar no le acomoda. Y ahí entro yo, a leer lo que todavía no se ha dicho”.

En su método, hay espacio para ajustes. “Trabajo con etapas. Primero levanto un trazado, una propuesta general. Luego afino. Y muchas veces el diseño final es muy distinto al inicial. Pero siempre parte de algo muy estructurado”.
También ofrece versiones más exprés, pensadas para quienes tienen poco tiempo o recursos acotados, pero incluso en esos casos hay un mínimo que se respeta: la coherencia entre lo que se hace y lo que se vive.

A veces, como él mismo cuenta, la relación con el cliente se transforma en una especie de complicidad. En más de un proyecto ha surgido una amistad. “Porque esto no es solo diseño, es confianza. Es permitir que otro intervenga en tu espacio más íntimo. Hay que ser muy delicado con eso”.

Materiales que respiran: Textura, temperatura, durabilidad

En su lenguaje visual, los patrones son claros. Hay una obsesión por la ortogonalidad, por la línea recta, por los volúmenes bien definidos. “No soy fan de lo sinuoso. Me gusta la geometría porque ordena, porque da estructura. Pero también me interesa la piel de los espacios: la textura, el color, la temperatura.”

Cada elemento que Iván incorpora a un espacio tiene una razón de ser. No se trata solo de estética, sino de cómo el cuerpo responde a ciertos estímulos: la luz sobre el lino, la calidez de una madera, el peso visual del mármol.

“El lino me encanta porque es noble, versátil. Puede parecer playero si es claro, o urbano si lo tiñes oscuro. Sirve en muchos contextos y siempre transmite calidez”. Lo mismo con la madera: no la trata como un fondo, sino como un elemento activo, con voz propia. A veces se usa en revestimientos completos, otras veces como acento, pero siempre con intención.

La clave está en la transición. Iván sabe cómo ir de un material a otro sin brusquedades, generando una continuidad suave. Un sofá de cuero puede convivir con un muro texturizado, una mesa de mármol con una alfombra de fibras naturales. Todo depende de la atmósfera buscada. “Me interesa que el espacio respire. Que no se sienta recargado. Que haya una cierta economía, pero también riqueza”.

En algunos proyectos ha desarrollado piezas a medida. Un mueble bajo iluminado con luz LED, por ejemplo, se ha vuelto una especie de firma silenciosa. “Es una pieza larga, horizontal, que emite una luz tenue de noche. No molesta. Acompaña. Y eso es diseño también: pensar en cómo se vive el espacio a distintas horas del día”.

Más allá de las tendencias, Iván elige lo que permanece. “Claro, ahora el mármol está muy de moda. Pero lo uso no por eso, sino por lo que transmite. Frialdad justa. Peso. Equilibrio”. El desafío, dice, está en lograr un diseño que no se vuelva obsoleto en dos años. Que resista los cambios de humor del mercado sin perder su identidad.

La luz como atmósfera: diseñar para la sombra también

Hay algo teatral en la manera en que Hurtado trabaja la iluminación. Pero no en el sentido de espectáculo, sino en cómo construye climas. La luz, para él, no solo revela: también esconde. Insinúa. Genera misterio.

“Siempre propongo trabajar con menos luz de la que el cliente espera. Y más cálida. Porque la luz blanca, intensa, mata el ambiente. Es funcional, sí, pero no acompaña”. Prefiere que los espacios tengan zonas oscuras, rincones donde la luz no llega del todo. No para incomodar, sino para dar profundidad.

En sus proyectos es común encontrar iluminación indirecta: cintas LED ocultas, lámparas con pantallas opacas, focos dirigidos que dibujan sombras. “Me gusta que no se vea la fuente de luz. Que sientas la atmósfera, pero no sepas de dónde viene”.

Esto se vuelve aún más relevante en espacios con techos bajos. En muchos departamentos promedio, la altura no supera los 2,40 m, lo que puede generar sensación de encierro. Iván lo resuelve con verticalidad visual: lámparas colgantes bien ubicadas, cortinas de piso a cielo, mobiliario de líneas altas. “Esos gestos alargan el espacio, lo hacen respirar hacia arriba”.

En conjunto, la luz y la geometría permiten que el espacio se transforme. Que el mismo lugar tenga distintas lecturas según la hora, el día, o el estado de ánimo de quien lo habita. “Diseñar no es solo decorar. Es crear un sistema de sensaciones”.

El centro emocional del hogar

Si se le diera a elegir un único espacio para intervenir, Iván no lo duda: el lugar donde todo confluye. Living, comedor, cocina integrada. Ahí es donde —para él— ocurre la vida.

No lo dice desde un lugar simbólico. Lo dice desde la experiencia de observar cómo las familias se mueven. Cómo conversan, cómo comen, cómo se cruzan en medio de la semana. “Ahí es donde todo pasa. No solo las actividades, sino las emociones. Las conversaciones difíciles, las risas, los silencios. Es el centro”.

En su práctica, esos espacios son pensados como una coreografía. Hay una atención especial a los recorridos, a la relación entre lo que está fijo y lo que se mueve. La mesa no está puesta al azar. La cocina no se abre sin razón. Hay una voluntad de lectura, de entender cómo el cuerpo se desplaza para desde ahí componer.

En algunos casos ha demolido muros para abrir la cocina al estar. En otros, ha diseñado barras altas para diferenciar sin separar. “Me interesa la integración, pero también la contención. Que haya fluidez, pero también un borde”. Esa tensión se resuelve muchas veces en el mobiliario: un mueble puede ser un separador, una lámpara puede ser un punto de reunión.

También está el tema de las alturas. En departamentos de proporciones reducidas, jugar con la altura de la mesa, del respaldo del sofá, de la lámpara sobre la isla, puede hacer toda la diferencia. “Una lámpara muy baja sobre una barra alta te da una intimidad que no tienes con una luz cenital. Esos gestos mínimos cambian la atmósfera por completo”.

Referentes en los márgenes

Iván no trabaja desde el tributo explícito. Pero reconoce sus influencias. Algunas son evidentes: Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, la escuela racionalista del siglo XX. “Me interesa la trama, la ortogonalidad, cómo se genera un volumen a partir de gestos simples. Eso siempre ha estado presente en lo que hago”.

También hay un interés persistente por Mondrian, no como decorador —porque no lo era— sino como alguien que entendía el equilibrio en el caos. “Esa forma de organizar el color y la forma me resuena mucho. Es una arquitectura sin edificio”.

Pero donde Iván se detiene con más entusiasmo es al hablar del diseño interior español y brasileño. “Me encanta cómo trabajan la madera, cómo construyen sofisticación desde lo simple. Tienen una elegancia sin esfuerzo. Y sobre todo, manejan la luz como nadie”.

Esas referencias aparecen como ecos. En el uso de ciertos materiales, en las proporciones, en el ritmo. No se trata de copiar, sino de estar en sintonía con una sensibilidad que valora lo sobrio sin volverlo aburrido. Que sabe que la emoción puede estar contenida, pero no por eso ausente.

El diseño como consultoría vital

No todos los proyectos de Iván llegan a construirse. Y no por falta de interés, sino por una honestidad radical que pone la calidad por sobre la cantidad. “A veces me llaman para diseñar algo, pero cuando analizamos bien el caso, resulta que no vale la pena. Que arrendar ese local es mala idea. Que el espacio no sirve para lo que quieren hacer”.

Es en ese punto donde aparece una nueva dimensión de su trabajo: la consultoría. Una forma de acompañar el proceso de decisión, incluso si eso no desemboca en una obra concreta. “Me gusta ese rol. Poder traducir lo técnico a un lenguaje accesible. Evitar que el cliente se meta en un problema por no entender del todo lo que está enfrentando”.

Esta faceta ha crecido en el último tiempo. Sin una oficina formal aún, pero con una metodología clara. A veces se trata de una asesoría online, con planos y moodboards. Otras, de un acompañamiento completo, desde la idea hasta la ejecución. Pero siempre con una premisa: ayudar a tomar buenas decisiones.

Para el próximo año, planea lanzar su página web y estructurar mejor esta área de su trabajo. No para abandonar el diseño interior, sino para ampliarlo. Para que también exista el espacio para decir que no. Para proponer otra ruta. Para leer el proyecto incluso antes de que exista.

Diseñar como forma de cuidado

Hay una delicadeza en la forma en que Iván habla de los espacios que no puede fingirse. No se trata solo de vocación. Es algo más profundo. Una especie de ética personal, donde el diseño es una forma de cuidado.

Cuidar cómo entra la luz por una ventana. Cuidar la proporción entre una mesa y una lámpara. Cuidar la energía de quien llega a casa después de un día largo. “No me interesa hacer vitrinas. Me interesa que alguien se sienta cómodo. Que no se sienta observado en su propia casa. Que pueda respirar”.

Ese gesto de cuidado atraviesa todo lo que hace. Incluso cuando se trata de una intervención pequeña, de una sugerencia, de una pieza aislada. No se trata de espectacularidad. Se trata de atención.

A los 44 años, Iván está en un momento de consolidación silenciosa. No busca abrir una tienda. No busca una marca. Busca algo más difícil: trabajar con sentido. Y quizás por eso su trabajo —aunque discreto— resuena tanto. Porque no responde al ego, sino a una forma de escuchar lo que los espacios están pidiendo.

Al escuchar a Iván, hay algo que se repite con fuerza silenciosa: el deseo de seguir creciendo, pero sin perder la calma. Su arquitectura interior no busca premios. Busca sentido. Una geometría serena, una luz que acaricia, un mueble que espera. Porque en cada trazo hay una pregunta: ¿cómo quieres vivir?

Y en cada respuesta, una certeza: el diseño, cuando se hace con honestidad, es una forma de cuidar. Como lo muestran de sus proyectos destacados a continuación por Rúa Salón.

DEPARTAMENTO NORUEGA
LAS CONDES, RM

Fue uno de esos pocos proyectos donde el cliente dijo simplemente: “Hazlo tú. Quiero llegar y que todo esté listo”. Una declaración poco habitual, pero que Iván supo recibir con la misma sobriedad con que enfrenta cada encargo.

El departamento —ubicado en altura, en Las Condes— tenía buenas proporciones, pero un lenguaje neutro, casi inexistente. El desafío no era “corregir” nada, sino darle carácter sin perder fluidez. La estrategia fue clara: trabajar con pocos elementos, pero muy definidos.

El primer gesto fue el papel mural geométrico: una trama precisa, de líneas ortogonales, que organizaba el muro principal del estar como si se tratara de una partitura. Allí se ancló el resto. Luego vino el sofá de cuero, de líneas limpias, que aportaba un peso visual sin cargar el ambiente. Y finalmente, una obra de arte que el cliente y él eligieron juntos: una pieza vibrante, con energía, que rompía la paleta sin desentonar.

“Es un proyecto simple, pero muy claro. Cada elemento tiene un rol. No hay relleno”, dice Iván.
El diseño también consideró la progresión: los espacios no quedaron completamente “resueltos”, sino listos para evolucionar. Se dejó aire, márgenes para que el cliente pudiera sumar cuadros, objetos, gestos propios con el tiempo.

El resultado tiene un aire masculino, pero no rígido. Una contención que permite habitar sin ansiedad. Un lugar que no satura, pero acompaña.


Y quizás, más allá de lo estético, lo más valioso fue la experiencia. “Ese grado de confianza te obliga a estar muy atento. Porque no estás ejecutando una lista, estás interpretando lo que el otro aún no te ha dicho”.

DEPARTAMENTO CALLAO
VITACURA, RM

El cliente llegó por recomendación, pero con cautela. Se había reunido antes con diseñadores de renombre, pero no estaba convencido. Iván no intentó persuadirlo con discursos, sino con una conversación honesta. Se entendieron. Y empezó el trabajo.

El espacio a intervenir —de unos 80 m²— tenía una cocina cerrada que amputaba la fluidez del estar. La primera decisión fue radical: botar el muro que separaba ambos espacios. No solo se trataba de abrir, sino de permitir que la vida fluyera de otra forma.

La cocina se reconfiguró. Se movieron artefactos, se actualizaron revestimientos. El corazón de la propuesta fue el uso extensivo de madera en muros y mobiliario, con un tono medio, elegante, envolvente. Ese gesto convirtió el perímetro en una piel cálida, que contenía sin ahogar.

En el mobiliario se combinaron piezas contemporáneas con gestos clásicos: sillas Ghost de Philippe Starck, una banqueta de inspiración Le Corbusier, iluminación puntual y cálida, cortinas generosas. Todo pensado para aligerar la altura sin perder cuerpo visual.

“Fue la primera vez que intervine tan a fondo un departamento. No fue solo diseño interior, fue arquitectura también”, recuerda Iván.

La intervención llegó incluso a los dormitorios. Se unieron dos habitaciones en una sola gran suite, separada por una división tipo biombo, lo que permitía alternar entre espacio de descanso y oficina sin rigidez.

Hoy, además, ese cliente es uno de sus mejores amigos. Una amistad nacida del diseño, pero sostenida en la confianza. “Eso pasa a veces. Que un proyecto se convierte en un vínculo. Y eso también es diseño: crear relaciones que permanecen”.

DEPARTAMENTO MAR JÓNICO
VITACURA, RM

Hay proyectos que no parten con un encargo. Que nacen como necesidad vital. Este departamento fue el hogar de Iván durante varios años, y también su primer laboratorio de ideas.

Ubicado en un edificio moderno, con 80 m² y una planta integrada, el espacio fue pensado para probar: paletas, materiales, configuraciones. Allí desarrolló por primera vez el mueble horizontal bajo con luz LED, que luego replicaría en muchos de sus proyectos. Su lógica era simple pero efectiva: una luz de baja intensidad que permaneciera encendida durante la noche, suficiente para moverse sin encandilar. “Una especie de compañía silenciosa”, como él lo llama.

También se diseñó una mesa con cubierta de mármol de gran formato, sobre una estructura delgada. La mesa, de uso mixto, alternaba entre comedor, escritorio y estación de conversación. A su alrededor, sillas ligeras y una barra alta, que elevaba el eje visual y quebraba la secuencia habitual del mobiliario.
En iluminación, se optó por lámparas colgantes bajas, que creaban pequeñas atmósferas dentro del espacio total. Una de ellas caía justo sobre la barra, generando un foco de intimidad sorprendente. “Era casi como un escenario, pero privado. No para mostrar, sino para sentirse dentro de algo”, dice.

En ese departamento se conjugaban muchas cosas: el gusto por la geometría, la búsqueda de contención, el amor por los materiales nobles, la necesidad de orden. Pero, sobre todo, la conciencia de que el diseño no es algo que se aplica, sino algo que se descubre.

“Ahí me di cuenta de que tenía una voz. Que lo que hacía no era solo mover muebles. Que podía construir algo que hablara de mí”.

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