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Katerina Jofre: El poder de la luz en la arquitectura

Nov 5, 2025 | Destacados, Reportajes | 0 Comentarios

En el estudio de Katerina Jofré la luz no se enciende, se piensa. No hay destellos gratuitos ni artificios que busquen sorprender. Lo que sucede allí es más silencioso: un proceso donde el cálculo y la sensibilidad se vuelven una misma acción, una conversación entre la arquitectura y la vida que transcurre dentro de ella. Para entender cómo llega una persona a dedicarse a iluminar espacios, hay que volver atrás, antes de los planos y las luminarias, cuando las preguntas aún no tenían nombre.

Katerina creció en San Fernando, en un entorno donde la luz era todavía un fenómeno natural y cotidiano. “Era una infancia tranquila, más relacionada con la naturaleza que con la arquitectura. Había tiempo, había sombra”, recuerda. No hubo en ese paisaje una exposición directa al diseño, pero sí una forma de mirar que más tarde se volvería esencial: la observación paciente de lo que cambia. Desde niña participaba en talleres de arte, impulsada por una abuela que hacía manualidades y que, sin saberlo, le enseñó algo fundamental para su futuro oficio: el valor de lo hecho con las manos y con atención.

Años después, ya en Santiago, esa atención encontró un cauce más formal en la arquitectura. Estudió tres años, . Luego estudió diseño, y en él, una asignatura que cambiaría todo: la iluminación. En ese cruce entre arte y matemática, entre belleza y medición, Katerina encontró su territorio. “La iluminación tenía de todo: era diseño, pero también era cálculo, control. Había que pensar y sentir a la vez”.

El giro invisible

El tránsito desde la arquitectura al diseño y luego a la iluminación no fue una renuncia, sino una profundización. En la luz encontró el punto exacto donde ambas disciplinas podían convivir. No tardó en comprender que no se trataba solo de ver, sino de construir atmósferas, de otorgar sentido a los espacios a través de un elemento que no se toca, pero que lo define todo.

Realizó su práctica profesional en iluminación arquitectónica en un importante estudio de diseño en Santiago, finalmente hizo su proyecto de título: la propuesta de iluminación para un recorrido patrimonial en Valparaíso.

“Fue un proyecto que disfruté mucho. Y además, gracias a ese trabajo, me gané una beca para ir a trabajar a Barcelona. Ese fue el primer salto grande”.

La beca la llevó a Terrassa, a la empresa LAMP, donde empezó a conocer el oficio desde la industria. Luego vendrían Milán y Londres.

“En Milán trabajaba en el estudio de Massimo Zucchi y se me abrió el mundo, viajaba por Europa a ferias, a exposiciones y realizábamos proyectos en distintas partes del mundo, teniendo que adaptarse a la idiosincrasia de cada cliente y cultura».

Para perfeccionarse, se mudó a Londres y entró a trabajar a la empresa ARUP, una de las firmas más reconocidas del mundo en ingeniería y diseño. “Fue una escuela impresionante. Ahí entendí lo que significaba trabajar con un equipo internacional, cómo cada decisión en un proyecto se discutía entre arquitectos, ingenieros, diseñadores. La luz no se trataba solo de gusto, si no de precisión”.

Entre ferias, talleres y proyectos en distintas ciudades, la joven chilena aprendió a ver la luz de otra manera. También trabajo iluminando en la Tate Modern en Londres, formando parte del equipo para la exposición de Gilbert & George en el año 2007, expandiendo aún más su horizonte.

En Europa, la disciplina estaba instalada: había presupuesto, especialistas, herramientas disponibles.

“Podías concentrarte en el resultado, no en si llegaba o no el producto. En Chile, en cambio, había que hacer magia con lo poco que había”. Esa comparación, más que frustrarla, la formó. La obligó a desarrollar una mirada adaptable y, sobre todo, consciente.

El regreso a Chile

Cuando volvió al país, en 2008, lo hizo con la determinación de abrir su propio Estudio. Pero el contexto no era el ideal: crisis económica global, poca inversión en construcción, escasa valoración del diseño especializado. En lugar de forzar el momento, decidió volver a INTERDESIGN, empresa donde había trabajado anteriormente y creó el departamento de proyectos de iluminación.

El retorno tuvo un valor inesperado. “Venía de estar afuera, con otra dinámica, y trabajar de nuevo en esa oficina me ayudó a reconectarme con los arquitectos chilenos con quienes creamos lazos y relaciones que se mantienen hasta el día de hoy.

En 2011 fundó su propio estudio, y desde entonces no ha dejado de trabajar. Su oficina se construyó en torno a la asesoría personalizada, donde cada encargo —una casa, una clínica, una oficina, un jardín— es una conversación sobre cómo vivir y sentir los espacios.

El método y la precisión

Hablar con Katerina sobre iluminación es escuchar una mezcla de oficio y observación. La luz, para ella, no se diseña solo con intuición, sino también con método. Antes de hablar de luminarias, se interioriza en el alma del proyecto: qué hacen la personas en cada lugar, a qué hora se levantan, si leen, si cocinan… “Para mí, iluminar un espacio no es iluminar muros, es crear escenas de iluminación que complementan y dan vida a la arquitectura, diseñando espacios dinámicos a través de la LUZ, para lograr una atmósfera llamativa y eficiente en cada lugar y actividad que se realice, con el fin de que las personas se sientan cómodas con su entorno.

Su proceso comienza con el análisis del espacio y la intención arquitectónica. Luego desarrolla un anteproyecto que traduce esas necesidades en atmósferas. Los cálculos, los planos, las especificaciones técnicas vienen después, pero el corazón está en esa primera conversación, en ese dialogo. “La luz es una herramienta que potencia la arquitectura”.

Katerina trabaja siempre con el principio de la discreción. Sus proyectos buscan que el origen de la luz sea invisible, que lo que se perciba sea el efecto”. Este enfoque se extiende también a la relación entre luz natural y artificial. En cada proyecto, procura que ambas dialoguen.

“La eficiencia energética no puede ser un discurso separado del diseño. Si tienes buena luz natural en la mañana, el sistema artificial debería trabajar solo un veinte por ciento.

Eso se logra con controles, con fotoceldas, con tecnología que mide la cantidad de luz y ajusta el resto. Es algo muy simple de programar, pero requiere una mirada consciente”. Esa mirada es la que define su oficio: combinar sensibilidad estética con control técnico, emoción con ciencia. Lo repite como una convicción: “La luz sin control técnico es un globo que explota. El control técnico sin emoción es un espacio Muerto.

Aprender de la luz en otros idiomas

La experiencia en Europa no fue solo profesional. La expuso a una cultura de trabajo donde la colaboración es parte del proceso.

“En ARUP llegaban cada semana personas de distintas partes: de Holanda, de España, de Asia. Daban charlas, revisábamos proyectos, viajábamos a supervisar obras. Había una circulación constante de conocimiento.” Ese modelo marcó su forma de dirigir equipos.

En su oficina, las decisiones se discuten en conjunto: arquitectura, ingeniería, interiorismo y paisajismo.

La luz como cultura

Con los años, Katerina ha visto transformarse la relación del país con la iluminación. “El chileno está cada vez más preocupado por su calidad de vida. Y eso me gusta, porque significa que la luz empieza a tener un lugar”.

Hoy los clientes ya no la ven como un gasto, sino como una inversión. “Hay una conciencia distinta. La gente quiere sentirse bien, quiere que su casa, su oficina o su jardín estén pensados para eso”.

Esa evolución ha traído consigo una demanda mayor de especialización y también nuevos desafíos. Uno de ellos, la contaminación lumínica.

“Hay lugares donde es tan excesiva que no sabes si son las tres de la tarde o las cuatro de la mañana. La luz mal usada también enferma”, asegura.

Desde su oficina promueve una práctica respetuosa: uso racional de energía, tecnología eficiente, control de intensidades, consideración del entorno.

Otro desafío es la educación. “Aún falta enseñar lo que la luz puede hacer. No solo en las universidades, también en los proyectos mismos. Cada vez que trabajas con un cliente, también lo estás formando”. Esa vocación pedagógica está presente en su forma de hablar y de trabajar: explica, muestra, compara, ajusta. En su estudio, la enseñanza y el diseño son parte de un mismo gesto.

Entre la técnica y el misterio

En el fondo, Katerina trabaja con lo invisible. Su materia prima no tiene peso, pero lo transforma todo. Lo sabe cada vez que entra a una obra en construcción, cuando los muros aún están sin terminar y el polvo de cemento se mezcla con la luz de la tarde. Allí, en ese estado intermedio, su oficio cobra sentido.

“Diseñar con luz es diseñar con lo que no se ve. Pero lo que no se ve, si está bien hecho, cambia completamente la experiencia del lugar”.

Esa conciencia le da a su trabajo un tono casi artesanal. Aunque la tecnología haya avanzado -control desde el teléfono, sensores, luminarias mínimas -, el gesto sigue siendo humano.

“Puedes tener toda la automatización del mundo, pero si no entiendes cómo se siente el espacio, no sirve de nada”. Por eso habla siempre de la luz en relación a las personas, no a los objetos. “La iluminación buena no es la que se nota, es la que te hace sentir bien sin que sepas por qué.”

Esa es su definición más simple y más exacta de lo que hace.

Espacios dinámicos a través de la luz

Después de más de veinte años de trayectoria, Katerina sigue encontrando desafíos nuevos. El más reciente: proyectos vinculados a salud mental, donde la luz se utiliza como herramienta terapéutica.

“Estamos trabajando en una clínica donde la iluminación cambia según la hora del día y el estado de ánimo del paciente. Es increíble ver cómo influye en la recuperación”.

Su curiosidad no se detiene. Habla de explorar los límites entre luz natural y artificial, de intervenir espacios públicos con sensibilidad, de humanizar la ciudad a través de la luz.

“Quiero que la iluminación arquitectónica deje de ser un lujo. Que sea parte de cómo pensamos los espacios desde el principio”.

Su mirada proyecta una certeza: que la luz seguirá cambiando, y con ella, la forma de vivir los espacios. No hay nostalgia en sus palabras, solo una conciencia de continuidad. Lo que empezó en una sala de clases, cuando descubrió que podía unir el arte y la matemática, hoy se ha convertido en una práctica madura, una forma de pensar el mundo.

“Me gustaría que las nuevas generaciones tengan esa sensibilidad, que entiendan que la luz no es un adorno, sino una responsabilidad. La luz puede curar, puede calmar, puede acompañar. Pero también puede dañar si no se usa bien. Por eso hay que tener respeto. La luz es una herramienta, y como toda herramienta, depende de cómo la uses».

Quizás esa sea la síntesis más clara de su oficio: una combinación de respeto, curiosidad y método. En su estudio, cada proyecto comienza con una pregunta distinta, pero todas convergen en lo mismo: cómo hacer que la luz se convierta en una experiencia.

Al final del día, cuando las luminarias del taller se apagan y queda solo una luz tenue sobre los planos, el silencio del espacio parece decirlo todo. La arquitectura descansa. La luz, en cambio, nunca deja de trabajar.

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