Por dentro de una habitación en penumbra, lo primero que el ojo busca no es un objeto, sino un punto de luz. Ese gesto instintivo, casi primitivo, es el lenguaje con el que Sofía Troncoso conversa con el espacio. Porque para ella, la luz no es un accesorio técnico ni un complemento visual: es el material primario con que se escribe la experiencia de habitar.
Sofía no empezó con ese verbo -iluminar- de manera obvia.
Antes de llegar a la arquitectura, su mundo fue de pinceles, acuarelas y telas. En casa, sus manos siempre estaban creando algo: un vestido, un dibujo, un collage. La arquitectura no era un objetivo, fue una sorpresa del camino.
“Nunca pensé estudiar arquitectura hasta muy al final”, recuerda con un tono que mezcla emoción y claridad. “Pero el primer día que pisé la Universidad de Chile, me encantó todo. Todo”.
Esa intuición, esa chispa inicial, no se apagó; por el contrario, se transformó.
En los pasillos del taller y entre maquetas, Sofía descubrió que le fascinaba menos lo sólido y más lo efímero: la luz que define sombras, la claridad que empuja el silencio, la penumbra que invita a la pausa. Fue en un ramo ‘secundario’ de iluminación, casi por azar, donde encontró ese lenguaje intangible que había estado buscando.
“La luz es un material completamente intangible, capaz de generar atmósferas y emociones”, dice.
Fue esa frase —capaz de generar atmósferas y emociones— la que la llevó a escribir un correo a la profesora Paulina Sir, pidiendo trabajar a su lado aunque todavía no se titulaba. Ese verano en la oficina de Paulina fue, para Sofía, una revelación: la iluminación no era un complemento; era su camino.

Un oficio tejido entre técnica y sensibilidad
La formación de Sofía no se limitó a las aulas: pasó por cursos, talleres y talleres internacionales, entre ellos uno en Medellín donde se trabajó en un masterplan de iluminación urbana. Fue allí, entre expertos que compartían estrategias para iluminar ciudades como París, donde entendió que la luz podía ir más allá de la forma y del objeto. Podía organizar la ciudad, influir en el espacio público, en la memoria colectiva. Esa experiencia amplió su mirada: no solo luz en objetos, sino luz en ritmos, recorridos y encuentros humanos.
Su trayecto profesional también la llevó al lado del proveedor: trabajar con marcas de luminarias, conocer la fabricación, los costos, las calidades reales de cada producto.
“Aprendí a distinguir calidad, incluso entre productos chinos”, dice con una mezcla de ironía y pragmatismo.
Ese aprendizaje la hizo cuidadosa pero también realista: sabe que una especificación técnica, por brillante que sea, puede naufragar en el presupuesto o desaparecer en las últimas tablas de Excel de una obra en ejecución.
Así, su método es, en buena medida, un ejercicio de equilibrio: invertir donde importa, mantener calidad lumínica y ser flexible con las realidades del mercado
.“No se puede iluminar sólo con productos europeos porque los proyectos se vuelven inviables”, dice la experta.
Y esa honestidad no reduce su ambición: la eleva.

Confort, atmósfera y el ritmo de los espacios
La iluminación de Sofía no anuncia su presencia: se siente. En una sala de clases, su criterio es eficiencia y confort visual; en un restaurante, responde al concepto, a la intención del diseño; en un jardín, se despliega como ritmo y escena nocturna.
Cada tipología tiene su propio léxico, pero hay una constante: el confort. Para ella, luz y confort no son sinónimos de candilejas suaves o tonos cálidos obligatorios; es, antes que nada, respeto por el cuerpo que habita ese espacio.
Sofía habla de la luz como si hablara de personas: con exigencia y ternura.
“La iluminación puede hacer que un espacio sea muy agradable o profundamente incómodo”.
Más que estética, le interesa cómo la luz modula la experiencia. Cómo se cansa la vista, cómo se percibe un volumen, cómo se siente el silencio de una sala cuando la luz baja su intensidad. Por eso trabaja con escenas, con dimmers, con transiciones que acompañen el ritmo del día y de la vida cotidiana.
“Me importa que las personas puedan cambiar la atmósfera de sus espacios según el momento del día y de la vida”, confiesa.
Para ella, una lámpara no es un objeto decorativo; es una herramienta relacional entre el cuerpo y el espacio.

La luz como ética y biología
Más allá de las atmósferas y las marcas de luminarias, Sofía quiere que entendamos algo profundo: la luz afecta la salud humana. El ciclo circadiano, el descanso, la percepción emocional, incluso la fatiga visual son territorios donde la luz actúa sin que nos demos cuenta.
Advierte sobre la mala regulación, la luz fría desmedida, el parpadeo -ese detalle casi imperceptible -que puede producir fatiga y estrés visual sin que sepamos por qué.
La mirada de Sofía no se queda en la forma, ni siquiera en la técnica: cruza hacia la biología y la conciencia cotidiana.
Para ella, diseñar iluminación es ejercer una ética: decidir qué naturaleza de luz entra en un cuarto, cómo se modula el amanecer artificial, cómo acompañar al cuerpo humano en su ritmo biológico.
El oficio, llevado al detalle
En el estudio de Sofía Troncoso, los servicios no se entienden como un catálogo cerrado, sino como capas sucesivas de un mismo oficio. Cada proyecto comienza mucho antes de encender la primera luminaria y termina bastante después de que la obra se entrega. Lo que está en juego no es sólo cuánto se ilumina, sino cómo se vive esa luz en el tiempo.
Los proyectos integrales de iluminación son el corazón de su trabajo. Desde la propuesta inicial hasta el desarrollo del proyecto ejecutivo, Sofía acompaña cada etapa con una mirada que cruza lo técnico y lo sensible.
Planimetrías, especificaciones, cálculos lumínicos y coordinación con arquitectos, mandantes y otras especialidades no aparecen como un trámite, sino como una forma de cuidar el proyecto hasta el final.
“La iluminación suele ser lo último que se decide en obra, y ahí es donde más se pierde”, advierte. Por eso, su presencia es constante: para que la intención inicial no se diluya en la ejecución.
Hay también un interés claro por el impacto que la luz tiene más allá del espacio inmediato. En los proyectos con certificaciones de sustentabilidad, Sofía trabaja bajo los estándares CES y LEED, integrando eficiencia energética, cuidado ambiental y bienestar humano como un mismo gesto. No se trata sólo de consumir menos, sino de iluminar mejor: reducir excesos, evitar el deslumbramiento, respetar el ritmo biológico de quienes habitan los espacios.

“No todo lo eficiente es necesariamente confortable”, dice, y en esa frase se resume su ética de trabajo.
El rigor técnico aparece con especial claridad en los estudios y cálculos lumínicos, donde el uso de herramientas como DiaLux permite anticipar lo que ocurrirá en el espacio antes de que exista. Niveles de iluminancia, uniformidad y control del deslumbramiento se analizan con precisión, pero siempre al servicio del carácter del proyecto. Para Sofía, el cálculo no es un fin en sí mismo: es una forma de prever cómo se sentirá un lugar cuando la noche llegue.
Las asesorías en iluminación, en cambio, se mueven en otra escala, más doméstica y directa. Son conversaciones que parten de una incomodidad: una casa demasiado fría, un living mal iluminado, un espacio que no acompaña el ritmo de quienes lo habitan. Ahí, Sofía propone ajustes, cambios sutiles, decisiones puntuales que transforman la experiencia sin necesidad de partir de cero.
“A veces no hay que agregar más luz, sino aprender a usar la que ya existe”, comenta.
En todos los casos, el servicio es el mismo, aunque adopte distintas formas: escuchar el espacio, entender a quienes lo habitan y traducir eso en luz. Nada más —y nada menos
Un futuro de luz extensa y compartida
Hoy, su estudio es una oficina independiente instalada en Rancagua, con proyectos que viajan desde interiores domésticos hasta intervenciones urbanas. Durante la pandemia su ritmo se ajustó, se hizo más íntimo, más cercano a su propia tierra y familia. Ahora, en 2025, dice que está 100% dedicada a su oficio.
En el mediano plazo quiere consolidar su estudio y tal vez sumar personas a su equipo.
A largo plazo, habla de volver a los masterplanes urbanos y —quizás con la voz más baja, pero más clara— de educar sobre la luz: enseñar que no se trata de ‘más o menos’ sino de conciencia sobre cómo la luz nos habita.



La luz, siempre antes del espacio
En cada proyecto, Sofía no piensa primero en la forma, ni en el material. Lo primero que imagina es la oscuridad: cómo será, qué sombras emergerán, qué se revelará cuando la luz entre.
Esa es su manera de hablar con el espacio: no como quien advierte, sino como quien escucha.
“No todo tiene que revelarse igual que de día”, dice, con una sonrisa que parece encender un interruptor invisible. Y en esa frase hay una ética, una poética y una manera radical de estar atenta al mundo: donde entra la luz, empieza el relato.










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