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Tere Haeussler: Esculturas que le bailan a la vida

Mar 29, 2026 | Objetos y Arte | 0 Comentarios

En la obra de Tere Haeussler, el cuerpo femenino se transforma en un lenguaje silencioso donde el movimiento no se representa, sino que se insinúa. A través de gestos mínimos y una relación profundamente material con el bronce, sus esculturas abren un espacio de resonancia emocional que transita entre la intuición, el oficio y la experiencia vital. Lejos de una narrativa explícita, sus figuras proponen una pausa: un momento suspendido donde la interioridad se vuelve forma y la quietud, paradójicamente, comienza a moverse.

L as figuras parecen estar quietas, pero algo en ellas sugiere que el movimiento acaba de ocurrir —o está a punto de comenzar. Es una tensión sutil, casi imperceptible, la que atraviesa muchas de las esculturas de Tere Haeussler.

Las figuras se inclinan apenas hacia adelante, levantan un brazo que parece sostener el aire o dejan que el peso del cuerpo se desplace suavemente hacia un costado. No hay en ellas una coreografía explícita ni una teatralidad evidente; más bien aparece una sensación de desplazamiento interior, una energía que se manifiesta en gestos mínimos y que convierte a esas mujeres de bronce en presencias profundamente humanas.

La artista suele referirse a ellas como bailarinas, aunque inmediatamente introduce un matiz que abre otra lectura.

“Yo trabajo bailarinas, pero si soy estricta diría que no son bailarinas, son mujeres”, explica.

Lo que ocurre es que en sus cuerpos se instala una sensación de movimiento que inevitablemente remite al lenguaje de la danza.

“No todas bailan —dice—, pero tienen una sensación de movimiento, y eso hace que parezcan bailarinas”.

En esa ambigüedad aparece una de las claves de su trabajo. Las esculturas no buscan describir una acción concreta ni representar un instante coreográfico; lo que aparece es una exploración del cuerpo como territorio emocional, un espacio donde el gesto funciona como un vehículo para transmitir estados interiores.
Cada inclinación del torso, cada variación en la proporción o en la posición de las manos participa de ese lenguaje silencioso.

No es casual que el gesto sea el núcleo de su trabajo. Desde sus primeros acercamientos a la materia, la escultura fue para ella una forma de relación física con el mundo.

“Yo creo que soy artista, pero también soy maestro”, dice entre risas, usando la palabra en el sentido chileno del oficio manual.

En la escultura, explica, esa condición resulta fundamental: “para ser escultora hay que ser un poco maestro, porque uno trabaja con muchos materiales y muchas herramientas. El material no te puede limitar para lo que quieres hacer”.

Ese impulso por entender cómo se construyen las cosas aparece desde la infancia. Creció en Osorno, en un entorno profundamente ligado al trabajo manual y a la naturaleza.

“Mi abuelo era muy maestro y mi mamá artista”, recuerda.

“Yo siempre andaba detrás de ellos construyendo cosas, arreglando mesas o sillas, tallando madera”.

Aquella cercanía temprana con los materiales terminó definiendo también sus primeros pasos en el arte: “mis inicios en la escultura están muy ligados a la madera y a la greda, a los materiales que tenía más cerca cuando era niña”.

Formación y pensamiento escultórico

Cuando ingresó a estudiar arte en la Pontificia Universidad Católica de Chile, esa relación intuitiva con la materia se encontró con un contexto académico que ampliaría su manera de pensar la escultura. La formación inicial en la escuela de arte incluía un recorrido transversal por distintas disciplinas: pintura, grabado, fotografía, composición y escultura.

“Cuando entras a la carrera pasas por todo un poco”, recuerda, aunque tuvo la fortuna de pertenecer a una generación que aún contaba con especializaciones.

“Yo tuve la suerte de tener el sistema de menciones, entonces egeresé con mención en escultura”.

Ese periodo fue decisivo para comprender la estructura conceptual del trabajo artístico. Si bien la técnica del bronce la aprendería más tarde, la universidad le entregó herramientas que siguen siendo centrales en su práctica.

“La escuela te enseña a pensar”, dice. “Te enseña a tener un concepto para poder trabajar”. Ese aprendizaje —explica— fue fundamental para ordenar una intuición creativa que hasta entonces operaba de manera más espontánea.

Más adelante profundizaría ese aspecto conceptual durante su paso por Barcelona, donde estudió escultura en la Escuela Massana. Allí el énfasis estaba puesto precisamente en la dimensión conceptual del arte contemporáneo.

“Era 100% conceptual, mucha instalación”, recuerda.

Para alguien cuya obra se había desarrollado desde la figuración y la intuición, ese contexto resultó especialmente estimulante.

«Yo soy muy concreta, muy de imágenes, entonces muchas veces trabajaba primero y entendía después el porqué de lo que había hecho. Ese periodo me ayudó mucho a pensar el trabajo desde el concepto”.

Sin embargo, para la artista la diferencia entre comenzar desde la idea o desde la intuición no es necesariamente determinante.

“Al final el trabajo viene de tu corazón y de tu espíritu igual. Lo único que cambia es si lo entiendes antes o después”.

El oficio y la materia

La escultura de Tere se construye a partir de un proceso técnico complejo que comienza mucho antes de la fundición en bronce. El primer momento ocurre siempre en el modelado.

“Yo parto trabajando con plasticina o con cera”, explica.

Ese material inicial le permite explorar libremente la postura y el movimiento, modificando la forma tantas veces como sea necesario.

“Puedo estar mucho tiempo trabajando la misma obra hasta que la doy por terminada”.

Ese modelo inicial constituye el momento decisivo del proceso. Una vez que la escultura entra en la etapa de moldes, el margen de modificación desaparece casi por completo. El sistema de fundición que utiliza corresponde al procedimiento tradicional de cera perdida, en el que el bronce líquido se vierte dentro del molde generado a partir del modelo original.

“Cuando el bronce ya está fundido no puedes mover nada. Ahí todo entra en procesos de soldadura, de pulido y de pátina”, explica.

El tránsito hacia el bronce ocurrió después de varios años trabajando en madera. Durante mucho tiempo ese material le permitió desarrollar un lenguaje escultórico profundamente ligado al cuerpo humano, pero con el tiempo comenzó a percibir ciertas limitaciones estructurales.

“La madera es un trabajo muy uno a uno. No podía tener mucha ayuda y las herramientas son pesadas”, señala.

La maternidad también influyó en ese cambio de material: entre embarazos y el esfuerzo físico que implicaba trabajar grandes bloques de madera, la artista comenzó a buscar alternativas que le permitieran mayor libertad formal.

El bronce apareció entonces como una solución técnica y expresiva.

“La madera me estaba limitando para hacer lo que quería”, recuerda. El metal, en cambio, le ofrecía posibilidades estructurales completamente distintas.

“Con bronce puedo tirar un brazo libre y no se va a quebrar», argumenta.

Hoy lleva cerca de dos décadas trabajando con ese material y ha desarrollado una relación cada vez más íntima con sus propiedades.

“Es un material muy noble”, dice, “aunque también muy duro y difícil de trabajar”.

El desafío consiste precisamente en transformar esa rigidez en algo aparentemente ligero. “Mi objetivo es que al final se vea como una bailarina liviana, pura, serena”.

La figura humana como lenguaje

Desde el inicio de su trayectoria la figura humana ha sido el eje de su trabajo escultórico. En sus primeras obras aparecían grupos humanos, familias o cuerpos de proporciones más robustas, pero con el tiempo esa exploración fue derivando hacia figuras cada vez más estilizadas, donde el cuerpo se convierte en un dispositivo expresivo capaz de condensar emociones complejas.

La artista explica que ese proceso se articula a partir de una relación directa entre experiencia personal y forma escultórica.

“Yo trabajo desde las emociones. El cuerpo de la mujer es el método, es la forma para poder expresarlas”.

En ese sentido, la figura no funciona como una representación literal sino como un vehículo para transmitir estados interiores. Las manos, el rostro, la inclinación del torso o incluso el tratamiento del vestuario participan de ese lenguaje emocional.

Esa síntesis formal dialoga con ciertas tradiciones de la escultura moderna. En la obra de Tere aparece, por ejemplo, una economía de rasgos faciales que remite a la potencia expresiva del gesto mínimo. Ella misma reconoce la importancia de esa influencia cuando menciona el trabajo de Constantin Brancusi como uno de sus referentes principales. En particular, la escultura Mademoiselle Pogany marcó profundamente su manera de pensar el rostro en la escultura.

“Desde ahí nacen todos los rostros de mis bailarinas”, explica, refiriéndose a esa reducción de la fisonomía a unos pocos gestos esenciales capaces de transmitir una presencia emocional intensa.

A esa síntesis se suma también un tratamiento particular de las proporciones. Algunas de sus figuras se alargan sutilmente, mientras otras desplazan el peso del cuerpo hacia una postura que parece desafiar el equilibrio. Esa manipulación de la escala corporal recuerda ciertas exploraciones realizadas por Alberto Giacometti, donde la figura humana se convierte en una medida del espacio y en una presencia que redefine la relación entre cuerpo y vacío. En otros casos, la manera en que el movimiento se inscribe en la estructura del cuerpo evoca la sensibilidad orgánica presente en la obra de Henry Moore.

Sin embargo, esas resonancias no aparecen como citas formales. Funcionan más bien como afinidades dentro de una tradición escultórica que entiende el cuerpo como un campo de investigación expresiva.

Vida y trabajo

Si la escultura ocupa un lugar central en la vida de esta mujer, la maternidad constituye el otro gran eje que atraviesa su experiencia. A lo largo de su trayectoria ha criado cinco hijos, una realidad que ha moldeado profundamente su relación con el tiempo, el trabajo y la creación.

“Ha sido toda una aventura esto de ser madre y escultora a la vez”, dice con una mezcla de humor y honestidad.

Lejos de separar ambos mundos, su práctica artística se ha desarrollado en diálogo constante con la vida familiar.

“No puedo separar mucho lo que es trabajo y hogar. En la parte física sí, pero en la cabeza el trabajo está siempre”.

Esa convivencia entre vida cotidiana y proceso creativo ha influido también en el tono emocional de sus esculturas.

Las primeras hijas, recuerda, influyeron en la fuerte presencia de lo femenino en su obra.

“Tuve tres mujeres primero, entonces había mucha feminidad en la casa”, rememora.

Con el tiempo comprendió que esa experiencia cotidiana se filtraba inevitablemente en la manera en que construía sus figuras.

“El cuerpo de la mujer se volvió el camino para expresar emociones”.

Pero más allá de la representación femenina, lo que realmente se infiltra en su trabajo son los estados emocionales que acompañan la maternidad.

“Ese amor que uno siente por los hijos aparece en las bailarinas”, explica. En otros momentos, en cambio, pueden aparecer sentimientos más complejos.

“A veces hay momentos de desesperanza en la maternidad, y eso también aparece en las bailarinas”.

Las esculturas se convierten así en un espacio donde esas experiencias encuentran una forma visual. No se trata de representaciones literales de la maternidad, sino de un proceso más sutil donde las emociones se transforman en gesto.

El diálogo con el espectador

Para la artista, la escultura no se completa en el momento en que la obra termina de fundirse en bronce. La verdadera experiencia ocurre cuando alguien se enfrenta a la pieza y establece una relación con ella.

“Yo trabajo desde una emoción personal, pero cuando el espectador se encuentra con la obra, esa emoción se transforma. Cada persona proyecta su propia experiencia sobre la figura.La obra funciona como un espejo. Yo te doy la herramienta, que es la escultura, y tú te espejas con tu propia historia”.

Ese encuentro es, para Tere, uno de los aspectos más significativos de su trabajo. Hay esculturas que pasan inadvertidas para algunos espectadores y que, sin embargo, pueden producir una conexión profunda en otros.

“A veces una obra no te dice nada”,señala, “pero otra te puede llegar al fondo del alma”.

Bailar incluso cuando la vida pesa

Las figuras de Tere Haeussler parecen sostener un instante suspendido entre el equilibrio y el movimiento. No hay en ellas una acción definida ni una narrativa explícita. Lo que aparece es una disposición del cuerpo que sugiere algo más profundo: la posibilidad de seguir moviéndose incluso cuando la vida se vuelve pesada.

Tal vez por eso la artista suele hablar de sus esculturas como una invitación a mirar la existencia desde otra perspectiva.

“Bailarle a la vida es una manera de vivir”, dice.

No se trata de negar las dificultades, sino de encontrar una forma de atravesarlas con cierta ligereza interior.

Esa idea, simple en apariencia, resume también su propio recorrido. Durante más de treinta años ha desarrollado una práctica escultórica persistente, construida entre talleres, maternidad, aprendizaje técnico y búsqueda personal. En ese proceso el cuerpo femenino se transformó en un lenguaje capaz de condensar emociones complejas sin necesidad de palabras.

Quizás por eso sus esculturas parecen estar siempre en movimiento. No porque representen una danza concreta, sino porque en ellas el gesto sigue ocurriendo.

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