Un viaje intenso y lleno de descubrimientos inesperados han llevado a una niña curiosa y fascinada por las decoraciones de hotel familiar a transformarse en un diseñadora que da vida a espacios residenciales coherentes con su propia esencia, con el habitar y marcados por la calma. Antes de estudiar en Londres o dirigir su propio estudio, Teresita Velasco ya imaginaba espacios en la arena. Hoy, esa misma intuición lúdica define un estilo sereno, funcional y profundamente humano.
A veces el estilo no se busca: se recuerda. En el caso de Teresita Velasco, la diseñadora de interiores que hoy da forma a algunos de los espacios residenciales más calmados y coherentes de Santiago, todo comenzó mucho antes de tener conciencia de que aquello podía ser una profesión. “Mis papás hicieron un hotel en Valparaíso cuando yo tenía diez años”, recuerda. “Participé en las reuniones con la interiorista y me fascinaba todo. No entendía nada, pero no podía dejar de mirar”.
Aquella niña que se colaba entre planos, telas y catálogos de lámparas no sabía aún que estaba presenciando su propio futuro. Las reuniones eran con Paula Gutiérrez, una de las diseñadoras más reconocidas del país, y entre visitas a showrooms y tardes enteras viendo a la también destacada interiorista Anita Domínguez, madre de una de sus mejores amigas, elegir adornos, la curiosidad se transformó en una pulsión. “Era algo tan natural que nunca lo consideré como carrera. Me gustaba tanto que me parecía un juego, no un trabajo”.

El largo rodeo hacia lo evidente
Antes de llegar a los muros, las telas y la luz, Teresita se probó otras pieles. Estudió Diseño Integral, luego Diseño de Vestuario, trabajó con Francisca Larraín en vestidos de novia. Pero el bicho —ese que se instala silencioso y no se deja ignorar— seguía rondando. “Hacía planos con piedras en la playa”, ríe. “Ponía piedritas como si fueran sofás, dibujaba los espacios con arena. Era ridículo, pero genuino”.
Un día, en medio de esa búsqueda, decidió mirar más lejos. Londres aparecía como una brújula que apuntaba hacia el diseño con mayúsculas. En Chile, por entonces, la carrera de diseño de interiores no existía. “Busqué dónde estudiar y Paula Gutiérrez me recomendó la KLC School of Design, en Chelsea. Era la cuna del diseño londinense. Me fui por tres años, sola, sin conocer a nadie, sin saber si estaba loca o si realmente eso era lo mío”.
La escuela del rigor
En Londres, la vida se volvió estudio. Nada de paseos por Cambridge ni fines de semana en Bath: las noches se iban entre maquetas y planos. “Me hacía clases gente de Herman Miller. Y una de las profesoras era Ilse Crawford, imagínate. Era tan grande todo que yo no lo dimensionaba. Pero ahí entendí que el diseño interior no era solo estética: era psicología, ergonomía, bienestar. Era un oficio que afectaba cómo las personas vivían y se sentían”.

Esa noción la marcaría para siempre. Su tesis se centró en el diseño interior de hospitales psiquiátricos: cómo el color, la luz o la textura podían influir en la recuperación de los pacientes.
“Visité muchos hospitales y me impresionó ver lugares donde no había intención alguna de sanar a través del espacio. Todo era gris, oscuro, húmedo. En cambio, en otros —generalmente los dirigidos a personas con más recursos— había vegetación, color, aire. La diferencia era enorme. Ahí entendí que diseñar un espacio es diseñar una emoción”.
Regresar al sur del mundo
De vuelta en Chile, el aterrizaje fue un golpe de realidad. “Venía con la cabeza llena de diseño y caí en un país donde casi no había mercado, donde todavía no se entendía el valor de esto”. Pero la suerte —o la sincronía— quiso que su primer trabajo fuera con Cristián Preece, justo cuando él se independizaba de Almagro para abrir su propia oficina.
“Fue una escuela brutal”, dice. “Cristián hacía mil cosas al día. Aprendí con él a manejar tiempos, presupuestos, planimetría, Excel, todo. Yo venía del diseño más conceptual, y con él aprendí el rigor arquitectónico. Era orden, eficiencia y estructura. Pero nuestras afinidades no siempre coincidían. Él me decía: ‘Se nota la influencia de la Anita en lo tuyo’, porque lo mío era más suave, más femenino”.

Después vino una breve etapa con Alejandra Vicuña, de quien aprendió la otra cara: la soltura, la improvisación, la importancia de no volverse esclava del método. Entre una y otra experiencia, Teresita fue comprendiendo que su camino era una mezcla entre ambos extremos: la precisión y la intuición.
“Trabajando con la Ale descubrí que a veces se necesita también cierta flexibilidad. Aprendí a confiar en el ojo, a dejar espacio para el accidente feliz”.
Lanzarse al vacío
Con esa mezcla de disciplina y libertad, fundó su propia oficina. Primero sola, luego junto a la arquitecta María Paz Lazo, con quien trabajó cuatro años en proyectos residenciales y remodelaciones. Después, la maternidad las separó temporalmente. “Nos seguimos queriendo, pero con niños chicos era imposible coordinar los tiempos. Ahora estoy de nuevo sola, manejando mis tiempos según las necesidades de mis hijos”.
Hoy, su estudio es pequeño, casi artesanal. Ella se encarga de todo el proceso: desde el levantamiento inicial hasta la entrega. “Trabajo con constructores, mueblistas y proveedores, pero la única que está del principio al fin soy yo”.
Su base es la psicología del espacio, una idea que atraviesa su práctica y le da coherencia a su estilo. “Diseñar una casa es diseñar rutinas, estados de ánimo, maneras de vivir. Cada decisión cambia la forma en que la gente se relaciona con su entorno”.

El alma calma
Hay algo constante en su trabajo: una serenidad que se siente. Espacios donde la luz se detiene un poco más de lo habitual, donde las texturas hablan bajito. Teresita lo resume en tres palabras: cálido, sencillo y funcional.
“Mi esencia es la calma, esa sensación de paz que te da llegar a casa después del caos. Puede ser un verde tranquilo, una madera con historia, un lino que envejece bien. Hay maneras de usar color y aún así lograr resultados cálidos y tranquilos. Me interesa que los espacios te abracen, que respiren contigo”.
Su elección de materiales va por lo noble y lo atemporal: mármol, madera, sisal, lino. Y en medio de esa neutralidad, el “factor sorpresa”: una lámpara escultórica, una mesa de centro inusual, una alfombra que se vuelve arte. “Me encantan los objetos que funcionan como pequeñas esculturas cotidianas. Hoy hay lámparas tan lindas que no necesitas cuadros; el arte cuelga del cielo”.

El equilibrio entre técnica y emoción
Aunque el tono de sus proyectos es armónico, Teresita no elude la parte técnica. “Mi paso por Cristian Preece me dejó el rigor del detalle. Hoy puedo disfrutar el lado poético porque sé sostenerlo con base técnica”.
Trabaja con tiendas y talleres locales que fabrican los muebles que diseña. Uno de ellos es Broca, especialista en maderas, con quien mantiene una relación casi simbiótica. “Diseño las proporciones, los planos, el concepto, pero ellos ejecutan. Prefiero dedicarme al diseño. Fabricar muebles es un mundo en sí mismo: tiene su propio ritmo, su propia locura”.
Su estudio aborda principalmente remodelaciones y decoración residencial, aunque ha trabajado también en proyectos comerciales y hoteleros; como el mantenimiento estético del hotel familiar Casa Higueras, en Valparaíso, que cumple veinte años y que ella ha ido actualizando pieza a pieza, casi como una restauradora silenciosa.
“Me encanta el trabajo residencial. Se da una relación muy linda con los clientes. Muchas de mis clientas son hoy amigas. Vamos juntas a buscar adornos, a talleres, a elegir telas. Es un proceso muy cercano”.
Ese equilibrio entre técnica y emoción, entre el plano y la intuición, es lo que sostiene su lenguaje. Teresita trabaja con la misma concentración con que un músico afina un instrumento: midiendo cada proporción, cada textura, pero sin perder el pulso interior que da sentido al conjunto. En sus proyectos, el detalle técnico no enfría la sensibilidad; la potencia. Es ahí, en esa línea delgada donde el cálculo se vuelve caricia, donde su trabajo cobra vida.

La casa como espejo
Para Teresita, el interiorismo no es una exhibición de objetos, sino una forma de entender a las personas. “Hay clientes que llegan diciéndome: ‘soy de recibir a todos los amigos de mis niños’. Entonces la casa tiene que reflejar eso. No se trata solo de estética, sino de cómo quieres vivir”.
El primer paso en cada proyecto es una conversación extensa: cómo funciona la familia, qué rutinas los definen, qué los hace sentir cómodos. “Me encanta esa parte. Es como hacer psicología de pareja. Él quiere algo, ella otra cosa, y yo traduzco eso en un espacio donde ambos se reconozcan. Es más divertido que difícil”.
Esa mirada empática le permite crear ambientes que parecen sencillos, pero esconden una lectura profunda del habitar. “Diseñar es una responsabilidad enorme. No solo manejas los recursos de alguien, manejas su bienestar cotidiano. Una casa mal pensada te puede agotar sin que lo notes, una bien diseñada te da paz sin que sepas por qué”.

Contra la tendencia fácil
En un mundo donde los reels de decoración cambian cada mes, Teresita no se deja arrastrar. “No soy de seguir tendencias. Las miro, me interesa saber qué está pasando, pero mi estilo se mantiene. Lo que sí me atrae son los espacios multifuncionales: cocinas vividas, livings que también sean salas de estar, espacios que se usen de verdad. Eso de tener un living de museo ya fue”.
En su propio hogar —pintado de un verde suave, lejos del blanco impoluto— practica lo que predica. “El espacio tiene que acompañarte, no imponerse. La casa no puede ser una postal; tiene que ser una extensión de ti”.
El oficio de diseñar bienestar
Más que diseñar casas, Teresita diseña atmósferas emocionales. Su filosofía —una mezcla de sensibilidad, rigor y humor doméstico— se apoya en una idea sencilla: el diseño tiene que hacernos sentir bien.
“Siempre me ha impresionado cómo los lugares determinan tu ánimo. Si vives en un espacio oscuro, caótico, eso se te mete en el cuerpo. En cambio, si llegas a un lugar con luz, textura, donde todo tiene sentido, la cabeza te cambia”.
Ese interés por la psicología del espacio no se quedó en la teoría: fue el núcleo de su tesis y sigue siendo la raíz de su trabajo. “Creo que la arquitectura, la decoración, el interiorismo… todo eso es secundario frente a cómo te hace sentir el lugar. Mi trabajo parte por ahí: qué quieres sentir, no qué sofá te gusta”.

Lo que viene
En el futuro, Teresita sueña con consolidar una oficina más grande, interdisciplinaria. “Me encantaría tener arquitectos, iluminadores, un equipo completo. La iluminación, por ejemplo, es un mundo. Me encantaría tener a alguien que solo se dedicara a eso”.
Por ahora, disfruta del formato pequeño, íntimo, que le permite estar cerca de cada detalle. Pero el horizonte está claro: crecer, sin perder la esencia. “Me encanta trabajar en equipo. Cuando hay diálogo, el resultado siempre sorprende”.
Mientras tanto, sigue diseñando desde su estudio en Santiago, entre planos, telas y risas. Su estilo —ese que nació hace décadas entre los pasillos de un hotel en construcción— ha madurado sin perder su frescura. Hoy, su obra habla con la serenidad de quien encontró su voz.

“Por mucho tiempo abandoné mi estilo para tener más pega. Me ajustaba al gusto del cliente, aunque no me convenciera. Ya no. Hoy la gente me busca porque le gusta lo que hago. Y eso es lo más lindo de todo: sentir que confían en ti, que quieren tu mirada. Cuando alguien te entrega su casa, te está entregando su vida. Y eso, para mí, es un honor enorme”.








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