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Fernández Andreani Arquitectura: cuando el espacio revela la respuesta

Jun 5, 2026 | Arquitectura, Destacados | 0 Comentarios

Para Fernández Andreani Arquitectura, la respuesta nunca aparece de inmediato. Se revela observando, conversando y entendiendo cómo las personas habitan un lugar. Desde cafeterías y restaurantes hasta proyectos de mayor escala, el estudio desarrolla una arquitectura que rescata la dimensión humana de los espacios y transforma cada encargo en una oportunidad para el encuentro.

Hay una escena que se repite una y otra vez en la oficina de Fernández Andreani Arquitectura. Dos arquitectos se sientan frente a una hoja en blanco. Sobre la mesa aparecen plumones de distintos colores, croquis rápidos, líneas que avanzan y se cruzan. Uno propone una idea. El otro la transforma. La conversación sigue creciendo hasta que, de pronto, algo encaja.

«De repente el proyecto aparece y queda casi listo en esa conversación», cuenta Joaquín Fernández.

No se trata únicamente de diseñar un restaurante, una cafetería o una vivienda. Para ellos, la arquitectura funciona como un rompecabezas donde todas las piezas ya existen: el lugar, la historia, las necesidades del cliente, la identidad de una marca, las personas que habitarán el espacio. El trabajo consiste en observar con suficiente atención para descubrir cómo encajan.

«Siempre sentimos que la respuesta estuvo ahí. El espacio te estuvo tratando de gritar la respuesta y lo único que teníamos que hacer era descubrirla».

Quizás por eso la historia de la oficina no comienza con un proyecto ni con una inauguración. Comienza mucho antes, cuando Joaquín Fernández y Javier Huenchullán aún eran niños y observaban el mundo con una curiosidad que, sin saberlo, terminaría convirtiéndose en su principal herramienta de trabajo.

Joaquín recuerda correr entre las fundaciones de la casa que construían sus padres en un barrio que entonces era poco más que bosque. Mientras los adultos observaban cómo avanzaba la obra, él encontraba un laberinto donde imaginar recorridos y aventuras. Sin embargo, lo que más llamaba su atención no era la vivienda principal, sino una pequeña casa que su padre construyó entre los árboles utilizando sobrantes de materiales. Años después sigue recordándola con más claridad que la casa definitiva.

Javier, en cambio, guarda otros recuerdos. Los viajes familiares, las visitas a museos y, especialmente, los teatros que conoció durante las giras de una orquesta escolar despertaron una fascinación temprana por los espacios. Le intrigaban tanto los escenarios como aquello que ocurría detrás de ellos: los mecanismos ocultos, los recorridos, las estructuras invisibles que hacían posible una experiencia.

Mucho antes de estudiar arquitectura, ambos ya estaban observando.

Una amistad construida en paralelo

La historia profesional de FA Arquitectura comienza en la Escuela de Arquitectura y Diseño de Universidad Católica de Valparaíso, pero su origen está estrechamente ligado a una amistad.

Joaquín y Javier ingresaron el mismo año. Compartieron talleres, trabajos académicos, correcciones y largas conversaciones que muchas veces se extendían más allá de las exigencias de la carrera. Mientras avanzaban en su formación, comenzaron también a desarrollar una manera común de entender los proyectos, una dinámica de trabajo basada en la confianza mutua y en el intercambio permanente de ideas.

Sin saberlo, estaban construyendo las bases de una futura asociación.
Tras titularse en 2015, ambos siguieron caminos distintos. Joaquín trabajó durante algunos años en una oficina dedicada a proyectos inmobiliarios de gran escala, mientras Javier profundizó en el diseño interior y la habilitación de espacios comerciales junto a un reconocido diseñador de la zona.

Las experiencias fueron diferentes, pero complementarias. Uno adquirió experiencia en proyectos de edificación; el otro desarrolló una mirada más cercana al diseño interior y al trabajo con los detalles.

Cuando finalmente decidieron trabajar juntos, el proceso resultó sorprendentemente natural.

«Cuando entró Javier, la cosa se aceleró mucho. Empezamos a agarrar muchos más proyectos y a desarrollar mejor las ideas», recuerda Joaquín.

Más que una división estricta de funciones, lo que existe entre ambos es una conversación permanente. Las ideas pasan de uno a otro, se transforman, evolucionan y terminan encontrando una forma que muchas veces ninguno habría alcanzado por separado.

«Se me ocurre algo que es bueno, pero después a Javier se le ocurre algo mejor sobre lo mismo. Después sobre eso se me prende otra idea y así se va armando una bola de nieve».

Esa dinámica, construida durante años de amistad y trabajo compartido, sigue siendo uno de los pilares de la oficina.

Aprender a observar

Hablar con Joaquín y Javier inevitablemente conduce a la Escuela de Arquitectura y Diseño de Valparaíso.

La institución posee una identidad singular dentro del panorama académico chileno. Su vínculo con la poesía, la observación y los procesos creativos ha marcado a generaciones de arquitectos y diseñadores, aunque muchas veces desde fuera se la perciba como una escuela difícil de descifrar.

Para Javier, el primer acercamiento fue inesperado. Originalmente no tenía pensado estudiar arquitectura. Fue una visita a la universidad la que cambió el rumbo de su historia. Entre las múltiples actividades preparadas para los futuros estudiantes hubo una que lo marcó profundamente: la manera en que habían diseñado algo tan cotidiano como compartir un snack.

«No era una bolsa con galletas. Habían construido una canaleta de papel por donde caían los maníes. Era algo tan simple, pero tan bellamente pensado, que me hizo entender que incluso las cosas más cotidianas podían diseñarse».

Aquella experiencia le reveló una forma distinta de relacionarse con el mundo.

Para Joaquín, la conexión fue más gradual. Muchos de los recuerdos que había acumulado durante la infancia y la adolescencia comenzaron a cobrar sentido una vez dentro de la escuela. Los teatros, los viajes, los edificios que había visitado sin prestarles demasiada atención adquirieron nuevas capas de significado.

Sin embargo, ambos coinciden en que el ingreso a la escuela supuso un impacto importante.

«La parte poética fue un shock», reconoce Joaquín.

Con el tiempo descubrieron que detrás de aquella aparente abstracción existía una metodología rigurosa. Una forma de pensamiento donde la observación ocupa un lugar central y donde la creatividad no aparece como un acto espontáneo de inspiración, sino como el resultado de una atención constante sobre la realidad.

Joaquín recuerda especialmente el concepto de la llamada «soledad creativa»: ese instante en que alguien parece distraído mirando hacia el horizonte cuando, en realidad, está procesando información, conectando ideas y buscando soluciones.

«Todos te dicen que estás volado, pero en verdad estás solucionando un problema en tu cabeza».

Hoy esa capacidad de detenerse a observar continúa siendo una de las herramientas más importantes de la oficina. Antes de pensar en materiales, estilos o tendencias, intentan comprender qué está ocurriendo realmente en cada lugar. Observan cómo las personas utilizan el espacio, cuáles son las dinámicas que ya existen, cómo entra la luz y qué historias permanecen allí antes de que aparezca el primer croquis. Porque para Fernández Andreani Arquitectura, el proyecto no comienza dibujando. Comienza observando.

El espacio ya conoce la respuesta

Quizás una de las ideas más interesantes que aparece al conversar con ellos es que no entienden la arquitectura como un ejercicio de imposición. No llegan a un lugar con una respuesta preconcebida ni con una fórmula que deba repetirse proyecto tras proyecto. Por el contrario, hablan del diseño como un proceso de descubrimiento.

La imagen del rompecabezas aparece varias veces durante la conversación. No como una metáfora casual, sino como una descripción bastante precisa de cómo enfrentan cada encargo.

Cuando reciben un proyecto, las piezas ya están sobre la mesa. Está el cliente y sus expectativas. Está el espacio con sus dimensiones, sus limitaciones y sus posibilidades. Está la historia previa del lugar, la identidad de una marca cuando se trata de un local comercial, los sistemas constructivos disponibles y las personas que terminarán habitando ese espacio. La tarea consiste en comprender cómo todas esas variables pueden ordenarse para construir una experiencia coherente.

«Siempre sentimos que la respuesta estuvo ahí. El espacio te estuvo tratando de gritar la respuesta y lo único que teníamos que hacer era descubrirla».

La frase resume buena parte de su manera de entender el oficio. Más que perseguir una imagen espectacular o una firma reconocible, buscan interpretar aquello que el lugar ya contiene.

Por eso los primeros encuentros suelen ocurrir alrededor de una mesa llena de papeles, lápices y conversaciones. Antes de los renders y los detalles constructivos aparece un intercambio constante donde cada observación abre nuevas posibilidades.

Lo interesante es que ambos describen ese momento como el más gratificante del proceso. No es necesariamente cuando la obra se inaugura o cuando aparecen las fotografías finales. Es ese instante más silencioso en que el problema comienza a resolverse y las piezas encuentran su lugar.

«Cuando logramos ordenar todas las variables y vemos que funciona, que calza y que además se ve bonito, ese es el momento que más disfruto», explica Javier.

Diseñar para que las personas se encuentren

Aunque hoy desarrollan proyectos de distintas escalas, desde viviendas hasta centros comerciales, fue el interiorismo comercial el que terminó dando forma a buena parte de la trayectoria de la oficina.

Y tampoco fue una decisión especialmente planificada.

Todo comenzó con un encargo para Emporio San Marco. Luego llegaron otros proyectos similares. Las recomendaciones comenzaron a circular y, casi sin proponérselo, restaurantes, cafeterías y espacios comerciales fueron ocupando cada vez más espacio dentro de su trabajo.

Lo que descubrieron en ese proceso fue algo que continúa entusiasmándolos hasta hoy: la posibilidad de seguir observando cómo los espacios evolucionan después de ser construidos.

«Nosotros vemos los proyectos como hijos», comenta Joaquín entre risas. «Y ahora podemos ir a visitarlos, ver cómo se desarrollan en el tiempo y cómo soportan el desgaste».

Sin embargo, detrás de esa cercanía emocional existe una reflexión más profunda sobre el papel de la arquitectura.

Cuando hablan de sus proyectos, rara vez se detienen únicamente en la forma, los materiales o las tendencias estéticas.

La conversación vuelve constantemente a las personas y a las relaciones que ocurren dentro de los espacios.

«Siempre pensamos en la gente y en cómo se va a relacionar dentro de la obra», explica Joaquín.

Esa preocupación se manifiesta de distintas maneras. A veces aparece en la continuidad visual de los espacios. Otras veces en la disposición de las mesas, en la ubicación de un mesón de atención o en la manera en que los recorridos permiten reconocer lo que ocurre alrededor.

La intención es sencilla y profunda al mismo tiempo: crear lugares donde las personas quieran permanecer.

De hecho, cuando intentan explicar qué les interesa rescatar de la arquitectura tradicional, la conversación vuelve nuevamente a las relaciones humanas. Hablan de los antiguos emporios de barrio, de las casas donde la vida se organizaba alrededor del fuego y de aquellos espacios comunes que favorecían la convivencia cotidiana.

«Creemos que lo antiguo funcionaba un poco mejor en cuanto a las relaciones humanas».

Lejos de una mirada nostálgica, lo que buscan es reinterpretar esas cualidades utilizando herramientas contemporáneas. La iluminación, los materiales y las nuevas tecnologías aparecen como recursos para actualizar ciertas formas de habitar que consideran todavía vigentes.

Construir para comprender

Si la observación ocupa un lugar central dentro de su metodología, la construcción aparece como su contraparte indispensable.

A diferencia de muchas oficinas que limitan su trabajo al diseño, Fernández Andreani Arquitectura participa frecuentemente en la ejecución de sus proyectos. Esa experiencia ha transformado profundamente su manera de proyectar.

«Cambia mucho el enfoque», explica Joaquín. «Uno hace los planos de una manera mucho más concreta porque sabe con qué problemas se va a encontrar después».

La experiencia de obra les ha enseñado que cada decisión tiene consecuencias reales. Un detalle mal resuelto en el papel puede convertirse en un problema durante la construcción. Una idea aparentemente sencilla puede volverse compleja cuando se enfrenta a presupuestos, plazos o sistemas constructivos específicos.

Lejos de limitar la creatividad, ese conocimiento parece fortalecerla.

Existe una satisfacción especial cuando comparan los renders con el resultado construido y descubren que la esencia del proyecto permanece intacta. La precisión técnica deja de ser únicamente una herramienta de control y se transforma en una forma de proteger la idea original.

Incluso cuando no participan directamente en la ejecución, el hecho de haber construido antes sigue presente. Los planos son más precisos, las soluciones más realistas y las decisiones más conscientes de las posibilidades concretas de materialización.

Una oficina con identidad

Resulta curioso que, al preguntarles por el sello de su oficina, ninguno de los dos hable inmediatamente de materiales, colores o formas.

En una época donde gran parte de la arquitectura busca construir una imagen reconocible, ellos parecen avanzar en sentido contrario.

No porque renuncien a una identidad propia, sino porque entienden que ésta surge desde otro lugar.

«Nos cuesta un poco definir un estilo».

Y, sin embargo, quienes conocen su trabajo suelen identificarlo con facilidad.

Tal vez la explicación esté en la manera en que enfrentan cada proyecto. Existe una preocupación permanente por reunir todas las variables disponibles y transformarlas en una propuesta armónica. Las expectativas del cliente, las características físicas del lugar, la identidad de una marca y la experiencia acumulada durante años terminan formando parte de una misma conversación.
Lo que emerge de ese proceso no es una fórmula repetida, sino una manera particular de mirar.

Una mirada que busca rescatar aquello que ya funciona antes de imponer algo nuevo. Que entiende la arquitectura como una disciplina profundamente vinculada a las personas y que valora la continuidad espacial, la claridad de los recorridos y la posibilidad de que quienes habitan un lugar puedan reconocerse dentro de él.

En ese sentido, el verdadero sello de la oficina no parece estar en la forma de sus proyectos, sino en la calidad de las relaciones que intentan construir a través de ellos.

Todas las escalas de la arquitectura

Cuando imaginan el futuro, Joaquín Fernández y Javier Huenchullán no hablan de edificios icónicos ni de grandes gestos arquitectónicos.

Lo que aparece es algo mucho más amplio.

Les interesa seguir desarrollando proyectos comerciales, continuar explorando el diseño interior y avanzar hacia encargos de mayor escala. Los strip centers que actualmente desarrollan representan una oportunidad especialmente atractiva porque les permiten trabajar simultáneamente en distintas dimensiones del proyecto, desde la planificación urbana hasta la experiencia cotidiana de quienes recorrerán esos espacios.

Pero más allá de las tipologías concretas, existe una aspiración que resume bastante bien su manera de entender el oficio.

«Nos gustaría abarcar todas las escalas de la arquitectura».

Poder diseñar un mueble, una cafetería, una vivienda, un centro comercial o un hotel con la misma atención y el mismo interés.

La música, la fotografía y aquellos objetos que parecen resistir el paso del tiempo continúan alimentando esa búsqueda. No tanto por su apariencia, sino por su capacidad de seguir siendo relevantes décadas después de haber sido creados.

Hay algo en esa búsqueda de lo atemporal que dialoga directamente con su arquitectura. Porque más allá de las modas y las tendencias, lo que realmente parece interesarles es aquello que permanece. Aquello que sigue funcionando, que continúa reuniendo personas y que conserva su capacidad de emocionar con el paso de los años.

Quizás por eso, después de tantos proyectos, la hoja en blanco sigue ocupando un lugar tan importante dentro de la oficina.

Porque cada nuevo encargo representa una oportunidad para volver a observar, para volver a escuchar lo que el espacio tiene que decir y para descubrir, una vez más, una respuesta que probablemente ya estaba allí esperando ser encontrada, como en lo proyectos que destacamos a continuación.

Casa Altamira

Habitar la memoria

Nombre Proyecto: Casa Altamira
Área: 750 m2
Año: 2024
Ubicación: Ramón Freire 732, San Felipe
Marcas asociadas: Cervecería Altamira
Fotografías: FA Arquitectura

La rehabilitación de una casona de 1920 para transformarla en el nuevo hogar de Cervecería Altamira representó uno de los desafíos más ambiciosos de Fernández Andreani Arquitectura. Con más de 750 m2 intervenidos, el proyecto exigía dialogar con una arquitectura cargada de historia sin renunciar a una identidad contemporánea.

La estrategia fue simple: rescatar y potenciar aquello que ya existía. Los muros de adobe, las amplias alturas interiores, los antiguos parrones y las gruesas paredes se transformaron en los verdaderos protagonistas del proyecto. Sobre esa base, el estudio incorporó nuevas capas a través de la iluminación, el color y distintos elementos arquitectónicos capaces de reinterpretar la casona sin borrar su pasado.

«Tratamos de reinventar elementos que ya estaban presentes», explican. Los antiguos nichos se transformaron en espacios de exhibición, las aberturas adquirieron una nueva lectura mediante arcos y la iluminación fue utilizada para destacar las texturas del adobe y el ladrillo como si se tratara de una ruina recién descubierta.

La identidad visual de Altamira también encontró su lugar dentro del proyecto. Los tonos tierra propios de la construcción original conviven con acentos azules y amarillos cuidadosamente ubicados en aquellos espacios donde ocurre lo más importante: el encuentro entre las personas.

Más que una remodelación, Casa Altamira se convirtió en un ejercicio de convivencia entre distintas épocas, donde la arquitectura existente continúa contando su historia mientras nuevas experiencias comienzan a desarrollarse entre sus muros.

Coccolino

Cuando el producto toma protagonismo

Nombre Proyecto: Coccolino
Área: 90m2
Año: 2025
Ubicación: Centro Comercial Pinares. Escrivá de Balaguer 861, Concón
Marcas asociadas: Coccolino pastelería
Fotografías: Ernesto Panatt

En Coccolino, ubicada en Concón, el encargo parecía sencillo: crear un espacio puro, limpio y cálido que permitiera destacar el producto por sobre cualquier otro elemento.

Para lograrlo, Fernández Andreani Arquitectura redujo la arquitectura a su mínima expresión. Mármol, porcelanato, vidrio y metal pintado construyen un ambiente de líneas precisas donde nada sobra y cada decisión parece orientada a un único objetivo: que la atención se dirija hacia la pastelería.

Sin embargo, la calidez aparece desde otro lugar. Inspirados en la lógica de los antiguos emporios, los arquitectos diseñaron un espacio donde la interacción entre quien compra y quien atiende sigue siendo parte fundamental de la experiencia. El mesón principal genera una distancia justa que transforma la conversación en un elemento más del proyecto.

Visualmente, el foco se concentra en unas delicadas repisas suspendidas de color dorado que parecen hacer flotar los productos dentro del espacio. La iluminación termina de completar la escena, alternando luces neutras para destacar las preparaciones y luces cálidas que suavizan la blancura general del local.

Curiosamente, el proyecto prácticamente no tiene color. Son los propios pasteles, tortas y preparaciones los que aportan los contrastes y acentos visuales. La arquitectura desaparece para que el producto pueda ocupar el centro de la escena.

La Brioche

Una casa dentro de un centro comercial

Nombre Proyecto: La Brioche
Área: 220m2
Año: 2026
Ubicación: Espacio Urbano 15 norte, Viña del Mar
Marcas asociadas: La Brioche
Fotografías: Ernesto Panatt

El principal desafío de La Brioche no estaba en el diseño interior, sino en la naturaleza misma del lugar. Acostumbrada a desarrollar sus restaurantes en casas con fuerte presencia urbana, la marca debía instalarse esta vez en un espacio comercial convencional dentro de un centro comercial de Viña del Mar.

La pregunta era cómo trasladar la calidez y el carácter de una vivienda a una caja comercial completamente neutra.

La respuesta surgió a través de la atmósfera. Maderas, telas, papel mural y una paleta cuidadosamente estudiada fueron construyendo un ambiente acogedor, pensado para extender la permanencia y favorecer la conversación. El color azul aparece como contrapunto, aportando calma y profundidad a los distintos espacios.

Sin embargo, uno de los aspectos más importantes del proyecto fue la conexión visual. El restaurante cuenta con áreas interiores, terraza y espacios vinculados al patio de comidas, por lo que el desafío consistía en evitar que cada sector funcionara de manera independiente. La propuesta buscó precisamente lo contrario: que el visitante pudiera percibir el conjunto como una única experiencia continua.

La cubierta de la terraza resume bien esa intención. Mediante pilares retranqueados y bóvedas textiles suspendidas, el espacio adquiere una identidad propia sin perder transparencia ni ligereza. El resultado es un restaurante que, pese a estar inserto en un centro comercial, conserva algo de la escala doméstica y acogedora que caracteriza a la marca.

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