Con raíces familiares en la carpintería y la artesanía, los arquitectos Camila Bahamonde y Dilan Gübelin desarrollan una práctica que integra tradición y tecnología. Su estudio en Dalcahue es el corazón de una arquitectura colaborativa donde el territorio y las personas marcan el ritmo del diseño.
En Dalcahue, en el corazón del archipiélago de Chiloé, el sonido de la lluvia parece marcar el ritmo del trabajo. Es ahí donde se levanta Territorio Sur, el estudio de arquitectura fundado por Camila Bahamonde Paredes y Dilan Gübelin Ulloa, dos arquitectos jóvenes que decidieron instalarse en la isla y construir desde ahí su identidad, considerando también la propia naturaleza mística y tradicionales de esta maravilla geográfica del Chile austral. No fue una decisión estratégica, sino una respuesta natural al lugar.
“Crecí viendo cómo se levantaban casas en madera. Mi abuelo construía siempre, y desde ahí entendí que la arquitectura no podía separarse del oficio”, cuenta Camila, nacida y criada en Dalcahue. Su vínculo con la construcción no vino desde los planos, sino desde las manos. La madera, el olor del aserrín y los gestos de los carpinteros locales formaron su primer lenguaje arquitectónico.
Dilan, en cambio, llegó desde Temuco, aunque su historia también estaba marcada por la artesanía. “Mi padre y mi abuelo trabajaban el cuero y la madera. Desde chico vi ese mundo manual, creativo, que de alguna manera se convirtió en mi manera de pensar”.
Camila y Dilan se conocieron en la Universidad Mayor de Temuco, se hicieron pareja y tras titularse, se mudaron a Dalcahue, sin mayores certezas que las ganas de diseñar y construir, no sólo su arquitectura, sino que también su vida juntos.

“Salimos de la universidad y nos tiramos al agua. Queríamos aprender, equivocarnos, hacer arquitectura de verdad”, recuerda Dilan. Así nació Territorio Sur, en 2021, como una oficina pequeña pero intensa, donde el dibujo, la obra y la conversación con los maestros son parte del mismo proceso.
Aprender del terreno
El aprendizaje no vino de los libros. En Chiloé, donde la arquitectura aún se levanta con las manos, el terreno se convirtió en su mejor escuela. “Acá hay una forma muy particular de construir”, dice Camila. “Cada familia tiene un carpintero, una manera de hacer las cosas. Entonces llegas con tus planos y tus renders, pero la obra te enseña que todo puede cambiar”.
Ese encuentro entre la teoría y el oficio marcó la identidad del estudio. Desde su primera vivienda —una casa en Dalcahue levantada junto a un maestro carpintero de larga trayectoria en la zona—, aprendieron que el diálogo con los artesanos era tan importante como el diseño.
“Nosotros no llegamos a imponer nada”, explica Dilan. “Llegamos a aprender. Ellos nos enseñaron cómo se trabaja la madera, cómo se ensamblan las piezas, cómo se enfrenta el clima. Y eso, más que un obstáculo, se transformó en una escuela”.
Esa lógica colaborativa se mantiene hasta hoy. Cada proyecto parte con una visita al terreno —“pedimos que no esté intervenido, para entender cómo escurre el agua, cómo sopla el viento, cómo se comporta el suelo”, dice Camila.
“Diseñamos desde ahí, sin alterar demasiado el lugar. Y cuando se termina el diseño, volvemos con los maestros. Todo se conversa antes de construir”, agrega Dilan.

En la isla, donde no abundan las empresas constructoras, la figura del arquitecto se extiende más allá del papel: se vuelve mediador, intérprete, a veces incluso aprendiz.
Una arquitectura situada
Territorio Sur no persigue un estilo único. Sus proyectos varían según el terreno, el cliente y las condiciones del entorno, pero comparten un hilo conductor: la búsqueda de una arquitectura ejecutable y consciente del lugar.
“No diseñamos para la imagen, sino para que se construya”, dice Dilan. “Nos gusta que los proyectos lleguen a materializarse, aunque eso implique ajustar el diseño a la realidad del carpintero, del presupuesto o del transporte de materiales, que aquí en la isla es todo un tema”.
Esa mirada práctica no excluye la exploración formal. Sus viviendas, muchas de ellas orientadas hacia el mar, juegan con volúmenes simples y una lectura contemporánea del habitar chilote. La madera —en todas sus versiones: mañio, coigüe, ciprés— es protagonista, aunque a veces se combina con sistemas más industrializados, como paneles SIP o estructuras metálicas.
“Queremos mostrar que se puede construir distinto sin perder el espíritu del lugar”, explica Camila.
Su propia oficina-taller en Dalcahue es un ejemplo de eso. Emplazada en pleno centro del pueblo, mezcla comercio, vivienda y espacio de trabajo. Se construyó con paneles SIP y losa colaborante —materiales poco habituales en la zona—, y su fachada dialoga con las proporciones locales sin renunciar a una expresión moderna.
“Cuando estábamos construyendo, la gente se detenía a mirar. Decían: ‘¿Qué van a hacer ahí?’”, recuerda Dilan entre risas. “Muchos años que no se levantaba algo grande en el centro. Y quisimos demostrar que se podía, que se podía innovar sin perder identidad”.
La obra se convirtió en un punto de referencia. Un edificio a escala humana que resume el modo de hacer del estudio: precisión técnica, adaptabilidad y un profundo respeto por el entorno.

Tradición y contemporaneidad
Habitar la isla implica convivir con la tradición. En Chiloé, la madera no es solo un material: es una cultura. Cada clavo, cada ensamble, guarda una historia transmitida entre generaciones.
Territorio Sur no busca romper con eso, sino interpretarlo desde una mirada contemporánea.
“Nos gusta salirnos un poco de lo común, pero sin perder el arraigo”, dice Camila. Esa tensión se traduce en viviendas donde la tectónica local dialoga con nuevas tecnologías constructivas, y donde la calidez de la madera convive con detalles más limpios o industriales.
Esa búsqueda de equilibrio también está presente en los proyectos de mayor escala. En Proyecto Castro Pádel, un complejo deportivo de 2.700 m², y Bowling Castro, de 800 m², el desafío fue dar identidad a tipologías que suelen limitarse a estructuras utilitarias.
“No queríamos galpones”, cuenta Dilan. “Queríamos espacios que tuvieran carácter, que no fueran ajenos al lugar.”







Ambos proyectos combinan diseño arquitectónico e interiorismo, integrando colores, texturas y luz natural en programas que, tradicionalmente, carecen de ellos.
“Tratamos de que incluso los espacios deportivos transmitan calidez”, agrega Camila. “Es un valor que viene de nuestra experiencia en viviendas: pensar siempre en la escala humana.”
Madera, luz y oficio
En cada proyecto, la madera aparece no solo como estructura o revestimiento, sino como lenguaje. “Es lo que más conocemos y lo que más nos identifica”, dice Dilan, quien además cursó un diplomado en diseño y construcción en madera en EligeMadera.
“La madera nos enseña a pensar el detalle, a entender cómo se comporta el material con la humedad, con el tiempo. No es algo que se imponga: es una manera de mirar”.
Ese conocimiento técnico se complementa con una metodología de trabajo rigurosa. El estudio se ha convertido en un referente local en el uso de plataformas BIM, especialmente Revit, que les permite modelar cada proyecto en tres dimensiones, integrando especialidades y controlando interferencias antes de llegar a obra.
“La gente valora mucho poder ver su casa en pantalla, recorrerla, modificarla en tiempo real”, explica Dilan. “Nos gusta mostrar que la tecnología no está peleada con el territorio. Al contrario: ayuda a que las ideas se concreten mejor”.
Esa combinación entre herramientas digitales y aprendizaje artesanal define la identidad de Territorio Sur. “Diseñamos a mano, luego pasamos al computador, y después volvemos al terreno”, cuenta Camila.

“No queremos perder el dibujo, el lápiz sobre el papel. Es ahí donde aparecen las ideas más libres”.
Para ambos, la arquitectura no ocurre en una oficina cerrada, sino en esa ida y vuelta constante entre la pantalla, el papel y el barro fresco formado por la lluvia sobre el archipiélago.
Interiorismo con raíz local
Aunque su trabajo se ha dado a conocer principalmente por sus viviendas y equipamientos, el interiorismo ocupa un lugar central en su práctica.
“Nos gusta pensar el interior desde el inicio -dice Camila- no como una etapa posterior, sino como parte de la arquitectura”.

Sus interiores combinan texturas cálidas, maderas nativas y colores tenues. En muchos casos, reutilizan objetos o materiales locales —canastos convertidos en lámparas, por ejemplo— que reinterpretan la tradición desde lo cotidiano.
“Tratamos de que los espacios sean acogedores pero contemporáneos, que no saturen. Buscamos luz, proporción, armonía”, explican los profesionales.
“Y también educamos un poco a los clientes, porque aquí en Dalcahue todavía no se entiende del todo la importancia del diseño interior. Pero poco a poco la gente se ha ido abriendo”, explica Camila, quien realizó un diplomado de arquitectura interior en la Universidad de Chile.
Su oficina, hogar y local comercial funciona además como una vitrina de ideas: un espacio donde se experimenta con materiales, colores, mobiliario y donde habilitaron también un pequeño espacio de decoración y accesorios.

“Queremos acercar el diseño a la comunidad, mostrar que no es algo lejano”, agrega Dilan.
Construir es conversar
En Territorio Sur, la obra es una conversación permanente. Con los clientes, con los maestros, con el territorio. No hay recetas fijas ni estilos repetidos. Cada proyecto parte desde la escucha.
“Siempre pedimos referentes al inicio.Nos gusta saber qué le gusta al cliente, qué espera de su casa. Y después lo traducimos en el lenguaje de la isla”, explica Camila.
Las reuniones, dice, son siempre en torno a un café, con los planos sobre la mesa y los renders en pantalla.
“Nos gusta que todo sea didáctico, que el proceso sea transparente”, añade.
Ese carácter colaborativo se extiende a la construcción. En un contexto donde muchas obras se levantan sin arquitecto, su presencia en terreno es constante. “Hay que estar ahí, viendo cada unión, cada ajuste”, dice Dilan. “Si no, las decisiones las toma otro. A veces llegamos y hay un tercer piso que nadie pidió”, comenta entre risas. “Entonces aprendimos que hay que acompañar al cliente, explicarle, y sobre todo, confiar en el maestro”.
Esa manera de hacer, donde el diálogo reemplaza la imposición, ha permitido que su arquitectura conserve una escala humana, incluso en los proyectos más grandes. “Nos gusta pensar que construimos en conjunto”, resume Camila. “Y que cada obra es una oportunidad de aprender”.

Un puente al futuro
Después de cuatro años de trabajo, Territorio Sur se consolida como una de las oficinas jóvenes más activas del archipiélago. Su meta inmediata, dicen, es construir lo que diseñan, cerrar el círculo entre idea y ejecución. “Queremos entregar el pack completo”, comenta Dilan.
“Diseñar, gestionar, construir. Nos gusta esa sensación de ver materializado lo que imaginamos.”, agrega.
Por otra parte, buscan mantener viva la experimentación manual. “Las herramientas digitales son muy útiles, pero queremos seguir partiendo desde el dibujo, desde el terreno”, dice Camila. “Ahí está la creatividad. La isla te obliga a adaptarte, y eso es lo más bonito”.
Territorio Sur no pretende convertirse en una gran oficina ni exportar su fórmula a otros lugares. Su ambición es otra: seguir interpretando el territorio, con honestidad y oficio. “Ojalá no nos perdamos como estudio” -reflexiona Dilan- Que no se pierda ese espíritu de taller, donde todo parte desde la mano».
Entre la bruma, el mar y la madera, Territorio Sur ha logrado construir una voz propia. Una arquitectura que no busca destacar por el gesto, sino por la coherencia entre el pensamiento y la materia.

Sus obras, ya sean viviendas orientadas al mar o equipamientos en el centro urbano, comparten una idea simple pero profunda: que construir es comprender el lugar y diseñar desde ahí.
En su taller en Dalcahue, Camila Bahamonde y Dilan Gübelin siguen dibujando proyectos con olor a madera, aprendiendo del oficio de los carpinteros y demostrando que el futuro de la arquitectura chilota no está en la nostalgia, sino en la capacidad de reinventar la tradición.
Territorio Sur es eso: una práctica que mira el pasado sin miedo y el presente con los pies en el barro, donde cada plano, cada junta y cada idea nacen de un mismo convencimiento: el de construir con sentido.









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