Aprender a mirar
La arquitectura, en el caso de Tomás Honorato, no aparece como una vocación temprana ni como un destino evidente. Llega, más bien, como llegan las certezas importantes: por intuición, casi por sorpresa.
“La arquitectura, curiosamente, nunca estuvo en mi radar”, confiesa. Y esa frase, lejos de funcionar como anécdota, se transforma en una clave para entender su manera de proyectar: una práctica que se construye desde la observación, el cuestionamiento constante y la búsqueda de sentido.
Criado en un entorno familiar ligado a la ingeniería, sin arquitectos ni constructores cerca, Tomás creció entre números, lógica y precisión. Dibujar se le daba con naturalidad desde niño, pero nunca fue suficiente como para definir una vocación.
En los últimos años escolares optó por el plan matemático–físico, simplemente porque también se le daba bien.
Así, el primer paso parecía lógico: ingresar a Ingeniería Civil en la Universidad de Chile. Sin embargo, algo no encajaba.
“Una vez dentro, fue la primera vez que pensé realmente en mí y dije: ¿qué estoy haciendo?” “Sentí un vacío”, dice. “Como que algo me estaba faltando.Tenía la sensación de que, si seguía por ahí, esto no iba a terminar bien”.
Ese vacío —difícil de nombrar, pero imposible de ignorar— abrió la puerta a un cambio radical. Ese quiebre no fue inmediato ni dramático, sino más bien silencioso.
En paralelo, mientras cursaba la carrera, comenzó a observar de cerca el trabajo de un arquitecto por primera vez: el padre
de su pareja de entonces.
“Empecé a escuchar cómo hablaba de sus proyectos, a ver su estilo de vida. Y fue muy intuitivo… pensé: yo quiero hacer eso”.
Lo que lo atrapó no fue solo el resultado, sino la mezcla.
“Veía cómo se cruzaba la geometría, lo preciso, con algo creativo, y todo eso mediante un relato con sentido. Eso me
fascinaba”.
Duró apenas cuatro o cinco meses en Ingeniería Civil. El cambio no fue fácil – “mi papá no estaba nada contento»- dice entre risas. Pero la decisión ya estaba tomada. Al año siguiente ingresó a Arquitectura en la Universidad de Chile.
“Desde el primer día de clases, la arquitectura se mostró como un estilo de vida”, dice. No solo como una disciplina, sino como una manera de entender las proporciones, la geometría, la naturaleza y la relación entre las personas y el espacio.
“Fue un constante descubrimiento”, agrega, “y vino a llenar ese vacío, generando un sentido y un propósito personal”.
Así, entrar a la Escuela de Arquitectura fue, para Tomás, una experiencia reveladora.

El primer día llegó con algo de temor, había perdido un año y se sentía descolocado, pero bastaron unas horas para entender que estaba en el lugar correcto.
“Ese primer día nos enviaron al Cerro Santa Lucía, sin mayores indicaciones y sin apenas conocer al curso, pero entendí el mensaje: salir de los parámetros establecidos”
Recuerda con claridad ese inicio caótico y experimental, casi performático, donde nada se explicaba de forma literal.
“Fue como decir: ¿a dónde vine a parar? Y al mismo tiempo, sentir que todo encajaba”.
Más que aprender arquitectura en un sentido formal, ese primer año fue una inmersión en una manera de mirar.
“Sentí que podía mezclar ese lado más racional y preciso que tengo, con un lado más expresivo y creativo”.
Desde entonces, todo fluyó. La carrera se volvió un territorio fértil donde desarrollar una sensibilidad propia, apoyada tanto en lo técnico como en lo intuitivo.
Esa dualidad, racional y sensible a la vez, se transformó en una constante que atraviesa su práctica hasta hoy.
Aprender a mirar
“El diseño está presente en todos lados”, afirma, y esa idea atraviesa su manera de trabajar hasta hoy. Observar, el cuidado por los detalles, cuestionar lo tradicional y encontrar nuevas formas de expresión se convirtieron en herramientas y metodologías tan importantes como el cálculo o la normativa.
Su paso por la universidad estuvo marcado por un desempeño destacado, ganando el primer lugar en el Concurso de Viviendas Dinámicas en cuarto año.
Pero más allá de los reconocimientos, lo que se consolidó fue una forma de pensar el proyecto como un sistema en equilibrio.
Tras titularse, trabajó durante mas de diez años en distintas oficinas de arquitectura, participando en proyectos de diversas escalas y programas.
“Desarrolle edificios, museos, colegios, centros deportivos, casas, oficinas, estadios, etc».
Uno de los hitos fue su paso por el Costanera Center, donde trabajó directamente en obra, liderando equipos y resolviendo complejidades técnicas a gran escala, lo que fue moldeando sus habilidades y experiencia.
Con el tiempo, apareció una nueva inquietud: entender el proyecto más allá del diseño.
“Sentí que tenía que ir más allá”, explica.
Ese interés lo llevó a cursar un Magíster en Proyectos Inmobiliarios, donde pudo unir su facilidad con los números y su formación arquitectónica.
Poco después, ingresó a una constructora –inmobiliaria, donde continúa ligado hasta hoy.
“Ha sido como una segunda universidad”, dice sobre esa experiencia.
“He aprendido mucho de construcción, de gestión en equipos, de cómo funciona el negocio, de cómo reducir costos y, al mismo tiempo, impactar menos el entorno con la obra”.

Volver a la arquitectura
Paradójicamente, y en paralelo de ese recorrido, la arquitectura volvió a su vida de una forma inesperada. Los encargos personales comenzaron a aparecer sin buscarlos: casas, remodelaciones, permisos, proyectos para amigos, familiares y cercanos.
Ese retorno marcó el inicio de una práctica más personal, donde pudo decantar todo lo aprendido en una arquitectura de convicciones claras.
Si hay una idea que atraviesa transversalmente su manera de proyectar, es la esencia y la simpleza formal de las obras.
La coherencia y honestidad entre el programa y la forma se transforman en uno de los valores centrales de su obra.
Por otro lado, la arquitectura, en su mirada, no necesita saturarse para ser significativa. La idea es lograr con pocos elementos, formas bellas y equilibradas.
“Un mensaje limpio puede ser mucho más potente que uno complejo”, dice.
Y ese desafío, decir más con menos, se vuelve fundamental en cada proyecto.
Para Tomás, el famoso ‘menos es más’ no es un eslogan,sino una postura ética y proyectual.
“Líneas y volumetrías claras generan mayor efectividad y belleza para destacarlo esencial y funcional del proyecto”.
Asimismo, la experiencia en obra marcó profundamente su manera de proyectar. Su relación con la construcción lo llevó a desarrollar una arquitectura donde el detalle y la estructura no se esconden, sino que se integran desde la etapa conceptual.
“Creo mucho en la arquitectura que quiere mostrarse”, afirma, “en aquella donde la funcionalidad está a la vista”.
Para este arquitecto, los volúmenes, las decisiones estructurales y la lógica constructiva tienen voz propia. No se trata de exhibicionismo, sino de honestidad. El resultado son obras precisas y limpias, donde “nada debe sobrar y nada debe faltar”.

Escuchar al lugar, escuchar al habitar
Cada proyecto, para Tomás, nace de un proceso de observación profunda. Por un lado, el lugar: su contexto, su paisaje, sus condiciones climáticas,su orientación. Por otro, las personas que lo van a habitar.
“Busco interpretar al lugar y al cliente mediante un lenguaje común”, dice.
Ese trabajo implica mirar con atención el lugar e incorporar elementos propios del entorno en las decisiones de diseño, no como un gesto decorativo,sino como una forma de aportar al paisaje.
Al mismo tiempo, implica conversar, escuchar y descifrar las dinámicas y anhelos de los futuros habitantes.
“Finalmente, es dar forma a la energía que fluye tanto del lugar como de quienes lo habitan”, reflexiona.
La luz, las vistas y la materialidad se convierten en herramientas fundamentales para construir espacios cálidos y contenedores, que no compiten con su entorno, sino que buscan formar parte de él.
“Proyectar un diseño es una obra maestra donde convergen muchas disciplinas y deseos, y a pesar de que existen múltiples soluciones posibles, hay algunas que logran ese punto de equilibrio”.
Sus referentes son diversos, pero coherentes con esa búsqueda.
Frank Lloyd Wright aparece como una influencia temprana, por su capacidad de romper esquemas en su época. Richard Meier, por la claridad formal y la utilización de la luz como elemento. Norman Foster, por sus conceptos sustentables, Rem Koolhaas y SANAA surgen como referencias contemporáneas, más metodológicas que formales.
En el contexto local, menciona a Smiljan Radic o Mathias Klotz como referentes a una arquitectura cercana a su sensibilidad: volumétrica, simple, precisa.
“Siempre a escala de los habitantes”, enfatiza


Sustentabilidad como responsabilidad
Hablar de sustentabilidad, para Tomás, implica ir muchomás allá de soluciones tecnológicas puntuales.
“No es solo poner paneles solares o artefactos de bajo consumo”, aclara.
La sustentabilidad, en su visión, está en todo el proceso: en trabajar con materiales locales, en optimizar los sistemas constructivos, reducir faenas innecesarias y construir solo lo que realmente se necesita.
La correcta orientación de una vivienda, la relación con el clima y la elección consciente de materiales forman parte de una responsabilidad mayor.
“Es un respeto por el medio ambiente”, dice, “que se debe cuidar y proteger desde el diseño hasta la construcción”.
Sentido y propósito
“Creo mucho que la arquitectura pasa por un trabajo colectivo, abrir la conversación, compartir el proceso.”
A Tomás no le interesa la fama ni el reconocimiento como fin en sí mismo.
“Mi finalidad es hacer lo que me gusta y en ese contexto poder transformar mi pasión por el diseño en soluciones arquitectónicas que trasciendan, aportando siempre un valor con propósito y sentido”.

Hoy, la arquitectura de Tomás Honorato se define por una búsqueda constante de coherencia: entre forma y función, entre diseño y construcción, entre estética y responsabilidad. Su sello no está en gestos grandilocuentes, sino en decisiones precisas, en la atención al detalle y en una comprensión profunda del habitar contemporáneo.
Mirando hacia adelante, su práctica parece orientarse a seguir afinando ese lenguaje propio, donde la simpleza no es renuncia, sino profundidad, y donde cada proyecto se entiende como una oportunidad para construir espacios honestos, perdurables y atentos al lugar que los recibe.
CASA FUNDO PUERTECILLO
Puertecillo, Litueche, Chile
En un terreno en pendiente, con vistas privilegiadas hacia el sur, el desafío fue no sacrificar paisaje ni luz. “El cliente no quería una
casa oscura”, explica Tomás. La estrategia fue tan simple como precisa: un volumen compacto y un único gesto arquitectónico.
Al elevar la cubierta en las áreas comunes —interiores y exteriores— se generó una mayor altura y se incorporó una lucarna orientada al norte.
“La idea era que el sol fuera recorriendo la casa durante el día”, señala. El resultado es un espacio luminoso, donde la
luz natural se convierte en protagonista sin competir con la vista.
Construida en panel SIP, con una ejecución rápida y eficiente, la casa de 130 m2 se reviste en Norway, reforzando su relación con el entorno. Una terraza longitudinal conecta todos los recintos con el paisaje, consolidando una arquitectura directa, honesta y profundamente vinculada al lugar.





CASA JC
Vitacura, Santiago, Chile
El encargo partió con una condición clara: mantener la estructura original de una casa de un piso, típica de Vitacura. El objetivo era reducir costos, acelerar la obra y minimizar el impacto en el entorno. “Eso trajo muchos desafíos”, explica Tomás, “porque había que armar un programa completamente nuevo sin tocar gran parte de los muros existentes”.
La casa se organiza en dos niveles con una lectura clara: el primer piso se abre hacia el oriente, buscando una luz más controlada y mayor privacidad respecto de la calle, mientras que el segundo piso se proyecta hacia el norte, dominando la vista de una plaza ubicada frente al terreno. “El cliente quería ver ese paisaje desde arriba”, cuenta.
Un volumen simple —un cubo que vuela sobre el primer nivel— define la propuesta. El contraste material refuerza esa lectura: hormigón visto y tonos claros abajo; un revestimiento más oscuro en el volumen superior. El alero–balcón protege del asoleamiento directo y se transforma en un espacio intermedio clave. Con 165 m² construidos, la casa logra articular estructura existente, claridad formal y una nueva manera de habitar.
















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