Desde la historia de los templos egipcios hasta las unidades críticas de los hospitales contemporáneos, Andrea Núñez traza una línea que cruza siglos de arquitectura, salud y experiencia humana. Fundadora de AN Design Studio, ha construido su trabajo sobre una idea tan simple como profunda:
«el espacio quehabitamos no es neutro».
La orientación de una habitación, la luz que recibe una cama hospitalaria, la presencia de vegetación tras una ventana o la materialidad de un muro pueden modificar la manera en que una persona se orienta, descansa, se calma o atraviesa un proceso de recuperación.
Hay una pregunta que Andrea Núñez se hizo siendo adolescente y que, de alguna manera, todavía sigue respondiendo. No era una pregunta abstracta. Era una curiosidad concreta: cómo construyeron los egipcios las pirámides. Esa inquietud la llevó a leer sobre arquitectura antigua, recorrer ciudades históricas y observar con atención obras levantadas mucho antes de la tecnología moderna.
“Me encanta, me apasiona. Empecé a estudiar las pirámides, los templos del sol, la infraestructura de baños termales en Roma. Y esa pregunta —cómo construyeron las pirámides— fue la que me llevó a estudiar arquitectura.”
Hoy, desde Concepción, Andrea dirige AN Design Studio, una oficina especializada en arquitectura para la salud, neuroarquitectura, diseño biofílico y metodologías BIM.
Durante más de quince años ha participado en el desarrollo y coordinación de hospitales, clínicas, centros de salud y proyectos públicos de alta complejidad, acumulando más de 400.000 m2 de experiencia en infraestructura sanitaria.
Entre sus trabajos se encuentran su participación en el partido general del Hospital de Chillán, el Hospital de Linares, el Hospital del Trabajador, el Hospital de Curicó y, actualmente, asesorías BIM vinculadas al Hospital de Lebu.
Además participó en el desarrollo de varios Cesfam en Los Lagos y Ñuble de la mano del arquitecto Francisco Oliver y con la colaboración de Pamela Jara, quien hasta hoy es un apoyo para Andrea en su oficina.
Su práctica combina investigación, simulación digital, coordinación BIM y diseño centrado en las personas.
Pero detrás de ese andamiaje técnico permanece una intuición que viene desde sus primeros intereses por las civilizaciones antiguas: la idea de que un espacio bien diseñado puede cambiar la experiencia de quien lo habita y, en ciertos contextos, contribuir a su bienestar.

La experiencia antes que la forma
“El arte tú lo ves. La arquitectura tú la experimentas.”
La frase aparece varias veces en la conversación porque resume buena parte de su manera de entender la disciplina.
Para Andrea, la arquitectura no es un objeto aislado para contemplar. Es una experiencia que acompaña a las personas durante años.
“Le diseñas una casa a alguien que va a ser su experiencia de vida por treinta años. Y en salud, cuando construyes un hospital, a veces te demoras diez años en diseñarlo, y va a durar cien años.”
Desde esa perspectiva, el diseño deja de ser únicamente una cuestión estética o funcional. Si la arquitectura se experimenta, entonces también afecta al cuerpo: puede influir en el descanso, en los niveles de estrés, en la capacidad de orientación, en la concentración y en la forma en que una persona percibe su entorno. En salud, esa dimensión se vuelve especialmente relevante. Un hospital no solo debe operar bien; también debe acompañar a pacientes, familias y equipos clínicos en momentos de alta vulnerabilidad.

Lo que permanece cuando todo cae
La elección de especializarse en arquitectura sanitaria tiene raíces profundas. Andrea creció en Chillán, una ciudad cuya memoria sigue marcada por el terremoto de 1939, una tragedia que destruyó gran parte del tejido urbano y dejó una huella permanente en la historia local.
“Cuando tenemos catástrofes grandes en el país, dependemos de los hospitales. Es la estructura de la que más dependemos.”
Esa historia le permitió comprender que la infraestructura de salud no es un edificio más dentro de la ciudad. En momentos críticos, puede convertirse en la diferencia entre la continuidad del cuidado y el colapso de una comunidad.
Desde entonces comenzó a mirar los hospitales no solo como edificios técnicos, sino como infraestructuras esenciales para la resiliencia urbana y social.
“Los países que tienen mejor infraestructura de salud tienen mejor calidad de vida.”

Una disciplina más antigua de lo que parece
Cuando se habla de neuroarquitectura suele pensarse en una disciplina reciente, vinculada a la neurociencia contemporánea. Andrea prefiere mirarla desde una perspectiva más amplia.
“Eso no es algo nuevo. Tiene seis mil años.”
Más que una afirmación cronológica cerrada, la frase expresa una idea central en su pensamiento: durante siglos, distintas culturas ya habían comprendido que la luz, el agua, la naturaleza, la orientación y la atmósfera de los espacios influían en la experiencia humana. Los templos solares, las termas romanas y ciertos espacios ancestrales de sanación integraban elementos ambientales que hoy vuelven a cobrar relevancia desde la evidencia científica.
Lo que cambia en el presente es la posibilidad de medir, simular y evaluar esos efectos. La neurociencia, la eficiencia energética, la simulación ambiental y las herramientas digitales permiten observar con mayor precisión cómo responde el cuerpo ante determinados estímulos del entorno construido.
Para Andrea, la neuroarquitectura no aparece como una moda reciente, sino como la actualización de una pregunta antigua: cómo diseñar espacios que favorezcan equilibrio, bienestar y cuidado.

La luz como medicina invisible
Si existe un elemento central en su trabajo, ese es la luz.
“La luz afecta el ritmo circadiano.”
La afirmación parece sencilla, pero sus consecuencias son enormes. El cuerpo humano necesita señales de luz para regular procesos biológicos vinculados al sueño, la energía, el ánimo y la recuperación. Por eso, para Andrea, no basta con cumplir una exigencia mínima de iluminación natural. Importa qué tipo de luz recibe un espacio, en qué momento del día, con qué orientación y para qué usuario.
En arquitectura sanitaria, esta pregunta se vuelve estratégica. Una habitación de hospitalización, una unidad de salud mental, una sala de espera pediátrica o una residencia de larga estadía no deberían responder a los mismos criterios ambientales. Cada espacio cumple una función distinta y, por lo tanto, requiere decisiones específicas de orientación, luz, vistas, materialidad, acústica y confort.
“Todas las habitaciones deberían pensarse según la función que van a cumplir. La norma puede exigir luz natural, pero el diseño debe preguntarse qué tipo de luz necesita realmente una persona en ese lugar.”

Materiales que el cerebro interpreta
La neuroarquitectura también estudia cómo reaccionamos frente a los materiales. Para Andrea, la madera, la piedra, las texturas naturales y ciertos colores no son únicamente decisiones de estilo. Son estímulos que el cuerpo interpreta.
“La madera nos evoca naturaleza y nos calma inmediatamente.”
Su enfoque no busca imponer una estética determinada, sino comprender qué sensaciones produce cada decisión material. Un espacio puede verse elegante y, al mismo tiempo, resultar frío, distante o poco contenedor para ciertos usuarios si no equilibra adecuadamente luz, textura, escala, temperatura visual y presencia de naturaleza.
“No se trata de demonizar un material. Se trata de entender que cada decisión de diseño produce una respuesta emocional.”
En AN Design Studio, esa mirada se traduce en una búsqueda por integrar materiales cálidos, superficies de fácil mantención, criterios de higiene, diseño biofílico y soluciones constructivas compatibles con los requerimientos técnicos de la infraestructura clínica.
La arquitectura sanitaria, para Andrea, debe ser segura y eficiente, pero también debe sentirse humana.
Es que la esencia de AN Design Studio es diseñar espacios de salud y bienestar desde las personas.
«Somos un estudio boutique que integra arquitectura clínica, neuroarquitectura, diseño biofílico y metodología BIM para crear entornos más humanos, medibles y conectados con la naturaleza. No buscamos solo proyectar edificios eficientes; buscamos diseñar experiencias que cuiden, orienten y acompañen», cierra la arquitecta.

Agua, fuego y naturaleza
La conexión con la naturaleza es otro de los pilares de su trabajo.
“No existe nada más terapéutico que el sonido del agua cayendo.”
Andrea habla del agua como un elemento capaz de inducir calma y disminuir la tensión del ambiente. También menciona el fuego, especialmente relevante en la cultura doméstica chilena, donde el encuentro alrededor de una chimenea, una cocina o un quincho sigue teniendo una carga emocional importante.
Agua, fuego, árboles, vegetación, vistas y paisaje conforman una arquitectura que dialoga con el sistema nervioso. No como decoración añadida, sino como parte de la estrategia espacial.
“La naturaleza siempre ha sido mi terapia.”
Lo dice desde la experiencia personal. El trekking y los entornos naturales han sido parte importante de su propia historia, y esa relación termina filtrándose en su manera de proyectar.
Para ella, la naturaleza no es un recurso ornamental. Es una condición de bienestar.



Lo que otros países ya entendieron
Durante los años que vivió en Australia, Andrea conoció una forma distinta de abordar la arquitectura hospitalaria. Patios verdes, muros vegetales, vistas al paisaje, revestimientos cálidos y espacios concebidos desde la experiencia de pacientes y equipos clínicos formaban parte habitual de los proyectos.
“Fue totalmente disruptivo.”
Entre sus referencias aparece el Hospital Khoo Teck Puat, en Singapur, uno de los casos más reconocidos internacionalmente por su integración entre infraestructura sanitaria y diseño biofílico.
“Ellos integran las aves, los peces, los animales de ese medio ambiente. Lo integran al proyecto.”
También recuerda un hospital en Brisbane cuyo concepto arquitectónico se inspiraba en un árbol.
“El arquitecto me explicó que la idea era que sintieras que estabas dentro de ese árbol.”
Son ejemplos que muestran hasta dónde puede llegar la arquitectura cuando la naturaleza deja de ser un elemento decorativo y pasa a formar parte de la organización espacial, la orientación, la experiencia del usuario y la identidad del edificio.

Medir el bienestar
Para Andrea, la neuroarquitectura no puede quedarse en un discurso inspiracional. Debe apoyarse en evidencia, simulación y evaluación.
“La arquitectura que busca la sanación debe apoyarse en evidencia. No puede ser solo intuitiva; tiene que ser medible.”
Esa convicción la ha llevado a incorporar metodologías BIM, simulación ambiental y recorridos inmersivos como herramientas centrales en el proceso de diseño.
A través de mode los digitales es posible anticipar el comportamiento de un edificio antes de ser construido, evaluando variables como iluminación natural, asoleamiento, vistas, orientación, confort ambiental y experiencia espacial.

En proyectos hospitalarios complejos, donde un estudio de cabida puede involucrar cientos de camas, miles de recintos y múltiples relaciones funcionales entre áreas clínicas, estas herramientas permiten analizar escenarios, comparar alternativas y optimizar decisiones desde las primeras etapas.
Sin embargo, el objetivo no es únicamente mejorar la eficiencia del diseño.
La pregunta que guía el proceso es más profunda: cómo impactará ese espacio en las personas que lo utilizarán.
“Nuestro proceso incorpora al cliente como parte activa del diseño mediante modelos BIM colaborativos y recorridos inmersivos en realidad virtual. Esto nos permite evaluar decisiones antes de construir y comprender cómo serán percibidos los espacios por quienes los habitarán.”
Esa necesidad de transformar hipótesis en evidencia también ha impulsado su trabajo de investigación aplicada.
Parte de estas reflexiones fueron desarrolladas en sus publicaciones sobre el Hospital de Chillán, tanto en Hospitecnia como en el Cuaderno de Investigación en Neuroarquitectura de la Universidad de Palermo, donde analiza la relación entre configuración espacial, wayfinding, iluminación natural y bienestar en entornos hospitalarios de alta complejidad.
Para Andrea, investigar y proyectar forman parte de un mismo proceso: observar, medir, evaluar y volver a preguntarse cómo la arquitectura puede contribuir de manera tangible a la salud de las personas.
“Hoy existen normativas para estructura, eficiencia energética o instalaciones hospitalarias. El próximo paso es desarrollar estándares de neuroarquitectura basados en evidencia científica.”

Diseñar desde las personas
A lo largo de la conversación hay una idea que aparece una y otra vez y que resume su visión profesional: “Hay que pensar la arquitectura desde las personas y no como objetos estéticos.”
La frase cuestiona una de las discusiones históricas de la disciplina. Durante décadas, la arquitectura fue valorada por su capacidad de producir formas icónicas o expresar una visión estética.
Andrea propone desplazar el foco: no abandonar la belleza, sino comprender que la belleza en arquitectura también depende de cómo un espacio se vive, se recorre, se siente y acompaña.
Para ella, cada proyecto comienza preguntándose quién utilizará ese espacio y cuáles serán sus necesidades reales. No desde una mirada abstracta, sino desde la comprensión de que cada persona experimenta el entorno de manera diferente.
Si un niño neurodivergente necesita mantener conexión visual con la naturaleza para reducir la sobrecarga sensorial, el proyecto debe responder a esa condición. Si un paciente de salud mental requiere luz matinal para apoyar sus ritmos circadianos, la orientación del edificio deja de ser una decisión secundaria y se transforma en parte de una estrategia de bienestar.
“Orientar los espacios según la función que van a cumplir y las personas que los van a habitar.”
Desde esta perspectiva, elementos como la luz natural, las vistas hacia el paisaje, la materialidad, el color, la acústica, la escala o la presencia de vegetación dejan de ser recursos estéticos para convertirse en variables de diseño con impacto sobre las personas.
Por eso Andrea sostiene que la arquitectura no puede limitarse a resolver superficies, normativas o programas funcionales. Debe comprender la complejidad humana que existe detrás de cada proyecto.
Esta visión también comienza a trasladarse al ámbito residencial. A través de AN Design Studio, desarrolla propuestas para viviendas destinadas a personas neurodivergentes, pacientes con enfermedades crónicas, adultos mayores o familias que requieren espacios para procesos de recuperación y hospitalización domiciliaria.
En estos casos, la vivienda deja de entenderse únicamente como refugio y pasa a concebirse como una extensión del cuidado: un entorno capaz de favorecer el descanso, reducir estímulos estresantes, mejorar la orientación espacial y fortalecer la conexión con la naturaleza.
Porque, en definitiva, la arquitectura se vive a través del cuerpo y un claro ejemplo de su enfoque en el área es Casa S Cajón del Maipo.

Habitar la montaña desde la luz, el agua y el fuego
Ubicada en el sector El Melocotón, en el Cajón del Maipo, esta vivienda de 140 m2 fue concebida como una arquitectura integrada al paisaje cordillerano, donde la vida cotidiana se organiza a partir de una relación sensible con la naturaleza.
El proyecto recoge criterios que AN Design Studio aplica habitualmente en arquitectura de salud: orientación estratégica, luz natural, confort ambiental, eficiencia energética y una envolvente térmica de alto estándar.
En los dormitorios, la luz matinal se incorpora como una condición esencial para acompañar el descanso y regular el ritmo circadiano; en las áreas comunes, la materialidad cálida, la vegetación interior y la conexión visual con el jardín construyen una atmósfera de calma; mientras que el fuego, presente en la chimenea y en el quincho exterior, articula los espacios de encuentro familiar.
El agua aparece como otro elemento biofílico clave, tanto en la piscina y los reflejos del paisaje como en la estrategia sustentable del proyecto, que considera abastecimiento desde vertiente y pozo profundo, reciclaje de aguas grises y paneles solares para producción de energía.
Con volúmenes blancos, piedra, vegetación nativa y vistas hacia la montaña, la vivienda propone una forma de habitar más consciente: eficiente, serena y profundamente conectada con el territorio.
Esta mirada continúa la línea editorial de una arquitectura que no solo se diseña para ser vista, sino para ser experimentada desde el cuerpo, el bienestar y la naturaleza.



Lo que sigue
Hoy, Andrea Núñez proyecta AN Design Studio hacia una nueva etapa de consolidación en el área clínica, integrando arquitectura de salud, asesorías BIM, neuroarquitectura y diseño biofílico como una línea especializada de alto valor para hospitales, clínicas, centros médicos y espacios de bienestar.
Su trabajo busca demostrar que la arquitectura sanitaria no debe limitarse a resolver normativas, eficiencia y funcionamiento. También puede aportar orientación, calma, confort ambiental y mejores experiencias para pacientes, equipos clínicos y familias. Desde esa visión, el estudio avanza hacia un modelo que une diseño, evidencia, simulación 3D, investigación aplicada y formación profesional.
Esa mirada ya comienza a materializarse en proyectos concretos. Actualmente se encuentran en construcción dos centros de salud rurales desarrollados desde su integración con la naturaleza: el Centro de Salud Rural de Casma, en Frutillar, y la Posta Rural Los Piques, en Los Muermos. En ambos casos, el paisaje, la luz natural, la escala humana y la relación con el entorno fueron considerados como parte fundamental de la experiencia de cuidado.
A ellos se suma el proyecto de ampliación del Centro de Salud Saltos del Laja, actualmente en etapa de cierre, donde la integración con el entorno natural vuelve a ser una condición esencial.
En este tipo de proyectos, la arquitectura rural de salud deja de entenderse como una infraestructura mínima y pasa a concebirse como un espacio de dignidad, bienestar y conexión territorial.
La proyección futura de AN Design Studio es ampliar esta mirada hacia nuevos ámbitos vinculados al cuidado: clínicas privadas, centros de terapia y salud mental, hotelería wellness, espacios de recuperación y viviendas adaptadas para personas neurodivergentes, pacientes crónicos, entre otros.

Más que diseñar proyectos individuales, Andrea busca construir una mirada propia sobre la arquitectura que sana: una arquitectura clínica más humana, medible y consciente, capaz de cuidar, orientar y mejorar la vida de las personas desde el espacio.
Porque mucho antes de que existieran los hospitales modernos, algunas culturas ya intuían que sanar no dependía únicamente de la medicina. Hoy, Andrea Núñez retoma esa intuición desde la arquitectura, la evidencia y la tecnología, con una convicción que atraviesa todo su trabajo: los espacios también pueden ayudar a la sanación de las personas.
Porque la arquitectura no solo construye espacios: construye experiencias capaces de cuidar, orientar y transformar la vida de las personas. Desde esa convicción, Andrea Núñez y AN Design Studio proyectan una arquitectura más humana, medible y conectada con la naturaleza, donde el bienestar deja de ser una aspiración y se convierte en una decisión de diseño.








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