La arquitectura de Rodrigo Eterovic se articula desde lo sensorial: espacios contenidos, luz cenital, materialidades honestas y una relación profunda con el paisaje del sur de Chile. Una práctica donde la atmósfera antecede a la forma.
La primera imagen no es una casa, ni un plano, ni siquiera un paisaje. Es una luz tibia filtrándose por una cortina color café con leche, al interior de una casa rodante detenida en algún punto del sur. Afuera, el día avanza lento. Adentro, todo está a una escala distinta: persianas pequeñas, literas que se pliegan, objetos mínimos que parecen pensados para una vida compacta, casi portátil.
Para Rodrigo Eterovic, esa escena infantil —aparentemente doméstica, casi banal— se transformó con los años en un archivo silencioso de sensaciones que hoy reaparece, una y otra vez, en su arquitectura.
“Eran espacios jibarizados, pensados casi a la escala de un niño”, recuerda. “Y tenían una atmósfera muy particular, sobre todo por la luz. Esa luz de la tarde, de la hora del té, se me quedó grabada”.
No es un recuerdo anecdótico. Es, más bien, una clave.

La atmósfera como origen
Antes de los planos, antes de la técnica, incluso antes de la arquitectura como disciplina, aparece la atmósfera. En el caso de Rodrigo, esa noción se arma temprano, en los viajes familiares en casa rodante, en el camping reiterado, en la experiencia de habitar espacios temporales donde cada gesto cuenta.
“Siempre me ha gustado acampar, vivir así, por un rato, en espacios que te obligan a estar atento a todo: la luz, el calor, el abrigo”, dice.
A esa experiencia se suma, en la adolescencia, la música. Percusionista, Rodrigo encuentra pronto un puente natural entre ambos mundos. “La música, tal como la arquitectura, está cargada de espacios, de luces y de sombras, de llenos y de vacíos, de ritmos”, explica. La idea de atmósfera comienza entonces a tomar forma como un concepto transversal: algo que no se diseña solo con muros o notas, sino con relaciones invisibles.
“Yo creo que terminé estudiando arquitectura un poco de guata”, reconoce. “Todo eso se fue juntando y no tenía mucho sentido separarlo”.

Aprender el oficio
Rodrigo estudió arquitectura en la Universidad Mayor, en Santiago. Entró advertido: noches largas, talleres extensos, esa épica compartida que parece definir a varias generaciones de arquitectos.
“Había un romanticismo en pasar de largo, en estar tres noches seguidas con los compañeros, tomando cerveza y trabajando”, recuerda. “Si no pasabas por eso, casi no habías estudiado arquitectura”.
Su formación fue diversa. Desde profesores de una línea más modernista, como Lorenzo Brugnoli, hasta referentes de una escuela más contemporánea. Esa mezcla, reconoce hoy, fue generando tensiones internas que más tarde volverían a aparecer, ya no en el aula, sino frente al territorio.
Antes de independizarse, trabajó en el sector público, en la Municipalidad de Colina. “Fue una experiencia que me encantó y a la que todavía le doy mucho valor”, dice.
Luego pasó por una oficina privada de corte inmobiliario, que se asemejaba mas a una oficina de abogados que a un estudio de arquitectura
El giro vino con el trabajo independiente y, especialmente, con la remodelación de las oficinas de la reconocida productora Fábula, donde llegó casi por azar.
“Partí haciendo unas mesas y terminé remodelando todo el edificio”, cuenta. “Ahí uno se da cuenta de que las ideas tienen eco, de que funcionan”.
Fue también una escuela de exigencia.
“Pablo Larraín fue muy… quisquilloso”, dice riéndose. “Pero fue una buena prueba y una muy grata experiencia a la que le guardo gran cariño»

El sur como decisión
Hacia 2010, Santiago empieza a quedarle estrecho. El tráfico, los tiempos, la saturación. Pero no se trata solo de cansancio urbano. Hay algo más profundo: una conexión persistente con la naturaleza, cultivada desde niño en los Scouts y en largas excursiones al sur.
“Tengo recuerdos muy vivos del agua”, dice. “Agua transparente, fría, de lagos y ríos. Acá está en todas partes”.
La oportunidad concreta llega con un encargo: diseñar y construir una casa en el sur. La primera.
“Era también una prueba”, admite. “Ver si me funcionaba la arquitectura acá, pero también la vida”.
Esa obra —la Casa Los Riscos— no solo marca su traslado definitivo a Puerto Varas, sino también su entrada más profunda en la construcción. Y ahí aparece otro aprendizaje clave.
“El verdadero desafío no fue diseñar, fue construir”, dice. “Trabajar con los maestros, establecer una relación de respeto sin ser autoritario. Todo lo que sé de construcción lo aprendí de ellos”.
La escena es casi fundacional: hormigonar en agosto, bajo la lluvia, en una pendiente imposible camino a Ensenada. Camiones que patinan, bombas de hormigón, plásticos cubriendo moldajes a las tres de la mañana.
“Fue una prueba de fuego”, dice. “Después cualquier desafío se veía posible”.

Quedarse
Después de esa casa, no hubo mucho que decidir.
“Se fue dando todo. Amigos, proyectos, una vida más lenta. Era el sueño que tenía de chico: vivir a leña, con lluvia, con sol, sin la urgencia constante de la ciudad”.
Desde Puerto Varas, su práctica se ha concentrado principalmente en arquitectura residencial, con algunos encargos comerciales y un vínculo activo con el urbanismo a través de su rol como director de la Fundación Parque Sur.
Desde ahí impulsa el proyecto Parque Estación, una iniciativa de regeneración urbana que recuperó la antigua estación de trenes de la ciudad, convirtiendo ese espacio abandonado en un parque urbano, resignificándolo como espacio público.
“Uno de los objetivos era incentivar el retorno del tren”, dice. “Y finalmente ocurrió”.


Forma, territorio y reconciliación
La evolución de su arquitectura no ha sido lineal. Durante años, Rodrigo resistió la forma más reconocible del sur: el galpón.
“No quería dedicarme a hacer siempre lo mismo”, confiesa.
Pero el territorio insiste. Llueve mucho. El agua necesita escurrir. Las pendientes no son un capricho.
“Con el tiempo me empecé a amigar con eso”, dice. “Empecé a encontrar la belleza en la simpleza”.
La referencia aparece clara: “Lo más difícil de hacer, en la música, en la gastronomía, en la arquitectura, es lo simple. Como hacer un lápiz Bic”.
Hoy, esa reconciliación se traduce en una arquitectura que no busca imponerse, sino camuflarse.
“Me importa que los proyectos no se vean como un bicho raro”, explica. “Y que tengan algo de sagrado, en relación al territorio”.

Diseñar la luz, diseñar la sombra
Si hay un elemento que articula todo su trabajo, es la luz.
“Para mí es lo más importante”, dice sin dudar.
Pero no se trata solo de iluminar. Se trata de construir experiencia, crear atmósferas. Rodrigo habla de metros cuadrados, pero también, y sobre todo, de metros cúbicos.
“La relación en altura cambia completamente cómo se siente un espacio”, explica. “Puede volverse casi escultórico”.
En el sur, la luz es un recurso escaso y valioso. Por eso la busca, la dirige, la captura.
“Me interesa mucho la luz cenital. Por ahorro de energía, por temperatura, pero también por calidad espacial”.
A diferencia de la zona central, aquí el poniente se agradece.
“Ese último sol de la tarde calienta la casa”.
Pero junto con la luz, aparece la sombra.
“También diseño las sombras”, explica. “Zonas más oscuras para circular, para generar privacidad, y luego llegar a la luz”. Como en la música, el contraste es parte del ritmo.

Interior como continuidad
Su relación con el interiorismo es directa. No delega completamente.
“Tengo bastante claro lo que quiero que ocurra adentro”, confirma.
Trabaja con iluminadores, diseñadores de mobiliario y paisajistas, pero siempre desde una idea matriz.
“Estoy abierto a recibir propuestas, pero no sacrifico fácilmente la atmósfera que busco”.
Un patio interior con luz cenital, por ejemplo, puede tomar muchas formas.
“La paleta de colores, las especies vegetales, todo influye”, dice. “Pero lo importante es el efecto que se provoca”.

Presente y proyección
Hoy, además de proyectos a la carta, Rodrigo está explorando el diseño de casas prediseñadas. No como un gesto industrial, sino como una respuesta concreta a un escenario cada vez más complejo.
“La casa diseñada desde cero es maravillosa, pero a veces difícil de costear”, reconoce.
Sus prototipos buscan llegar a un punto de equilibrio: diseños ya filtrados por la luz, la espacialidad y la experiencia, pero abiertos a ajustes.
“La arquitectura nunca va a dejar de ser a la carta, pero estas versiones ayudan mucho al cliente”.
No hay una ambición desmedida en su discurso. Más bien, una continuidad. Seguir diseñando, seguir construyendo, seguir afinando esa relación delicada entre luz, territorio y atmósfera que se respira en las obras como las que destacamos a continuación en Rúa Salón.
CASA LOS RISCOS
Puerto Varas (camino a Ensenada), Los Lagos, Chile | 2012
Arquitecto: Rodrigo Eterovic
Materiales: Hormigón armado | Madera nativa
Área: 220 m2
La casa madre. Su primer proyecto construido en el sur y, también, su primera gran escuela. Una vivienda a dos aguas, íntegramente realizada con maderas nativas: estructura de canelo, pisos de ulmo, muros de mañío y tejuelas de alerce.
La casa se orienta hacia el volcán Osorno y articula su espacialidad a partir de un desfase de cubiertas que permite el ingreso del sol norte a un pasillo posterior que recorre toda la vivienda.
“La casa completa está iluminada prácticamente todo el día”, explica el arquitecto.





CASA CAROLINA
Panguipulli, Los Ríos, Chile | 2017
Arquitecto: Rodrigo Eterovic
Materiales: Madera nativa | Hormigón armado | Acero
Área: 433 m2
Un proyecto de mayor escala, pensado para una familia numerosa y emplazado en un terreno de pendiente pronunciada con vista al lago.
La materialidad proviene, en gran parte, de un antiguo galpón lechero desarmado y reutilizado. La casa se organiza en torno a un gran hall central con luz cenital, donde la escalera y los espacios se articulan verticalmente.
Las áreas públicas ocupan el primer nivel; los dormitorios, el segundo, con una sala de estar que balconea hacia el vacío central.
En este proyecto la luz y las sombras se conjugan con las vistas para dar definición a cada recinto.








CASA BOSQUE
Puerto Varas, Los Lagos, Chile | 2022
Arquitecto: Rodrigo Eterovic
Materiales: Madera | Hormigón | Acero
Área: 78,7 m2
Una vivienda mínima, elevada sobre pilotes de hormigón para intervenir lo menos posible un terreno de bosque antiguo, húmedo, casi pantanoso.
Más vertical que horizontal, la casa busca la luz en las copas de los árboles y se posa con cuidado sobre el suelo.
Su exterior oscuro y austero permite que pase desapercibida; el interior, en cambio, es cálido y contenido. Pensada como casa de escape, hoy funciona como refugio para la contemplación y la escritura.








CASA CENITAL
Modelo Prediseñado| 2025
Arquitecto: Rodrigo Eterovic
Materiales: Panel SIP
Área: 140-180 m2
Un proyecto prediseñado que condensa muchas de las búsquedas del estudio.
Construida a partir de módulos estándar, la casa propone una cubierta a cuatro aguas que permite generar una gran lucarna central. Allí se concentran los espacios públicos: estar, comedor y cocina, en un volumen más alto y luminoso.
Hacia los bordes, la cubierta desciende y da lugar a dormitorios y baños más contenidos.
Disponible en versiones de 140 y 180 m2, la Casa Cenital apuesta por una espacialidad generosa sin excesos, donde la luz vuelve a ser la protagonista.










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