La historia de la diseñadora María Ignacia Purcell no comienza con dibujos de infancia ni con una fascinación precoz por la arquitectura. Comienza, más bien, mucho antes de que pudiera nombrarlo. No en una vocación temprana sino en una sensibilidad cotidiana hacia los espacios y hacia la manera en que estos afectan silenciosamente la vida de quienes los habitan.
Hoy, desde Puerto Varas y al frente de IPA Interiorismo, ha construido una práctica que encuentra su principal fortaleza precisamente en aquello que para ella resulta natural: comprender profundamente cómo se vive el sur de Chile.
Esa experiencia, lejos de transformarse en una etiqueta territorial o en una estética reconocible a primera vista, se ha convertido en una herramienta de diseño. Una forma de leer las necesidades de las personas y traducirlas en espacios capaces de acompañar la vida diaria con mayor bienestar.
Cuando recuerda sus primeros acercamientos al diseño, no habla de grandes revelaciones. Lo que aparece es una atención constante hacia los lugares y las sensaciones que estos producen.
“Siempre me han importado los espacios. Me llama la atención si en un lugar me siento cómoda o no me siento cómoda.”
Esa observación aparentemente simple terminó convirtiéndose en una forma de mirar el mundo.
Con el tiempo entendió que existían razones detrás de aquellas sensaciones y que el diseño podía intervenir precisamente en esa dimensión menos visible de la experiencia cotidiana.
Al mirar hacia atrás, reconoce también una influencia que durante años pasó inadvertida. Su madre, sin pertenecer al mundo profesional del diseño, cultivó una relación cercana con los detalles y con la construcción de ambientes acogedores dentro del hogar.
“Siempre andaba buscando decoración, cositas chicas. Hasta el día de hoy le mete cariño a las cosas.”
Hay algo revelador en esa frase. Más que una preocupación por la decoración en sí misma, habla de una forma de cuidar. De entender que los espacios pueden ser una extensión de los afectos y que el entorno donde transcurre la vida diaria tiene un impacto profundo sobre quienes lo ocupan. Una idea que, años más tarde, terminaría apareciendo una y otra vez en su trabajo profesional.

Construir antes de proyectar
Cuando ingresó a estudiar Diseño de Objetos y Ambientes en la Universidad del Desarrollo, todavía no tenía completamente definido el camino que seguiría.
El programa común le permitió explorar distintas áreas antes de especializarse y, aunque probó aproximaciones diversas al diseño, pronto comprendió que su interés estaba lejos de las pantallas y mucho más cerca de los espacios habitables.
“Yo era cien por ciento interiores. Ni siquiera tan decoración. Siempre más tirado al interiorismo, que tiene que ver con materialidades, colores y formas.”
Esa claridad temprana fue consolidándose a través de experiencias laborales que, vistas en retrospectiva, terminaron aportando una base técnica fundamental para el desarrollo de su oficio.
Trabajó en empresas vinculadas al mundo de los materiales y la construcción, aprendiendo sobre revestimientos, terminaciones, sistemas de instalación y especificaciones técnicas.
Un aprendizaje que suele quedar fuera del relato romántico del diseño, pero que para ella resulta indispensable.
“Es muy bueno para aprender cómo funcionan los materiales, cómo se usan, dónde se usan y cómo se instalan.”
Sin embargo, el punto de inflexión llegaría cuando participó en la construcción de un refugio familiar impulsado por su padre.
Allí el diseño dejó de existir únicamente en planos o presentaciones y comenzó a relacionarse con las complejidades reales de una obra: coordinar equipos, resolver imprevistos, entender procesos constructivos y asumir responsabilidades concretas.
“Me metí a aprender construcción mucho más en serio. No tan interiores, sino construcción firme, hacerte cargo de una obra y de la gente.”
Aquella experiencia terminó moldeando una de las características más interesantes de su trabajo actual. Para Purcell, el diseño no es una disciplina separada de la ejecución.
La creatividad y la técnica forman parte de una misma conversación. La propuesta debe emocionar, pero también debe construirse, funcionar y resistir el paso del tiempo.
Quizás por eso la independencia apareció como una consecuencia natural. Más que una decisión empresarial, fue una forma de preservar una mirada integral sobre los proyectos.
“En muchos lugares terminas haciendo solamente una parte. Lo entretenido es poder participar de todo el proceso.”

La dimensión humana del diseño
Hablar con María Ignacia sobre metodología implica alejarse rápidamente de conceptos asociados a tendencias, estilos o referentes visuales. Lo primero que aparece no son imágenes, sino personas.
Antes de los materiales, antes de las paletas de color y antes incluso de cualquier propuesta formal, existe una etapa de observación y conversación que considera fundamental para el éxito de un proyecto.
“Parto hablando con la gente. Ahí tienes que transformarte en psicólogo.”
La frase surge con naturalidad, aunque detrás de ella existe una comprensión bastante sofisticada del proceso creativo. Para Purcell, diseñar implica interpretar. Comprender qué necesita una persona muchas veces requiere ir más allá de aquello que expresa de manera explícita.
Por eso las primeras reuniones suelen extenderse largamente. No se trata únicamente de definir un programa o un presupuesto. El objetivo es descubrir cómo viven las personas, qué valoran, qué rutinas sostienen su día a día y qué esperan sentir dentro de ese espacio.
En ese sentido, el diseño aparece como un ejercicio de traducción. Las emociones, los hábitos y las expectativas deben transformarse en decisiones concretas relacionadas con iluminación, distribución, materiales o mobiliario. Lo intangible necesita adquirir forma física.
Esa búsqueda también explica por qué evita imponer soluciones cerradas o identidades excesivamente autorales. Aunque existe una sensibilidad reconocible en sus proyectos, el objetivo nunca es replicar una fórmula.
“Yo los guío para que lo hagamos juntos. La idea no es obligar a las personas a hacer algo.”
La relación con los clientes se construye entonces como una conversación permanente, donde las propuestas evolucionan a partir del intercambio constante de ideas y observaciones. Más que diseñar para otros, busca diseñar con otros.

Conocimiento del sur
A medida que la conversación avanza, emerge con claridad aquello que probablemente constituye el núcleo de su práctica profesional. No se trata únicamente de diseñar interiores. Se trata de comprender una forma particular de habitarlos.
“Soy de Puerto Varas. Nací acá, me fui a estudiar a Santiago y después volví. Yo sé cómo se vive el sur.”
La frase podría parecer una simple referencia biográfica, pero encierra una reflexión mucho más profunda. Porque vivir en el sur implica relacionarse con el espacio de una manera distinta.
El clima modifica rutinas, condiciona encuentros y redefine constantemente la experiencia cotidiana.
La lluvia prolongada, las bajas temperaturas y la escasez de luz durante buena parte del año convierten a los interiores en protagonistas absolutos de la vida diaria. En este contexto, una vivienda, una oficina o una cafetería dejan de ser simples contenedores funcionales y adquieren una dimensión emocional mucho más relevante.
“Es un lugar frío. Es un lugar con poca luz. Es un lugar donde se viven demasiado los interiores.”
Por esa razón, gran parte de sus decisiones proyectuales están orientadas a construir bienestar. La búsqueda de luz natural, el uso de materiales cálidos, la incorporación de textiles, la presencia constante de la madera y la generación de ambientes acogedores no responden únicamente a una preferencia estética. Son respuestas directas a las condiciones del territorio.
Cuando habla de refugio, lo hace desde esa experiencia concreta.
“Necesito buscar buena luz. Necesito materiales calentitos. Necesito textiles, madera. Armar este refugio adentro de los espacios.”
Sin embargo, reducir esa idea únicamente a ciertos materiales sería simplificar demasiado su mirada. El refugio también aparece en la manera en que se organizan los espacios y en cómo estos favorecen la convivencia.
El sur de Chile posee una fuerte tradición de vida interior. Las reuniones familiares, los encuentros con amigos y gran parte de la actividad social ocurren dentro de las viviendas durante buena parte del año.
Esa realidad ha ido transformando también la manera de proyectar.
“Las paredes al final se empiezan a sacar para convivir juntos, para tener mejor luz, para mejorar la calefacción.”
Las cocinas se integran. Los espacios comunes adquieren protagonismo. La circulación se vuelve más fluida. Cada decisión busca fortalecer la experiencia colectiva y hacer más agradable el tiempo que las personas pasan dentro de los recintos.

Bienestar cotidiano
Durante los últimos años, esa preocupación por la experiencia humana encontró nuevas herramientas a través de un diplomado en neuroarquitectura, disciplina que estudia cómo los espacios influyen en las emociones, la conducta y el bienestar de las personas.
Lejos de representar un cambio radical, esta formación vino a reforzar intuiciones que ya estaban presentes en su trabajo.
“Me llenó mucho más esta idea de cómo habitar los espacios y cómo hacer sentir bien a las personas.”
La frase resume una inquietud que atraviesa toda su práctica profesional. Más allá de la apariencia final de un proyecto, le interesa comprender qué efectos produce sobre quienes lo utilizan diariamente.
Cómo influye la luz en el estado de ánimo. Cómo ciertos materiales generan sensación de calma. Cómo la distribución espacial puede favorecer encuentros, concentración o descanso. Cómo el diseño puede transformarse en una herramienta concreta para mejorar la calidad de vida.
En el contexto del sur de Chile, donde las condiciones climáticas pueden influir significativamente en la experiencia cotidiana, estas preguntas adquieren una relevancia aún mayor.
“Tener un espacio rico para vivir bien se vuelve muy importante.”


Desafío permanente
Aunque gran parte de su trayectoria está vinculada al ámbito residencial, actualmente una parte importante de su trabajo se desarrolla en proyectos comerciales. Oficinas, gimnasios, cafeterías, tiendas y emprendimientos de diversa escala forman parte de una cartera cada vez más diversa.
Lo que la atrae de estos encargos no es necesariamente su tamaño, sino la posibilidad de enfrentarse a problemas distintos en cada proyecto.
“Hoy estoy muy metida en espacios comerciales y es lo que más me está motivando.”
Cada cliente plantea preguntas nuevas. Cada actividad exige dinámicas específicas. Cada espacio requiere comprender formas diferentes de habitar.
Esa diversidad alimenta un proceso creativo que encuentra su principal motor en el desafío intelectual más que en la escala.
Por eso, cuando habla de sus proyecciones futuras, sus aspiraciones no se relacionan con proyectos monumentales ni con aumentar el tamaño de las obras.
“Más que cosas grandes, me gustan las cosas desafiantes y diferentes.”
La frase parece coherente con toda la conversación. Porque si algo define el trabajo de María Ignacia Purcell es precisamente esa voluntad de seguir observando, interpretando y aprendiendo de las múltiples maneras en que las personas construyen su relación con los espacios.

Habitar como punto de partida
Al final, todas las conversaciones parecen regresar al mismo lugar: No a una estética, no a una materialidad específica, no a una tendencia; sino al acto cotidiano de habitar.
A la manera en que los espacios acompañan la vida, condicionan estados de ánimo, favorecen encuentros o permiten encontrar refugio cuando el clima obliga a mirar hacia adentro.
En una época donde muchas veces el diseño se comunica a través de imágenes instantáneas, María Ignacia Purcell parece interesada en algo mucho más duradero: la experiencia que permanece cuando la fotografía desaparece y la vida comienza a ocurrir.
Desde Puerto Varas, observando un territorio que conoce desde la infancia y que sigue enseñándole nuevas formas de habitar, ha construido una práctica que encuentra su valor precisamente en esa cercanía. Porque su trabajo no nace de interpretar el sur como una estética reconocible, sino de comprenderlo como una experiencia cotidiana.
Y quizás allí reside la singularidad de su mirada: en entender que los espacios más logrados no son necesariamente los que más llaman la atención, sino aquellos que, casi sin que lo notemos, hacen que queramos quedarnos un poco más.











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