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Francisca Schüler: construir atmósferas desde lo invisible

Jul 14, 2026 | Interiorismo, Reportajes | 0 Comentarios

Para Francisca Schüler, una casa no comienza con un plano. Comienza mucho antes: escuchando cómo viven las personas, comprendiendo la luz de un lugar, el paso de las estaciones y aquello que convierte un espacio en parte de la vida de quienes lo habitan. En una conversación que transita entre arquitectura, naturaleza, belleza y tiempo, la arquitecta e interiorista revela una forma de proyectar donde el verdadero desafío no es construir edificios, sino crear atmósferas capaces de permanecer mucho después de terminada la obra.

La escena no ocurre frente a un plano. Ocurre alrededor de una mesa. Francisca Schüler intenta imaginar una casa que todavía no existe y, en lugar de preguntar cuántos dormitorios necesita una familia o qué superficie tendrá el proyecto, hace otras preguntas. ¿Dónde toman desayuno? ¿Quién cocina? ¿En qué momento del día se reúne la familia? ¿Llegan amigos con frecuencia? ¿Hay algún rincón de la casa donde siempre terminan ocurriendo las conversaciones importantes?

Escucha. Durante un buen rato no habla de arquitectura. Habla de la vida.

La escena resume una forma de trabajar que ha ido construyendo durante más de dos décadas. Mientras buena parte de la arquitectura suele comenzar definiendo un programa, una forma o un lenguaje material, Francisca prefiere empezar por otro lugar: entender cómo viven las personas y qué experiencia esperan construir dentro de esa casa.

«Más que crear algo bonito, tiene que ver con construir una atmósfera.»

La frase aparece temprano en la conversación y, de alguna manera, permanece flotando durante todo el encuentro.

Atmósfera.

No habla de un estilo. Tampoco de una estética reconocible o de una firma personal. Habla de una sensación difícil de medir y todavía más difícil de dibujar. Esa que aparece cuando la luz entra por una ventana en el momento preciso, cuando una cocina invita a quedarse conversando mucho después de terminar de cocinar o cuando una terraza termina convirtiéndose, casi sin proponérselo, en el lugar donde una familia pasa la mayor parte de los veranos.

Entonces ocurre algo curioso: La arquitectura deja de ocupar el centro del relato.

Empiezan a aparecer el tiempo, la naturaleza, los recuerdos, la manera en que envejecen los materiales y las pequeñas rutinas cotidianas. Poco a poco se entiende que Francisca no habla tanto de edificios como de aquello que los edificios hacen posible.

«No es el objeto lo que me interesa. Es la experiencia que puede generar.»

Quizás por eso, cuando describe un proyecto, rara vez comienza por la forma.

Prefiere hablar de la orientación de un terreno, del recorrido del sol, de un árbol que vale la pena conservar o de una conversación con los futuros habitantes de la casa.

Antes de decidir cómo será un espacio, necesita comprender por qué existe.

Y esa diferencia cambia completamente la manera de proyectar.

Aprender a mirar

Esa forma de entender la arquitectura no apareció de un día para otro.

Se fue construyendo lentamente.

Cuando Francisca Schüler estudió Arquitectura en la Universidad de Chile, descubrió una disciplina mucho más amplia de lo que había imaginado. Le interesaba proyectar, pero también el arte, la filosofía y la posibilidad de crear experiencias a través de los espacios. Más que la construcción misma, le atraía esa pregunta difícil de responder sobre cómo un lugar podía afectar la vida de quienes lo habitaban.

Al terminar la carrera no salió a buscar cualquier oficina.

Había una que le interesaba especialmente.

Germán del Sol había sido profesor suyo y representaba una manera de hacer arquitectura que sentía cercana a sus propias inquietudes. Le escribió. Poco después comenzó a trabajar con él.

Lo que imaginó como una etapa terminó convirtiéndose en diez años.

«No fue una decisión al azar. Sentía que ahí había una forma de entender la arquitectura que me hacía sentido.»

Habla de ese período con una mezcla de gratitud y asombro. No recuerda únicamente los proyectos, sino una forma de trabajar que obligaba a mirar la arquitectura desde una escala mucho más amplia.
Uno de los primeros encargos importantes en los que participó fue el Hotel Remota, en la Patagonia.

La oficina no diseñaba solamente un edificio… Diseñaba una experiencia.

Los muebles, las luminarias, los textiles, los objetos y hasta los pequeños detalles cotidianos formaban parte de una misma idea. Todo contribuía a construir la manera en que un visitante viviría ese lugar.

Fue entonces cuando comprendió que la arquitectura no terminaba en los muros.

Podía extenderse hasta aquello que normalmente parecía pertenecer a otras disciplinas.

«Ahí entendí que no era solamente hacer un edificio. Todo estaba pensado para que la experiencia tuviera sentido.»

Mirando hacia atrás, reconoce que esos años terminaron borrando una frontera que muchas veces sigue existiendo en la profesión. Nunca sintió que arquitectura e interiorismo fueran trabajos separados.

Si una casa buscaba construir una determinada experiencia, los materiales, el mobiliario, la luz y los objetos no podían aparecer como decisiones posteriores. Debían nacer al mismo tiempo.

Por eso, cuando hoy enfrenta un proyecto, le resulta natural pensar ambas escalas simultáneamente.

No porque busque controlar cada detalle.
Sino porque entiende que una atmósfera nunca depende de un solo elemento.

Siempre es el resultado de muchas decisiones que trabajan en la misma dirección.

Con el tiempo, esa manera de mirar siguió ampliándose.

Después de una década en la oficina de Germán del Sol viajó a Escocia. Permaneció allí un tiempo antes de regresar a Chile y abrir su propio estudio, en 2017.

La experiencia no cambió sus convicciones. Las confirmó.

Había aprendido que un proyecto no comienza cuando aparece la primera línea sobre el papel.

Comienza mucho antes.

Empieza cuando alguien se toma el tiempo suficiente para observar.

Y para entender qué hace único a un lugar antes de intentar transformarlo.

El hogar primero

Hay un momento en que la conversación deja de parecer una entrevista sobre arquitectura.

Empieza a hablar de una cocina. No de los muebles ni de las cubiertas. Habla de las personas que la ocupan.

De alguien que prepara la comida mientras conversa con los amigos. De una familia que termina reuniéndose siempre en el mismo lugar. De una mesa donde el desayuno se alarga los fines de semana mucho más de lo previsto.

Entonces resulta evidente que Francisca Schüler nunca ha pensado las casas como una suma de recintos. Las piensa como una secuencia de escenas. Cada espacio existe porque allí ocurrirá algo.

«Cuando entiendes cómo vive una familia, muchas decisiones empiezan a aparecer solas.»
Esa manera de proyectar cambia completamente el orden habitual del diseño. En vez de comenzar preguntándose cómo será una casa, primero intenta comprender cómo será vivida. Solo entonces aparecen las habitaciones, las circulaciones, los materiales y la luz.

Durante años trabajó simultáneamente en arquitectura e interiorismo. Con el tiempo dejó de distinguir entre ambas disciplinas.

La separación nunca terminó de convencerla.

Para ella, un proyecto comienza cuando alguien cruza la puerta por primera vez y continúa mucho después de que termina la obra.
Por eso le cuesta imaginar un edificio donde el interior sea simplemente una etapa posterior.

Todo forma parte de la misma conversación.La atmósfera también.

«Lo que me interesa no es decorar un espacio. Me interesa construir una experiencia.»

Hay una palabra que nunca utiliza, pero que aparece constantemente detrás de sus respuestas: Coherencia.

Cada decisión debería responder a la misma intención; La orientación de una ventana, La altura de un cielo, el árbol que permanece, el revestimiento elegido para un muro, la ubicación de una cocina.

Nada existe de manera aislada. Todo intenta construir una misma experiencia.

Entonces menciona una idea que, sin proponérselo, termina explicando buena parte de su trabajo.

«Primero hay que tener claro cuál es el objetivo.»

La frase parece sencilla. Sin embargo, vuelve sobre ella varias veces.

Si una familia quiere una casa abierta al paisaje, cada decisión debería acercarse a ese propósito. Si el objetivo es construir un refugio, las decisiones serán otras.

Lo importante no es la solución en sí misma. Lo importante es que todas apunten hacia el mismo lugar.

«Muchas veces otra opción puede ser más bonita. Pero si no ayuda al objetivo del proyecto, deja de tener sentido.»

Es una manera de trabajar donde la forma nunca toma la primera decisión. Llega después, como consecuencia.

Y quizás esa sea una de las razones por las que le cuesta hablar de un estilo propio, no porque no exista una mirada personal, sino porque siente que cada proyecto exige empezar de nuevo.

Volver a escuchar, volver a mirar, volver a preguntarse qué necesitan realmente ese lugar y esas personas.

Solo entonces aparece la arquitectura.

La sustentabilidad deja de ser discurso

Francisca habla de sustentabilidad con cierta cautela, no porque dude de su importancia… Al contrario.

Lo que le incomoda es la facilidad con que la palabra ha terminado convirtiéndose en una etiqueta.

Después de cursar un diplomado en Arquitectura Sustentable, descubrió que muchas veces la conversación parecía concentrarse en las soluciones visibles: paneles solares, sistemas tecnológicos, certificaciones o nuevos materiales. Ella prefiere empezar mucho antes.

«La sustentabilidad debería estar incorporada desde el origen del proyecto.»

Entonces la conversación vuelve, una vez más, al emplazamiento… a la orientación, al recorrido del sol, la vegetación que ya existe, la pendiente del terreno, la ventilación.

Antes de preguntarse qué tecnología puede resolver un problema, intenta averiguar si ese problema puede evitarse desde el diseño.

Si una ventana está bien orientada, la luz hará parte del trabajo. Si una cubierta protege correctamente del sol, la temperatura interior cambiará. Si un árbol permanece donde siempre ha estado, probablemente seguirá ofreciendo la mejor sombra posible.

«Si el proyecto está bien pensado desde el principio, muchas cosas empiezan a resolverse solas.»
Para Francisca, algo parecido ocurre con las cocinas.

Basta recorrer redes sociales o un showroom para encontrar muebles llenos de mecanismos, accesorios y soluciones diseñadas para sorprender. Especieros que giran, sistemas que aparecen desde el interior de un mueble, compartimentos ocultos, etc.

«Si la cocina está realmente bien diseñada, no vas a echar de menos ninguno de esos gadgets», dice sonriendo tras una breve pausa.

La arquitectura, apunta, corre el mismo riesgo. Cuando un proyecto necesita demostrar permanentemente que es sustentable, probablemente llegó tarde. La sustentabilidad no debería aparecer como un agregado, debería ser una consecuencia.

Esa manera de pensar vuelve a alejarla de las recetas. No cree que exista una solución capaz de repetirse indefinidamente. Cada terreno plantea preguntas distintas. Cada familia vive de una manera diferente. Por eso le interesa tanto la idea de terroir, una idea que solemos vincular con el mundo del vino.

Así como una misma cepa cambia completamente según el suelo, el clima o la orientación donde crece, una casa también debería nacer de las condiciones irrepetibles de un lugar. No como un gesto romántico, como una decisión de proyecto.

«Lo único es lo que aparece cuando realmente entiendes un lugar.»

Quizás esa sea la razón por la que evita hablar de tendencias.Las modas cambian, el lugar permanece y la arquitectura, piensa, tiene mucho más que aprender de ese tiempo largo que de cualquier novedad pasajera.

La belleza necesita tiempo

Francisca habla del tiempo, de los materiales,de la luz. Habla de esas casas que, muchos años después de haber sido terminadas, ya no parecen nuevas, pero siguen sintiéndose profundamente vivas.

Le interesan las superficies que envejecen con dignidad. La piedra que registra el paso de los años. La madera que cambia lentamente de color. Los objetos que terminan ocupando un lugar que nadie había previsto durante el proyecto.

Es la vida terminando de completar aquello que la arquitectura apenas comenzó.

«Lo más bonito es cuando la casa empieza a ser de quienes la viven.»

Cuando aparecen las plantas que alguien decidió poner junto a una ventana, los libros que ocupan lentamente un estante o la mesa donde una familia termina reuniéndose, año tras año, casi sin darse cuenta.

Es ahí donde una casa empieza a adquirir espesor.

La conversación deriva entonces hacia otra palabra que suele asociarse con la arquitectura, pero que para ella significa algo distinto: Lujo.

No piensa en materiales exclusivos. Ni en superficies brillantes. Ni en objetos difíciles de conseguir. Piensa nuevamente en el tiempo.
En poder abrir una ventana y sentir el cambio de estación. En desayunar mirando un paisaje. En escuchar un río. En sentarse bajo un árbol que estaba allí mucho antes de que existiera la casa o de que la familia ocupara un nuevo hogar.

«Para mí el lujo tiene mucho más que ver con la calidad de la experiencia que con la cantidad, el valor o brillo de las cosas.»

Mientras habla, toma un libro… es ‘La salvación de lo bello’, del filósofo Byung-Chul Han.

Busca una página marcada. Lee despacio.

«‘La belleza no es un brillo momentáneo, sino que alumbra en silencio, y a través de rodeos. A la belleza no se le encuentra en un contacto inmediato. Mas bien acontece como reencuentro y reconocimiento.»

Levanta la vista. Sonríe.

«Eso resume muy bien lo que intento hacer.»

No habla de una arquitectura destinada a sorprender… Habla de una arquitectura capaz de permanecer.

Una arquitectura que no necesita agotarse en el primer impacto porque confía en otra forma de belleza. La que aparece lentamente. La que se descubre después de haber vivido un lugar. La que no depende de la novedad… sino del tiempo.

Antes del primer trazo

Cuando la conversación termina, resulta difícil recordar cuántas veces hablamos de arquitectura pura y dura, porque en realidad hablamos de familias, de árboles, de cocinas, del paso de la luz sobre un muro, de materiales que cambian con los años, de la importancia de escuchar antes de decidir…de habitar más que de habitáculo.

Quizás ahí esté la clave.

Para Francisca Schüler, proyectar una casa nunca ha consistido únicamente en resolver un problema espacial. Consiste en comprender una forma de vivir. En pequeños pero importantes momentos que definen cómo tratar el soporte, la luz, el tiempo y la naturaleza.

En definitiva Francisca presta atención al lugar, a la luz, a las personas, al tiempo, a la orientación, a los materiales, a una conversación aparentemente trivial sobre dónde una familia toma desayuno. Todo su trabajo consiste en eso: mirar con suficiente cuidado antes de tomar una decisión.

Es volver a una Francisca pequeña que alucinaba con las manualidades y las experiencias que entregaban los distintos espacios, a aquella joven que eligió la arquitectura como una plataforma para explorar su gusto por la psicología, la filosofía y esa pulsión creativa ligada al generar emociones a través de los espacios.

Por eso las primeras reuniones con un cliente rara vez giran en torno a los metros cuadrados o al presupuesto.

Empiezan con preguntas mucho más simples.

¿Cómo transcurre un día cualquiera? ¿Dónde se junta la familia?¿Qué paisaje vale la pena conservar? ¿Qué lugar de la casa todavía no existe, pero ya ocupa un espacio en la imaginación de quienes la habitarán?

Ese es un punto de partida que permite orientar el verdadero objetivo de la obra

«Si uno tiene claro el objetivo, todas las decisiones empiezan a ordenarse.»

Para esta arquitecta, una buena casa no empieza cuando aparece el primer plano, empieza mucho antes y lo que queda después no es la carcaza sino que la luz entrando por una ventana en invierno, una sobremesa que se alarga más de la cuenta, niños que crecieron corriendo por un patio, amigos que siempre terminan reunidos alrededor de la cocina y las estaciones cambiando el color de los árboles.

Y sí, la arquitectura sigue allí… pero ya no necesita hacerse notar. Ha cumplido su tarea. Ha construido una atmósfera.

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