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La sinfonía de Eduardo González : el trazo arquitectónico de E+ Arq

Sep 3, 2025 | Arquitectura, Destacados | 0 Comentarios

El arquitecto Eduardo González entiende la profesión como un ejercicio colectivo guiado por la precisión del dibujo. Su lápiz a mano alzada no solo proyecta, también coordina y anticipa cada decisión. Entre materiales diversos, métodos constructivos y una constante vocación innovadora, sus obras encarnan la honestidad del oficio y la búsqueda de soluciones que desafían lo obvio.

“Yo creo que la arquitectura nunca estuvo en mi registro”, confiesa Eduardo González, líder y fundador del estudio E+ Arq. Su historia parte desde un lugar inesperado, como si la vocación hubiese llegado disfrazada. De niño no soñaba con planos ni edificios. Lo que lo atraía era la arqueología, esa búsqueda silenciosa de lo que está oculto bajo tierra.

Sin embargo, el dibujo se cruzó en su camino como un lenguaje inevitable. “Era muy bueno para el dibujo”, recuerda. La facilidad con el lápiz se volvió la llave que lo llevó a postular a Arquitectura en la Universidad Central, casi como un azar. “Entré sin conocimiento, con muy poca base, pero me encontré con profesores como Pilar Urrejola, una tremenda profesora y tremenda mujer, que me hizo ver que la arquitectura era mi pasión”.

Desde entonces, su manera de entender la disciplina estuvo marcada por una idea fundamental: el método no siempre es explícito, muchas veces surge de la intuición. “Un profesor nos hablaba de la caja transparente y la caja oscura. La caja transparente es cuando tú planificas un método para llegar al objetivo. Y la caja oscura es diseñar sin saberlo, por inercia, hasta llegar ahí. Yo creo que mi arquitectura es un poco eso: a partir de sensaciones, de lo que creo, de la vivencia”.

Ese modo de concebir el diseño lo acompañará toda la vida: un pensamiento que se alimenta de la experiencia, la observación y el riesgo de atreverse a salir de la línea de confort.

Aprender desde la obra

Eduardo conoció temprano la importancia y también la rudeza del trabajo en obra.

“Recién titulado de la carrera me tocó construir y fue algo que me encantó”, recuerda. Ese contacto temprano con la labor de los maestros, con el respeto a su oficio y la inteligencia empírica con la que levantan casas y estructuras, le marcó profundamente.

“Siempre me llamó mucho la atención cómo enfrentan la obra, cómo sacrifican, cómo se preparan. Gente que no necesariamente tiene formación académica, pero que son capaces de levantar una casa. Desde ahí construí mucho tiempo y me metí en sistemas constructivos desde muy pequeño. Yo fui uno de los primeros en trabajar en casas hechas con fardos de paja. Y construí muchas”.

Esa experiencia directa con materiales y sistemas constructivos lo dotó de una mirada distinta: no se trataba solo de proyectar, sino de entender hasta el límite cómo cada material podía responder y hasta dónde se podía forzar.

“Los sistemas constructivos los estreso hasta el máximo para poder sacar el mejor partido en pos de una buena obra”, asegura.

Los años de aprendizaje y vértigo

Mientras aún era estudiante, Eduardo entró a la oficina de Fernando Bosa. “Partí muy joven, siendo alumno todavía, y en un minuto llegué a ser jefe de taller de una oficina importante en Chile”. Allí vivió una formación intensa, inmerso en proyectos de gran escala y complejidad.

Esa experiencia le permitió dar un salto rápido hacia encargos mayores. “Nos ganamos un macrolote en Santa Cruz de Quintay, siendo muy joven, y ahí empezamos a diseñar y construir”. La práctica lo fue llevando desde viviendas de alto estándar hasta proyectos comerciales y de retail.

“Me tocó asesorar a empresas como Cinépolis, supermercados, centros comerciales. Crecí mucho, pero la verdad es que en un minuto no me gustó ese modelo: era demasiado estrés. Era como una máquina, y yo empecé a perder sensibilidad. Así que decidí bajarme de esa carga de trabajo y volver a estar solo, a diseñar, con menos gente y más calidad”.

Ese cambio de ritmo fue también un cambio de filosofía: de la velocidad y la repetición, a la calma y la búsqueda de singularidad en cada encargo.

El dibujo como refugio

Eduardo pertenece a esa generación que aprendió a proyectar con el lápiz y el papel. Y aunque supo incorporar la tecnología, nunca abandonó el dibujo manual. “Todo lo dibujo a mano, los detalles constructivos, el master plan, todo. Dibujar es una pasión para mí. Yo descanso dibujando. Es como una terapia”.

Hoy trabaja en una tablet con el programa Trace, que para él es como un tablero portátil. “Pero al final es lo mismo: el lápiz es una extensión de mi brazo. No el celular, el lápiz. Yo dibujo todo el día, a veces me dicen que deje el tablero, pero para mí es inevitable. Puedo estar soñando una solución, despertarme, dibujarla y volver a acostarme”.

Dibujar, para él, no es solo representar un proyecto: es pensar en todas las escalas a la vez. “Cuando dibujo en escala 1:5000, estoy pensando en una escala 1:1. No tengo el problema de llegar a los detalles y encontrarme con sorpresas. Mi cabeza funciona en todas las escalas”.

Una oficina familiar: el legado compartido

Con más de treinta años de trayectoria, Eduardo ha vivido la transformación de su oficina en un espacio que hoy se alimenta de la energía de sus hijos. “Tengo una familia donde todos están vinculados al diseño y la arquitectura. Mi señora es diseñadora y mis hijos arquitectos. Es un regalo de Dios, me reconecté con ellos desde la pasión por este oficio.

El paso de la arquitectura como pasión personal a un proyecto colectivo lo emociona profundamente. “Cuando ellos me dijeron que querían estudiar arquitectura, fue fantástico. Es una carrera difícil, pero qué problema más bonito que poder resolverlo en conjunto y crear algo”.

Más que imponerles un camino, su rol ha sido acompañar con respeto. “Yo estoy ahí para dar un consejo, pero ellos son autónomos. Para mí es una maravilla poder compartir esto con ellos. Me siento bendecido”.

Lo que busca transmitirles como legado es claro: “La honestidad de diseñar en su totalidad para un cliente. La honestidad es lo más importante. Y que sepan construir. Un arquitecto que no sabe construir nunca va a llegar a buen puerto. El éxito de una obra depende de muchos, y hay que respetar a todos: al ingeniero, al jefe de obra, a cada uno. Un arquitecto tiene que saber dirigir esa orquesta”.

Mirar lejos, siempre

Uno de los rasgos que han marcado sus proyectos es la capacidad de adelantarse a su tiempo. Muchas de sus obras de los años 2000 parecen anticipar tendencias que solo se consolidaron años después.

“Siempre digo en la oficina: hay que mirar lo más lejano posible. Darle una segunda vuelta a lo cotidiano, a lo que parece obvio. Yo tomo las necesidades de un cliente y las diseño como si yo viviera dentro de ellas. Eso es lo que los sorprende”.

Ese cuestionamiento constante lo lleva a replantear usos y espacios. “¿Por qué el lavamanos de visita tiene que estar dentro del baño? ¿Por qué no afuera? ¿Por qué la mejor vista siempre tiene que estar en el dormitorio? Al final, uno puede educar a los clientes en otra forma de habitar”.

Lo importante, dice, es no repetirse, no aferrarse a patrones fijos. “Cada encargo es distinto. Cada lugar y cada persona son distintos. Yo entrego lo mismo a un gallinero que a un centro comercial: tiempo, responsabilidad y pasión”.

Materiales, luz y psicología

Si hay un hilo conductor en su obra, más allá de la diversidad de programas y estilos, es el protagonismo de los materiales. “Cada material tiene algo hermoso que sacar. No me caso con ninguno. Desde un coligüe hasta el hormigón armado más avanzado, todos tienen un mundo que se les puede sacar partido”.

Para él, la elección material no es un aspecto técnico aislado, sino una manera de configurar la experiencia del espacio. “El reflejo de la luz sobre un muro de hormigón no es lo mismo que sobre un ladrillo o una madera. Esa diferencia transforma la atmósfera de la obra”.

A eso suma una sensibilidad casi psicológica hacia los mandantes. “Me veo mucho en su historia. Hay algo de psicología en ver quiénes son, cómo son y hacia dónde van. A partir de eso, uno puede dar mejores consejos para que su obra perdure en el tiempo”.

Método, acompañamiento y responsabilidad

Más allá de las ideas, Eduardo ha desarrollado un método de trabajo que busca honestidad y claridad con los clientes. “Cuando viene un mandante, lo primero que hacemos es un anteproyecto. Pero antes de pasar a especialidades, frenamos. Cotizamos y aproximamos el valor real, con un margen. Y recién ahí seguimos”.

Esa práctica nace de la experiencia y del deseo de evitar frustraciones. “Para nosotros no existen los cálculos por metro cuadrado como si fueran universales. Depende del dónde, el cómo y el qué. Lo que buscamos es que la obra se termine y se termine bien. Que el proceso sea lo menos traumático posible”.

Su mirada es crítica con las prácticas de opacidad en la industria: “La obra tiene que ser limpia. La constructora tiene que ganar lo que tiene que ganar, sin esconder utilidades en partes que no corresponden. Nosotros acompañamos a los clientes para que cada paso sea seguro y claro”.

El tiempo, la calma y el futuro

Hubo un momento en que Eduardo necesitó frenar. En cierto punto decidió buscar un ritmo distinto. “Encontré un sitio en la Patagonia y me iba a meter en carpa cinco días a la semana. Empecé a tomar una vida más tranquila, menos estresada”.

Ese gesto de detenerse no significó abandonar, sino profundizar. Hoy se siente en una etapa distinta: más madura, más reflexiva, pero igual de apasionada. “Sigo pensando que la arquitectura es un desafío para salirme de la línea de confort. Los desafíos son lo que me mueve”.

Y al mirar hacia adelante, lo que desea es que su oficina siga siendo un espacio de honestidad y búsqueda, ahora fortalecido por el impulso de sus hijos. “Que se metan en problemas de diseño, que se atrevan a mirar lejos. Ese es el legado”.
El trazo proyectivo

La historia de Eduardo González es la de un arquitecto que no teme ensuciarse las manos, que aprendió en la obra antes que en la academia, que nunca dejó de dibujar y que eligió la calma de los procesos honestos por sobre la vorágine de la repetición.

“Al arquitecto lo llaman para generar un sueño”, dice. Esa frase lo resume todo. Más que levantar casas, su oficio es ayudar a otros a habitar lo que aún no existe, a imaginar lo que todavía no tiene forma.

Y ahí, entre lápices, escalas y materiales, Eduardo sigue dibujando como si el trazo nunca se detuviera: un trazo que, al mismo tiempo, se vuelve herencia y camino abierto para quienes vendrán después.

Su mirada, pasión y capacidad de mirar hacia adelante sin temor y siempre desde la curiosidad y el desafío se ven reflejadas en dos de sus obras que revisamos a continuación en Rúa Salón.

Año: 2019
Arquitecto: Eduardo González
Ubicación: Brisas de Chicureo,Colina, RM.
Área: 320 m2
Tipología: Vivienda Unifamiliar
Materialidad: hormigón refabricado- Estructuras metálicas
Construcción: Por Administración
Fotografías: Vicky Chá

Ubicada en Brisas de Chicureo y proyectada en 2019, Casa Vicky Chá fue para Eduardo González un verdadero laboratorio para desafiar paradigmas habitacionales. El encargo provenía de una familia extranjera que buscaba una vivienda flexible, capaz de recibir visitas periódicas de familiares sin perder la intimidad de lo cotidiano. El terreno, abrazado por un cerro cercano y abierto hacia horizontes cambiantes de luz y color, exigía una arquitectura que no solo se apoyara en el paisaje, sino que lo incorporara como parte de la experiencia interior.

El gesto inicial fue elevar la vivienda, otorgándole gran altura para capturar las variaciones lumínicas y reflejarlas hacia adentro. Eduardo rompió aquí con la estructura tradicional de un hall distributivo y una rígida división entre lo público y lo privado. En su lugar, diseñó un volumen central –living, comedor y cocina integrados en una planta libre rectangular– rodeado por prismas independientes que albergan los dormitorios. Estas piezas, de geometrías irregulares y ángulos caprichosos, orbitan en torno al núcleo social de la casa, como si fuesen fragmentos de topografía desprendidos del terreno.

El resultado fue una obra que desdibuja los límites entre exterior e interior: cada prisma se recorre tanto desde adentro como desde afuera, invitando a caminar la casa como si fuera paisaje. La mesa del comedor, de doce metros y catorce sillas, con el piso levemente rebajado para prolongar las tertulias tras la comida, refuerza esta idea de comunidad extendida. El color negro aplicado a fachadas y volúmenes interiores, vanguardista para su contexto, potencia el dramatismo del recorrido y convierte a la luz en el verdadero material protagonista.

La construcción combinó elementos prefabricados y estructura metálica, permitiendo un montaje rápido y preciso. A eso se sumaron ventanales de gran tamaño importados de España, con aperturas de tres tercios que expanden el espacio hacia la piscina y el jardín. La iluminación, diseñada junto a Paulina Sir, introduce una atmósfera escénica nocturna donde los reflejos y las sombras convierten cada encuentro en un acto teatral.

“Romper la inercia de lo cotidiano fue el verdadero desafío”, dice Eduardo. “Entender que un dormitorio no tenía por qué obedecer a la lógica de un pasillo y un hall. Que los prismas pudieran estar afuera, autovalentes, vinculados por el acto de vivir”.

Año: 2015
Arquitecto: Eduardo González
Ubicación: Brisas de Chicureo,Colina, RM.
Área: 420 m2
Tipología: Vivienda Unifamiliar
Materialidad: Hormigon Armado
Construcción: Por Administración
Fotografías: Ian Gildemeister

En el encargo de Casa Grohner, Eduardo González recibió una petición clara: una vivienda familiar que apostara por la simpleza y la honestidad material. El resultado fue contundente: dos prismas de hormigón armado que se cruzan en ángulo recto, componiendo una arquitectura monolítica donde la forma es al mismo tiempo estructura y contención.

El gesto de superponer un volumen sobre otro no responde solo a la búsqueda de expresividad, sino también a una estrategia de orden y programa. El volumen inferior alberga las áreas públicas –estar, comedor y espacios de encuentro– mientras que el volumen superior, apoyado perpendicularmente, concentra la intimidad familiar: dormitorios, estar privado y las habitaciones de los niños. Entre ambos, la caja de escala y el acceso vertical se transforman en el corazón del proyecto, un vacío que conecta los niveles y que al entrar sorprende con una altura inesperada, mucho mayor de lo que la fachada insinúa.

La decisión de trabajar con hormigón armado fue más que un guiño estético. Para Eduardo, se trataba de llevar la simplicidad formal al extremo, reforzando la idea de que, pese a la diferencia de orientaciones, los volúmenes conformaran un solo cuerpo pétreo. Esa voluntad brutalista no buscaba dureza, sino autenticidad: dejar la obra expuesta, sin maquillaje, donde la materia en bruto hablara por sí misma.

El desafío principal estuvo en la construcción: cubrir grandes luces con la menor estructura posible y lograr un montaje limpio, sin artificios posteriores. “Lo importante era que la casa no dependiera de adornos para ser”, explica Eduardo. “Que su esencia fuera la de un objeto único, sólido y sincero, que respondiera a lo que la familia buscaba: una arquitectura honesta para habitar en el tiempo”.

Conclusiones

Tanto Casa Afuera como Casa Grohner son reflejo de una misma confianza: la que los mandantes depositaron en Eduardo González para proyectar sin restricciones, entregándole la libertad de imaginar y proponer sin referencias impuestas. Esa apertura le permitió arriesgarse y desafiar convenciones: desde romper con la lógica distributiva tradicional, en el caso de Casa Afuera, hasta condensar la vivienda en dos prismas de hormigón cruzados y brutalistas en Casa Grohner.

En ambos proyectos, la búsqueda es la misma: una arquitectura honesta, sin maquillajes, donde la materia habla y los espacios se transforman en escenarios de vida. Casa Afuera se abre como un conjunto de volúmenes que orbitan en torno a un núcleo social, invitando a recorrerla como si fuera paisaje. Casa Grohner, en cambio, se erige como un cuerpo monolítico, sólido y sincero, capaz de contener lo público y lo íntimo en un gesto único y simple.

Lo que une a estas obras no es un estilo repetido, sino un modo de entender la disciplina: proyectar con rigor, acompañar con responsabilidad y dejar que la arquitectura dialogue con quienes la habitan. Como dice Eduardo, “lo importante es que la casa no dependa de adornos para ser, sino que se sostenga en su esencia”.

Ambos ejemplos demuestran que confiar en un arquitecto no conduce al caos, sino a formas de habitar más plenas, coherentes y fieles a lo que cada familia es. Ese, finalmente, es el legado de Eduardo González: dirigir cada proyecto como quien conduce una orquesta, cuidando que cada instrumento —materiales, luz, estructura, programas— encuentre su lugar en una sinfonía que trasciende lo funcional y se convierte en experiencia de vida.

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