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Magdalena Szederkenyi, paisajista: Escuchar el ritmo natural de cada lugar

Nov 5, 2025 | Diseño Sustentable, Paisajismo y diseño de exteriores, Reportajes | 2 Comentarios

La paisajista Magdalena Szederkenyi construye espacios donde lo natural y lo arquitectónico conviven en armonía. Su oficio es una búsqueda constante de equilibrio y sentido.

ntes de cualquier trazo o boceto, Magdalena se detiene. Mira. Observa cómo la luz recorre el terreno, cómo el viento levanta una hoja o cómo el suelo se abre paso entre raíces y piedras. Tiene la costumbre de leer los lugares antes de intervenirlos. De escucharlos, como si en ese silencio inicial se escondiera la clave de lo que vendrá después.

“Siempre he creído que el valor principal del paisajismo es la conciencia y el respeto por lo existente”, dice con voz calma, segura, como quien ha aprendido a trabajar al ritmo de la naturaleza. “Por la naturaleza misma, pero también por la arquitectura del lugar. Cuando hay construcciones, busco seguir las líneas de diseño original para crear una continuidad entre el exterior y el interior”.

Ese gesto —el de integrar, no imponer— define su oficio. Magdalena diseña jardines que nacen de una lectura minuciosa del entorno. Sus proyectos no son rupturas, son continuidades; extensiones del habitar. Ella no busca transformar los lugares, sino revelar lo que ya está en ellos.

“Me gusta que la pureza del diseño sea lo que se note”, agrega. “Que no haya pretensión, que no sea algo forzado. Uno trabaja mucho para lograr algo limpio, natural”.

Cuando recuerda su infancia en Santiago, aparece una escena: un lápiz mina, un papel y la paciencia de quien observa lo diminuto. Desde pequeña, dibujaba hojas, frutos, ramas. “Siempre tuve un lado artístico desarrollado”, dice. “Me gustaba dibujar detalles de la naturaleza: hojas chicas, frutos, cosas diminutas. En los cuadernos del colegio siempre había dibujos, y podía pasar la clase entera dibujando”.

Esa atención a lo pequeño fue su primer entrenamiento visual. Esa sensibilidad, nacida del dibujo, se trasladó con naturalidad al paisaje. No se trataba de reproducir lo que veía, sino de entender cómo funcionaba la belleza en las formas naturales: la proporción, la textura, la calma. Con los años, esa manera de mirar se transformó en parte de su sello profesional.

Magdalena se acercó al paisajismo desde la práctica, con curiosidad y respeto, dispuesta a aprender de quienes conocían más. Entre esas personas, un profesor botánico fue una influencia importante.

“Fue alguien que me acompañó mucho a lo largo de mi carrera”, recuerda. “Siempre lo llamaba cuando tenía dudas. Me ayudó a desarrollar una visión más completa del proceso”.

Así aprendió a observar las especies, a entender cómo se comportan, cómo se adaptan y conviven. No como teorías
abstractas, sino como experiencias tangibles.

En sus primeros proyectos, más que diseñar, aprendía. “Partí con cosas ultra chicas”, recuerda. “Amigos, primos, cosas así. A veces ni siquiera eran jardines completos, eran detalles. Me ofrecía para ayudar, hacía voluntariado. Iba con la pala, cambiando plantas, sembrando, fertilizando. Aprendí mucho así”.

De esos años quedaron dos certezas: que el aprendizaje está en la observación, y que el paisaje no se domina, se acompaña.

Se aprende con las manos

A pesar del tiempo y los proyectos, hay algo que no ha cambiado: su necesidad de estar en terreno. “Me gusta ver cómo el diseño toma forma”, confiesa. “Hay algo muy distinto entre imaginar un jardín y verlo nacer”.

El paisajismo, para ella, se entiende con las manos. Es ahí donde la intuición y la técnica se encuentran, donde la observación se vuelve parte del diseño.

En su estudio, los planos conviven con muestras de tierra, fotos de especies y croquis llenos de anotaciones. Cada proyecto se construye a partir de esa mezcla: rigor técnico y sensibilidad práctica.
Cuando Magdalena habla de diseño, hay una palabra que se repite: coherencia. Y no solo visual, sino ética.

“Por ejemplo”, dice, “si voy a una casa que tiene mármol adentro, trato de continuar con ese mármol afuera. Si tiene hormigón pulido, que siga con hormigón pulido. Que los materiales y las líneas se mantengan. Me acomoda mucho cuando la arquitectura es limpia, porque puedo integrarla la más fácilmente. Se trata de mantener la pureza del diseño”.

Su filosofía estética es clara: el minimalismo y la calma como forma de belleza. “Nos caracteriza el minimalismo y una profunda sensibilidad estética. Buscamos crear espacios limpios y armoniosos que transmitan calma y paz, logrando ambientes donde las personas puedan conectar con su entorno de manera natural”.

Su mirada es profundamente arquitectónica. Entiende el paisaje como parte de un todo, no como una pieza añadida. “Lo ideal es que cada especialidad trabaje en conjunto”, explica. “Si el arquitecto se abre a escuchar al paisajista, la construcción puede potenciar mucho más las vistas y la experiencia del espacio”.

En sus proyectos, esa colaboración interdisciplinaria se vuelve tangible: las terrazas dialogan con los muros, las líneas interiores se prolongan hacia el jardín, los materiales encuentran su eco en el exterior.

Magdalena no concibe su trabajo como un acto solitario y no sólo incorpora a las otras disciplinas en la planificación.

“Lo más importante para mí es que el cliente participe y se sienta parte del proceso”, dice. “Al final, quien sabe qué función tiene cada lugar es la persona que lo habita”.

Por eso sus proyectos se construyen desde la conversación. En la primera reunión observa, pregunta y escucha. “Buscamos entender las necesidades y expectativas mientras analizamos el sitio, sus vistas y características. Con esa información desarrollamos el anteproyecto, donde definimos la distribución, los elementos, los materiales y la vegetación. Y cuando eso se aprueba, pasamos al proyecto final”.

El diseño se convierte así en un diálogo. Magdalena guía y propone, pero también se abre al diálogo y a la mirada del otro.. “Me gusta que el cliente se sienta parte, que entienda lo que estamos haciendo. Que el jardín no sea algo impuesto, sino compartido”.

A través de esa participación, los jardines se vuelven reflejos de las personas que los disfrutan. Magdalena los acompaña hasta el final, e incluso después. “Nos preocupamos por cada detalle y nos aseguramos nos aseguramos de que se sientan felices con el resultado final de cada proyecto. Al terminar, ofrezco asesoría y seguimiento, porque la mantención es clave para el crecimiento y la durabilidad del jardín”.

Esa continuidad en el tiempo convierte su trabajo en algo vivo. No diseña espacios estáticos, sino sistemas que evolucionan.

La lógica del agua

Entre las convicciones que más defiende está la gestión responsable del agua. “Lo ideal es poner pasto lo menos posible”, dice sin dudar.

“Si uno necesita ese espacio porque tiene niños o porque quiere hacer algo recreativo, se compensa, claro. Pero trato de explicar que hay alternativas tanto o más lindas que el pasto. Las plantas gastan un 15% del agua que el pasto. El gasto hídrico es inmenso”.

Esa conciencia nace de la experiencia y de una observación constante del entorno. Su trabajo busca siempre equilibrar belleza y funcionalidad, estética y responsabilidad.

Para ella, la sustentabilidad no es una tendencia, sino una forma de coherencia. Diseñar con cuidado significa pensar en el agua, en la sombra, en la vida que crecerá después.

“El diseño sostenible no significa perder belleza, significa mirar con más atención lo que ya hay, entenderlo y potenciarlo”, asegura.

El resultado son jardines donde el equilibrio visual se traduce en bienestar. Donde la eficiencia y la estética coexisten de forma natural.

Una estética que respira

La obra de Magdalena no se define por un tipo de planta o un color dominante. Su sello está en la atmósfera que logra: espacios orgánicos y limpios .

“Me acomoda lo limpio, natural, lo que no tiene pretensión”, dice. Y se nota. En sus jardines hay una elegancia que no busca llamar la atención, sino acompañar el habitar.

Cada proyecto se convierte en una extensión del espacio arquitectónico, pero también en un pequeño ecosistema que respira por sí mismo.

Las terrazas se funden con los muros, los muros con las enredaderas, y las enredaderas con el cielo. Todo parece moverse al mismo ritmo.

Magdalena suele explicar que el paisaje no es solo una cuestión de metros cuadrados. La amplitud también puede generarse visualmente. “Está comprobado que mientras más elementos hay en un espacio, más amplitud visual hay. Si tienes solo pasto, el jardín se achica. En cambio, cuando empiezas a jugar con las proporciones, el espacio se abre”.

Sus jardines transmiten serenidad sin ser vacíos. Incorporan piedra, fierro, agua o sombra según cada caso, pero siempre con mesura. “Cada detalle se diseña de manera propia y diferente, buscando que cada espacio sea único e inspirado en el lugar. Incorporamos elementos como agua, piedra y fierro, elegidos cuidadosamente para aportar identidad”.

La armonía surge del equilibrio, no del exceso. “La belleza está en la simplicidad y la armonía”, dice. “Yo organizo el espacio, y la naturaleza aporta sus formas y texturas para dar vida al diseño”.

Con los años, Magdalena ha formado un equipo de trabajo que comparte su visión. Personas que entienden el paisaje como una práctica colectiva, donde cada decisión tiene un sentido técnico y emocional.

Su estudio funciona como un punto de encuentro entre la botánica, la arquitectura y la observación sensible. Esa combinación le da a su trabajo una identidad clara: coherente, adaptable y profundamente consciente.

“Siempre digo que el paisaje no se trata solo de plantas”, comenta. “Se trata de cómo las personas habitan los espacios, de cómo se sienten al moverse por ellos”.

Su propio hogar, donde vive con su marido e hijos, es también un laboratorio del oficio. “Mi casa es un verdadero templo del paisajismo”, dice.

“Tiene múltiples espacios de estar y cambios de tonos en cada estación. Disfrutamos de ella tanto desde el interior como desde el exterior. La desconexión que logra hace que nos sintamos en un lugar mágico. Este jardín me ha enseñado mucho sobre cómo crecen y se desarrollan las plantas, y me permite aplicar ese aprendizaje en mi trabajo profesional”.

El tiempo de florecer

A veces vuelve a los jardines que diseñó meses o años atrás. Los recorre en silencio. “El paisaje siempre cambia”, dice.

“Uno diseña una base, pero después la naturaleza toma el control. Y eso es lo más bonito”.

Esa transformación constante es, para ella, la esencia del oficio. Diseñar es aceptar que lo vivo se mueve, crece, se adapta.

“Me gusta pensar que los jardines no se terminan nunca. Uno entrega algo, pero lo que sigue depende del clima, del cuidado, del tiempo.Es un trabajo que se vuelve parte de la vida de otros”.

Hoy, Magdalena sigue trabajando con la misma atención con la que empezó: observando, probando, escuchando los lugares. Su mirada combina conocimiento técnico con intuición. Sabe que cada jardín es distinto, y que en esa diferencia está la belleza.

“Cada vez más personas entienden que el jardín no es un accesorio”, dice. “Es un espacio vivo, un lugar que acompaña. Y eso me encanta, porque significa que estamos aprendiendo a mirar distinto. Como paisajista, busco que las personas disfruten cada día más de sus jardines, terrazas y parques, generando bienestar y una conexión emocional con la naturaleza. Especialmente en los sectores más vulnerables donde niños y adultos muchas veces no tienen acceso a estos espacios».
Su voz tiene algo de tierra y de pausa. En ese tono se adivina la esencia de su trabajo: diseñar sin apuro, respetar el ritmo de lo natural y permitir que el paisaje encuentre su forma.

Y quizás ahí radica la fuerza de su trabajo: en permitir que la naturaleza siga hablando, incluso después de que ella se haya ido.

Para ella, el diseño no termina en la estética; comienza en la empatía. Diseñar paisajes es crear bienestar, abrir un espacio para respirar. “Me inspira la necesidad de crear y observar espacios atractivos que la gente pueda disfrutar”, cuenta. “Estoy convencida de que eso influye positivamente en el estado de ánimo de las personas”.

Su legado, dice, le gustaría que fuera simple y claro: “Que mis diseños se perciban como espacios limpios, tranquilos y llenos de paz, donde la gente pueda relajarse, conectar con la naturaleza y disfrutar cada rincón”.

Magdalena habla con la calma de quien ha aprendido a mirar despacio. Y en ese ritmo se intuye la esencia de su trabajo: jardines que inspiran con su belleza y dan una sensación de calma.. Paisajes que se sienten antes de verse, que crecen con el tiempo y se quedan en la memoria como una forma silenciosa de bienestar.

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2 Comentarios

  1. Sonia tornvall

    Precioso , muy bien articulo , seca Mané !!!

    Responder
  2. Ximena sepulveda

    Muy buen artículo , refleja tu mirada frente a lo que tú quieres traer del paisaje a los jardines de tus clientes. Jardines silvestres con cuento,,movimiento , floraciones diversas según las temporadas , muy lindo.

    Responder

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