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Trinidad De Iruarrizaga: La textura como voz

Sep 3, 2025 | Objetos y Arte | 0 Comentarios

La artista visual chilena explora en el lino, los tintes naturales y el plisado un lenguaje propio, íntimo y silencioso, que convierten este elementos cotidianos en un refugio estético.Tras años de búsqueda, Trinidad encontró en los textiles un camino donde el arte se vuelve experiencia de paz, ligando naturaleza, hogar y contemplación.

Hay búsquedas silenciosas que no se anuncian, sino que se gestan lentamente, como la marea que sube sin que nos demos cuenta. Así ha sido la trayectoria de Trinidad De Iruarrizaga Gana, artista visual chilena de 29 años, quien después de un largo recorrido por distintos lenguajes plásticos encontró en los textiles su verdadero refugio creativo.

Hoy, sus obras respiran calma: pliegues de lino, tintes naturales y relieves que parecen haber nacido de la arena o de la brisa marina. “Yo siento que este es el primer año en que realmente digo: esto es mi voz, esto es lo que me gusta y lo que me representa”, confiesa, con la serenidad de quien sabe que el hallazgo ha sido fruto de años de búsqueda y paciencia.

Una infancia rodeada de arte

En la historia de Trinidad, el arte nunca fue algo lejano ni ajeno. Fue, más bien, un terreno familiar, casi un lenguaje doméstico. “Vengo de una familia ligada al arte por todos lados: arquitectos, diseñadores, músicos, interioristas. Siempre estuvo presente. Para mí era algo normal, y solo después entendí que no lo era tanto.”

Ese entorno “achoclonado y muy unido”, como ella lo describe, fue también un laboratorio espontáneo de creatividad. Entre conversaciones sobre formas, colores y sonidos. Trinidad creció probando materiales, inventando técnicas, explorando con curiosidad inagotable. El arte no era una actividad, sino una forma de estar juntos.

“Mis papás se dieron cuenta desde el minuto uno de que era lo que más me gustaba”, recuerda. Y ese apoyo temprano se convirtió en el cimiento sobre el cual más tarde construiría su camino. Sin embargo, la transición hacia la vida universitaria no estuvo exenta de desencuentros.”

El aprendizaje formal y la búsqueda de voz

Cuando ingresó a estudiar Artes Visuales en la Universidad Católica, Trinidad sintió primero la emoción del taller, el contacto con la pintura, el grabado, el dibujo. Era como jugar en serio, descubrir técnicas con las manos manchadas. Pero a medida que los semestres avanzaban, los modelos de artista que la academia promovía comenzaron a alejarla de su impulso más genuino.

“Me di cuenta de que buscaban un tipo de artista con el cual yo no me sentía identificada. Más que desarrollarme yo, tuve que adecuarme a lo que pedían para poder sacar la carrera. Fue forzado.”

El desenlace llegó tras titularse y completar también la pedagogía. La independencia creativa fue un salto al vacío, pero necesario. “Muchos años hice un tipo de arte que era como por inercia. Lo primero que me salió bien, lo seguí haciendo sin pensarlo mucho. Hasta que me encontré atascada, incómoda. Y ahí empezó el cambio.”

Ese cambio no fue solo artístico, sino también personal. “Va muy de la mano con madurar, con crecer como persona. Yo creo que recién ahora siento que lo que hago me representa de verdad.

El hallazgo textil

El momento decisivo llegó en 2024, preparando una exposición en la Art Week. La invitación la obligaba a tomar una decisión: seguir mostrando sus cuadros anteriores, que ya le habían dado cierto reconocimiento, o arriesgarse con una técnica nueva que apenas estaba explorando.

“Tenía miedo. Me puse a probar, sin saber si resultaría. Hice un par de cuadros antiguos para asegurarme de tener algo para presentar, pero al mismo tiempo probé con el lino y el plisado. Cuando terminé el primero, me gustó mil veces más que lo anterior. El problema era que no tenía coherencia con el resto. Eran dos mundos distintos.”

La duda era grande: ¿y si a nadie le gustaba? “Era algo muy mío, muy personal. Era algo muy mío y personal y no sabía si iba a gustar, pero en la exposición la gente se detuvo justamente en esos cuadros nuevos. Me elogiaron, y eso fue un impulso enorme. Fue como decirme: ya, voy con todo.”

Así comenzó a trabajar con telas plisadas, a experimentar con tintes naturales, a explorar un lenguaje que unía su fascinación por la moda y los textiles con la búsqueda de calma que llevaba tiempo habitándola.”

El oficio paciente del plisado

LHablar con Trinidad sobre su técnica es entrar en un universo de paciencia y detalle. Nada en su proceso es rápido. Todo se cuece —literalmente— a fuego lento y entre amor y odio.

“Parto haciendo un origami en papel, con la figura que quiero. Después pongo la tela entre medio, la amarro bien apretada y la meto a una olla a vapor. Es largo y difícil. Muchas veces termino transpirando, agotada. Pero cuando veo el resultado, vale la pena.”

El vapor fija los pliegues, como si la tela aprendiera a recordar el gesto del doblez. A veces, los accidentes dan origen a hallazgos. “El primer pliegue me salió deforme. Traté de plancharlo, no había caso. Y me terminó gustando más, porque quedó orgánico, suelto. Ahí entendí que los errores también son parte de la obra.”

La técnica tiene algo de alquimia doméstica: ollas apiladas, vapor, telas atadas. No es la perfección industrial lo que la guía, sino la fragilidad de lo manual. El resultado son superficies que parecen respirar, que atrapan la luz como dunas en miniatura.

Colores que respiran calma

Si el pliegue es el gesto, el color es la atmósfera. En la paleta de Trinidad no hay gritos, sino susurros. “Trato de evitar los tonos saturados. Me enfoco en colores que transmitan calma, tranquilidad. Colores tierra, lino crudo, grafitos oscuros. También he probado tinturas naturales: repollo, cebolla, café, té. Me gusta esa conexión con lo orgánico.”

A veces, los pigmentos provienen de tierras en bloques que aplica como acuarela, para detalles más sutiles. Otras veces tiñe telas completas, como en una obra en verde algodón, donde los pliegues recuerdan el movimiento del agua.

Los colores que elige no son arbitrarios. Son, en sus palabras, un refugio. “Me aferro a esos tonos que me producen paz. Son sutiles, delicados. Esa es la sensación que quiero transmitir”
Intuición y naturaleza como guía

Si algo define el proceso de Trinidad es la intuición. “Nunca tengo un plan definido. Tengo una idea general, pero en el camino todo cambia. Es mucha prueba y error, y mucha paciencia.”

La inspiración llega siempre desde la naturaleza. En un principio, de manera más literal, a través de materiales naturales. Hoy, más bien en la atmósfera: el mar, la arena, los colores tierra. “Me inspira esa calma de estar en la playa, mirando el mar. Esa tranquilidad, esa inmersión. Eso quiero transmitir.”

El lino plisado, los tonos crudos, la suavidad de la tela: todo evoca paisajes elementales. No hay ornamento, sino un minimalismo lleno de presencia. En esas superficies silenciosas late la intuición de una artista que no necesita responder a preguntas académicas sobre el “por qué” de cada gesto. “Muchas cosas las hago sin pensarlas demasiado. Son intuitivas. Y ahí está lo verdadero».

Una estética que nace en casa

El arte de Trinidad encontró su lugar definitivo cuando ella misma debió habitar su primer hogar. Tras casarse y dejar la casa familiar, enfrentó el desafío de decorar un espacio vacío. Y fue ahí donde entendió, de manera concreta, la importancia de lo estético.

“Tenía un sillón color arena que no me gustaba. Lo retapicé en un tono más claro, colgué dos de mis cuadros, y de repente quería estar en el living. Se transformó en un lugar acogedor, donde me daban ganas de estar. Entendí que lo estético no es frívolo, tiene un rol real en cómo habitamos los espacios.”

Durante mucho tiempo cargó con la duda de si su arte tenía importancia frente a profesiones que salvan vidas o producen cambios sociales. “Veía a mis hermanos, uno médico, otro sociólogo. Yo pensaba: ¿qué hago yo para la sociedad? No tengo un discurso político en mis obras, no es lo mío. Entonces sentía que lo mío era poco.”

Pero ese proceso íntimo le reveló otra dimensión: el arte también transforma la vida cotidiana, también cuida. “Ahora sé que mi trabajo puede hacer que un espacio se vuelva un refugio de calma. Y eso tiene un valor enorme”.

Entre el arte y la vida

La obra de Trinidad se sitúa en un territorio liminal, entre el arte visual y el diseño interior. No es un discurso, es una experiencia sensorial. “No busco decir algo político. Lo mío son las sensaciones. Y ahora entiendo que eso no es menos.”

Sus cuadros habitan los muros, pero también dialogan con los sillones, con la luz, con el silencio de una sala. Son piezas que no buscan protagonismo, sino atmósferas. “Lo que quiero transmitir es paz, calma, tranquilidad. Que un espacio pueda transformarse en un lugar donde respiras distinto”.

Mirando hacia adelante

Aunque se declara pudorosa con las exposiciones, Trinidad ha comenzado a abrirse a ese mundo. “Me incomoda mucho mostrarme, me da pudor. Pero ahora que me siento orgullosa de lo que hago, quiero empezar a mostrarlo más.”

Entre sus sueños está colaborar con interioristas, participar en ferias y exposiciones, seguir perfeccionando sus técnicas. “Soy muy autodidacta, todo lo aprendí probando y equivocándome. Me gustaría tomar cursos pequeños de confección o diseño, aprender más. Pero voy día a día, viendo cómo se desarrolla todo.”

Las obras de Trinidad De Iruarrizaga Gana no gritan. No buscan imponerse ni levantar discursos en mayúsculas. Prefieren el murmullo, la textura, el gesto mínimo que transforma un muro en un refugio. Son piezas que recuerdan la respiración del agua, la fragilidad de la arena, la paciencia del lino.

En tiempos ruidosos, su arte ofrece un espacio de calma. Una invitación a detenerse, a mirar de cerca, a descubrir que la belleza también sostiene y también importa.

“Lo que busco con mis cuadros es esa sensación de tranquilidad. Que alguien llegue a su casa, se siente en su living y respire distinto. Que se sienta en paz.”

Quizás en esa frase se condensa todo su recorrido: el arte no como estridencia, sino como compañía silenciosa. El pliegue del lino como una voz que, sin alzar la voz, nos recuerda que la calma también es un acto de resistencia.

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