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GITC: arquitectura responsable

Ene 7, 2026 | Arquitectura | 0 Comentarios

Rodrigo Belmar habla de arquitectura como quien habla de un oficio que se ejerce todos los días, sin épica y sin atajos. No hay en su relato una búsqueda por el gesto llamativo ni por la forma como fin último, sino una insistencia constante en entender el encargo, el contexto y a quien va a habitar el espacio.

“A mí me gusta sintetizar nuestra visión como una arquitectura responsable”, dice, y en esa frase —dicha casi al pasar— se condensa buena parte del trabajo que GITC Arquitectura ha desarrollado durante casi dos décadas.

Fundado en 2006 junto a su socio Felipe Vera, el estudio ha construido su trayectoria desde una práctica sostenida, atravesada por la vivienda, la arquitectura clínica y una relación persistente con la materialidad —especialmente con la madera— entendida no como recurso estético, sino como experiencia espacial.

“Nos gusta ver la arquitectura desde adentro hacia afuera, desde el usuario”, explica Belmar, situando el proyecto no en la imagen final, sino en el modo en que se vive y se recorre.

Más que levantar una firma reconocible, GITC ha operado como una estructura flexible, capaz de adaptarse a distintos contextos, escalas y restricciones económicas sin perder coherencia. Una arquitectura que no busca imponerse, sino responder. Que no promete más de lo que puede construir. Y que entiende el diseño como una forma de hacerse cargo —con precisión y criterio— de un problema concreto, en un momento específico

Aprender a mirar antes de proyectar

La relación de Rodrigo Belmar con la arquitectura no comienza en la universidad ni en el primer encargo profesional, sino mucho antes, en una familiaridad cotidiana con el espacio.

“Yo soy hijo de arquitecto”, dice, y esa condición aparece menos como un dato biográfico que como una forma temprana de aprendizaje.

“Sin darme cuenta, desde chico ya estaba acostumbrado a ciertos conceptos espaciales, a percibir sensaciones respecto a lo que me rodeaba”.

No se trata de una vocación épica ni de un llamado repentino. Más bien, de una cercanía sostenida con el oficio: conversaciones, dibujos, observación.

“Veía que era una profesión muy ligada al arte, al lado creativo, al dibujo. Eso a cualquier niño le entusiasma”, recuerda.

Con el tiempo, otras inquietudes aparecieron —y aún conviven—, pero la arquitectura nunca se desplazó del todo. Llegar a ella fue un proceso natural, casi inevitable, pero no por eso menos consciente.

La escuela como estructura

El paso por la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile marcaría de manera decisiva su forma de entender la profesión. Belmar habla de esos años con una mezcla de distancia y gratitud.
“Fue una etapa muy intensa, muy exigente”, dice, “pero también de mucho aprendizaje”.

Más allá de un sello formal reconocible, destaca una formación amplia y una ética profesional instalada desde el inicio.

“Hay una manera de entender la arquitectura, una responsabilidad respecto al rol que cumple, que se inculca desde el día uno”.

Esa idea —la arquitectura como una práctica situada y responsable— aparece como un hilo conductor que atraviesa su trayectoria posterior.

“No fue fácil, sufrí harto”, admite.

Pero en esa exigencia reconoce hoy una base sólida: una estructura conceptual que le permitió enfrentarse al ejercicio profesional con herramientas claras, sin depender de modas ni fórmulas prefabricadas.

El territorio como escala mayor

Tras titularse, Belmar desarrolló su proyecto de título en el borde costero del sur de Chile, una elección que en su momento fue más circunstancial que programática, pero que terminaría abriendo un campo de interés más amplio.

A partir de esa experiencia, postuló y obtuvo una beca para cursar un magíster en Planificación Territorial y Gestión Costera en la Universidad Politécnica de Cataluña, en Barcelona.

“Era un programa ligado a la ingeniería marítima, no directamente a la arquitectura”, explica.

Infraestructura costera, planificación, gestión del territorio. Un cambio de escala que amplió su mirada sobre el proyecto arquitectónico y su relación con sistemas mayores.

Aunque reconoce que no ha ejercido esa especialización de forma directa, el aprendizaje permanece como una capa más del oficio.

“Es un conocimiento que queda ahí y que se puede extrapolar a cualquier área”, señala. Rodrigo

Una forma de entender el proyecto no como objeto aislado, sino como parte de un territorio, de un sistema y de una red de decisiones que lo exceden.

GITC: una estructura antes que una firma

GITC Arquitectura se funda en 2006, junto a Felipe Vera, compañero de universidad. Antes incluso de terminar la carrera, ambos ya estaban tomando encargos pequeños, aprendiendo en la práctica, enfrentándose a las primeras decisiones reales del oficio.

La formalización del estudio responde tanto a una necesidad operativa como a una declaración de principios.

“Queríamos un nombre que no pusiera a los individuos por delante”, explica el arquitecto.

GITC (Grupo de Innovación Tecnológica) surge así como una estructura colectiva, un grupo capaz de adaptarse, crecer o reducirse según las circunstancias.

“La idea era que fuera un grupo que se moldea en el tiempo”, añade.

Una lógica que sigue vigente: un núcleo estable, acompañado por colaboradores de larga data y una red de profesionales que se activa según la escala y complejidad de cada proyecto.

Aprender con los encargos

Los primeros años del estudio estuvieron marcados por la confianza de los clientes.

“Tuvimos la suerte de que confiaran en nuestras propuestas”, reconoce Belmar.

Esa confianza permitió desarrollar proyectos diversos y, sobre todo, construir un criterio propio a partir de la experiencia.

Con el tiempo, GITC fue especializándose en dos áreas que hoy estructuran su práctica: la vivienda y la arquitectura clínica.

“Entramos relativamente temprano al mundo hospitalario”, comenta.

Clínicas dentales, edificios de salud y proyectos residenciales comenzaron a convivir dentro de una misma lógica de trabajo, donde la funcionalidad, la eficiencia y la experiencia del usuario se vuelven centrales.

Cambios en el ejercicio

Después de casi dos décadas de ejercicio profesional, Belmar observa el rubro con distancia crítica.

“Los problemas de fondo siguen siendo los mismos”, afirma.

Cambian las herramientas, los contextos económicos, las restricciones y las tecnologías, pero las necesidades esenciales de las personas permanecen.

En los últimos años, el aumento en los costos de materiales y mano de obra ha obligado a repensar soluciones, a diseñar con mayor precisión y a valorar la austeridad como virtud proyectual.

“Hoy uno ve proyectos muy interesantes hechos con pocos recursos”, dice.

Arquitecturas que, lejos de la sobrecarga formal, vuelven a lo esencial: resolver bien un problema concreto, con inteligencia y cuidado.

Innovar sin espectacularidad

La innovación ha acompañado a GITC desde su origen, aunque su significado ha mutado con el tiempo.

“Al principio era solo un nombre”, reconoce Belmar. Luego se transformó en una inquietud aplicada, ligada a la búsqueda de soluciones reales.

Uno de los campos más persistentes ha sido la investigación en torno a la madera nativa chilena.

“Nos dimos cuenta de la enorme calidad de la madera y de que gran parte se destinaba simplemente a leña”, explica.

A partir de esa constatación, el estudio comenzó a explorar procesos de secado, extracción responsable y aplicaciones estructurales y espaciales.

“La madera es un material absoluto”, afirma. “Es noble, cálido, y genera bienestar en quien habita esos espacios”.

En GITC, la madera no funciona como gesto decorativo, sino como un elemento estructurante que atraviesa distintas escalas y programas.

Proyectar desde el interior

La arquitectura de GITC se piensa desde el interior hacia afuera. Desde el uso, desde la experiencia cotidiana, desde el cuerpo que recorre el espacio.

“Nos interesa partir desde el usuario y luego, establecer una relación coherente con el entorno urbano, rural o paisajístico», señala Rodrigo.

No hay un estilo único ni una forma recurrente. Algunos proyectos son más expresivos; otros, deliberadamente austeros.

“Nuestro trabajo es tomar todas esas variables —el encargo, el mandante, el contexto— y sintetizarlas en una propuesta coherente”, explica.

La arquitectura, en ese sentido, aparece como un soporte. Un marco capaz de acoger distintas formas de habitar sin imponerse sobre ellas.

Con la vista al mañana

Actualmente, GITC se centra en el diseño arquitectónico, el desarrollo de proyectos y el gerenciamiento en encargos de mayor complejidad.

Tras la pandemia, el estudio dejó de ejecutar construcción de manera directa, optando por colaborar con una red consolidada de constructoras y especialistas.

“El diseño es nuestro centro”, afirma Belmar.

Coordinación de especialidades, trabajo BIM, gestión integral de proyectos clínicos y residenciales forman parte de su práctica habitual.

El principal desafío, hoy, es mantenerse vigente en un escenario de transformación acelerada.

“Esta revolución digital nos obliga a aprender constantemente”, apunta Belmar.

Relacionarse con nuevas generaciones, nuevas herramientas y nuevas formas de proyectar sin perder el criterio construido a lo largo del tiempo es sin duda una meta para el estudio.

GITC continuará profundizando en la arquitectura clínica y residencial, mientras mantiene activas sus líneas de investigación paralelas: madera, bioclimática, prototipos y exploraciones que complementan el ejercicio profesional.

Sin promesas grandilocuentes, el estudio proyecta su futuro desde la misma base que ha sostenido su trayectoria: entender cada encargo como un problema específico, asumirlo con responsabilidad y responder con una arquitectura precisa, consciente y capaz de perdurar, como en los ejemplos que te mostramos a continuación en Rúa Salón.

CASA EL MAQUI
Quebrada El Maqui, Olmué, Chile | 2014

Arquitectos: GITC arquitectura.
Equipo de Proyecto: Rodrigo Belmar Expósito, Felipe Vera Buschmann, Carlos Estay Olguín, Rodrigo Del Castillo Veliz, Felipe Muñoz Sepúlveda, Logna Barrientos S.
Cálculo Estructural: Roberto Soto V.
Área: 253,11 m².
Fotografías: Felipe Díaz Contardo | www.fotoarq.com

En la ladera oriente de la Quebrada El Maqui, donde la Cordillera de la Costa chilena se funde con la Reserva de la Biósfera Campana – Peñuelas, el paisaje dicta las reglas.

El encargo no era solo construir una vivienda, sino emprender un acto de reparación: fundar un refugio sobre una ladera erosionada para permitir que la vida nativa vuelva a brotar.

La casa se despliega en un juego de contrastes que responde a la geografía. Un pabellón de dormitorios se eleva, ligero y expuesto, buscando el asoleamiento y las corrientes de aire que suben por el valle, dominando el horizonte.

Por el contrario, el área social se repliega en un gesto de intimidad. Es un volumen hermético que se vuelca hacia el interior, donde el jardín y el agua se convierten en los verdaderos protagonistas de la vida familiar.

Aquí, el agua no es un elemento ornamental, sino un sistema vital.
Un jardín inundado, excavado con precisión en la ladera, funciona como un biofiltro natural que purifica una piscina recreativa. Este espejo de agua, en su contacto directo con la casa, no solo ofrece un refugio visual, sino que actúa como un regulador térmico, refrescando el aire en los días más intensos del verano.

La materia termina de narrar la historia. Bajo la convicción de GITC de que la madera es un material absoluto, la Tepa y el Pino Oregón envuelven cada rincón. Mientras que en el interior la Tepa —secada con paciencia en la misma obra— aporta una calidez espacial inigualable, en el exterior el Pino Oregón teñido se enfrenta con nobleza a la radiación y el viento. Es una arquitectura que, lejos de imponerse, se sitúa con responsabilidad, entendiendo que habitar un lugar de alto valor ecológico exige una entrega total a su cuidado y belleza.

La obra fue destacada por diversos medios y portales especializados en arquitectura alrededor del mundo.

EDIFICIOS PLAZA DINAMARCA
Providencia, Santiago, Chile | 2017

Arquitectos: GITC arquitectura.
Jefes de Proyecto: Rodrigo Belmar Expósito, Felipe Vera Buschmann.
Fotografías: Mathias Jacob | https://www.instagram.com/jacobocho

Se trata de dos edificios de lujo, de sólo 6 y 7 departamentos cada uno, de alto estándar, con diseño de vanguardia, materiales nobles, espacios integrados y eco-sustentables.

El proyecto está ubicado en el “Circuito de las 3 Plazas en Barrio Diego de Almagro Norte”, las cuales unidas suman un recorrido de 1 kilómetros de ida y vuelta, acompañado de bajísimo flujo vehicular.

Destacan sus áreas verdes, infraestructura urbana consolidada, sectores con juegos para niños y áreas de ejercicios. Todo esto con la seguridad y tranquilidad de un barrio residencial y la conectividad de estar en Providencia.

La arquitecta apunta a privilegiar la vida en familia, por eso se diseñaron amplios espacios comunes, trayendo así la Plaza Dinamarca al interior de cada departamento.

Un elemento destacado son las terrazas panorámicas que ofrecen una increíble vista de la plaza y la Cordillera de Los Andes.

Por otra parte, los edificios cuentan con energía eléctrica de emergencia para el 100% de los circuitos de todos los departamentos. Cada torre posee un grupo Generador de 100 KVA, que asegura el suministro eléctrico independiente a la red

Otro sello de la obra es que se construyó una baranda de vidrio templado de 10mm empotrada al eje de la viga invertida de hormigón armado, lo que permite fácilmente ampliar los dormitorios sin tener que modificar nada.

OFICINA NATURAL DETOX
Ñuñoa, Santiago, Chile | 2025

Arquitectos: GITC arquitectura.
Jefe de Proyecto: Rodrigo Belmar Expósito.
Fotografías: Nicolás Saieh | www.nicosaieh.cl

En el corazón de un barrio de baja escala, donde la vida transcurre entre viviendas unifamiliares y jardines silenciosos, surge un espacio diseñado para el pensamiento y la creación. El encargo consistía en dar forma a las oficinas de una marca de cosmética natural liderada por mujeres, un proyecto que debía ser, ante todo, un reflejo de su filosofía: una búsqueda honesta de calidez, luz y respeto por lo orgánico.

La arquitectura se plantea desde una dualidad necesaria. Hacia la calle, la obra elige la discreción. Inspirada en la sabiduría de las ciudades antiguas —desde la tradición islámica hasta los solares coloniales—, la fachada se presenta hermética y austera. Es una piel que protege la privacidad como un tesoro, homogeneizando lo público para resguardar la diversidad que ocurre puertas adentro. Un límite visual y una distancia vegetal actúan como filtro, permitiendo que el interior se libere de las tensiones del entorno.

Al cruzar ese umbral, el hermetismo cede paso a una libertad expresiva total. La casa se organiza en torno a un vacío central de doble altura, un corazón luminoso que captura la luz del día y desdibuja el límite con el jardín. Este espacio fue concebido para la flexibilidad: desde la concentración del trabajo individual hasta el dinamismo de una sesión fotográfica o el encuentro grupal, todo ocurre en una atmósfera de cordialidad y relajo.

La madera, protagonista absoluta del interior, fue seleccionada bajo criterios de ligereza y estabilidad, envolviendo los puestos de trabajo en una calidez que solo el material noble puede otorgar. Esta experiencia táctil se completa con un paisaje abundante y estimulante; un jardín de especies de bajo consumo que no solo acompaña la vista, sino que potencia esa sensación de bienestar esencial para una marca que nace de la tierra. Es, en esencia, un lugar donde la seguridad y la apertura conviven en un equilibrio sereno.

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