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Pía Romero: Imaginar primero, habitar después

Mar 29, 2026 | Reportajes | 1 Comentario

Desde Linares, Pía Romero construye una práctica donde la intuición precede a la forma. Con formación en negocios y una disciplina heredada del deporte, su trabajo en interiorismo se despliega como un ejercicio de traducción: imaginar primero, ordenar después, y convertir expectativas difusas en espacios coherentes, cálidos y profundamente habitables.

Hay algo previo al diseño en el trabajo de Pía Romero. No es una referencia, ni una tendencia, ni siquiera un estilo. Es una imagen. Una escena difusa que aparece antes de cualquier plano, antes de cualquier decisión material.

“Primero me lo imagino”, dice, con una claridad que no necesita explicación inmediata. Porque en ese gesto —aparentemente simple— se condensa todo lo que vendrá después: ordenar, ajustar, traducir.

El interiorismo, en su caso, no parte desde lo aprendido, sino desde una intuición que luego busca estructura.

Su recorrido, sin embargo, no responde a ese mismo orden. Ingeniería Comercial, un Magíster en Recursos Humanos, un MBA. Una formación rigurosa, lógica, orientada a la gestión. Y, en paralelo, el deporte como una constante silenciosa, pero decisiva.

El diseño aparece más tarde. No como un giro abrupto, sino como una revelación progresiva. Algo que ya estaba, pero que aún no tenía lenguaje.

El momento en que todo se ordena

Fue durante la pandemia cuando esa intuición encontró forma. Los cursos de interiorismo —principalmente junto a Alejandra Ossa— no solo le entregaron herramientas, sino que le permitieron entender la dimensión real del oficio.

“Uno puede tener gusto, pero eso no significa saber resolver un espacio”, reflexiona. Y en esa distinción aparece uno de los ejes más claros de su trabajo: la distancia entre imaginar y materializar.

Lo que descubre en ese proceso no es solo técnica, sino complejidad. La relación entre escala y deseo, entre lo que el cliente proyecta y lo que el espacio efectivamente permite.

“A veces las personas quieren algo que, en el espacio, no funciona como lo imaginaban. Entonces ahí empieza un trabajo más fino, de ordenar, de ajustar, de explicar”.

Ese “explicar” no es menor. Es, en muchos casos, el corazón del proyecto.

Diseñar con otros

Lejos de imponer una estética, Pía Romero construye desde la conversación. Su trabajo se articula en torno a una lectura precisa del cliente, pero también en la capacidad de traducir expectativas en decisiones concretas.

Desde la primera reunión trato de entender qué necesitan, qué quieren mantener, qué están dispuestos a cambiar. Hay proyectos que parten desde cero, pero otros no. Y eso define todo”.

Su proceso, en apariencia, es directo: diagnóstico, propuesta, coordinación, ejecución. Pero en ese recorrido hay una capa menos visible, donde el diseño se vuelve una práctica de mediación.
“No se trata de lo que a mí me gustaría hacer, sino de lo que hace sentido para quien va a habitar ese espacio”, explica. “Y cuando eso se logra, el resultado es coherente. El cliente se reconoce en su propio espacio”.

Esa renuncia parcial a la autoría no implica neutralidad. Al contrario, exige precisión. Saber cuándo insistir, cuándo ceder y cuándo reformular completamente una idea.

Materia, atmósfera y permanencia

Si hay un hilo conductor en sus decisiones materiales, es la búsqueda de calidez. No como concepto abstracto, sino como una cualidad concreta del espacio.

“La madera siempre aparece. Me interesa que los espacios se sientan cálidos, naturales, que no sean fríos”, señala. A eso se suman revestimientos, papeles murales y una atención particular por las superficies que envuelven.

No hay en su trabajo una voluntad de protagonismo objetual. Más bien, una construcción progresiva de atmósferas.

Cada elemento —un muro, un piso, una textura— opera en función de un todo que no busca imponerse, sino sostener la vida cotidiana.

Escala doméstica

A diferencia de muchas trayectorias que aspiran a expandirse hacia proyectos de mayor escala, Pía define con claridad su territorio.

«Me encanta la escala residencia. Me fascina diseñar espacios donde realmente ocurre la vida”.

Livings, comedores, espacios contenidos donde cada decisión tiene un impacto inmediato. Lugares donde optimizar no es solo una cuestión funcional, sino también emocional.

“Me movita mucho intervenir espacios que requieren por sus dimensiones sacar el máximo provecho a través de la creatividad. Ahí el diseño se vuelve más desafiante, pero también más interesante”.

Hay en esa elección una postura. Entender lo doméstico no como un límite, sino como un campo complejo, lleno de matices.

La lógica del juego

Antes del diseño, estuvo el deporte. Y aunque hoy su práctica profesional transcurre en otro ámbito, esa experiencia sigue operando como estructura interna.

“Vengo de una lógica muy estricta. En el deporte hay horarios, hay disciplina, hay cumplimiento. Eso se vuelve parte de uno”.

El contraste con el mundo de la construcción es inevitable. Tiempos que se desplazan, decisiones que cambian, imprevistos constantes.

“Acá todo es más variable. Trabajas con personas, con tiempos que no siempre se cumplen. Y eso exige adaptarse”.

Pero lejos de abandonar esa exigencia, la redefine.

“Siempre quiero hacerlo lo mejor posible. Hay una búsqueda por la precisión, aunque el contexto no siempre sea perfecto”.

Esa tensión —entre control y flexibilidad— termina por configurar su manera de trabajar.
El nido que espera

Hoy, su práctica se sitúa en Linares. Un regreso que no es solo geográfico, sino también simbólico.

“Viví muchos años en Santiago, pero volver tiene otro sentido. Es trabajar en un lugar que conozco, pero desde otro lugar”.

El contexto, sin embargo, presenta sus propios desafíos.

“El interiorismo todavía no está tan instalado. Muchas personas no saben exactamente qué implica, o hasta dónde puede llegar”.

Lejos de entenderlo como una limitación, lo asume como parte del proceso.

“También hay un interés. A las personas les gusta, aunque no siempre sepan cómo abordarlo. Y ahí uno puede aportar, no solo diseñando, sino mostrando posibilidades”.

Su trabajo, entonces, se mueve en ese doble registro: resolver espacios y, al mismo tiempo, ampliar la mirada sobre ellos.

Leer la jugada

Cuando habla de futuro, no hay grandilocuencia. No hay una narrativa de expansión acelerada ni de crecimiento desmedido.

“Quiero seguir teniendo proyectos, seguir trabajando. Con eso estoy feliz”.

La frase, en su aparente simpleza, contiene una definición más profunda. No se trata de llegar a otro lugar, sino de sostener un proceso.

Seguir imaginando. Seguir afinando esa primera imagen que aparece antes de todo.

Porque, en el fondo, su trabajo sigue ocurriendo ahí: en ese momento inicial, silencioso, donde el espacio todavía no existe, pero ya empieza a tomar forma.

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1 Comentario

  1. Camila Soto

    Pia pone su corazón a cada detalle que realiza, tengo la fortuna de que decorara mi casa y somos muy afortunados con mi familia de que fuera nuestra guía en la decoración, la recomiendo totalmente y la volvería a elegir para un nuevo proyecto.

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