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Carolina Ramos: cuando una historia toma cuerpo

Oct 5, 2026 | Destacados, Objetos y Arte | 0 Comentarios

Cuando era niña, Carolina Ramos soñaba con crecer para ilustrar a su manera los cuentos que le leía su abuela: las imágenes de los libros nunca hacían justicia a los personajes que ella imaginaba. Después de veinticinco años dedicada a la escultura, aquel deseo de darles una forma propia sigue vivo en mujeres de gres, bronce, madera y fierro: figuras serenas en las que aún asoman aquellas heroínas y la mujer que aprendió a confiar en su propio camino.

Había una vez, una niña que escuchaba los cuentos de su abuela y quería aprender a leer pronto, lo más rápido posible, para poder entrar sola en esas historias y volver a ellas cuantas veces quisiera. Pero los dibujos que adornaban las páginas no se parecían en lo más mínimo a los geniales, heroicos y hermosos personajes que ella creaba mientras cerraba los ojos y se imaginaba en los mágicos mundos de las historias.

“Me molestaba mucho que las ilustraciones fueran feas y no les hicieran justicia a los personajes que imaginaba en las historias. Pensaba que, cuando creciera, iba a ilustrar nuevamente esos libros con dibujos preciosos. Leía y dibujaba todo el día. Me encantaba”.

Es niña era Carolina Ramos Mejía, pero sin embargo no terminó corrigiendo aquellos libros, sino que fue incluso más allá: Dejó que sus personajes salieran de las páginas.

Les dio espalda, brazos, gestos y peso. Los levantó en gres, los llevó al bronce y los sostuvo con madera y fierro. Ese mundo infantil sigue ahí, aunque ahora ocupa un lugar en el espacio y cambia cuando la luz recorre su superficie.

“Todavía está presente en mí ese mundo infantil de historias emocionantes, con heroínas inspiradoras”, cuenta con emoción Carolina, hoy por hoy, una de las escultoras más destacadas del país.

El permiso de elegir

Antes de la escultura estuvo la arquitectura. Carolina creció admirando a su padre, arquitecto, y la intensidad con que se entregaba a su oficio. Lo siguió hasta la Universidad del Bío-Bío, en Concepción, convencida de que esa cercanía también podía señalarle un camino. Con el tiempo entendió que la lección más profunda de su padre no estaba en la profesión que había elegido, sino en la forma de ejercerla.

“Yo admiraba profundamente a mi papá y la pasión que le ponía a su trabajo, que a él le encantaba. Seguí sus pasos estudiando Arquitectura, pero me di cuenta de que mi pasión estaba en otro lugar. Lo que yo buscaba, y veía en él, era precisamente hacer lo que uno ama y hacerlo con propósito, voluntad y disciplina”.

La arquitectura quedó alojada en su manera de trabajar: en el orden del proceso, la escala, la relación de una pieza con el espacio y la paciencia necesaria para sostener una idea hasta que encuentra forma.

“Estudiar Arquitectura me entregó probablemente un método, un orden y perseverancia, además de mucha paciencia en el proceso creativo. Creo que fue un gran aporte en ese aspecto”.

Aprender el oficio

Carolina llegó a la escultura después del dibujo y la pintura. El volumen cambió la relación entre su imaginación y sus manos: había que rodear la obra, descubrir qué ocurría en la espalda, atender al vacío entre dos formas.

“Me fascina el arte en general y todas las disciplinas que caben en él. Pero en la escultura sentí que encontraba mi camino, donde mejor podía expresarme. La escultura me apasionó y sigue haciéndolo”.

Silvia Beckdorf fue su maestra decisiva. Con ella estudió modelado en gres y esmaltes, pero recibió también algo más difícil de enseñar: confianza.

“Mi maestra fue Silvia Beckdorf, una tremenda escultora, que no solo me enseñó todo lo que sabía, sino que me animó y empujó a confiar en mí y en lo que podía lograr. Le estoy profundamente agradecida”.

Más tarde estudió escultura religiosa, restauración y policromado con Ángel Cerró; profundizó en el gres, las pátinas y los esmaltes con Consuelo de la Maza; y aprendió fundición artística con Octavio Román.

A eso sumó dibujo de anatomía humana y un magíster en Arte, Literatura e Historia. Después de veinticinco años de oficio, todavía entiende el aprendizaje como una disposición abierta.

“Encontrar un estilo propio requiere tiempo, mucho trabajo y humildad para saber que jamás se termina de aprender, y que de todo y de todos puedes aprender algo y evolucionar”.

Antes de tocar la materia

Una escultura puede comenzar con una imagen, una emoción o la aparición súbita de un personaje. Carolina habla de ese instante en que algo se enciende y exige ser perseguido.

“Hay mucho que me inspira. De pronto, una idea o un personaje especial hace volar mi imaginación. Me motiva a trabajar y a buscar lo que he imaginado”.

Entre la figura que aparece en la mente y la pieza terminada existe una distancia hecha de decisiones concretas. El tamaño, el material, la textura y el color se definen en relación con lo que la obra necesita decir. Carolina trabaja con gres, bronce, madera y fierro, y los combina cuando una sola superficie no basta.

“Es algo que se decide desde el primer momento de la obra. Depende de lo que quieras transmitir y del tipo y tamaño de la escultura. Me gusta mucho mezclar y jugar con los diferentes materiales”.

Después viene la pátina. Allí la forma recibe otra temperatura: puede absorber la luz, devolverla o hacer que una curva aparezca con más fuerza. El acabado modifica la lectura completa del volumen.

“Las pátinas son muy importantes, porque cambian cómo se refleja la luz y cómo percibimos la obra”.

Mujeres en paz

Princesas, bañistas, nadadoras, vírgenes y figuras con nombre propio habitan el trabajo de Carolina. Algunas parecen guardar una historia; otras descansan en una actitud que no necesita explicarse. La figura femenina ocupa el centro de ese universo y conserva la memoria de aquellas heroínas que la acompañaron desde niña.

No son retratos directos ni personajes ajenos a su autora. Carolina asume que toda obra conserva algo de quien la hizo.

“Pienso que es difícil desvincularse totalmente de la obra. Siempre están en ella la esencia y el pensamiento de su creador. Porque lo que al artista lo inspira también habla de él, de sus experiencias de vida y de lo que eso le aportó o lo marcó”.

Sus mujeres no aparecen tensas frente al mundo. Hay fuerza en ellas, pero es una fuerza reposada. Se sostienen desde una calma que Carolina relaciona con la resiliencia: la capacidad de recibir lo vivido, transformarlo y continuar sin endurecerse.

“Creo firmemente que una actitud alegre y positiva no depende de lo que te pasa en la vida, sino de lo que tú haces con lo que te pasa. Por eso la resiliencia es clave para mí, en mi vida y en mi obra. Mis mujeres son mujeres que están en paz con ellas y con el mundo”.

Esa paz no equivale a fragilidad. Está en la postura de una figura, en un rostro que no busca complacer, en la decisión de ocupar un lugar sin estridencia. También se reconoce en sus nombres: Leonor, Olimpia, Constanza, Margarita, Sophie. Cada una parece haber llegado al taller con una identidad propia.

Carolina ha sostenido la práctica artística junto con la maternidad y la enseñanza. Da clases de escultura desde el año 2000 y habla de la conciliación sin romantizarla.

“No es fácil para ninguna mujer compatibilizar el trabajo con la vida familiar. Es un gran reto para todas. Requiere organización, voluntad y paciencia para aceptar que cada etapa tiene un ritmo distinto”.

Sus figuras tienen la serenidad de quien conoce el esfuerzo de sostener una vida y, aun así, conserva un espacio para imaginar.

Entre árboles y pájaros

En 2018, Eduardo Fernández vio una de sus esculturas en la tienda de Eduardo Maffei y le encargó piezas para el aviario de Parque Tricao, en Santo Domingo. “Me dio libertad creativa, lo que fue maravilloso. Trabajar con él y su equipo fue un honor y un agrado”, recuerda.

Las obras entraron en un recorrido vivo, entre árboles, aves y visitantes. La luz natural cambia las pátinas y la vegetación recorta las siluetas.

Para Carolina, saber que sus piezas permanecen dentro de ese paisaje tiene un peso afectivo particular.

“Que ese parque espectacular, construido y donado por Eduardo Fernández a la comunidad, tenga mis obras en el recorrido del aviario es un tremendo orgullo. Es un lugar construido con un amor enorme, por un equipo que era pura buena energía y alegría. Al recorrerlo se siente esa buena energía”.
Una alegría cotidiana

Carolina ha presentado su obra en diversas galerias y ha transitado por exposiciones por diversos rincones de Chile, desde Concepción y Santiago, hasta Viña del Mar y Santo Domingo. También ha exhibido en el extranjero, incluyendo una muestra de esculturas en bronce en Nueva York.

“Todas las exposiciones son importantes y van marcando etapas de evolución”, dice.

Le emociona también esta etapa en que su arte ha salido del espacio físico de las galerías para entrar en lugares públicos y plataformas virtuales. Observa con especial atención lo que ocurre con clientes que hacen sus piezas parte de su hogar.

“Me encanta cuando me dicen que una escultura mía le da alegría a alguien al verla todos los días en su casa”.

La alegría vuelve así a los cuentos de la abuela, al placer de dibujar durante horas y a las mujeres en paz que salen del taller.

Nuevas imágenes para el mismo mundo

En los últimos años, Carolina abrió una línea de imágenes creadas a partir de inteligencia artificial. Las trabaja en Photoshop, las imprime en tela fine art y luego las interviene con óleo. La herramienta cambia; su universo visual permanece reconocible y regresa a la escultura como fuente de nuevas formas.

“Empecé a trabajar con eso para complementar mi obra y porque eran herramientas totalmente diferentes a la labor del escultor. Me permitió plasmar imágenes que tenía en mi mente e inspirar también mi escultura”.

Carolina insiste en el trabajo detrás de esa apariencia de inmediatez. Encontrar una línea visual y conseguir que una imagen se acerque a lo imaginado exige muchas pruebas. La tecnología amplía el campo de juego, pero no reemplaza la mirada.

“Las imágenes digitales, creadas a partir de inteligencia artificial y trabajadas luego en Photoshop, no son fáciles de lograr, como se cree. Lograr un estilo y una línea de trabajo, y mantenerla, es difícil. Hay que trabajar mucho para conseguir lo que se busca”.

La exploración la devuelve a la niña del comienzo: una imagen aparece en la mente y la versión disponible todavía no le hace justicia. Carolina cambia la forma, ajusta el gesto, busca la luz. Algunas imágenes terminan sobre tela; otras despiertan una escultura y regresan al volumen.

El momento de soltar

En el taller siempre queda algo por corregir. Una curva podría afinarse, una pátina admitir otro matiz. Carolina sabe que concluir una obra también requiere una decisión.

“Es difícil sentir que una obra está terminada. Uno siempre busca perfección. Hay un momento en que solo hay que soltar, y eso cuesta un poco”.

Soltar permite que la pieza encuentre un espacio y comience una relación que ya no depende de su autora.

Por ahora, guarda proyectos que todavía no quiere revelar. Después de años trabajando con materiales que exigen secado, cocción, fundición y espera, sabe que una idea también tiene su propio tiempo.

“Tengo muchas ideas y proyectos que aún no es momento de materializar. Todo tiene su momento. Pero me queda mucho por hacer y crecer”.

Quizás esa sea la continuidad más nítida entre la niña lectora y la escultora: ambas saben que una historia puede comenzar antes de tener una forma visible. Carolina espera, trabaja y vuelve a mirar. Hasta que un personaje, por fin, toma cuerpo.

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