Desde Panguipulli, la arquitecta Yasna Riadi construye una práctica silenciosa y arraigada al sur, donde el territorio, la confianza y la escucha definen una manera de habitar sin imponer, una arquitectura que habla en voz baja como el león cauto que acecha en el cerro.
Panguipulli no es sólo un nombre: es una imagen que ruge en silencio. Viene del mapudungun, pangui pulli, león de cerro, una figura que no se muestra del todo, que observa desde la altura, inmóvil y atento. En ese gesto contenido, más acecho que estruendo, se parece mucho al sur de Chile: un territorio que no necesita imponerse para impactar, donde la fuerza habita en la permanencia y no en el exceso.
Aquí, la arquitectura parece haber aprendido ese mismo idioma. Galpones amplios y honestos, levantados como cuerpos que resisten el paso del tiempo; techos a dos aguas que no buscan estilizar el paisaje sino dialogar con la lluvia, con la nieve ocasional, con el peso del cielo; estructuras de madera nativa que crujen, respiran y envejecen con dignidad. Nada es ornamental por capricho. Todo responde a una necesidad, a un clima, a una forma de estar en el mundo.
En Panguipulli, construir es una manera de asentarse sin domesticar. La madera, usualmente coigüe roble o mañío, se deja ver, se expone, acepta la humedad y el desgaste como parte de su biografía. Los volúmenes se reconocen desde lejos, casi como siluetas recortadas entre la neblina, recordándonos que la arquitectura del sur no busca brillar, sino permanecer. Como el león del cerro, observa, espera y resiste.
Tal vez por eso este lugar no se entiende desde la velocidad. Panguipulli se lee lento, se camina atento y se construye con memoria. Cada galpón, cada cubierta inclinada, cada tabla ensamblada parece repetir una misma pregunta: ¿cómo habitar un territorio sin traicionarlo? En esa tensión silenciosa, entre abrigo y paisaje, entre tradición y oficio, comienza este relato y también una biografía.
Porque hay arquitecturas que no se aprenden únicamente en la escuela, sino que se absorben desde la infancia, caminando bajo la lluvia, entrando y saliendo de casas que saben esperar, observando cómo el clima moldea las formas y el tiempo afina los materiales.
La arquitectura de Yasna Riadi nace ahí, en Panguipulli, no como un gesto consciente, sino como una forma natural de estar en el mundo. Antes del plano, antes del título, antes incluso de ponerle nombre a las cosas, estuvo el dibujo. El trazar líneas como quien busca entender el espacio, como quien ensaya una manera de habitarlo.
Este reportaje no es sólo el recorrido de una arquitecta, sino el de un territorio que se piensa a sí mismo a través de ella.

El primer refugio
Antes de hablar de arquitectura, Yasna habla de infancia. De un gesto casi obsesivo: dibujar.
“Yo creo que fue mi primer lenguaje”, dice, y en esa frase hay algo fundacional.
Por otra partela arquitectura no aparece como vocación heredada ni como mandato familiar. Todo lo contrario.
“Nada. En mi familia son todos comerciantes. Mis hermanos, mis padres, mis abuelos, todo el mundo».
La excepción es apenas una anécdota lejana: un abuelo mueblista que no conoció, una herencia genética que quizá quedó flotando, sin conciencia.
La arquitectura llega más tarde, casi jugando, entre hermanos y primos, cuando empieza a rondar una palabra que todavía no tenía forma, pero sí sentido.
“Empecé a jugar con el espacio, con los muebles y por ahí me empezó a hacer sentido lo que me gustaba hacer”.
No es casual que su aproximación al diseño esté marcada por lo doméstico, por lo cotidiano, por la escala humana. No hay grandes declaraciones, sino una relación íntima con el espacio, aprendida antes de ser teorizada.

En un galpón
La historia formativa de Yasna es también la historia de una escuela que estaba naciendo. Literalmente.
“Cuando se abrió la escuela el año 2000, yo me cambié de inmediato”, cuenta sobre su transición desde la carrera de obras civiles a arquitectura en la Universidad Austral de Valdivia. Y ahí ocurre algo clave: todo empieza a fluir.
“En arquitectura como que todo avanzó súper bien. Estaba en lo mío”.
Ser parte de la primera generación de esa Facultad de Arquitectura en la ciudad del Calle Calle no es un dato anecdótico, es una experiencia que marca una manera de entender el oficio.
“Fue algo surreal. Teníamos clases en un galpón”, recuerda.
No sabían hacer croquis ni maquetas, no había referentes de generaciones anteriores, nadie a quien consultar fuera de sus profesores. Había sí un ideal fuerte: el del arquitecto sureño.
“Se hablaba mucho de lo propio, de lo sur, de cómo la gente habitaba estos territorios. Eso fue lo que más me marcó”.
La madera, el galpón, las formas esenciales no eran una estética, sino una ética. Usar ‘los materiales de la razón’, como dice ella, entender que la arquitectura no se impone al lugar, sino que se deja atravesar por él.

Una larga Rúa al Diseño
Antes de volver a proyectar, Yasna recorrió. Diez años como tasadora bancaria, más de mil tasaciones, viajes constantes entre Pucón, Villarrica, Valdivia y el sur profundo.
“Fue una época súper rica para conocer el territorio, las casas, otras realidades”.
Ese período, aparentemente técnico, termina siendo una escuela paralela. Conocer cómo se construye, cómo se autoconstruye, cómo se vive realmente en las casas. Entender costos, procesos, errores, tiempos.
“Tasar no era solamente poner un precio, era hacer análisis de costos, seguimiento de obras, mil cosas”.
Esa experiencia se traduce hoy en una arquitectura que no se queda en el papel. Hay un conocimiento profundo del proceso completo, desde el diseño hasta la recepción final. Un oficio que entiende que el proyecto no termina cuando se entrega el plano y que da fuerza e identidad a su estudio.

Un giro al origen
Pasada esa decada Yasna decidió volver a su raíz, a Panguipulli, algo que no significó en ningún caso un retroceso, sino que más bien se manifestó como un gesto de coherencia.
“Este es como mi norte. Yo no quiero moverme de acá, buscar ampliarme o trabajar en otros territorios. Aquí es perfecto para mí”.
Es que volver es también decidir dónde ejercer. Apostar por un territorio que conoce, por una comunidad que siente propia.
Desde ahí nace su estudio, primero como una práctica más intuitiva, luego ya formalizado como empresa, siempre con una idea clara: trabajar en equipo, pero desde el lugar.
“No solamente contratas un arquitecto. Trabajas con topógrafos, proyectistas sanitarios, Un equipo compleot que hace todo en terreno”.
Hay algo casi mediador en su rol y manera de entender el oficio.
“Siento que soy un vínculo entre el propietario, mucha gente que viene de Santiago, y los equipos de trabajo que te puedes encontrar acá en el sur”.
Traducir expectativas, climas, tiempos, lenguajes. Hacer que todos hablen el mismo idioma. Ese es su tarea y parte importante de su sello.

Oídos atentos
Diseñar, para Yasna, no comienza con una forma ni con un gesto autoral. Comienza con una conversación. Con sentarse frente a otro y entender, incluso antes de dibujar, cómo se vive, cómo se espera vivir, cómo se imagina el tiempo por venir.
“Yo parto siempre conociendo para quién estoy diseñando”, dice, y esa frase sostiene toda su metodología. No es un protocolo, es una ética.
“Ojalá sea en persona”, agrega, como quien sabe que hay cosas que no se dicen por correo ni se entienden en planos. Saber cuántos hijos hay, cuándo se va a habitar la casa, si existe la posibilidad de crecer más adelante.
Todos los proyectos son independientes, particulares. No hay recetas, no hay tipologías repetidas. Hay biografías espaciales que se van escribiendo a medida que el relato avanza.
Desde ahí aparece el sur, no como postal, sino como condición.
“Trato que a vinculación con lo local de que esté siempre. Que la casa se reconozca como lo que es: una arquitectura pensada para la lluvia, para el viento, para el frío persistente. Que tú reconozcas que esta es una casa del sur”, dice, y en esa afirmación se condensan décadas de observación silenciosa.

Las chifloneras, los espacios intermedios, los techos que protegen sin clausurar, las logias que no se esconden: todo responde a una manera de habitar que no separa lo interior de lo exterior, sino que los hace conversar.
“Siempre estamos mirando”, dice Yasna. “Mirando los volcanes, un lago, un bosque y eso tiene que reflejarse en la arquitectura”.
La casa no se cierra: se orienta. Se posa en el terreno con cuidado, como quien llega a un lugar que no le pertenece del todo.
Una arquitectura que se deja corregir
Con los años, su manera de diseñar se ha ido afinando.
“Al principio yo me sentía mucho más tímida”, reconoce.
Había cautela, una cierta necesidad de complacer. Hoy, en cambio, aparece otra seguridad: la de la experiencia acumulada, la de saber escuchar también a la intuición.
“Sigo la intuición arquitectónica”, dice. «Esa sensación incómoda, ese pequeño ruido que aparece cuando algo no está bien resuelto. Cuando hay algo que te molesta, decirlo y no quedarme con eso”.
No se trata de imponer una visión, sino de cuidar el proyecto incluso de sí mismo. Corregir antes de que el error se vuelva estructura.
Ese proceso también ha ido incorporando con mayor fuerza el interiorismo, no como decoración, sino como continuidad del diseño arquitectónico.
“No es solamente una distribución eléctrica plana”, aclara. “Tiene una intención detrás”.
La luz, los muebles, los baños, los recorridos interiores: todo se piensa como parte de una experiencia coherente.
“Trato de buscarle la vueltita”, dice, casi con pudor, como si ese cuidado adicional fuera algo menor, cuando en realidad define el carácter completo de sus obras.



Carla Aldoney y Catalina Gutiérrez arquitectas | Cristian Garrido, proyectista sanitario
Materiales que saben envejecer
La materialidad, en Riadi Arquitectura, no responde a tendencias. Responde al territorio y a la experiencia.
“Trabajo mucho con proveedores de la zona”, explica, consciente de que la cercanía no es sólo logística, sino cultural. Saber cómo se comporta una madera, cómo envejece una lata, cómo responde un sistema constructivo al clima del sur.
La elección de materiales no es un gesto estético aislado, sino parte de una cadena de decisiones que buscan eficiencia, durabilidad y coherencia constructiva. Sistemas de fijación oculta, procesos que simplifican la obra, soluciones que reducen pasos innecesarios.
Ese ahorro no es sólo tiempo: es energía, es desgaste, es error evitado. En el fondo, se trata de construir bien para que la arquitectura no tenga que explicarse. Para que funcione en silencio.
En ese mismo marco, la sustentabilidad no aparece como una consigna, sino como una consecuencia natural del buen diseño.
“Tiene que ver con cómo se emplaza la casa”, dice, y vuelve al origen: orientación, vistas, control solar, relación con el entorno. No hay soluciones mágicas, hay decisiones informadas.
Sin ir más lejos, más que obsesionarse con la pérdida de calor, hoy bastante controlada gracias a las envolventes térmicas, Yasna pone atención en algo que muchas veces se pasa por alto: las ganancias solares.
“De repente las casas quedan mal orientadas y después hay que sobreponer sistemas para refrescar o calefaccionar la vivienda”, explica.
Aprender de eso también implica reconocer errores propios, pues desde ahí surgen ajustes: pantallas, celosías, filtros que permiten habitar el paisaje sin sufrirlo.

“Hay que hacer que el cliente entienda que esa puede ser su mejor vista y eso está perfecto, pero hay que compensar, poner algo que frene un poco el sol, por ejemplo.
La sustentabilidad aparece entonces como equilibrio.
Por otra parte, en un territorio marcado por lagos, ríos y humedales, el manejo del agua también es clave. No desde la escasez inmediata, sino desde la responsabilidad. Sistemas de tratamiento adecuados, especial cuidado en zonas sensibles, cumplimiento riguroso de normativas sanitarias.
En el sur, explica Yasna, el desafío no siempre es la falta de agua, sino cómo convivir con ella sin dañarla, especialmente en sectores rurales donde la presión estacional comienza a notarse .
Desde Riadi Arquitectura, la sustentabilidad se entiende como una práctica integrada: eficiencia energética, correcta implantación, uso consciente de materiales locales y un profundo respeto por el entorno natural donde cada proyecto se inserta. No se trata de “parecer” sustentable, sino de serlo en el tiempo.
Confianza: la arquitectura invisible
Cuando se le pide definir el sello de su estudio, Yasna no duda demasiado. No habla de formas ni de estilos. Habla de confianza
Confianza en los procesos largos, en los tiempos administrativos, en las gestiones que no siempre se ven.
“Aunque se demore un año, siempre llegamos hasta el final”, afirma. Acompañar hasta la recepción de obras, estar presentes cuando el proyecto ya no es dibujo, sino realidad.
“Somos como los atletas de larga distancia”, dice, casi riéndose. Una maratón donde no se sabe exactamente cuándo se llega, pero se sigue avanzando. Respirar hondo, sostener la línea, no abandonar el proyecto cuando se vuelve complejo.
En ese acompañamiento constante, Riadi Arquitectura se posiciona como un hito técnico y humano.
“El propietario es el que me contrata”, recuerda, marcando una independencia clave frente a constructoras y terceros. Defender el proyecto es, también, defender a quien va a habitarlo.
Esa arquitectura invisible —la que no se fotografía— encuentra uno de sus pilares más sólidos en el trabajo de regularizaciones.
Casas que necesitan ordenarse, entenderse, ponerse en regla. Levantamientos precisos, coordinación de equipos completos en terreno, diálogo constante con organismos públicos.
“Más del 60% de nuestros proyectos son regularización “Hemos ido afinando el pulso y el ojo”
La confianza no se declara: se construye. Lenta, persistente, invisible. Como todo lo que realmente permanece.

Donde el puma observa
Hoy, Yasna Riadi no habla de grandes cambios ni de giros abruptos. Habla de continuidad. De estabilidad. De seguir haciendo lo que ya funciona.
Estoy en una posición que a mí me hace súper feliz”, dice, sin grandilocuencia. “Para mí, esto es soñado”.
Quizás porque su arquitectura —como Panguipulli mismo— no busca imponerse. Observa, se adapta y permanece.
En mapudungun, pangi no es sólo un animal. Es una forma de estar. El puma no irrumpe: aparece. No avanza en línea recta: rodea. No anuncia su presencia: la deja sentir. En Panguipulli, ese león de cerro que da nombre al lugar no habita el paisaje como un símbolo folclórico, sino como una energía latente, siempre ahí, aunque no se vea.
La arquitectura de Riadi se mueve en ese mismo registro.
No busca imponerse ni llamar la atención. No grita su autoría ni compite con el entorno. Se posa. Espera. Observa. Como el pangi, entiende el territorio antes de intervenirlo. Reconoce los tiempos largos, la humedad persistente, el peso del invierno, la paciencia que exige construir en el sur. Y desde ahí actúa.
Hay algo profundamente felino en su manera de ejercer el oficio: la cautela inicial, la escucha atenta, la decisión precisa cuando llega el momento de avanzar.
Durante meses el proyecto se mantiene contenido, recorriendo gestiones, permisos, conversaciones, ajustes.
Una maratón silenciosa donde lo importante no es la velocidad, sino la resistencia. La capacidad de sostener una idea sin deformarla.




En ese trayecto, su arquitectura no pierde el rumbo porque está anclada al lugar. Al bosque que se filtra por los ventanales, al lago que obliga a orientar la casa con cuidado, al viento que modela las cubiertas, a la lluvia que define los umbrales. Cada decisión parece tomada con la conciencia de quien sabe que el territorio no perdona el descuido.
Por eso sus obras no buscan ser vistas como objetos, sino habitadas como extensiones del paisaje. Arquitecturas que no envejecen mal porque nacen sabiendo que el tiempo es un material.
Como el pangi, la arquitectura de Yasna Riadi no necesita estar siempre a la vista para ser determinante. Su fuerza está en la permanencia, en la coherencia, en esa tensión silenciosa entre lo que se muestra y lo que se guarda.
En un sur donde todo parece moverse lento, su trabajo confirma que la verdadera potencia no está en el gesto espectacular, sino en la capacidad de permanecer fiel al territorio que se habita.
Y así, mientras el puma sigue observando desde el cerro —invisible, atento—, la arquitectura encuentra su lugar: no como conquista, sino como pacto.








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