En cada escultura, esta ceramista establecida en Ñuble traduce su mundo interior. Su trabajo con gres y materiales naturales es una exploración de lo invisible, un diálogo entre la emoción, los pensamientos, la tierra y el fuego.
Hay un silencio particular en el taller de Marcela Casanova. No es el silencio del vacío, sino ese que respira entre los movimientos pausados, el roce de la greda húmeda, el chisporroteo leve de una chimenea encendida. En ese rincón de su campo en Ñuble, la artista ha encontrado el ritmo que buscó durante años: ese pulso que nace de las manos y se traduce en forma, textura y alma.
“Yo no sigo un programa ni una planificación previa. Cada pieza nace de una emoción, desde un pulso interno que me guía”, explica. En ese fluir espontáneo se ha construido su obra, una serie de esculturas y cabezas que parecen surgir de un estado meditativo, como si la materia se revelara por sí misma. “Lo espontáneo se vuelve verdad, y la materia cobra vida sola”, dice.
Su historia con la cerámica comenzó hace casi tres décadas, aunque el oficio la esperó pacientemente. “Hice un curso hace muchos años atrás y después no me dediqué. No tenía horno, no había dónde desarrollarse en Chillán. Retomé en la pandemia, cuando nos vinimos a vivir al campo, y ahí me dediqué cien por ciento a la cerámica”.
La decisión fue natural: sus hijas ya estudiaban en Santiago y, junto a su marido, encontró en la vida rural la calma necesaria para volver a crear. “Aquí tengo la tranquilidad para hacerlo. Soy dispersa, entonces el campo, la huerta y la jardinería, que son otras de mis pasiones, me centran e inspiran”.

El taller que construyó en su casa no es un espacio separado del vivir cotidiano. “Es una sala amplia pero muy cálida y acogedorra donde todo está integrado y mi taller está en un rincón”, cuenta. Allí, frente a un ventanal que abre al paisaje verde, Marcela moldea sus piezas y se deja guiar por lo imprevisible del proceso.
“Nunca sé cómo va a terminar una pieza. En mi caso, no hay control. La cerámica tiene eso: uno parte con algo, pero nunca sabe cómo va a terminar”, explica serena.
Su estética es simple y relajada. Se mueve entre tonos tierra y ceniza que evocan calma y silencio. “Cada obra es una expresión directa de mi estado interior”, afirma. Y aunque sus esculturas puedan parecer silenciosas, cada una encierra una energía contenida, una conversación entre lo que nace y lo que desaparece.
“Con el tiempo he evolucionado hacia una mayor libertad y honestidad. Ya no busco controlar, sino acompañar el fluir de la evolución”.
La forma de lo invisible
Marcela no se considera una artista en el sentido tradicional, «pero lo que hago transmite mucho. Mis manos son mi herramienta. Le pido a Dios que no me fallen, porque es mi forma de expresar, de liberar tensión”, comenta.
Desde niña, su necesidad de crear estuvo ligada al hacer manual: “Siempre necesitaba estar haciendo cosas con las manos. Era mi forma de expresarme. Pasé por todas las técnicas que había, pintaba, bordaba, cocinaba. Siempre con las manos”. Esa búsqueda se mantuvo latente, como una corriente subterránea que encontró en la cerámica su cauce definitivo.
“Cada escultura saca de mí la magia de la creación. Es un flujo que nace en lo más profundo y se manifiesta en cada movimiento”, reflexiona. Su práctica es, como ella la define, “una manera de traducir lo invisible, de escuchar lo que no se dice y de permitir que el arte respire por sí solo”.

En su obra más reconocible —las cabezas— ese gesto íntimo se materializa con fuerza. “Llegué a las cabezas por una cosa estética, porque me gustaban. Pero cada una fue dando su identidad distinta”, explica.
Los peinados, hechos de fragmentos cerámicos, óxidos o incluso metales, se transforman en el rasgo más expresivo. “El pelo es la identidad de cada una. Generalmente son mujeres, pero no porque yo lo haya decidido. Surgieron así. ”, señala con énfasis.
Para Marcela, la cabeza es el espacio de la emoción y la creación. “Ahí fluye toda la creatividad, donde está la emoción de la gente, la computadora del ser humano.” En esa intuición radica buena parte del poder de su trabajo: una serie de rostros sin rasgos definidos, pero profundamente humanos, que hablan desde lo esencial.
Materia viva
Marcela trabaja con cerámica gres, una técnica que exige paciencia y precisión, pero también apertura al azar. “Siempre hay un factor sorpresa al abrir el horno: ninguna pieza es igual a otra”, dice. Ese momento, cuando el fuego revela su resultado, encierra la magia que la atrae.
“La cerámica me ha enseñado a tener paciencia, a aprender de los errores, a respetar los tiempos. Se te puede quebrar una pieza, y bueno, hay que empezar de nuevo.”
Marcela prepara sus propios esmaltes, mezclando materiales naturales y experimentando con lo que la rodea. “Tamizo las cenizas de mi chimenea y las mezclo con óxidos para lograr tonalidades distintas. Todo eso hace que cada obra sea irrepetible y lleve consigo una parte del entorno donde fue creada. Esa conexión con la naturaleza es una constante en su trabajo, mi principal fuente de inspiración es la naturaleza: un árbol, la tierra, una piedra, el viento, el agua o el fuego. En ellos encuentro energía viva, movimiento, forma y textura, elementos que movilizan al ser humano.”

En el último tiempo ha explorado nuevas fusiones materiales: cerámica con cobre, fibras naturales y piedras.
“Siempre estoy buscando distintos materiales para complementar. Este último año, en paralelo, he estado trabajando un proyecto con la artista visual Andrea Carvacho, en el que funcionamos la cerámica y el cobre.
Las cabezas son intervenidas con ese material y el resultado ha sido increíble», comenta la artista.
Estás piezas fueron exhibidas en el VIP de Expomin donde cada obra dialogó con el mundo industrial y minero.
En noviembre las artistas son parte de Casa Foa en colaboración con “ Las siete vidas del mueble”.
Este último es un proyecto escultórico de profundo significado. Inspiradas en la cultura Andina y, específicamente, en los tocados que se utilizaban, Marcela y Andrea crearon una serie de cabezas donde la innovación radica en la incorporación, como parte de sus tocados, de materiales como el «fitting minero» y de elementos como el tejido de cobre realizado en telar antiguo.
Las esculturas buscan revelar aspectos sutiles y a menudo anónimos de la cultura y la industria. Su propósito social es visibilizar la inclusión de las mujeres, promover la equidad de género e impulsar la innovación y sostenibilidad en el sector. De esta manera, el proyecto honra el trabajo y las voces fundamentales de las mujeres en la actualidad.

El espacio y la calma
Vivir en el campo no solo definió su ritmo de trabajo, sino también su estética. La luz cambiante, el silencio interrumpido por el viento, el sonido de los animales o el crepitar del fuego son parte del entorno que se filtra en su obra. “Aquí el paisaje me da calma. Todo fluye más lento, y eso se nota en las piezas”.
Su taller, lleno de cabezas en distintas etapas de cocción, conserva una atmósfera de pausa. En una mesa cercana descansan piedras recolectadas, fragmentos de metal, pequeñas bolsas con ceniza. En otra, una fila de cabezas observa el horizonte con serenidad. “Para mí, la belleza es importante. No podría hacer una pieza que no sea agradable a la vista. Quiero que transmita armonía, tranquilidad, sentimiento. Que sea simple, pero elaborada, como la vida misma.”
Cada obra, dice, “es una conversación silenciosa entre el barro, el fuego y mi propio ser”. Esa conversación, que se prolonga en cada pieza, se expande también hacia los espacios donde habita su obra. Marcela imagina sus esculturas conviviendo con la arquitectura y el interiorismo, no como objetos decorativos, sino como presencias sutiles. “Mis piezas no buscan intervenir ni dominar el entorno, sino acompañarlo. Aportan bienestar y una sensación de calma que contribuye al confort visual y emocional del espacio”.

Esa relación con los espacios ha despertado también nuevas colaboraciones con interioristas y galeristas.
“Actualmente presento mi obra en la Galería Sala, en Santiago, donde busco que las personas conozcan mi trabajo, no solo adquirir una pieza, sino también sentirla y disfrutarla visualmente.”
Más allá de la vitrina o el pedestal, lo que busca es que sus obras “generen una conexión sutil con quien las observa, transmitiendo equilibrio y serenidad”.
Un lenguaje del alma
A veces, cuando habla de su proceso, Marcela vuelve a la idea de la paciencia, de la enseñanza del fuego y del tiempo. “La cerámica me ha dado tranquilidad, me ha dado seguridad, me ha enseñado a disfrutar del proceso. Pocas cosas, aparte de mi familia, me han hecho tan feliz como crear.”
Esa felicidad se percibe en cada gesto, en cada textura. Su trabajo tiene la virtud de parecer suspendido en un instante de calma. No hay dramatismo ni grandilocuencia: hay sinceridad. “Con el tiempo, uno aprende a soltar, a dejar que las cosas sean. Lo que hago es acompañar el proceso.” En ese acompañar, cada cabeza, cada esmalte preparado, cada mezcla de cenizas y óxidos se vuelve testimonio de una forma de estar en el mundo.

Marcela sabe que su camino en la cerámica no ha sido lineal ni planificado. “Yo llegué a esto tarde, pero siento que llegó en el momento justo”, dice. En ese hallazgo hay una certeza profunda: que el arte no siempre se busca, a veces se encuentra. “El gres es un lenguaje del alma”, escribe. “Cada pieza que nace entre mis manos es una conversación silenciosa entre el barro, el fuego y mi propio ser.”
Desde su taller en el campo Marcela Casanova sigue modelando esa conversación, una obra que respira su tiempo, su calma y su verdad.











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