Hay historias que se construyen sin plan maestro, a punta de intuición, caídas, oficios prestados y decisiones que parecen improvisadas, pero que con el tiempo revelan un sentido preciso. Una rúa como aquella es la de Pablo Gisseleire. Durante años orbitó la arquitectura sin querer del todo pertenecer al molde tradicional; se movió entre la construcción industrial, la tasación inmobiliaria, un proyecto proptech que no alcanzó a ver la luz y una pandemia que lo dejó con las manos vacías. Volvió al sur casi por casualidad, siguiendo el sendero que dejó su suegro en una constructora en el sur de Chile, y sin proponérselo terminó levantando su propio estudio: P&D, un espacio donde diseño y construcción conviven como un mismo gesto, sin jerarquías.
Hoy, desde esa mezcla de oficio y vivencia, su arquitectura ha tomado forma. Una forma simple, directa, transparente; una simpleza orgánica que él define como “sencillez de lujo”, donde cada espacio se piensa desde la vida real y no desde la postal. Los pasillos son amplios porque así se camina cómodo. Las ventanas se estudian preguntando quién las limpia. Los interiores se diseñan desde la rutina del cliente, no desde la tendencia. La obra se ejecuta con un equipo pequeño, que conoce por nombre, y que lleva —como él dice— “el alma del proyecto”.
Lo que sigue es el relato de un regreso: cómo un arquitecto que se sintió desencantado de la academia terminó construyendo casas que hoy hablan por sí solas; cómo P&D se ha convertido, en poco tiempo, en un estudio que camina entre el sur y Santiago con un sello propio; y cómo la arquitectura, para Pablo, dejó de ser un papel y se volvió experiencia concreta.
La necesidad de estar afuera
Pablo recuerda su infancia sin solemnidad: “Nunca fui buen alumno. Era porro. Me sentía encerrado por el sistema”, dice, riéndose. Lo que sí tenía claro, incluso entonces, era una pulsión por crear con las manos. Podía pasar horas armando legos, modelando plasticina, pintando, inventando estructuras improvisadas. Su madre, artista y ceramista, lo rodeaba de materiales, colores, herramientas; una educación que no tenía método, pero sí un ambiente fértil.
“El arte estaba en mi casa desde siempre, mi mamá vivió en esa línea completa. Creo que eso me formó más que cualquier curso”.
A los quince años viajó a Barcelona. Ese viaje, que pudo haber sido uno más en la adolescencia, marcó un punto de origen. Frente al Pabellón de Mies van der Rohe sintió —sin entenderlo del todo— que ahí había un lenguaje que lo acompañaría para siempre.
“La simpleza de van der Rohe es impresionante. Es tan mínima, pero a la vez tan clara. Te dice todo sin decir nada”.
Esa idea —la claridad de las líneas simples— regresaría años después, cuando el caos de la vida adulta lo obligara a ordenar nuevamente su mirada.

La academia y el desencanto
Estudiar arquitectura parecía un camino lógico para alguien que entendía la vida haciendo cosas, construyendo desde la intuición. Pero la universidad no fue el lugar donde encontró ese impulso. Lo dice sin dramatismo, pero con honestidad: “Te enseñan a diseñar museos, lodges, cosas que un arquitecto joven nunca va a hacer. Nadie te habla de permisos, de costos, de la vida real del diseño”.
Esa distancia entre la academia y la realidad lo frustró pronto. Mientras muchos de sus compañeros se enamoraban de las ideas, él miraba los planos preguntándose cómo se construía realmente, cuánto costaba cada decisión, cuánto tardaba un permiso municipal. Sentía que la arquitectura enseñada estaba suspendida, sin tierra.
La contradicción fue evidente: la carrera que eligió por su conexión con la vida cotidiana se le mostraba ajena, abstracta, casi fantasiosa y su camino tomaría otros desvíos antes de regresar al origen.
La escuela del mundo industrial
Mientras aún estudiaba, su crecimiento profesional scomenzó con una práctica en JEMS Architekci, en Polonia, una de las oficinas más grandes del país. Estar ahí, en un equipo extenso, viendo cómo todo operaba como una máquina sincronizada, le dio el rigor que necesitaba.
Su primera experiencia profesional fue en la empresa familiar. Ahí, entre bodegas, hormigón armado y módulos de oficina, aprendió algo que la universidad no enseñaba: la arquitectura como operación, como logística, como proceso.
Proyectos grandes en Quilicura, Pudahuel y otras zonas industriales fueron su entrenamiento inicial.
“Eran edificios enormes, pesados, pero las oficinas tenían un cuidado especial: hormigón a la vista bien trabajado, proporciones correctas… Ahí empecé a agarrarle cariño al detalle”.
Luego vinieron dos años más en la constructora familiar, hasta que el desgaste lo alcanzó. “Me bloqueé”, recuerda. “Dejé de diseñar. Me metí en otra cosa”.
Eso abrió una nueva puerta en la ruta de retorno al encanto.

La tasación y un sueño
Durante casi cuatro años Pablo se dedicó exclusivamente a la tasación inmobiliaria. Con un diplomado hecho y trabajando para empresas como Colliers y Real Data, descubrió una faceta que no había explorado: el área comercial y el gusto por comprender sistemas, flujos, vacíos.
“Siempre me ha gustado la partede los negocios. Me metí en la tasación y empecé a ver problemas que se podían resolver”.
Quiso inventar un modelo nuevo. Agilizar transacciones. Crear procesos más rápidos. Incluso se propuso un lema: vender casas en 24 horas. Tenía un banco alineado, un cuerpo de abogados, empresas asociadas. Era una idea adelantada para la industria, pero con la pandemia todo se detuvo.
“De un día para otro quedé sin pega. Literalmente sin nada”.
Ese vacío —económico, emocional, profesional— fue el terreno sobre el que se volvería a levantar. Aunque entonces no lo sabía.
El regreso al sur y un proyecto que lo cambió todo
Su suegro, ya retirado, estaba ayudando a reorganizar una constructora del sur que necesitaba arquitectura para vender sus obras. Le ofreció tomar esa área. Pablo aceptó sin expectativas, pero con necesidad. Lo que no imaginó fue la explosión de demanda.
La empresa subió su nivel, bajó volumen, ajustó procesos. Todo iba bien hasta que su suegro, quien era el nexo vital de la empresa, enfermó.
El punto de inflexión llegó en Panguipulli, con una vivienda de más de 600 m². Allí, la frontera entre el diseño y la ejecución se desdibujó; lo que comenzó como un compromiso personal para que la obra avanzara, terminó revelando una necesidad latente. Fue la propia clienta quien, al notar su involucramiento integral, le dio el impulso definitivo para cruzar la línea dejar de ser solo el arquitecto y fundar su propia constructora.»
Ahí nació su decisión. Y con ella, el estudio que hoy dirige.

P&D: sencillez con sentido
El nombre P&D viene de sus hijos, Pablo y Diego. Lo eligió después de descartar nombres japoneses y conceptos más sofisticados.
“Uno vive por los hijos, ¿para qué buscar algo más rebuscado?”, dice. A la vez, el nombre tenía algo de su filosofía: claridad, rapidez, simpleza. Su “sencillez de lujo”.
Esa idea se refleja en todos sus proyectos. Líneas limpias. Espacios amplios que respiran. Pasillos generosos que hacen la vida más cómoda. Ventanales estudiados desde el uso —y desde el mantenimiento—, interiores que se adaptan a la rutina real del cliente y no a la tendencia del momento.
“En una casa de verdad, la vida pasa en los espacios comunes. Las piezas son para dormir. El resto es para vivir.”
En muchas de sus obras del sur, pensadas como segundas viviendas, ese concepto se vuelve esencial: un gran espacio central donde familia y amigos se reúnen, cocinan, llegan desde la nieve o el lago. Todo orbita alrededor de ese centro vital.
Diseñar con la vida
Una de las particularidades de P&D es su relación con el interiorismo. Pablo no cree en el interiorismo como una postal. Le incomoda cuando las casas parecen diseñadas solo para Instagram.
“Yo siempre pregunto: ¿cómo vives tú? ¿Cómo almuerzas? ¿Quién limpia las ventanas? ¿Cómo circulan tus hijos?” Y desde ahí se diseña».
“El interior lo hacemos juntos. Yo doy la estructura, el sentido; el cliente da la rutina. Yo no voy a vivir ahí”, agrega.
Ese cruce entre estética y vida cotidiana es quizás lo que más distingue a su trabajo. Las decisiones se basan en pruebas reales: experiencias con otros clientes, errores cometidos antes, soluciones que han funcionado. Cada proyecto alimenta al siguiente.
Ser arquitecto y constructor al mismo tiempo le cambió la mirada. Antes visitaba obras como espectador; ahora lo hace como responsable.

“Antes lo planeaba y ahora lo estoy ejecutando y viendo como mis ideas se hacen materia. Eso es increíble.”
Hoy su estudio construye casas, bodegas, oficinas y remodelaciones grandes. No toma más proyectos de los que puede controlar.
“Si delego la construcción, pierdo calidad. Prefiero que el cliente espere”, dice con certeza.
Su equipo lo componen diez personas, cada una con un rol claro y con sentido de familia. Por ejemplo, cada dos meses, salen todos a comer.
“Mi meta es que mi gente esté feliz. Si están felices, el proyecto fluye”.
Hay una ética silenciosa ahí: la arquitectura como un trabajo colectivo y no como una autoría solitaria.
Viviendo el sueño
Aunque dice que hoy ya está viviendo su meta —tranquilidad económica, proyectos constantes, reconocimiento creciente—, aún conserva un deseo profesional pendiente: construir un hotel boutique.
“Un hotel boutique tiene espacio para jugar. Puedes ser más lúdico, más arriesgado. La experiencia del usuario cambia todo.”
Le gustaría diseñar también un restaurante, un spa. Espacios donde la función conviva con el placer y donde las reglas domésticas no limiten la imaginación.
Es un sueño que mira de lejos, pero que parece naturalmente conectado con su trayectoria: un proyecto que combine arquitectura, operación, experiencia y construcción en una sola línea.

El trabajo de P&D es, ante todo, una apuesta por lo real. Una arquitectura que no se escuda en teorías ni en discursos decorados, sino en decisiones concretas que afectan la vida diaria de quienes habitan los espacios. Hay precisión en los detalles, pero también humanidad. Hay rigor, pero también intuición. Hay técnica, pero también una historia familiar que dio vuelta su destino.
Cuando Pablo dice “yo vendo una sencillez de lujo”, no está hablando de estilos, sino de una forma de entender el habitar: sin exceso, sin ruido, sin complejidad innecesaria y ante todo con comodidades que mejoren la calidad de vida diaria en el recinto. Es una arquitectura que acompaña, que sostiene .
En un momento donde muchos estudios multiplican encargos, P&D avanza a otro ritmo: menos proyectos, más profundidad; más control, menos ruido. Y desde ahí —el padre y arquitecto que viaja entre Santiago y el sur de Chile— ha ido construyendo un sello reconocible, honesto y vivo.
Es que la de Pablo Gisseleire es arquitectura que entiende el lujo de otra manera y que al mismo tiempo revela el espiritu de quien la diseña y su viaje de retorno a esa vivencia juvenil que lo marcó para siempre.









0 comentarios