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Camilo Olivares: Materia, memoria y territorio

Feb 5, 2026 | Arquitectura, Destacados | 0 Comentarios

Desde Casablanca, este arquitecto lidera una práctica que privilegia la escucha, los recuerdos, el territorio, los materiales nobles, los oficios locales y los espacios pensados para acompañar el paso del tiempo.

En Casablanca las mañanas no empiezan con prisa. El día se arma de a poco, entre caminos de tierra, viñedos que todavía guardan humedad y ese silencio activo que solo se reconoce cuando uno vive lejos del ruido constante. Camilo Olivares se mueve en ese ritmo. Cruza el pueblo, saluda, se detiene. La arquitectura, aquí, no aparece como una imagen ni como una idea abstracta: aparece como parte de la rutina, surge para sumergirse en la vida misma que acompaña al valle.

Desde esta comuna de la Región de Valparaíso —entre cerros, microclimas y una vida que todavía conserva escala humana— Camilo proyecta, construye y piensa su oficio. No desde la distancia ni desde el gesto autoral, sino desde una relación directa con el lugar y con las personas que lo habitan.

“Acá todo se cruza”, dice. “El cliente es el vecino, el maestro es el mismo que te encuentras en el almacén, y la obra sigue viva después de que se entrega”.

Su práctica nace y se sostiene en ese contacto permanente con el territorio. En entender cómo corre el viento, dónde cae la sombra, qué árbol conviene no tocar, qué material envejece mejor con la humedad del valle.

Esa manera de hacer, lenta, consciente, profundamente localizada, es la que ha ido definiendo el trabajo de Camilo Olivares a lo largo de más de una década de ejercicio profesional.

Desde esa escena mínima y persistente —la del habitar diario— se construye una arquitectura que no busca destacar, sino posarse con belleza y calma como la uva antes de la cosecha.

Volver al origen, volver al lugar

La historia de Camilo con la arquitectura no parte desde un plan claro ni desde una vocación temprana idealizada.

«Aunque siempre tuve influencias por parte de mi padre, que siendo profesor siempre ha sido un artista autodidacta, yo iba más bien para la ingeniería”, recuerda.

El giro ocurre en un momento aparentemente menor: una profesora de arte reemplazante que lo invitó a mirar otra posibilidad.

“Ella me dijo: ‘piensa en arquitectura’, y ahí empecé a entender el cruce entre lo técnico y lo plástico que me hacía mucho sentido”.

Ese cruce —entre razón y sensibilidad, entre cálculo y oficio— lo lleva a la Universidad Técnica Federico Santa María.

“Fue un match perfecto”, dice sin nostalgia, pero con convicción. “Es una universidad dura, te exige, te desarma, pero te entrega una base muy sólida”.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión no fue académico, sino vital. Estudiar en Valparaíso implicó una distancia prolongada de su entorno más cercano.

“Soy hijo único, y ese proceso me alejó mucho de mi familia, de mis afectos”, cuenta. Volver a Casablanca no fue solo una decisión profesional, sino una necesidad personal.

“Yo quería hacer arquitectura, sí, pero también quería recuperar una vida más cercana, más humana”.

La decisión de la independencia

Camilo forma su oficina a comienzos de la década del 2010, casi al mismo tiempo que egresa. No hubo paso por grandes oficinas ni por estructuras consolidadas en Santiago.

“Nunca tuve ese interés de irme a una oficina prestigiosa y trabajar en grandes proyectos”, afirma. Su decisión fue otra: quedarse.

“Quería ser profeta en mi tierra, aunque eso implique una responsabilidad enorme”, dice.

En una comuna pequeña, cada obra queda expuesta, cada error se comenta, cada decisión pesa más.

“Acá si comentes un error se hace complicado. Somos pocos y la noticia corre rápido”.

Pero ese mismo riesgo es el que le dio sentido a su práctica. Sus primeros clientes fueron personas que migraban desde la ciudad hacia la vida rural. Familias que no solo buscaban una casa, sino una forma distinta de habitar.

“Ahí me di cuenta de algo súper fuerte: la arquitectura no estaba cambiando solo un espacio, estaba cambiando vidas”.

Recuerda especialmente una frase que lo marcó: “Un cliente me dijo: ‘más que construirme la casa, me cambiaste la vida’”.

Hoy ese cliente es su amigo.

“Tenemos amigos en común, nos encontramos en el pueblo. Eso es comunidad”.

Arquitecto de campo (aunque no suene tan bonito)

Camilo ríe cuando intenta definirse.

“Arquitecto de campo… no suena muy elegante”, dice. Pero luego lo asume sin problema. “Es parte de mi esencia”.

Sus recuerdos de infancia están ligados al cerro, a las piedras, a los árboles, a esa relación directa con el paisaje que no se aprende en libros.

Esa experiencia temprana se traduce hoy en una arquitectura que no busca domesticar el entorno, sino convivir con él.

“La casa en parcela no es un departamento con más patio”, insiste. «Es otro mundo: animales, viento, sombras, silencios, amenazas y belleza al mismo tiempo».

“Mi trabajo es ayudar a que ese cambio no sea traumático, que no haya un desescalamiento en la vida de las personas”, agrega.
Por eso, sus casas no son gigantes ni ostentosas, aunque el terreno lo permita.

“Lo simple no es aburrido. Por dentro puede pasar una locura, pero una locura bien pensada”, comenta el profesional.

«La arquitectura rural busca integrarse al lugar más que imponerse sobre él»

Bajo ese premisa se prioriza el uso de materiales nobles y técnicas constructivas acordes al contexto, reinterpretadas con una mirada contemporánea.

«Mi sello es una arquitectura sobria pero expresiva, contemporánea, consciente de su entorno y pensada para ser habitada con naturalidad, donde diseño y construcción avanzan de la mano para lograr proyectos coherentes, eficientes y con identidad propia».

Diseñar desde adentro hacia afuera

Si hay una idea que atraviesa todo su trabajo es esta: la arquitectura se construye desde el interior.

“No hacemos esculturas”, dice con claridad. “No hacemos objetos que caen del cielo y se posan en un terreno”.

El proceso comienza siempre por la vida cotidiana: cómo se habita, cómo se recorre, cómo entra la luz, cómo se mira hacia afuera.

“La casa no se mira tanto desde fuera; se vive desde dentro mirando el paisaje”.

El volumen aparece después, casi como una consecuencia lógica. Técnica, experiencia constructiva y diseño avanzan juntas.

“El diseño no se puede separar de cómo se construye ni de cómo va a envejecer. En nuestro estudio de arquitectura abordamos cada proyecto de manera integral, entendiendo el diseño como un proceso donde la idea arquitectónica, las técnicas constructivas y la relación entre el interior y el exterior se desarrollan de forma simultánea», indica el profesional.

Desde la etapa inicial de proyecto, se analiza el contexto, el clima, los materiales y los sistemas constructivos para que cada decisión formal responda tanto a criterios estéticos como técnicos.

Por otra parte, el diseño de los espacios interiores se concibe en estrecha relación con el entorno, privilegiando la continuidad visual, la iluminación natural, la ventilación cruzada y la integración del paisaje como parte esencial de la experiencia arquitectónica.

«Esta visión permite crear obras coherentes, eficientes y sensibles a su contexto, donde la arquitectura no se impone, sino que dialoga con el lugar y mejora la forma de habitar», concluye Camilo.

Materialidad, oficio y memoria

La piedra y la madera no son decisiones estéticas aisladas. Son parte de una lógica profunda de pertenencia.

“Me interesa trabajar con materiales nobles, que envejezcan bien, que se sientan reales”, explica.

En ese camino, la piedra, muchas veces trabajada a mano, ocupa un lugar central.

Para Camilo, no es una piedra decorativa. Es una piedra que se cincela, que se adapta, que tiene escala humanaPor otra parte, la roca no viene de cualquier parte: dialoga con la mineralidad del territorio, con la geoología del lugar.

La madera de demolición sigue la misma lógica.

“Muchas veces esa madera tiene una historia local. Eso también construye identidad”.

Pero quizás el gesto más íntimo aparece en la relación con los objetos de los clientes.

“La esencia de la casa no la pone el arquitecto, la pone quien la habita”. Una lámpara antigua, un mueble heredado, una pieza guardada durante décadas. Mi labor es darles cabida, que esas historias tengan un lugar”.

Escuchar antes de proyectar

En el trabajo de Camilo Olivares, proyectar no comienza con un plano ni con una imagen de referencia. Comienza con una conversación. Con la escucha atenta de una historia previa, de una vida que ya existe antes de la arquitectura.

Esa manera de entender el oficio se vuelve especialmente evidente cuando trabaja con preexistencias o en intervenciones de menor escala. En lugar de imponer un lenguaje nuevo, Camilo opta por integrar, sumar capas y reconocer el valor de lo que ya está ahí. No se trata de borrar y empezar de nuevo, sino de entender el tiempo como parte activa del proyecto.

En una de estas intervenciones —la reconversión de una vivienda antigua en un nuevo uso— la estrategia fue clara desde el inicio: respeto antes que contraste. Elementos originales como marcos de puertas de adobe o piezas constructivas de gran tamaño fueron desmontados con cuidado, restaurados y reincorporados.

“Si una puerta tiene cien años, ojalá tenga cien más”, explica.

La arquitectura nueva aparece de forma precisa, sin estridencias, dialogando con la escala y la materialidad del lugar.

Pero esa misma lógica se extiende también al interior de las casas nuevas. No solo a los muros o a los materiales, sino a los objetos que cargan memoria. Camilo recuerda especialmente el caso de un cliente que llegó al proyecto con una lámpara rescatada de una antigua salitrera. Una pieza pesada, de vidrio opaco, marcada por el óxido y el paso del tiempo, que había permanecido guardada durante años sin encontrar un lugar.

Más que un problema, la lámpara se convirtió en una clave del proyecto.

“Esa lámpara no la podía poner en cualquier parte”, explica Camilo.

El diseño del espacio se fue ajustando para que ese objeto —con toda su historia— encontrara sentido dentro de la casa. No como un elemento decorativo, sino como un punto de anclaje emocional.

La escena se repite en otros proyectos: muebles heredados, piezas rescatadas, objetos que no responden a una tendencia, pero sí a una vida. Camilo entiende que su rol no es reemplazar esas historias, sino darles cabida. Diseñar cocinas, quinchos o espacios de estar donde esos objetos puedan convivir con la arquitectura sin quedar forzados.

Para él, ese gesto es uno de los regalos más importantes que puede recibir un cliente. No la espectacularidad del espacio, sino el reconocimiento de su propia historia dentro de él.

Así, tanto en una intervención sobre una vivienda existente como en una casa nueva en medio del campo, la arquitectura se convierte en un soporte. Un marco silencioso que no compite con la vida que ocurre dentro, sino que la acompaña, la ordena y le permite seguir su curso.

Habitar con sentido

Camilo no habla de lujo ni de tendencia. Habla de bienestar, de calma, de pertenencia.

“Busco provocar una forma de habitar consciente, serena, conectada con el lugar”.

Por eso su meta no es crecer sin medida ni replicar modelos.

“No quiero transformarme en un arquitecto que toque siempre las mismas teclas. No me interesa la producción en serie», afirma.

Su interés está en seguir aprendiendo, rescatando oficios, explorando la arquitectura en tierra, en piedra, en greda.
“Hay saberes que se están perdiendo, y siento una responsabilidad con eso”. Con el territorio, con las personas que trabajan con él, con la comunidad que lo rodea.

Por otra parte y también mirando hacia adelante, como oficina les interesa seguir profundizando en una arquitectura cada vez más consciente, donde el proyecto no solo responda a un encargo, sino que se convierta en una herramienta para mejorar la forma de habitar y relacionarse con el entorno.

«Nos motiva explorar con mayor fuerza la sustentabilidad entendida de manera integral, incorporando estrategias pasivas, eficiencia energética y el uso responsable de materiales, especialmente en contextos rurales y naturales y otro desafío clave es seguir investigando la relación entre arquitectura y paisaje, buscando proyectos que se integren con sensibilidad al lugar», señala también el arquitecto.

El equilibrio entre diseño, técnica y economía y el desarrollo obras bien pensadas desde el proyecto hasta la construcción, que mantengan la calidad arquitectónica sin perder viabilidad ni cercanía con las personas que las habitan también son apuntados como desafíos relevantes.

Queremos seguir explorando una arquitectura que provoque experiencias significativas, donde la luz, las proporciones y la relación interior–exterior construyan espacios simples, atemporales y capaces de generar bienestar en el día a día.

Y si tuviera que resumir su objetivo en una frase, lo dice así:
“Quiero seguir haciendo casas ricas. No casas caras. Casas ricas de habitar”.

Y esa forma de pensar, de proyectar y también de habitar se ve reflejada en los proyectos que destacamos a continuación en Rúa Salón.

CASA B&T
CASABLANCA | VALPARAÍSO | CHILE

Este proyecto condensa gran parte de la arquitectura que Camilo Olivares ha venido desarrollando desde su instalación definitiva en Casablanca. No se trata de una casa entendida como objeto, sino como una pieza que se posa en el territorio con cuidado, casi con timidez. El volumen aparece contenido, sin gestos innecesarios, dejando que sea el paisaje el que marque el ritmo.

La relación con el entorno es directa y consciente. Camilo conoce el territorio, sus microclimas, sus suelos y su mineralidad, y ese conocimiento se traduce en decisiones precisas.

“Para mí es muy importante no sacar lo que está creciendo”, explica. Un árbol pequeño, una pendiente leve o una piedra existente pueden convertirse en el punto de partida del proyecto, no en un obstáculo a eliminar.

La materialidad es clave. La piedra —trabajada a mano, cincelada pieza por pieza— no aparece como un revestimiento decorativo, sino como un elemento estructurante del espacio.

“No es una piedra puesta porque se ve bonita, es una piedra que tiene escala, peso y textura”, dice Camilo. Esa piedra dialoga con la luz natural, con la madera y con espacios interiores que se sienten cálidos, contenidos y profundamente habitables.

Casa B&T representa un equilibrio entre elegancia, modernidad y calidez. Su diseño interior destaca por la cuidada selección de materiales y texturas, donde la piedra se integra de forma natural con superficies modernas y detalles refinados. Cada espacio ha sido pensado para reflejar calidad, confort y una estética contemporánea que resalta la identidad del proyecto.

El interior se construye desde la vida cotidiana. No hay espacios sobrantes ni recorridos forzados. La casa se abre hacia el paisaje sin exponerse por completo, generando una experiencia donde el habitar se vuelve sereno, pausado, casi introspectivo.

Es una vivienda pensada para acompañar el paso del tiempo, para envejecer bien, tanto en sus materiales como en su uso.

CASA CHILENA
CHICUREO,COLINA | RM | CHILE

Aunque no está emplazada en Casablanca, esta casa ocupa un lugar especial dentro del relato de Camilo porque evidencia cómo la identidad no siempre depende del lugar físico, sino de la historia personal de quien la habita. El encargo vino de un cliente profundamente ligado a Casablanca, que decidió llevar consigo esa memoria territorial a otro contexto.

La casa retoma elementos tradicionales de la arquitectura chilena: corredores, sombra, proporciones horizontales y una relación directa entre interior y exterior.

Sin embargo, no se trata de una réplica nostálgica ni de una caricatura rural. El proyecto reinterpreta ese lenguaje desde una mirada contemporánea, cuidando la escala, los recorridos y la forma en que se habita el espacio.

Camilo entiende esta obra como un ejercicio de traducción. Traducir una forma de vivir, una memoria afectiva y una identidad territorial en un nuevo entorno. “Es interesante cómo pasa al revés”, comenta. Mientras muchos clientes en Casablanca buscan una imagen más contemporánea, aquí el encargo fue volver a lo esencial, a una casa que protegiera, que acogiera y que se sintiera propia.

El resultado es una vivienda que se reconoce en su tradición, pero que no renuncia a la comodidad ni a la claridad espacial.

Una casa que habla de pertenencia más que de estilo.

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