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José Fontecilla: seguir construyendo dentro de la memoria

May 5, 2026 | Arquitectura, Destacados | 0 Comentarios

Más que mirar el pasado como referencia, José Fontecilla lo habita como un territorio activo. Entre paisaje rural, estructuras heredadas y decisiones contemporáneas, su arquitectura se construye en continuidad, reconociendo lo existente antes de transformarlo y permitiendo que el lugar siga hablando. Una forma de proyectar donde la memoria no es nostalgia, sino una herramienta viva para construir en el presente.

Hay recuerdos que no son del todo propios. Imágenes que uno no vivió, pero que igual se quedan, como si hubieran sido heredadas más que recordadas. En el caso de José Fontecilla, la arquitectura empieza ahí: no en una decisión consciente ni en una vocación perfectamente delineada, sino en una serie de presencias silenciosas que lo rodearon desde muy temprano.

Acuarelas colgadas en muros familiares, conversaciones que aparecían de fondo, una figura que, aunque ausente, seguía operando.

Su abuelo —arquitecto, pintor, profesor— murió cuando él tenía apenas un año. No hay memoria directa, pero sí una continuidad que se instala de otra manera, menos evidente, más persistente.

“Siempre estuvo presente. En mi casa, en la de mis papás, en la familia… sus acuarelas y dibujos estaban ahí”.

Esa forma de presencia, difusa pero constante, termina siendo estructural. No hay transmisión formal ni aprendizaje guiado, sino algo más difícil de precisar: una sensibilidad que aparece antes que el lenguaje, una manera de mirar que no se enseña, pero que igual se queda. Como si la arquitectura no se eligiera del todo, sino que se fuera decantando, lentamente, en los bordes de la vida cotidiana.

Pirque completa esa escena. No como una imagen idealizada, sino como una experiencia concreta: el ritmo del campo, la relación con el clima, la escala del paisaje, la distancia entre las cosas. Un lugar donde el espacio no se piensa primero, sino que se habita sin cuestionarlo demasiado, y donde esa experiencia termina por formar una intuición más profunda.

“A los 10 años ya dibujaba plantas de casas en el cuaderno de matemáticas. Era un juego”.

Pero incluso en ese gesto infantil hay algo que después se va a repetir con más claridad: una forma de entender el espacio desde su uso, desde cómo se recorre y cómo se vive, antes que desde cómo se ve. No hay todavía intención de estilo, sino una lógica interna que empieza a ordenarse de manera casi natural.

Aprender a pensar (aunque incomode)

El paso por la Universidad Finis Terrae no viene a confirmar esa intuición, sino más bien a tensionarla, a desarmarla para volver a construirla desde otro lugar.

“Me costó mucho los primeros años. No le encontraba mucho la vuelta”.

La arquitectura deja de ser ese ejercicio intuitivo y empieza a volverse un campo más abstracto, más exigente, donde las certezas desaparecen y las decisiones se vuelven menos evidentes.

“Es una carrera bien compleja. Hay mucho de interpretación, de análisis y variables. No es solo dibujar una planta”.

Ese desplazamiento —desde lo evidente hacia lo complejo— no ocurre sin resistencia. Hay incomodidad, hay frustración, hay una sensación persistente de no estar entendiendo del todo qué es lo que se espera.

“Fue bien desagradable muchas veces. El feedback, todo eso… cuesta”.

Pero con el tiempo, esa incomodidad se reordena. Lo que antes parecía arbitrario empieza a revelar su sentido, y la exigencia inicial se transforma en una apertura.

“Después uno lo valora. En el fondo te están abriendo la cabeza”.

En ese proceso aparece un giro silencioso, pero fundamental: la arquitectura deja de ser solo forma o representación, y pasa a ser una manera de pensar, de observar, de relacionarse con lo que está alrededor.

Salir al mundo: volver a empezar

Si la universidad abre preguntas, el mundo laboral obliga a enfrentarlas en condiciones mucho más concretas, donde la incertidumbre no desaparece, pero sí cambia de forma.

“Así como me costó entrar a la universidad, también me costó adaptarme al mundo real”.

El contraste es evidente. De un espacio donde la exploración es parte del proceso, se pasa a un escenario donde las decisiones tienen consecuencias inmediatas: presupuestos, normativas, tiempos, clientes.

“Uno cree que va a encontrar la pega ideal al tiro, pero está muy lejos de eso”.

En ese momento de búsqueda aparece una experiencia que no resuelve esa tensión, pero sí la reconfigura: un viaje a Kuala Lumpur, trabajando en una oficina de arquitectura.

“Me abrió la cabeza otra vez, pero desde lo laboral”.

El cambio no es solo geográfico, sino también cultural y metodológico. Hay otra velocidad, otra forma de entender el proyecto, otra relación con las prioridades.

“Me dio la sensación de que acá hay más replanteo desde la mirada a nivel macro. Ellos resuelven más rápido esa parte y se detienen más en los detalles. Y no es que un método sea mejor que el otro: son distintas maneras de abordar o priorizar los proyectos¨.

Esa diferencia instala una tensión que no se resuelve, pero que se vuelve productiva: cómo sostener una mirada amplia sin perder el cuidado por lo específico, cómo moverse entre lo general y lo particular sin que uno anule al otro.

Lo rural: no como tema, sino como condición

En la obra de José Fontecilla, lo rural no aparece como un tema ni como una decisión estética, sino como una condición que antecede al proyecto. No es algo que se busque, sino algo que ya está ahí, operando desde antes, definiendo una manera de entender el territorio y, desde ahí, la arquitectura.

“Siempre he tenido un profundo apego por lo rural chileno”.

Ese apego no es abstracto. Está hecho de experiencias concretas: haber crecido en Pirque, haber tenido una relación directa con los ciclos del campo, haber pasado tiempo en el sur, donde el paisaje deja de ser fondo y se vuelve presencia.

“Me gusta el río, la lluvia, los árboles, el bosque. Siempre he tenido esa conexión”.

Esa cercanía, sin embargo, no se traduce en una arquitectura literal ni en la reproducción de formas reconocibles. No hay una intención de “representar” lo rural, sino de entender las lógicas que han permitido que ciertas construcciones se mantengan en el tiempo, y desde ahí construir.

“Obviamente no es lo mismo diseñar una casa en el sur, que en el centro o el norte”.

Cada territorio exige su propia respuesta, y esa respuesta no pasa solo por lo formal, sino por una lectura más profunda que incluye materiales, clima, orientación, historia y uso.

“Es ver lo que se ha hecho durante la historia y tratar de traer lo antiguo a lo nuevo”.

En ese sentido, su manera de enfrentar el proyecto no parte desde una idea preconcebida, sino desde una exigencia más radical: que la obra realmente pertenezca al lugar donde se inserta.

“Cada proyecto se debe adaptar a su realidad y contexto. La obra debe nacer de ahí y no de otro lado, de esa forma va a pertenecer al lugar”.

Ahí es donde su arquitectura adquiere densidad: en esa operación previa, silenciosa, donde el proyecto todavía no existe, pero ya está siendo leído.

Construir desde lo existente

Esa relación con el territorio se extiende de manera natural hacia la tradición, entendida no como un lenguaje formal, sino como un cuerpo de conocimiento acumulado que sigue siendo relevante.

“La arquitectura se debe adaptar a los tiempos, sin desconocer lo pasado”.

No hay nostalgia en esa afirmación, sino una forma de posicionarse frente al oficio. Lo pasado no es un peso, sino un punto de partida.

“Busco rescatar lo que más me gusta del pasado y adaptarlo a lo que tenemos hoy”.

La adaptación ocurre en múltiples niveles, y no siempre es visible. Tiene que ver con cómo se construye hoy, con qué materiales, bajo qué condiciones.

“Hoy es muy difícil hacer una casa de adobe, pero puedes lograr algo que lo evoque, que funcione mejor”.

Esa idea de evocación desplaza el foco desde la apariencia hacia el sentido. No se trata de que algo se vea antiguo, sino de que conserve ciertas lógicas: relaciones térmicas, proporciones, formas de habitar, estética.

“Nunca debemos ignorar lo que hicieron nuestros antepasados”.

Y en ese proceso, la materialidad deja de ser un tema secundario y se vuelve central, porque es ahí donde esa continuidad se vuelve tangible.

“Me interesa trabajar con materiales que tengan conexión con la tierra, con algo más primitivo. Materiales que estuvieron ahí por años y que hoy siguen estando en la obra”.

La madera, en ese sentido, no aparece solo como una elección técnica, sino como una toma de posición frente a la manera de construir.

“Es un material que viene a quedarse. Ojalá algún día se termine ese prejuicio que arrastramos desde el cuento de los tres chanchitos”, dice, casi como una forma de desarmar ese imaginario instalado.

Pero no solo los materiales construyen esa relación con el lugar. También lo hacen los tonos, las atmósferas, las variaciones casi imperceptibles que cambian de un territorio a otro.

“Los colores cambian según el lugar. El sur tiene otros tonos que la zona central y es interesante poder llevar eso a la arquitectura”.

Ahí aparece una capa más silenciosa, pero igual de determinante: la arquitectura como parte de un paisaje mayor, donde incluso el color deja de ser una decisión aislada.

Escala, método y continuidad

Esa misma lógica se refleja en la manera en que enfrenta el proyecto, donde más que una metodología rígida, hay una forma de ordenar la mirada que se repite en distintas escalas.

“Siempre hay que partir desde una mirada macro, a vuelo de pájaro”.

Antes de cualquier definición formal, aparece la necesidad de entender el conjunto: cómo se comporta el terreno, cómo se orienta, qué relaciones establece con su entorno.

“Una casa también parte por hacia dónde mira, qué se aprovecha y qué se sacrifica”.

Desde ahí, el proyecto se va afinando progresivamente, sin perder esa visión inicial que le da coherencia.

“No cambia mucho la mirada… se va afinando cada proyecto tiene su propio plan maestro”.

Ese tránsito entre lo general y lo específico no es abrupto, sino continuo, y en ese recorrido cada decisión mantiene relación con la anterior.

“Se llega hasta cómo se une una madera con otra”, apunta José.

Incluso en ese nivel, lo que podría parecer mínimo, sigue respondiendo a una lógica mayor. Y en ese proceso, las otras miradas también encuentran su lugar.

“Siempre es importante tener otras opiniones y no necesariamente tienen que venir solo de arquitectos”.

Intervenir la historia

Cuando el punto de partida no es un terreno vacío, sino una estructura existente, el proyecto se vuelve necesariamente más complejo, no solo en lo técnico, sino también en lo conceptual.

“En Chile están desapareciendo muchas obras que no son reconocidas”.

Se refiere a una arquitectura silenciosa, muchas veces anónima, que ha sostenido la vida rural durante décadas y que hoy se pierde con facilidad.

“Un error clásico es sacarles las tejas en las casas de adobe y después, con un terremoto, se caen, por que pierden soporte”.

Frente a eso, la restauración deja de ser solo una operación técnica y se convierte en una forma de resistencia frente a una lógica más amplia de reemplazo.

Uno de los casos que más lo marca es el traslado de un galpón sureño.

“Era una estructura sin clavos ni tornillos. Todo era ensamble. Un puzzle 3D”.

El proceso obliga a entender antes de intervenir, a leer cada pieza como parte de un sistema que no puede desarmarse sin comprensión.

“Lo importante era mantener la estructura. Eso es lo que tiene valor”.

Hoy, esa estructura permanece visible, no como un gesto estético, sino como una forma de hacer evidente su lógica.

“Uno entra y entiende cómo está hecho”.

En otros casos, la estrategia cambia. La intervención no pasa por conservarlo todo, sino por decidir qué se mantiene y qué se transforma.

“¿Cómo ampliar una casa antigua del siglo XVIII sin que se note? La respuesta no está en copiar, sino en reinterpretar con precisión.

“Por fuera se ve igual, pero está construida con lo que tenemos hoy”.

Cada caso exige una lectura distinta, y esa flexibilidad se vuelve parte central de su práctica.

Más que pensar en permanencia como duración infinita, su interés parece desplazarse hacia otra idea.

“No sé si es tanto permanecer en el tiempo, sino más bien amarrarse al lugar, como un árbol”.

Ahí, la arquitectura deja de medirse en años y empieza a entenderse en relación.

El lugar entra a la casa


En su trabajo, la relación entre interior y exterior no se resuelve como un recurso formal, sino como una construcción precisa que nace desde el reconocimiento del lugar.

“El lugar existe miles de años antes que la obra”.

Esa idea reordena la jerarquía del proyecto, desplazando el foco desde la arquitectura hacia el entorno que la contiene.

“A veces no es una gran vista, puede ser un árbol, una piedra”.

Lo importante no es la espectacularidad, sino la capacidad de reconocer aquello que ya tiene valor y hacerlo visible.

En su propia casa, esa decisión se vuelve evidente en un gesto mínimo.

“Afuera hay un quillay grande. Hice que el ventanal se abriera hacia ese árbol”.

Y luego, una operación igual de precisa.

“Le puse una luz en la noche y es como si el árbol se metiera dentro de la casa. Es una sensación muy grata, muy orgánica”.

Ahí, la arquitectura deja de ser protagonista y pasa a ser mediadora. La luz, en ese contexto, no es solo un recurso técnico, sino una condición del habitar contemporáneo.

“Las casas antiguas muchas veces tenían carencia de luz y hoy se busca lo contrario, espacios más iluminados, con más vida”.

El habitar, finalmente, no ocurre en un solo lugar.

“Ocurre en todos lados… dentro, fuera y en ese umbral que los cruza”.

Pensar más allá de la casa

Aunque gran parte de su trabajo se ha desarrollado en vivienda residencial, hay una inquietud que empieza a tomar forma y que tiene que ver con ampliar esa escala de acción.

“A mí me gustaría trabajar en proyectos de mayor escala, en el área planificación rural”.

No desde una ambición abstracta, sino desde la experiencia directa de un territorio que conoce. Pirque aparece como un ejemplo concreto de esa tensión.

“Vivo en una comuna que ha crecido sin mucha mirada macro. Hay calles de una sola via, sin veredas, sin ciclovías y se sigue expandiendo. Es la única comuna con un parque nacional en la RM y se aprovecha solo el 10%, con gran turismo viñatero pero con tours desde y hacia Santiago sólo por el día».

El problema no es el crecimiento en sí, sino la falta de una visión que lo ordene.

“Hay mucho potencial, pero, lamentablemente no se ha desarrollado bien”.

Ahí aparece una pregunta más amplia sobre el rol del arquitecto en estos procesos.

“Deberíamos meternos más en planificación, se hace, pero falta tener muchos más canales de participación”.

Volver a ese origen

Al final, todo vuelve a ese punto difuso donde empezó. A esas imágenes que no le pertenecen del todo, pero que igual lo acompañan. Las acuarelas, los muros familiares, la figura de un abuelo que no alcanzó a conocer, pero que dejó instalada una manera de mirar.

Hay algo en su trabajo que no busca cerrar ese ciclo, sino sostenerlo. Como si cada proyecto fuera una forma de seguir conversando con ese origen, de prolongar una memoria que no es completamente propia, pero que tampoco le es ajena.

“Siempre estuvo presente”, vuelve a decir.

Cuando intenta ponerlo en palabras, no aparece una definición rígida, sino una idea que ya venía atravesando todo lo anterior, casi como un hilo que nunca se cortó.

“Construir para hoy, desde la memoria y el territorio”.

No es una consigna, ni un cierre. Es más bien una posición que se mantiene abierta, porque esa memoria no es fija, y ese territorio tampoco. Ambos cambian, se transforman, se reinterpretan con el tiempo.

Y es en ese movimiento donde su arquitectura encuentra sentido: no en imponer una forma, sino en leer lo que ya existe y, desde ahí, construir sin romper del todo ese hilo.

Más que trabajar desde la memoria, lo que aparece —con más precisión— es otra cosa: seguir construyendo dentro de ella.

Como esas imágenes que uno no recuerda haber vivido, pero que, de alguna manera, igual terminan definiendo todo lo que viene después.

Parte de la particular mirada de José Fontecilla se puede ver reflejada en los siguientes proyectos destacados en las siguientes páginas de Rúa Salón.

Casa Granero

Pirque | Región Metropolitana | Chile

600 M2 | 2019

Arquitectura: José Fontecilla – Pedro Mege

Construcción: Alemparte

Desarmar para entender, volver a armar para habitar

Hay proyectos que no comienzan con una idea, sino con un hallazgo. En este caso, no fue un encargo tradicional ni un terreno vacío, sino una estructura que ya existía, cargada de tiempo, de uso, de una lógica constructiva que no era evidente a primera vista: Un galpón sureño.

“Era una estructura sin clavos ni tornillos. Todo era ensamble. Un puzzle 3D”.

Más que intervenir, el primer gesto fue detenerse a entender. Desarmar no como acto de demolición, sino como una forma de lectura, casi paciente, donde cada pieza debía revelar su función antes de poder ser removida.

En ese proceso, la arquitectura deja de ser proyecto y se vuelve aprendizaje: una manera de entrar en diálogo con una inteligencia constructiva que no fue diseñada en planos, sino que se construyó en el hacer.

El traslado —cerca de 900 kilómetros— no fue solo un movimiento físico, sino también un desplazamiento de sentido. Lo que antes había sido un galpón productivo debía convertirse en vivienda, sin perder aquello que lo hacía valioso.

“Lo importante era mantener la estructura, eso es lo que tiene valor”.

Esa decisión ordena todo lo demás. La estructura no se oculta ni se reviste, se expone. Se deja a la vista como una forma de poner en valor su lógica, su precisión, su manera de sostenerse en el tiempo.

Uno entra y no solo habita el espacio: lo entiende.

Las uniones, los encuentros, las piezas que encajan entre sí sin necesidad de fijaciones externas, construyen una experiencia que va más allá de lo visual. Hay una especie de continuidad entre lo que fue y lo que es, donde la vivienda no reemplaza al galpón, sino que se instala dentro de él, respetando su orden interno.

En ese gesto, el proyecto se vuelve casi una síntesis de su manera de trabajar: no imponer una nueva forma, sino reconocer una existente y permitir que siga operando, ahora bajo otras condiciones.

Más que restaurar, aquí hay una forma de traducir.

Casa OV

Pirque | Región Metropolitana | Chile

303 M2 | 2023

Arquitectura: José Fontecilla

Construcción: Andrés Zabala

El vacío como centro

En otros proyectos, la operación no parte desde una estructura existente, sino desde la posibilidad de construir una relación precisa con el lugar. En Casa OV, esa relación se organiza en torno a un gesto claro: un patio interior que no solo articula el programa, sino que construye una forma de habitar.

La casa se despliega en torno a ese vacío, generando una configuración que no se cierra completamente, sino que se abre de manera controlada hacia el entorno. Una planta en “U” que no responde solo a una decisión formal, sino a una manera de ordenar las relaciones entre interior y exterior.

En el centro, un árbol. No como elemento decorativo, sino como presencia estructural, un punto de referencia que organiza recorridos, vistas y tiempos.

Ahí, el interior nunca está completamente separado del exterior. Se filtra, se tensiona, se conecta en distintas escalas.

Hay una selección precisa de lo que se enmarca, de lo que se incorpora al habitar. El patio, entonces, no es solo un espacio intermedio, sino un mecanismo que permite que el lugar entre en la casa, pero de manera controlada, casi contenida.

Hostal Puelo Libre

Cochamó | Región de los Lagos | Chile

240 M2 | 2017

Arquitectura: José Fontecilla y Andrés Zavala

Habitar entre la estructura y el paisaje

En el sur, donde el paisaje tiende a imponerse por escala y densidad, el desafío cambia. Ya no se trata solo de encuadrar o contener, sino de encontrar una forma de coexistir con un entorno que tiene su propio peso.

En Puelo Libre, esa relación se construye desde la estructura.

Más que un objeto cerrado, el proyecto se organiza como una especie de entramado que recuerda —sin imitar— la lógica del bosque que la rodea. Elementos verticales que se repiten, que sostienen, que generan ritmo.

La doble altura permite que el espacio interior respire en relación con el exterior, que no se comprima frente al paisaje, sino que se mantenga en diálogo con él.

Aquí, la arquitectura no busca competir, sino posicionarse.
No desaparecer, pero tampoco imponerse.

Se instala en un punto intermedio, donde la materialidad, la escala y la estructura permiten que la construcción sea parte de un sistema mayor, donde el río, los árboles y la luz siguen teniendo el protagonismo.

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