Formado como diseñador industrial, Vicente entiende el diseño como un sistema completo. Su trayectoria incluye proyectos de innovación premiados, desarrollo y restauración de mobiliario, levantamientos en terreno y reconfiguraciones de layout para grandes cadenas como FASA y SMU. Hoy, desde la visualización y renderización arquitectónica en VA Visualizaciones 3D, anticipa decisiones, optimiza recursos y convierte la técnica en una herramienta estratégica para quienes necesitan ver con claridad
Vicente está en el sur cuando conversamos. Ayer llegó a Puerto Varas. Hace poco estaba en Brasil. Vive en Curacaví, “justo al medio”, dice, como si la geografía también formara parte de su estrategia: entre Santiago y Viña, cerca de sus clientes, pero lo suficientemente lejos para mantener la perspectiva.
Mientras hablamos, su hijo entra en escena.
—¿Quieres ir a pescar un pez?
—Ya, espérame que termino esto y vamos a pescar un pez, ¿ya?
La entrevista continúa. Nada se dramatiza. Nada se interrumpe realmente. Esa mezcla entre concentración técnica y vida doméstica parece ser parte esencial de su forma de trabajar: responsable, pero inquieto. Profesional, pero cercano.
Tiene 37 años, es diseñador industrial de profesión y renderista por convicción. Aunque, si uno lo escucha con atención, lo que hace no es sólo “renderizar”: es resolver antes de que exista.

El científico loco del pueblo
Todo empezó con dinosaurios.
“Cuando vi Jurassic Park me volví loco”, recuerda. Dibujaba plantas, huesos, escamas, toda especie de lagarto prehistórico. Hojas completas dedicadas a imaginar mundos aún dominados por las extintas bestias.
En el colegio ya había entendido el sistema: salvar el año con arte y educación física. “Sacaba dos sietes y podía pasar con cuatro en matemáticas. Lo tenía calculado”.
Pero el dibujo era apenas la superficie.
Su padre tenía flippers. Vicente desarmó uno completo.
“Estuve un verano entero viendo cómo funcionaba. Me obsesioné”, recuerda risueño.
Ya no era sólo dibujar; era entender mecanismos, fuerzas, engranajes. Quería construir un buggy con un auto viejo. Dibujaba piezas, pensaba en estructuras.
Creció en un pueblo pequeño, cerca de Pichilemu. Literalmente pequeño. “Era una calle al lado del agua”, dice. Allí fue el primer skater del lugar. No había pavimento. Andaba dentro de la casa, sobre las baldosas, hasta que lo retaban (o se quedaba solo).
En la soledad del pequeño villorrio sus ideas volaban igual que él sobre la tabla y ser creativo era más que una entretención, era casi una obligación.
Y así, en un entorno donde el diseño parecía una excentricidad, casi una locura impensable, terminó siendo el diseñador del pueblo.
“Si había que hacer un logo, un letrero, lo que fuera, me lo mandaban a hacer a mí”.
Sin darse cuenta, ya estaba trabajando antes de estudiar y esa mezcla entre curiosidad mecánica, imaginación gráfica y necesidad práctica es la misma que hoy define su trabajo.

La revelación que cambió el enfoque
Entró a Diseño Industrial decidido a vivir de esto. Trabajó en el bar de su padre para pagar la carrera. Nadie lo empujó. Fue una apuesta personal.
El plan era claro: grandes empresas, retail, producción masiva. Hasta que llegó el ramo de diseño sustentable.
“Me di cuenta de que estaba diseñando basura. Yo era el encargado de crear toda la basura”.
La frase no es exagerada. Fue un quiebre real. Entendió que diseñar no era sólo crear objetos, sino asumir consecuencias.
Desde entonces, la sustentabilidad dejó de ser un concepto bonito y pasó a ser un filtro permanente. Optimizar antes de fabricar. Resolver antes de ejecutar. Pensar el ciclo completo.
Ahí el 3D se convirtió en algo más que una herramienta visual: pasó a ser una herramienta ética.
Su práctica en Viña del Mar fue determinante. No sólo dibujaba: fabricaba, instalaba, vendía. Cocinas, closets, pisos. Conocía la madera, el barniz, el error humano en obra.
“Tenía la vuelta completa”, dice. Y eso cambió su manera de modelar.
Más tarde, trabajando con proyectos más grandes, comenzó a resolver todo antes en el modelo digital.
“Modelábamos hasta el tornillo. Sacábamos cálculos. Entregábamos el proyecto completamente resuelto”.
El 3D dejó de ser representación y pasó a ser anticipación.

Técnica como lenguaje
Vicente trabaja con una combinación de herramientas que responden a distintos niveles de profundidad técnica.
Parte siempre desde el plano. AutoCAD para entender proporciones, alturas, relaciones espaciales. Si hay un modelo previo del arquitecto, lo incorpora; si no, trabaja desde bocetos.
Modela en SketchUp cuando necesita agilidad, pero no se queda ahí. Usa Rhinoceros y 3ds Max para formas más orgánicas o mobiliario específico. Está incorporando metodologías BIM —Revit y Archicad— porque entiende que el lenguaje del mercado está cambiando.
“Si me piden una lámpara específica, la modelo. Si quieren el sofá de la abuelita, lo hago», asegura
.
Cuando el proyecto requiere velocidad, trabaja con motores en tiempo real como Lumion o D5. Cuando el encargo exige un nivel más alto de realismo, pasa a Corona Render o V-Ray.
Ahí es donde aparece su parte favorita.
“Puedess definir el tipo de veta, el barniz, si está más opaco o más brillante, incluso los rayones. Todo se puede generar”.
No es una obsesión por el detalle gratuito. Es una manera de pensar materialidad antes de gastar un solo peso en obra.
Después viene la postproducción en Lightroom y Photoshop, casi como un ritual personal. “Eso lo hago más para mí. Para subirlo a redes con el filtro que me gusta”.
Su Instagram no muestra todo lo que hace. Hay proyectos guardados, esperando el tiempo correcto.

Del objeto al paisaje
El tránsito hacia la arquitectura fue natural. Las revistas de decoración que coleccionaba de joven ya hablaban de esa escala.
“Una revista para mí era lo máximo. La estudiaba”.
Esque antes de Pinterest, antes de Instagram, estaban las revistas.
Vicente viajaba cuatro horas para llegar a una ciudad donde pudiera comprar una. Las coleccionaba. Las leía como si fueran mapas. Arquitectura, interiores, diseño extranjero. Ese fue su contacto con el mundo que no tenía cerca.
Hoy, cuando modela una casa en el sur o un proyecto en Santiago, esa memoria visual sigue operando. La diferencia es que ahora él produce las imágenes.
Tal como en esas publicaciones en papel cuché su propio camino pasó del mueble al espacio y del espacio al entorno. Hoy está profundamente sumergido en el paisajismo, modelando exteriores completos, vegetaciónes, quinchos y todo tipo de relaciones entre el interior y la naturaleza.
“Todo influye. Todo es sensación”.
También desarrolla tiny houses, refugios, quinchos. Siempre con la misma lógica: integrar naturaleza y arquitectura sin perder escala humana.

Trabajar con arquitectos
“Es bacán”, dice sobre colaborar con arquitectos. Y no es una respuesta automática.
Le gusta cuando el arquitecto es detallista. Cuando se discute el brillo del piso, el tipo de madera, la sombra exacta.
“Si el diseño es una oportunidad, hay que aprovecharla. No es llegar y hacerlo”.
Vicente no trata directamente con el cliente final, pero se autopercibe como un aliado estratégico del arquitecto. Empatiza con la intención del proyecto y la lleva al máximo nivel visual posible.
Y ahí aparece uno de sus sellos más claros: la calidez.
“Me gusta representar cercanía. Pregunto si tienen perro, si les gustan las plantas, si cocinan. Eso cambia la imagen”.
No trabaja con plantillas neutras. Trabaja con historias.

Movimiento, familia y foco
Vicente sigue patinando hoy, aunque las rodillas no respondan como antes. Hace deporte al aire libre. Viaja constantemente. Trabaja remoto. Es padre.
Durante la entrevista, sus hijos interrumpen. Vicente responde con naturalidad y vuelve al punto técnico sin perder concentración. No hay división rígida entre vida y trabajo; hay integración.
Quizás esa flexibilidad es lo que le permite moverse entre escalas, ciudades y proyectos sin perder coherencia.
Lo que realmente ofrece
En un mercado donde la visualización muchas veces se limita a vender departamentos en verde, Vicente trabaja desde otra profundidad.
Un buen modelado permite detectar errores antes de obra, optimizar materiales, ajustar iluminación real, prever comportamiento de superficies, comunicar con claridad a inversionistas o clientes finales y fundamentalmente reducir incertidumbre.
Su valor no está sólo en la imagen final, sino en el proceso previo.
“Resolvemos todo antes. Después la pelota ya no era nuestra”.
Esa frase resume su enfoque: el render como etapa de diseño, no como decoración final.






Más que imágenes bonitas
Al final de la conversación, Vicente mira hacia el lado. Hay alguien esperándolo para ir a pescar. Afuera el sur está húmedo, verde, vivo. La laptop sigue abierta.
Habla de comprarse una casa rodante. De viajar con su familia. De trabajar desde donde quiera, pero trabajar bien. De seguir modelando hasta el último detalle, aunque nadie lo vea.
No hay ansiedad en sus planes. Hay claridad.
Quizás porque ya entendió algo que no siempre se aprende en la universidad: que diseñar no es producir más, sino pensar mejor. Que el 3D no es un efecto, sino una herramienta para anticipar. Que la sustentabilidad no es un discurso, sino una responsabilidad silenciosa.
Vicente sigue siendo el niño que desarmó un flipper para entenderlo. Sigue dibujando mundos antes de que existan. Sigue preguntándose cómo entra la luz, cómo envejece la madera, cómo se siente un espacio cuando alguien lo habita.
Y mientras sus hijos lo interrumpen y el mapa se mueve bajo sus pies, él hace lo que mejor sabe hacer: mirar un plano vacío y transformarlo en algo posible.
Porque antes de construir, hay que imaginar. Y hay quienes imaginan con más profundidad que otros.









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