La psicóloga y ceramista Magdalena Gili convierte la materia en calma y luz con volúmenes que abrazan la memoria del sur. Entre porcelana, vaciados y una poética lacustre, compone una obra orgánica que conversa con el bienestar como los recuerdos que llegan de las vibraciones de los lagos que la acompañaron en su infancia.
La certeza cayó como pieza recién desmoldada. Ese día, en medio del ruido silente de la pandemia, Magdalena Gili —psicóloga de profesión, hija de arquitectos y criada en el sur— sintió que el barro le abría un territorio nuevo y, a la vez, extrañamente familiar. “Fue instantáneo —recuerda—, como si algo que ya era mío simplemente se revelara”.
Criada entre bosques y lagos, Magdalena creció tocando materiales, música, texturas. “Siempre me gustó inventar, crear, hacer cosas con las manos”, dice. Ese impulso manual, activo y lúdico encontró en la cerámica una síntesis donde cabe su historia personal, su oficio clínico y un modo de estar en el mundo.
La escena primera es doméstica: un taller cercano a su casa, horarios posibles, una invitación amable a entrar. “Yo estaba trabajando como psicóloga, en plena pandemia, con todo lo que eso significó para la salud mental… y necesitaba un lugar de calma”, cuenta. La cerámica apareció como un espacio capaz de concentrar y a la vez soltar. “Genera mucha calma, mucha conexión. Es un rato en que el cuerpo te devuelve a ti misma”.

En ese primer curso, la propuesta fue clara: traer una idea y convertirla en proyecto. Magdalena se rió de sí misma: “Soy matea”, confiesa. Y se lanzó. Empezó con formas utilitarias, cercanas al cuenco y la vasija fina; en paralelo, dibujó y pensó. “Hago monitos en una libreta; lápiz mina y papel, nada muy maravilloso, pero me ordena la cabeza”. El resultado fue su punto sin retorno: piezas orgánicas inspiradas en el agua, un diálogo entre humanidad y paisaje que se imprimiría como sello.
Memoria táctil: infancia entre lagos
La biografía empuja. “Yo nací en Santiago, pero de chica nos fuimos al sur”, recuerda. La palabra que aparece muchas veces es saudade.
“Tenía una nostalgia tremenda por el sur… esos olores a pasto húmedo, el frío en la mañana, el lago”, dice.
En plena cuarentena, mientras habitaba la ciudad, decide honrar esa memoria. “Los lagos me abrazan —afirma—. Me devuelven algo muy profundo. Por eso empecé a trabajar esas formas lacustres”.
Así nacieron los Seres de agua: volúmenes gorditos y suaves que parecen respirar. “No soy de cosas toscas; me gusta lo sutil, orgánico y prolijo”, explica. Las piezas invitan al tacto. “La gente llega y lo primero que hace es tocarlas. Me encanta. Una amiga me decía que son como nubecitas”.



Más tarde vino Abrazar el vacío, una exploración donde lo interno define lo externo: una poética de la ausencia que se vuelve forma.
“Sigo en el mundo lacustre, pero ahora trabajo más el vacío».
El taller como estado del ánimo
Su estudio en Santiago es pequeño, luminoso y deliberadamente cuidado. “Mi taller es un lugar sagrado”, advierte. “No acepta la mala vibra. Ahí me bajan las revoluciones, todo se hace más amable. Me preocupé de que fuera chiquitito, pero muy de mi onda”. El lugar no solo aloja procesos; también modela el ánimo. “El taller es reflejo de uno mismo; de cómo queremos estar”.
La ruta material de cada pieza combina método, escucha y azar. “Pienso mucho antes de hacer. Dibujo. Me asesoro con gente técnica para que no se quiebre, no se deforme”, dice. Trabaja modelado, torno, placas, y cada vez con más frecuencia porcelana y vaciado. “El accidente tiene un papel… uno trata de evitarlo, pero es inevitable. Y es bonito: a veces te empuja a lugares impensados”.
La cerámica, insiste, es una maestra severa del tiempo. “Si aceleras mucho, se quiebra; si la dejas secarse demasiado, también. Hay que escucharla. Es respeto por los tiempos del proceso”. En su libreta conviven vistas en planta de lagos, siluetas en continuidad, repeticiones mínimas. “Repito hasta que la mano entiende. La técnica se vuelve una forma de atención”.



Luz que atraviesa
Entre todas las arcillas, hay una que la intriga sin tregua: la porcelana. “Es compleja, pero fascinante”, dice. “Es la única que te permite translucencia”. De ese interés surgen lámparas en las que, vistas desde abajo, se adivinan siluetas de lagos. “Me encanta la luz; cómo cambia el espacio, cómo vuelve íntimo lo cotidiano”.
Para lograr ese efecto combina modelado inicial con moldes de yeso y vaciado de porcelana líquida. El proceso exige precisión y paciencia. “El espesor es clave. Milímetros arriba o abajo y pierdes la magia”. El fuego hace el resto: “En la quema ocurren cosas que no controlas del todo. Aprendí a convivir con eso”.

Voz propia: belleza, armonía y calidez
Si tuviera que enunciar su tríada, no duda: “Belleza, armonía y calidez”. No le interesan las aristas ni las geometrías estrictas. “Va a ser difícil que haga algo geométrico con vértices. Lo mío siempre va a ser orgánico”. El tacto, insiste, es parte de la lectura. “Me gusta que dé ganas de tocar; que la pieza convoque cercanía”.
En el cruce entre oficio y clínica, Magdalena ha encontrado un marco poderoso. “La cerámica es terapéutica. Es sanadora”, afirma. “No quiero usar la palabra adictivo, porque suena negativo, pero sí: es algo que no quieres soltar. Tiene que ver con una conexión con el espíritu”.
Desde esa mirada, el barro funciona como espejo de procesos internos. “Mientras amasas, centras y vacías, el cuerpo ordena cosas. Es como si la atención que pones en la materia te devolviera atención a ti misma”. Por eso, al hablar de su taller, repite: “Es un espacio amoroso”.
Chile, después del fuego: el auge del oficio
La escena cerámica chilena vive un momento activo que Magdalena mira con alegría. “Después de la pandemia, se disparó”, dice. “Mucha gente armó su taller en casa. Y eso trajo consigo mejores materiales, más intercambio, más expresiones artísticas. Es un círculo virtuoso”.
Se reconoce parte de una conversación más amplia, entre arte, artesanía y diseño. Nombra con cariño a maestras y colegas, y celebra los trabajos prolijos que ve aparecer. “Hoy día en Chile hay cada vez más desarrollo en cerámica; lo encuentro entretenidísimo y un aporte para todos”.
Su camino expositivo se fue dando con naturalidad. Primero, pequeñas muestras colectivas; luego, invitaciones más institucionales. “Tuve la suerte de exponer en el Centro Cultural La Moneda en una muestra curada desde el diseño y la naturaleza. Fue precioso”, cuenta. También ha pasado por galerías y ferias donde el encuentro con el público le confirma algo esencial: “La gente se quiere acercar. Se queda mirando y después toca. Ahí sé que la pieza funciona”.

Magdalena no se define por grandes proclamas, pero sí por deseos claros. “No soy de proyectos muy ambiciosos —dice—, pero me gustaría pasar a formato mayor: no tanto objetos gigantes, sino instalaciones en muro que dialoguen con el espacio”. Es una ampliación de su lenguaje, no un giro. “Siempre con estas formas orgánicas; ojalá seguir en la línea lacustre”.
En paralelo, quiere perfeccionar sus procedimientos y profundizar en su investigación con porcelana. “Empujar sus límites de translucencia. Ahí hay un mundo”.
Maestro tiempo: lo que enseña el barro
A quienes empiezan, les ofrece un consejo que suena también a ética del vivir: “Paciencia. Esta es una maestra de la paciencia y del respeto por los tiempos. No todo funciona rápido. Conoce el material, equivócate, vuelve a empezar. Ahí está la magia”.
Magdalena, por otra parte, regresa a la geografía como una plegaria cotidiana. “Soy amante de mi país”, dice. “Mi trabajo con los lagos tiene que ver con honrar esa belleza natural que tenemos. Si puedo aportar un granito de arena al amor por nuestro entorno, ya estoy feliz”.
En sus piezas —vasos, lámparas, volúmenes— esa devoción se hace palpable como rumor. A veces, al trasluz, se adivina un contorno que es mapa; otras, una curva que remite a borde lacustre. “La memoria del agua está ahí, silenciosa”, dice.
La jornada suele iniciar con la prepararación del barro. “Amaso hasta que siento que respira”, cuenta sonriendo. Si trabaja al torno, afina la arcilla en el centro: “Centrar es un ejercicio de presencia: si tú estás en otra, la pieza te lo dice”. Modela, alisa, comprueba espesores. Marca un pequeño código en la base —su firma— y deja que el tiempo actúe. “Hay días que solo miro: reviso secados, pienso hornadas. También es trabajo”.
Cuando toca horno, anota parámetros, espera, cruza los dedos. “La apertura siempre es un minuto sagrado”, dice riendo. “Es celebración o aprendizaje. A veces ambas”.



Al hablar de clientes y espectadores, Magdalena vuelve al mismo pliegue: cercanía. “Lo primero para mí es belleza”, dice sin culpa. “Y armonía. Busco una sencillez que sea a la vez exigente: llegar a lo simple es complejo”. Le interesa que las piezas habiten casas reales, que se vuelvan parte de la luz del día. “Objetos un poco artísticos y un poco funcionales”, sintetiza. En esa franja vive a gusto.
Para Magdalena Gili, la cerámica ya no es técnica ni contingencia; es lengua madre. “Hoy es un espacio de conexión, un lugar amoroso”, dice. Allí caben ideas, sentimientos, proyectos y el rumor del agua en la memoria. “La vida baja de ritmo y todo empieza a encontrar su forma”.










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