Lejos de las fronteras tradicionales entre arte y arquitectura, la obra de Benjamín Costabal se construye desde el encuentro entre materiales cargados de historia, territorios de gran escala y una búsqueda constante por generar experiencias significativas.
En los recuerdos de infancia de Benjamín Costabal no aparecen edificios. No hay una casa emblemática que lo haya llevado a estudiar arquitectura ni una obra célebre que despertara tempranamente su vocación. Lo que permanece son materiales: trozos de madera, fierros oxidados, herramientas olvidadas y piezas mecánicas que habían perdido su utilidad original. Mientras otros veían objetos en desuso, él veía posibilidades.
El escenario era un campo familiar en San José de Cocalán. Entre bodegas y galpones existía un lugar que todavía recuerda con precisión: la llavería. Allí terminaban repuestos antiguos, restos de maquinaria y toda clase de objetos acumulados por el tiempo.
Era un espacio donde la lógica productiva había desaparecido y donde comenzaba otra forma de vida. Benja pasaba horas observando esos elementos, desplazándolos, combinándolos, intentando comprender por qué algunas estructuras resistían y otras cedían. Sin saberlo, estaba ensayando las mismas preguntas que décadas después aparecerían detrás de sus esculturas y proyectos arquitectónicos.
“Me encontraba con los elementos oxidados, los tarros, las piezas antiguas, y siempre estaba tratando de inventar algo con ellas. Ponía unas arriba de otras, veía cuándo se caían, cómo afectaba el viento, por qué algunas cosas se sostenían y otras no”.
Mirado en retrospectiva, resulta difícil no reconocer allí el origen de gran parte de su trabajo actual. Porque antes de interesarse por la arquitectura, Benjamín ya observaba algo que continúa fascinándolo hasta hoy: el comportamiento físico de las cosas. Antes de dibujar estructuras observaba gravedad; antes de proyectar espacios observaba peso; antes de imaginar esculturas monumentales intentaba comprender intuitivamente el delicado equilibrio que permite que una materia permanezca suspendida en el tiempo.
Décadas después sigue formulándose preguntas muy parecidas. Solo cambió la escala. Las piezas que alguna vez fueron restos de maquinaria abandonada pesan ahora toneladas, los materiales recorren cientos de kilómetros y las estructuras aparecen frente a volcanes, bosques o acantilados.
Detrás de cada obra, sin embargo, continúa habitando aquel niño que construía mundos improvisados entre fierros oxidados buscando comprender los secretos invisibles que gobiernan la materia.

“Siempre fue una exploración. Ahora veo a mis hijos y hacen exactamente lo mismo. Encuentran palos, piedras, cosas tiradas, y empiezan a construir”.
Quizás por eso resulta difícil encasillar su trabajo. Arquitecto, escultor, artista, constructor, gestor. Ninguna definición parece abarcar completamente una práctica que se mueve con naturalidad entre disciplinas distintas.
Más que elegir un territorio específico, Costabal parece sentirse cómodo precisamente en las zonas intermedias, allí donde las fronteras comienzan a difuminarse y los lenguajes empiezan a contaminarse mutuamente.
“Cuando los lenguajes empiezan a tocarse y a mezclarse aparece algo nuevo. Arquitectura, escultura, poesía, música, dibujo. Todo empieza a conversar”.
Esa reflexión no es una metáfora. Actualmente participa en talleres de poesía chilena junto a Cristian Warnken y continúa desarrollando dibujo y pintura de manera paralela a su trabajo arquitectónico y escultórico. Le interesa comprender cómo cada disciplina observa el mundo y qué ocurre cuando esos lenguajes dejan de actuar por separado.
La idea no es menor. A lo largo de los años ha comprendido que las respuestas más interesantes rara vez aparecen dentro de los límites de una disciplina. Surgen, más bien, en esos espacios ambiguos donde distintas formas de pensamiento comienzan a interactuar.
Entonces menciona una imagen tomada de David Lynch que suele acompañarlo: el pez dorado. Esa intuición esquiva que aparece ocasionalmente y que justifica toda la búsqueda. No una forma determinada ni un estilo reconocible, sino ese instante excepcional donde distintas ideas confluyen y revelan algo que antes no existía.
Escuchándolo hablar, resulta evidente que su trabajo tiene menos que ver con encontrar respuestas definitivas que con mantenerse atento a esos momentos de aparición. Y quizás esa sea también la mejor forma de aproximarse a su obra: no desde la arquitectura ni desde el arte como categorías separadas, sino desde una búsqueda persistente por descubrir lugares donde la materia, el territorio, el tiempo y la experiencia humana puedan encontrarse.

Donde la escultura se volvió habitable
Antes de estudiar arquitectura, Benjamín pasó por psicología. Paralelamente exploraba la escultura y distintas formas de creación artística. El ingreso a la escuela de arquitectura no representó una renuncia a esos intereses, sino una manera de ampliarlos y encontrar una disciplina capaz de contenerlos.
“La arquitectura me permitió entender cálculo estructural, materiales, procesos constructivos. Pasar de la maqueta que se mira a la maqueta que se habita”.
La frase resume una transformación decisiva. Porque la arquitectura le entregó herramientas para materializar ideas a una escala que la escultura tradicional difícilmente permitía.Le enseñó a dialogar con la construcción, con los sistemas estructurales y con las complejidades propias de una obra real.
Sin embargo, mientras más avanzaba en ese aprendizaje técnico, más consciente se volvía de que ciertas decisiones continuaban naciendo desde otro lugar.
“El lenguaje y el pensamiento son mutuamente dependientes, pero el dibujo, la pintura y la maqueta vienen de otras fuentes. Vienen de la experiencia y de la intuición”.
Hoy su tiempo se divide de manera casi exacta. Aproximadamente la mitad transcurre en la oficina desarrollando proyectos de arquitectura —desde viviendas hasta iniciativas vinculadas al territorio— y la otra mitad en el taller, produciendo esculturas, pinturas y dibujos. Más que actividades paralelas, ambas dimensiones parecen alimentarse mutuamente.
«Es una suerte de trabajo integral de las artes, como los antiguos renacentistas. No existe un límite entre las artes: arquitectura, escultura, pintura, poesía, dibujo, sonido, son parte del proceso», apunta Benja.
Escucharlo hablar sobre procesos creativos resulta particularmente interesante porque evita las explicaciones excesivamente racionales.
Existe cálculo, planificación y conocimiento técnico, por supuesto. Pero también existe una confianza profunda en aquello que todavía no puede explicarse completamente. En esa intuición que aparece antes de las palabras y que permite reconocer cuándo una idea posee potencial.
Muchas de sus obras parecen surgir precisamente desde esa tensión entre precisión técnica e intuición artística, entre aquello que puede calcularse y aquello que necesita descubrirse durante el proceso.
Quizás por eso resulta tan difícil separar al arquitecto del escultor. En Costabal ambas figuras parecen convivir permanentemente. Una aporta estructura, método y capacidad de ejecución; la otra introduce preguntas, incertidumbres y una sensibilidad que busca ir más allá de la utilidad inmediata.
El resultado es una práctica que se mueve constantemente entre la obra construida y la experiencia poética y que esa palabra poética se funda en el territorio.

La materia recuerda
En la obra de Benjamín Costabal los materiales nunca funcionan como simples revestimientos. Tampoco como una decisión estética superficial. Funcionan como portadores de memoria.
Le interesa que el acero conserve las marcas de la lluvia, que la madera revele sus vetas y que la piedra mantenga la rugosidad del territorio del que proviene. Le interesa que los materiales envejezcan y que ese envejecimiento forme parte de la obra.
“Me gusta que el material sea lo que realmente es. Si es acero, que sea acero. Si es madera, que se note la madera. Si hay roca, que tenga musgo”.
La afirmación parece sencilla, pero encierra una posición profunda frente al proyecto arquitectónico. En una época donde muchas construcciones buscan ocultar el paso del tiempo, corregir cualquier imperfección y prolongar artificialmente una imagen de permanencia, Costabal parece interesado precisamente en hacer visible la transformación.
El desgaste no es un problema. La erosión no es un defecto. La transformación es parte de la belleza.
“Si el hormigón se triza, mejor. Eso es lo que me interesa. Que aparezca el tiempo. Hay que escuchar lo que el material quiere decir”.
No resulta extraño entonces que muchas de sus obras incorporen materiales recuperados o elementos que ya tuvieron una vida anterior.
Le atrae aquello que otros consideran terminado. Lo que parece haber agotado su función. Lo que todavía conserva historias inscritas en su superficie y posibilidades aún no exploradas.
“Cuando eliges pocos materiales y los dejas conversar entre ellos aparece una especie de sinfonía”.
La palabra no es casual. Habla de los materiales como si fueran instrumentos capaces de construir armonías y tensiones. Como si el proyecto consistiera menos en imponer una forma y más en escuchar cuidadosamente aquello que cada elemento tiene para decir.
Hay algo profundamente respetuoso en esa actitud, una voluntad de dialogar con la materia en lugar de someterla completamente.

El peso invisible de las cosas
Si hubiera que identificar una obsesión que atraviesa gran parte de su trabajo, probablemente sería la gravedad. No la gravedad entendida únicamente como un problema estructural, sino como una experiencia emocional.
“Me mueve mucho el comportamiento físico de los pesos, la tensión del peso que se apoya sutilmente en el territorio ‘Dame un punto de apoyo y te muevo el mundo’ decía Arquímides”, comenta el arquitecto.
La idea aparece varias veces durante la conversación y cada vez revela una fascinación profunda por aquello que ocurre cuando una estructura parece desafiar nuestras expectativas.
En su manera de hablar, la gravedad aparece casi como un material más del proyecto. No como una condición externa que deba resolverse técnicamente, sino como un elemento activo con el que la obra dialoga permanentemente: «La gravedad es un material más».
Quizás por eso muchas de sus estructuras parecen evidenciar el peso en lugar de ocultarlo. Mostrar el esfuerzo, la tensión y el delicado equilibrio que sostiene la materia en el espacio.
Le fascinan las masas suspendidas, los apoyos mínimos, las piezas que parecen demasiado pesadas para sostenerse y las tensiones invisibles que mantienen el equilibrio.
“Es muy interesante acercarse a una obra que parece apoyarse en algo enorme y descubrir que se apoya en un punto mínimo”.
Lo que describe trasciende la ingeniería. Tiene que ver con la capacidad que poseen ciertas estructuras para despertar asombro. Incluso quienes no comprenden cálculos estructurales perciben intuitivamente cuándo algo parece desafiar la lógica cotidiana. Perciben el riesgo, la fragilidad y la tensión. Perciben que existe una batalla silenciosa entre fuerzas opuestas y que, de algún modo, el equilibrio logra imponerse.
“Es como la magia. Sabes que existe una explicación, pero igual te maravilla”.
Quizás por eso muchas de sus esculturas parecen moverse permanentemente entre opuestos: peso y ligereza, estabilidad e incertidumbre, permanencia y transformación. Son obras que hablan de la gravedad sin necesidad de explicarla, permitiendo que el cuerpo la experimente antes que la razón la comprenda.

El Guardián y la paciencia
Años antes de convertirse en una de sus obras más reconocidas, El Guardián del Bosque existía únicamente como una intuición. No estaba dibujado, no tenía nombre y tampoco ocupaba un lugar preciso dentro de un proyecto. Existía en forma de chatarra.
En algún lugar de La Unión, un antiguo puente había terminado su vida útil. Sus enormes vigas de acero permanecían abandonadas, acumulando óxido y lluvia. Mientras la mayoría veía restos industriales destinados al olvido, Costabal percibió otra posibilidad.
“Le dije al dueño que algún día se las iba a comprar”.
La frase revela algo esencial de su manera de trabajar: la paciencia. En una cultura obsesionada con la inmediatez, muchas de sus obras parecen construirse a partir de tiempos más largos. Las ideas permanecen años madurando. Los materiales esperan. Los lugares aparecen cuando tienen que aparecer. Hay una confianza poco habitual en que ciertas cosas necesitan tiempo para encontrar su forma.
Durante años las vigas siguieron allí. Expuestas al clima, acumulando nuevas capas de oxidación y memoria. Hasta que apareció el lugar adecuado y la oportunidad correcta para convertir aquella intuición en realidad.
Entonces regresó. Recuperó las piezas y comenzó una operación que involucró transporte, maquinaria, coordinación y una enorme cantidad de esfuerzo físico. Cada elemento pesaba más de una tonelada. Moverlos exigía resolver innumerables problemas técnicos, tomar decisiones en obra y adaptar constantemente las soluciones a condiciones que cambiaban día a día.
“Era un trabajo titánico”.
Sin embargo, lejos de describirlo como una dificultad, habla de ese proceso con entusiasmo. Porque entiende que una parte fundamental de su trabajo consiste precisamente en crear las condiciones para que aquello que parece improbable termine ocurriendo.
“Finalmente mi trabajo tiene mucho que ver con armar las condiciones para que las cosas ocurran”.
La frase podría parecer simple, pero contiene una dimensión poco visible de su práctica. Detrás de cada escultura que parece emerger naturalmente del paisaje existe una enorme cantidad de gestión, negociación, logística, coordinación y trabajo colectivo. El artista y el arquitecto conviven permanentemente con el productor, el constructor y el gestor.
Cuando la obra estuvo terminada, invitó al antiguo dueño del puente a verla. La reacción fue inmediata.
“Me dijo: ‘me robaste. Yo no sabía que eso se podía convertir en esto otro’”.
La anécdota resume buena parte de su mirada. Ver posibilidades donde otros solo ven materia agotada. Descubrir futuros posibles escondidos dentro de aquello que aparentemente ya terminó su ciclo. Pero también habla de algo más profundo: la capacidad de transformar una historia en otra sin borrar completamente sus huellas.
El puente desaparece, pero de alguna manera sigue presente. La memoria industrial se convierte en experiencia territorial. La infraestructura se transforma en contemplación.

Lugares para recordar que estamos aquí
Existe una dimensión espiritual que atraviesa silenciosamente la obra de Benjamín. No se expresa mediante símbolos religiosos ni discursos doctrinarios. Surge desde la contemplación, desde la experiencia física de recorrer un territorio y desde la posibilidad de detenerse en medio de un mundo que parece exigir movimiento constante.
Durante la conversación aparece una frase que ayuda a comprender buena parte de su pensamiento: “Todo es templo”.
La dice sin solemnidad, casi como quien enuncia algo evidente. Para él, la naturaleza posee una dimensión sagrada que no depende de credos ni instituciones, sino de la capacidad de estar realmente presente. Por eso insiste una y otra vez en la importancia de la conciencia corporal, en la posibilidad de percibir el paisaje con atención y en la necesidad de recuperar una relación más lenta con el entorno.
“Lo que me interesa es que las personas tomen conciencia de que están aquí”.
La idea del presente aparece recurrentemente en su discurso. No solo como una referencia temporal, sino también como una forma de regalo.
Muchas de sus esculturas funcionan precisamente desde esa lógica. No buscan transformarse en protagonistas del paisaje, sino dirigir la mirada hacia aquello que ya estaba allí: un volcán recortado sobre el horizonte, una quebrada escondida entre la vegetación, el océano golpeando la costa o el silencio profundo de un bosque.
La obra actúa como un dispositivo de observación que permite descubrir nuevamente aquello que la costumbre había vuelto invisible.
“Es un ejercicio entre el pie y el ojo”.
La definición resulta especialmente precisa. El cuerpo avanza, la mirada cambia y el territorio comienza a revelarse de otra manera. La obra no crea el paisaje. Lo vuelve a mostrar.
Esa condición experiencial resulta fundamental para comprender su trabajo. Las obras no están concebidas como objetos autónomos ni como formas cerradas sobre sí mismas. Necesitan del movimiento de quien las visita, de los cambios de luz, del paso del tiempo y de la experiencia corporal para desplegar plenamente su sentido.
«La obra se completa cuando alguien la recorre».
Más que producir una imagen, parece interesado en activar una experiencia. La arquitectura y la escultura aparecen entonces como dispositivos capaces de modificar la percepción y de construir una relación distinta entre el cuerpo y el territorio.
Tampoco parece casual que gran parte de esta búsqueda se haya desarrollado desde el sur de Chile. La presencia permanente de los volcanes, la intensidad de la lluvia, la profundidad de los bosques y una escala geográfica que obliga a mirar más lejos terminan infiltrándose en su manera de pensar la arquitectura. El paisaje deja de ser un escenario para convertirse en un interlocutor. No se trata simplemente de construir en un lugar determinado, sino de establecer una conversación con él.
Quizás por eso muchas de sus intervenciones parecen menos preocupadas de ocupar el territorio que de revelar cualidades que ya estaban presentes antes de su llegada. Como si cada proyecto intentara correr ligeramente un telón para permitir que algo del lugar se manifeste con mayor claridad.

Construir con otros
Existe otro aspecto de su práctica que aparece con fuerza al escuchar sus apasionadas palabras: su relación con quienes construyen. Maestros, soldadores, carpinteros, operadores y personas que participan directamente en la materialización de cada proyecto ocupan un lugar central dentro de su relato.
“Mi mejor amigo terminó siendo el maestro que está al lado”.
La frase no es casual. Con los años entendió que muchas de las ideas que imaginaba requerían un involucramiento directo con la construcción. No bastaba con dibujarlas. Era necesario acompañarlas hasta el final.
Por eso habla de los equipos de obra con cercanía y admiración.
“Me siento un poco como un DT”.
La comparación lo hace reír, pero explica bastante bien su rol. Coordinar talentos distintos, resolver problemas, motivar, generar confianza y mantener viva una visión compartida. Lo que más le interesa, sin embargo, es que todos comprendan el sentido de aquello que están construyendo.
“Las personas saben que están haciendo algo que no es solamente funcional”.

Porque detrás de cada estructura existe la posibilidad de producir experiencias futuras, recuerdos y momentos significativos. Habla de lugares donde alguien pedirá matrimonio, donde una familia se reunirá o donde una conversación importante quedará asociada para siempre a un paisaje determinado. Esa dimensión humana parece tan relevante para él como cualquier decisión formal.
Existe además una paradoja interesante en gran parte de su trabajo. Muchas de sus obras invitan al silencio, a la contemplación y a la pausa, pero para que esos espacios existan es necesario atravesar procesos intensos y profundamente materiales. Detrás de una estructura que parece descansar serenamente frente a un volcán hay meses de reuniones, cálculos, soldaduras, transporte, maquinaria pesada y resolución de problemas. La experiencia de quietud que encuentra quien visita una de sus obras es posible gracias a una enorme cantidad de energía invertida previamente.
Costabal parece moverse con naturalidad entre ambos mundos. Entre la gestión y la contemplación. Entre el acero y el paisaje. Entre la logística y la experiencia poética. Lejos de entenderlos como opuestos, los asume como partes inseparables de un mismo proceso. Tal vez sea precisamente esa capacidad para habitar la tensión la que da nombre a buena parte de su trabajo.

Casas para habitar el paisaje
Hoy Benja atraviesa una nueva etapa. Después de años desarrollando esculturas habitables e intervenciones territoriales, gran parte de su energía está concentrada en trasladar esas investigaciones al ámbito residencial. Las llama, de alguna manera, casas-escultura.
No porque busquen llamar la atención, sino porque intentan mantener la misma intensidad material y territorial de sus obras artísticas.
“Busco hacer este cruce”.
Le interesa que las viviendas dialoguen con el paisaje, que envejezcan junto a él, que incorporen materiales honestos y que construyan una relación profunda con el territorio donde se emplazan. No busca imponer una imagen sobre el lugar, sino desarrollar una forma particular de habitarlo.
También le interesa transformar la manera en que se desarrollan los proyectos. Recuerda una reciente presentación que comenzó durante la tarde y terminó entrada la madrugada. Había comida, conversación, maquetas y tiempo para imaginar juntos una forma de vida.
Después fueron al terreno. Marcaron la ubicación de la futura casa, caminaron por el lugar y permanecieron un momento en silencio observando el paisaje.
“Era una forma de pedirle permiso al lugar”.
La frase resume una ética de trabajo que atraviesa toda su obra. Construir no consiste únicamente en ocupar un territorio.
También implica aprender a escucharlo. Comprender sus ritmos, sus vistas, sus vientos y sus silencios. Entender que cada proyecto llega a un lugar que posee una historia anterior y que seguirá existiendo mucho después de terminada la obra.
Más que diseñar objetos aislados, parece interesado en construir relaciones duraderas entre las personas y los territorios que habitan.

Plasmar vida
Hacia el final de la conversación surge una pregunta aparentemente simple: ¿cómo resumir décadas de búsqueda entre arquitectura, escultura, construcción y paisaje?
Costabal guarda silencio durante algunos segundos. Piensa. Busca una síntesis capaz de contener años de exploración y finalmente responde con dos palabras que condensan gran parte de su trayectoria: “Plasmar vida”.
La respuesta parece sencilla, pero después de recorrer su historia adquiere una profundidad distinta. Porque sus esculturas no buscan imponerse sobre el paisaje, sus casas no intentan domesticarlo y sus materiales no procuran ocultar el paso del tiempo. Todo parece orientarse hacia una misma búsqueda: generar experiencias capaces de reconectarnos con aquello que solemos pasar por alto.
Quizás por eso resulta tan difícil definir exactamente qué construye Benjamín Costabal. A veces adopta la forma de una escultura. Otras veces la de una casa, un mirador o una intervención territorial.
Sin embargo, detrás de todas ellas parece existir una intención común: crear las condiciones para que algo ocurra. Una conversación inesperada. Un momento de pausa. Una nueva forma de observar el paisaje. La sensación, cada vez más escasa, de estar completamente presente.
En tiempos donde casi todo compite por nuestra atención, su trabajo parece recordarnos algo mucho más simple y precisamente por eso más valioso. Que todavía existen lugares capaces de devolvernos al mundo que tenemos delante. Lugares donde el peso de una estructura, la textura de un material, el sonido del viento o la inmensidad de un volcán nos permiten recuperar una relación más consciente con el tiempo y con el territorio que habitamos.
Quizás esa sea, finalmente, la forma más precisa de entender su trabajo. No como una colección de obras dispersas entre la arquitectura y la escultura, sino como una búsqueda persistente por plasmar vida. Por construir espacios donde, aunque sea por un instante, volvamos a recordar que estamos aquí.


Plumas de Metal
Técnica: oleo sobre tela
Medida: 1,5×1,5m

Todos los colores
Son de todos los colores
Y los sonidos matéricos
son los silencios ausentes
El aire suena en la pluma
Y la luz al bosque esculpe
Un otro nido
Benjamín Costabal








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