La fundadora de Renovare lleva más de veinte años diseñando espacios, pero en esta conversación habla mucho menos de arquitectura que de memoria, tiempo, observación y de esa búsqueda permanente por construir lugares capaces de despertar algo que creíamos olvidado.
Hay recuerdos que nunca se quedan quietos. Cambian de forma. A veces terminan convertidos en un olor, en la textura de una madera gastada, en una mesa preparada para recibir a alguien o en la manera en que la luz entra por una ventana al final de la tarde. También pueden convertirse en un espacio.
Ignacia Salas lleva más de veinte años intentando entender ese misterio. Mientras habla vuelve, una y otra vez, al mismo lugar. No porque sienta nostalgia, sino porque ahí encuentra la manera más honesta de construir algo nuevo.
«Siempre me gustó dibujar. Dibujaba por todos lados. En los cuadernos del colegio anotaba poca materia y llenaba los márgenes de dibujos. Hacía muchas manualidades y hasta el día de hoy me relaja pintar. Pinto desde muy chica, he tomado clases y sigue siendo un hobby que necesito mantener.»
El dibujo aparece primero, mucho antes que la arquitectura.
«Mi mamá era muy artística y mi abuela también. Era muy preocupada de la puesta en escena de la casa, de cómo poner una mesa bonita, de cómo recibir. Yo creo que ese gusto se transmite sin que uno se dé cuenta.»
Hay una pausa, como si buscara una imagen.
«No sabía si dedicarme a pintar o estudiar arquitectura. Finalmente elegí arquitectura porque sentía que podía hacer las dos cosas. Si la vida me llevaba por un camino, igual iba a seguir pintando.»
La universidad no cambió esa sensibilidad. Le dio un lenguaje.
«Me encantó. Era una escuela muy artística, muy de conceptos, de observación, de croquis, de mano alzada. En el colegio nunca fui una alumna extraordinaria, pero en la universidad me fue increíble porque estaba haciendo algo que realmente me apasionaba.
La manera de pensar era fascinante. La investigación, las lecturas, los temas… Todo lo que uno puede hacer como arquitecto es un campo demasiado abierto. Mucha gente cree que la arquitectura es hacer casas de playa y nada más. Y en realidad es muchísimo más entretenido.

No llevo veinte años haciendo casas. Llevo veinte años tratando de entender cómo vivimos los espacios. Por eso me dediqué a la arquitectura interior.
La arquitectura muchas veces parte desde afuera, desde el volumen, desde cómo se posa un edificio. Y eso me encanta. Pero la arquitectura interior te obliga a pensar al revés. Empiezas desde la experiencia. ¿Cómo voy a vivir este lugar? ¿Qué voy a ver cuando esté sentada? ¿A qué altura tiene que estar una baranda para que no me tape la vista?
Ese cambio de perspectiva me fascinó. Tener la capacidad de pensar un proyecto desde adentro hacia afuera.»
El mundo empieza a recorrerse distinto cuando se mira desde esa altura.
«No puedes diseñar si no observas. Todo sirve. Los viajes, los hoteles, los restaurantes, una ciudad, una casa, una conversación. Todo va alimentando una biblioteca de ideas.
Si esa biblioteca no existe, los proyectos se vuelven estáticos. Se vuelven tiesos. Se vuelven fomes.»
Otra pausa.
Entonces aparece, casi sin querer, una palabra que terminará atravesando toda la conversación: Memoria.
«No es una cosa romántica. Es que uno conecta con aquello que reconoce. Si yo siento el olor al queque de mi abuela, vuelvo inmediatamente a esa cocina. Vuelvo a ese momento. Son apenas unos segundos, pero mentalmente estoy ahí otra vez. Con los espacios pasa exactamente lo mismo. Si un lugar logra despertar algo que ya viviste, aunque no sepas exactamente qué es, deja de ser ajeno… Empieza a sentirse propio.»

Sin miedo
La primera obra llegó cuando todavía estaba aprendiendo el oficio.
«No llevaba mucho tiempo de titulada cuando me llamaron para hacerme cargo de un proyecto que fue Alto Atacama, en San Pedro de Atacama. Era muy chica y, de un día para otro, estaba cambiando especificaciones de terminación, diseñando las piscinas, el spa, coordinando especialidades.»
La imagen todavía la acompaña.
«Bajarme de ese avión, encontrarme con Calama inmenso, llegar a San Pedro y ver un terreno de más de tres hectáreas completamente vacío… era fascinante.
Había movimientos de tierra, proyectos sanitarios, cientos de decisiones que tomar. Por un lado era aterrador. Era un ambiente completamente masculino. Mucho hombre. Y yo ahí, a cargo, con muy poca experiencia.
Eso me ayudó muchísimo a formar el carácter. A creerme el cuento de que la universidad sí te entrega herramientas. Uno siempre siente que sale sin saber suficiente, pero llega un momento en que simplemente tienes que empezar.»
El proyecto duró cerca de tres años.
Cuando lo recuerda, no enumera los espacios que diseñó. Habla del proceso.
«Todo lo que implica trabajar directamente con un mandante… dibujos, cotizaciones, coordinaciones, reuniones, especialidades. Fue una escuela increíble. Y ahí descubrí la hotelería», recuerda.
«Siempre me gustó viajar con mi papá cuando era chica. Me encantaban los hoteles, pero desde el lugar del usuario. Cuando empiezas a diseñarlos cambia completamente la mirada.
Es un mundo muy técnico, muchísimo más técnico de lo que la gente imagina. Pero justamente por eso es tan apasionante.
En un hotel tú puedes atreverte mucho más. Puedes construir una atmósfera completa. Todo tiene que conversar.»
La conversación vuelve, casi sin esfuerzo, a la arquitectura interior.

«No me gusta mucho cuando se mete todo dentro del concepto de diseño interior, porque para mí hay una diferencia. La arquitectura interior piensa el espacio completo. Coordina especialidades, clima, aire acondicionado, estructura. El diseño interior puede concentrarse mucho más en el objeto.
Uno, como arquitecto, piensa todo de manera integral. Lo que más me fascinó fue empezar a pensar los proyectos al revés. En la escuela muchas veces uno parte desde el edificio, desde cómo se ve. Acá era distinto. ¿Cómo se siente? ¿Cómo se vive? ¿Cómo recorro ese lugar? Eso cambia completamente la forma de diseñar.»
Las preguntas quedan suspendidas.
No necesitan respuesta.
Siguen apareciendo cada vez que enfrenta un proyecto nuevo.
A por un mejor resultado
Durante doce años trabajó en la misma oficina. Los últimos tres, como socia.
Cuando recuerda ese tiempo no aparecen las cifras, ni los proyectos, ni el crecimiento. Aparece una decisión que tardó años en tomar.
«Me costó muchísimo. Muchísimo. Porque finalmente uno está arriba de un buque enorme y decide bajarse para subirse a un lanchón al lado”
No es una decisión arrebatada. Es familiar. Muy pensada. Muy conversada.
“Llega un momento en que tú crees firmemente que las cosas las puedes hacer de una manera diferente. Más eficiente. Más actual. Después de tantos años empiezas a decir: ‘esto yo lo ajustaría’, ‘esto yo lo haría distinto’”, señala apasionada.
«Y cuando uno toma una decisión así, después tiene que demostrar que realmente era capaz de hacerlo. Porque una cosa es pensarlo. Y otra muy distinta es hacerlo», agrega.
No romantiza el emprendimiento. Todo lo contrario.
«Emprender no es fácil. Ahora vivimos en un mundo donde todo parece instantáneo. Uno publica algo y recibe una respuesta al segundo. Eso genera ansiedad. Pero construir una oficina es lentísimo”
“Si uno se enfoca, si es disciplinado y va construyendo grano a grano, resulta. Y un día te das cuenta de que incluso salió mejor de lo que habías imaginado.»
Renovare apareció en ese proceso. El nombre, en cambio, llegó antes.
«No quería que la oficina llevara mi nombre. Venía de trabajar en oficinas muy personalistas y nunca me hizo sentido. Este trabajo es demasiado colectivo para transformarlo en el apellido de alguien”

Renovare habla de renovar, de restaurar, de reutilizar.
“Siempre tratamos de construir belleza a través de la elegancia y de materiales que apelen a la memoria. Puede ser una pátina. Puede ser un color. Puede ser una textura. Siempre hay algo. Creemos firmemente que las personas se identifican cuando encuentran algo que ya conocen”
“Si entro a un espacio y reconozco un objeto, una materialidad o una atmósfera que me recuerda algo, inmediatamente lo siento más cercano. Empiezo a sentir que también es un poco mío.»
La memoria vuelve.
Esta vez ya no como un recuerdo personal, sino como una herramienta de proyecto.
«Cuando uno recuerda, vuelve a vivir ese momento. Si siento el olor al queque de mi abuela, vuelvo inmediatamente a esa cocina. No estoy pensando en ella. Estoy ahí. Eso dura apenas unos segundos, pero ocurre. Entonces, ¿cómo no va a pasar lo mismo con un espacio?
Por eso siempre tratamos de dejar algo que despierte esa conexión.
Porque si todo es completamente nuevo…
¿Desde dónde conecta una persona con ese lugar?»

Materia pasada… materia recordada
Cuando habla de una casa, de un hotel o de un proyecto comercial, las diferencias duran poco.
Muy rápido vuelve a lo mismo: las personas.
«Me preguntabas cómo se logra construir esa sensación cuando el espacio no pertenece a nadie. En una casa es más evidente. La gente llega con sus libros, con sus recuerdos, con una fotografía, con una silla que heredó. Tarde o temprano ese lugar termina siendo suyo.
Pero un hotel es exactamente lo contrario, es de todos. Y justamente por eso ahí es todavía más importante generar una conexión.»
No habla de intuición… Habla de investigación.
«Nosotros investigamos muchísimo antes de empezar a diseñar. Todos los proyectos parten con un proceso de investigación que termina transformándose en conceptos. Estudiamos el lugar, la competencia, la historia, la artesanía, la identidad. Hacemos un levantamiento completo antes de dibujar una sola línea. No investigamos para copiar. Investigamos para entender desde dónde diferenciarnos” explica Ignacia.
“Hacemos un escaneo de toda la competencia. Queremos saber qué está haciendo cada uno. Qué funciona. Qué no funciona. Y, sobre todo, qué todavía nadie está diciendo.»
Por momentos, la oficina se parece más a un estudio de investigación que a un estudio de arquitectura.
«Esa información nos da tranquilidad. No porque nos diga cómo diseñar. Nos da la seguridad de que el camino que estamos tomando tiene sentido.»
Entonces vuelve la materia.
«Sí, hay materiales que aparecen muchas veces. La madera, por ejemplo. Pero no cualquier madera. Me gustan las maderas trabajadas, gastadas, con textura. Siempre digo, medio en broma, que me gustan las maderas bien hechas ‘mierda’… No porque se vean viejas. Porque se sienten vividas. Lo mismo pasa con los mármoles. Con ciertos materiales nobles. Tienen algo. Le entregan una sofisticación que no depende del presupuesto.»



Hace una aclaración casi inmediata.
«Pero nunca se trata de repetir. Sería lo más fácil. Después de veinte años uno podría hacer copy-paste de muchas soluciones. Sería mucho más rápido… pero no me interesa. Lo encuentro fome. Para el cliente. Y para nosotros. Siempre tratamos de preguntarnos cómo hacerlo de nuevo”, señala pensativa.
“La experiencia te dice qué hacer. Lo entretenido sigue siendo descubrir cómo hacerlo.»
¿Amenazas? No, oportunidades
Hace veinte años el interiorismo ocupaba un lugar muy distinto al de hoy.
Ignacia no habla de una disciplina que se puso de moda. Habla de una manera diferente de habitar.
«Yo creo que ha crecido de manera impactante, sobre todo en Chile. Antes el interiorismo era para algunos. Hoy es mucho más transversal. Tenemos mucho más acceso a información. Estamos sobre informados. Eso cambia completamente la forma en que llegan los clientes y también la manera en que uno enfrenta un proyecto.»
La referencia perfecta ya no existe.
«Antes uno podía mostrar un referente y sorprender. Hoy ese mismo referente probablemente ya lo vio el cliente, lo guardó en Pinterest, apareció en Instagram o lo generó una inteligencia artificial.»
No hay preocupación en su voz… hay desafío.
«Eso nos obliga a investigar más. A buscar más. A no quedarnos con lo evidente. Hoy uno saca una foto, escribe un buen prompt y en segundos obtiene una imagen. Entonces nuestro valor no puede estar ahí. Nuestro valor está en que los proyectos siguen siendo pensados por personas. Si todos ocupamos las mismas herramientas y los mismos referentes, al final todos los proyectos terminan pareciéndose.»
La reflexión dura apenas un instante… Enseguida vuelve a las personas.

«Después de la pandemia la gente aprendió a vivir sus casas de otra manera. Las habitó. Las miró distinto. Y también empezó a invertir mucho más en ellas. Hoy todo el mundo quiere sentirse orgulloso de su casa. Quiere que sea acogedora, que tenga identidad, que se vea bien. Esa necesidad existe en proyectos grandes y pequeños.»
Hace memoria de los proyectos inmobiliarios en los que ha trabajado durante los últimos años.
«Antes el diseño interior estaba reservado para los edificios de más alto estándar. Hoy aparece en proyectos de todo tipo. Eso habla de un mercado mucho más exigente. La gente sabe más. Pregunta más. Compara más. Eso hace que nuestro trabajo también tenga que ser mejor”
En Chile, Tenemos muy buena escuela. Somos muy rigurosos. Sabemos trabajar con presupuestos acotados y hacer mucho con poco. Eso nos vuelve muy creativos. Y creo que esto recién empieza.
Cada vez habrá más herramientas. Más información. Más inteligencia artificial. Por eso mismo cada vez va a ser más importante aquello que ninguna tecnología puede reemplazar: la capacidad de observar, de investigar y de construir una experiencia que realmente tenga sentido para las personas.»
La obra
La conversación cambia de escenario.
Ya no hay croquis… Hay casco, polvo, reuniones y plazos.
«La obra es, lejos, la parte que más me gusta. Me gusta la parte conceptual. Me gusta dibujar planos. Me encanta dibujarlos. Que estén bien hechos, bien pensados, me gusta todo, que terrible; Pero la obra… la obra es fascinante”, dice con gran entusiasmo casi invitándonos a ponernos el casco.
“Uno entra y hay una adrenalina muy distinta.Es un ambiente completamente masculino. Está el maestro buena onda, está el otro que anda estresado, hay música, hay ruido. Y uno tiene que aprender a navegar en todo eso.»
No hay imposición, hay convivencia.
«Ahí nosotros nos apoyamos muchísimo en las constructoras. Yo siempre digo que las trato de tener como amigas. Finalmente son ellas las que ejecutan el proyecto. Nosotros detallamos todo. Y si falta un detalle, volvemos y lo detallamos otra vez. Hay reuniones incómodas. Hay momentos tensos. Hay discusiones. Pero cuando un proyecto dura dos o tres años, aprendes que no puedes trabajar desde el orgullo. Al día siguiente igual hay que volver a sentarse en la misma mesa.»
La obra vuelve a llevarla a las personas.

«Los proyectos nunca los hace una persona. Nunca. Necesitas a alguien que sepa construir mucho mejor que tú. Porque muchas veces las soluciones simplemente no existen. Todo es a medida. Siempre aparece algo que nadie ha hecho antes. Y ahí uno se sienta con quien realmente sabe construir y empiezan a inventarlo juntos.»
No habla de creatividad…Habla de resolver.
De probar.
De volver a empezar.
«Yo me doy por pagada cuando alguien entra y dice ‘guau’. Porque detrás de ese momento hay horas infinitas de trabajo.»
La satisfacción dura poco. Pero basta.
«Para mí es muy importante que los espacios sean acogedores. No hablo de un sillón cómodo. Hablo de lugares donde uno tenga ganas de quedarse. No me gustan los espacios estirados, no me identifican”
“Tienen que ser elegantes. Siempre. Aunque el presupuesto sea pequeño. La elegancia no depende de cuánto cuesta un proyecto. Pero elegante no significa solemne. Ni austero. Ni frío. Yo siempre vuelvo a lo acogedor. Y siempre vuelvo al recuerdo. Quizás sea una nostalgia permanente. No sé. Pero creo profundamente que necesitamos dejar algo que conecte con quien entra».
Porque, si todo es completamente nuevo… ¿Desde dónde empieza esa conexión?»
Dos cabezas piensan más que una
Cuando la conversación se acerca al equipo, el tono cambia otra vez.
Ya no habla de procesos.
Habla de personas.
«Yo he tenido la fortuna de construir un equipo maravilloso. Sin ellas no podría hacer nada. Ni siquiera estar sentada aquí conversando contigo. Trabajamos de manera muy transversal”.
“Mi opinión vale exactamente lo mismo que la de la persona que está sentada al lado. Da lo mismo que yo haya fundado el estudio. Necesito que todas tengan carácter. No me sirve una pollita que me diga que sí a todo. Necesito que defiendan una idea. Que discutan. Que propongan. Que lleguen con algo que yo no había visto. Para eso armamos un equipo.»
No habla de jerarquías. Habla de confianza.
«Siempre vamos varias a las reuniones. Puede parecer un costo enorme en horas de trabajo. Pero para nosotros es fundamental. Cada una mira algo distinto. Cada una escucha algo distinto. Y eso termina haciendo mejores proyectos.»
La palabra equipo aparece una y otra vez, no como una estructura, sino como una forma de trabajar.
«Los proyectos son demasiado complejos para hacerlos solo. Uno necesita rodearse de personas que sepan muchísimo más que uno en muchas cosas. Y eso no es una debilidad. Es exactamente lo que hace que un proyecto resulte.»
Cuando imagina el futuro de Renovare tampoco habla de crecer por crecer.
«Me gustaría consolidarnos como una oficina muy fuerte en proyectos comerciales y hospitality. Es un tipo de proyecto que se alimenta muchísimo de la experiencia. Mientras más experiencia tienes, más tranquilo se siente el cliente. Ya cometiste errores. Ya encontraste soluciones. Eso también se transmite”, comenta dando paso a su siguiente reflexión.
“No me gustaría tener una oficina enorme. Nunca. Cuando las oficinas crecen demasiado, uno termina siendo solamente una cabeza. Y yo no quiero perder el contacto con los proyectos. A mí me gusta estar encima de cada detalle. Me imagino una oficina muy parecida a la que tenemos hoy. Con proyectos que nos desafíen. Que nos obliguen a seguir aprendiendo. Que después se transformen en experiencia para hacer proyectos todavía mejores.»

Volver a mirar otra vez
Antes de despedirse, le pido que nombre algunos proyectos que, de una u otra manera, hablen de Renovare.
Sonríe… Le cuesta elegir.
Acaba de terminar la renovación de una habitación para el hotel en Vitacura. Habla de ella con el entusiasmo de quien vuelve a visitar un lugar conocido.
«No cambiamos la habitación completa. Fue una intervención muy precisa. Literalmente una renovación. Y quedó maravillosa.»
Después aparece un proyecto del que todavía no puede contar demasiado.
«Es una restauración muy grande. Todavía está en un proceso que no me permite hablar mucho, pero probablemente sea uno de los proyectos que más representa todo lo que siempre hemos querido hacer.»
Vuelve, inevitablemente, a los proyectos residenciales.
«No deja de sorprenderme. Aunque me encanta la hotelería y los proyectos comerciales, muchas veces los resultados más cercanos terminan siendo las casas. Uno conoce a las familias. Piensa cada detalle. Aunque, si lo pienso, esa cercanía finalmente también aparece en un hotel. Porque, al final, los gerentes que toman esas decisiones también están imaginando la casa que quieren construir para otros.»

Menciona otro proyecto, esta vez en Calama. Habla de habitaciones, de un spa, de nuevas etapas. Mientras lo hace, vuelve a aparecer la misma mezcla de entusiasmo y paciencia que ha acompañado toda la conversación. Nunca habla de proyectos terminados. Siempre de proyectos que siguen ocurriendo.
Entonces busca una frase.
La tiene escrita.
Se demora un momento en encontrarla.
Cuando la lee, no parece un eslogan. Suena más bien como la síntesis de todo lo que ha venido diciendo desde el principio.
«Buscamos entender las necesidades de cada marca y crear identidades únicas con materiales que evocan la memoria y el tiempo, construyendo belleza con elegancia.»
La memoria.
El tiempo.
La elegancia.
Ya no hace falta preguntar nada más.
La conversación termina…. Ignacia vuelve al trabajo.
Probablemente haya un plano esperándola sobre el escritorio. Tal vez una reunión de obra. Quizás una madera que todavía no encuentra la textura precisa o un material nuevo que vale la pena volver a mirar.
Después de más de veinte años, sigue haciendo exactamente lo mismo que cuando llenaba de dibujos los márgenes de sus cuadernos: Mirar y volver a empezar.










0 comentarios