Durante años creyó que su oficio consistía en transformar espacios. Hoy sabe que comienza mucho antes: escuchando historias, comprendiendo rutinas y descubriendo aquello que una familia no está dispuesta a perder. El diseño, para Claudia Soruco, no busca dejar una firma, ya que está se dibuja en la sombra de una estética de perfecta armonía.
La mesa podría moverse. Bastaría con girarla algunos grados para abrir el comedor hacia la ventana, mejorar la circulación o permitir que la luz alcanzara con mayor profundidad el resto del espacio. Cualquier proyecto de interiorismo podría justificar esa decisión con argumentos suficientes. Sin embargo, antes de imaginar una nueva distribución, Claudia pregunta por ella.
La respuesta llega sin solemnidad. Es la mesa donde los hijos aprendieron a comer solos. La que perteneció al abuelo antes de pasar a la siguiente generación. La superficie sobre la que todavía aparecen, aunque apenas se distingan, las marcas de vasos calientes, lápices y celebraciones familiares que ningún lijado ha conseguido borrar por completo.
A partir de ese momento, la mesa deja de ser un mueble. Se convierte en una historia.
Y las historias —ha aprendido Claudia después de años entrando a casas ajenas— nunca admiten soluciones tan rápidas como las que ofrece un plano.
Hay escenas como esa que permanecen invisibles cuando un proyecto termina. No aparecen en las fotografías ni suelen ocupar espacio en las memorias descriptivas. Tampoco forman parte del repertorio habitual con que se explica una propuesta de interiorismo. Sin embargo, es precisamente ahí donde Claudia siente que comienza su trabajo: en ese instante en que un objeto deja de responder únicamente a su función y empieza a revelar la vida de quienes lo rodean.

«Me gusta cuando la gente empieza a contar esas historias. Ahí uno entiende qué cosas realmente pertenecen a una casa y cuáles solamente están ocupando espacio.»
Mientras habla, resulta evidente que la frase no constituye una metodología aprendida ni un discurso construido para explicar su trabajo. Más bien parece la consecuencia natural de una manera de observar que lleva demasiado tiempo acompañándola. Porque antes de decidir colores, materiales o proporciones, necesita responder otra pregunta, una que rara vez aparece en los encargos y que, sin embargo, termina condicionando todas las demás: ¿qué parte de la vida que ocurre dentro de esta casa merece permanecer cuando todo lo demás cambie?
Quizás por eso le cuesta hablar de estilo. No porque desconfíe de la estética —su trabajo demuestra exactamente lo contrario—, sino porque entiende que una casa nunca comienza en los objetos que la llenan, sino en las relaciones que esos objetos han sido capaces de sostener con el paso del tiempo. El diseño aparece después, como una forma de ordenar, proteger o revelar aquello que ya existía mucho antes de que alguien pensara en remodelar un espacio.
Para comprender de dónde nace esa manera de mirar habría que retroceder bastante más atrás que el inicio de su oficina o los primeros proyectos de interiorismo. Habría que volver a una época donde todavía no existía un oficio, pero sí una sensibilidad que empezaba, silenciosamente, a educarse.

La educación de la mirada
Hay aprendizajes que nunca llegan acompañados por una fecha precisa. No ocurren el día en que alguien decide estudiar una disciplina ni pueden atribuirse a un profesor determinado. Se construyen lentamente, casi por acumulación, hasta que un día resulta imposible distinguir cuándo comenzaron realmente. La educación estética de Claudia pertenece a esa clase de aprendizajes.
La casa donde creció no era un museo ni un manifiesto sobre el buen gusto. Era, simplemente, un lugar donde la belleza formaba parte de la vida cotidiana. Su madre pintaba cerámica , su padre pintaba en óleo, escribía, hacía escultura y hacía del arte una presencia constante, no como una actividad extraordinaria, sino como una manera de habitar el mundo.

Entre libros, cuadros y conversaciones fue desarrollándose una sensibilidad que todavía no buscaba transformarse en profesión. Nadie hablaba de interiorismo. Nadie imaginaba una futura oficina dedicada al diseño. Lo que existía era una forma particular de prestar atención.
«Siempre crecí en un ambiente muy estético, con una familia muy preocupada de ese tema. Mi papá pinta, escribe, hace escultura. Desde chica estuve muy ligada a eso.»
Con el tiempo descubriría que esa familiaridad con la belleza no se manifestaba únicamente como un gusto por ciertos objetos o ambientes. Había algo más profundo, una especie de intuición que aparecía cada vez que observaba un espacio y que le permitía reconocer, sin saber todavía por qué, cuándo una proporción encontraba su equilibrio o cuándo una textura parecía inevitable.
«Sentía que esto tenía que ir aquí, que esa textura era la correcta, que esa medida tenía que ser otra. Yo no había estudiado decoración todavía, pero había algo que me decía que era por ahí.»
Resulta tentador interpretar esa certeza como un talento precoz. Ella prefiere entenderla de otra manera. Habla de sensibilidad antes que de talento, porque la sensibilidad exige una disposición permanente a seguir mirando. No entrega respuestas definitivas. Apenas enseña a formular preguntas más precisas.

Durante mucho tiempo esa intuición permaneció sin un lugar donde desplegarse. La vida eligió otro camino. Claudia estudió Educación Parvularia y dedicó once años a trabajar con niños pequeños, en una etapa donde la comunicación rara vez ocurre de manera explícita. A simple vista, ambos mundos parecen distantes. Sin embargo, cuando intenta explicar aquello que sostiene hoy su oficio, vuelve inevitablemente a esos años.
«La misma sensibilidad que tenía para trabajar con los niños y saber perfectamente qué les pasaba, qué necesitaban, hoy la uso con mis clientes.»
La continuidad entre ambos trabajos no aparece en los contenidos ni en las herramientas, sino en la manera de aproximarse a las personas. Educar a un niño implica comprender aquello que todavía no logra decir con claridad. Exige observar antes de corregir, escuchar antes de interpretar y aceptar que las respuestas importantes casi nunca llegan de inmediato. Con el tiempo, esa forma de mirar abandonó la sala de clases para instalarse dentro de las casas.
Tal vez por eso Claudia nunca sintió que hubiera cambiado verdaderamente de profesión. Cambió el escenario. Lo que permaneció intacto fue el gesto.
Intervenciones oídas
Cuando dejó la docencia no buscaba convertirse en interiorista. Mirando hacia atrás, el recorrido parece lógico: primero las alfombras de piel, luego un taller de muebles, más tarde la distribución de papeles murales, cortinas y textiles. Sin embargo, en ese momento nada permitía pensar que todas esas experiencias terminarían reuniéndose bajo un mismo oficio. Eran actividades independientes, unidas únicamente por una curiosidad creciente hacia los espacios y por una intuición que seguía apareciendo cada vez que alguien le pedía una opinión.
Lo decisivo no fue aquello que Claudia comenzó a ofrecer, fue aquello que los demás empezaron a pedirle.
Los clientes llegaban buscando un producto y terminaban preguntándole cómo resolver un comedor, dónde ubicar un sofá, qué hacer con un rincón difícil o de qué manera integrar muebles que pertenecían a distintas etapas de una misma familia. Ella respondía con naturalidad, aunque inmediatamente sintiera la necesidad de restarle importancia a sus propias respuestas.
«Yo les decía: ‘Pero si no soy decoradora’.»
La frase contiene una paradoja que sólo resulta evidente con el paso de los años. Mientras Claudia insistía en aquello que todavía no era, los clientes parecían haber descubierto con bastante claridad aquello que ya existía en ella. Confiaban en una mirada que todavía no tenía título, pero que comenzaba a construir algo mucho más difícil de obtener: credibilidad.
«Sentí que había mucha gente que quería ayuda. Las personas confiaban en lo que yo proponía espontáneamente. Entonces pensé: esto me lo tengo que creer yo también.»

Después llegarían los cursos, la especialización, la oficina propia, las colaboraciones con arquitectos e interioristas y una trayectoria que hoy supera los quince años. Todo eso forma parte de la historia profesional de Claudia. Pero el verdadero origen del oficio parece haber ocurrido bastante antes, en el momento en que comprendió que saber mirar también implicaba asumir la responsabilidad de esa mirada.
Desde entonces, cada proyecto comienza exactamente en el mismo lugar: No frente a un plano, ni delante de una muestra de materiales, comienza poniendo oído.
No porque la escucha constituya una etapa previa al diseño, sino porque para Claudia ambas cosas son exactamente la misma operación. Mientras la conversación avanza aparecen los hijos, los viajes, los objetos heredados, las costumbres que ninguna distribución puede alterar y esas pequeñas rutinas que rara vez figuran en un programa arquitectónico, pero terminan definiendo la identidad de una casa.
Poco a poco el encargo deja de parecer un problema espacial y comienza a revelar otra dimensión mucho más compleja: la forma en que una familia ha aprendido a habitar el mundo.
Sólo entonces el proyecto empieza a hacerse visible, no como una colección de muebles, colores o materiales; sino como la posibilidad de construir un lugar donde esa historia pueda seguir ocurriendo.

El oficio de desaparecer
En una disciplina donde la autoría suele convertirse en una marca, resulta llamativo encontrar a alguien que entienda el éxito de un proyecto justamente al revés. Basta recorrer el trabajo de Claudia Soruco para advertir ciertas constantes: la luz tamizada por linos de trama abierta, la nobleza silenciosa de la madera, el equilibrio entre piedras naturales y textiles que invitan más a permanecer que a ser contemplados.
Hay una sensibilidad reconocible, una manera de construir atmósferas donde el lujo parece medirse por la calma antes que por la abundancia. Sin embargo, cuando se le pregunta por su sello, evita hablar de formas o materialidades. La respuesta vuelve, una vez más, hacia las personas.
Quizás porque el verdadero desafío para ella es hacer que desaparezca cualquier rastro de quien diseña para que aparezca, con mayor claridad, la identidad de quienes van a vivir allí. Es una renuncia poco habitual dentro de un oficio que muchas veces premia la firma reconocible, la estética capaz de sobrevivir incluso al cambio de sus habitantes.

Claudia parece desconfiar de esa idea. No porque niegue el valor de la autoría, sino porque entiende que una casa nunca debería convertirse en el retrato de quien la proyectó, pero aprender eso le tomó tiempo.
Hubo años en que trabajó desarrollando departamentos piloto para inmobiliarias. Muchos de ellos estaban dirigidos a un público muy específico: hombres recién separados, profesionales que comenzaban una nueva etapa de sus vidas y necesitaban construir un hogar desde cero. Eran proyectos donde las decisiones parecían estar previamente definidas. Paletas oscuras, metales dorados, líneas limpias, un imaginario asociado a cierto lujo masculino que poco tenía que ver con la sensibilidad que Claudia había cultivado hasta entonces.
La primera reacción fue de resistencia.
«Me mostraban referencias llenas de negro, mucho dorado, un estilo muy moderno, y yo pensaba: esto no tiene nada que ver conmigo.»
La frase no es una crítica hacia ese lenguaje. Es el reconocimiento de una incomodidad que cualquier creador experimenta cuando descubre que su gusto personal no basta para ejercer un oficio. Porque diseñar exclusivamente desde las propias preferencias resulta, en cierto modo, sencillo. Lo verdaderamente complejo comienza cuando el proyecto exige comprender una sensibilidad ajena y construir belleza desde un territorio que no necesariamente coincide con el propio.
«Lograr un lugar que me gustara, aunque no fuera mi gusto, fue uno de los aprendizajes más importantes que tuve.»
Hay algo profundamente ético en esa afirmación. No habla solamente de flexibilidad profesional. Habla de un ejercicio constante de desprendimiento. De aceptar que el diseño no consiste en convencer al otro de habitar nuestra mirada, sino en acompañarlo a descubrir la suya.

Con los años, esa disposición terminó convirtiéndose en una forma de trabajar. Claudia escucha con atención aquello que entusiasma a sus clientes, incluso cuando esos deseos parecen alejarse de su imaginario personal.
No busca corregirlos ni suavizarlos. Prefiere entender de dónde provienen. Descubrir qué historia sostiene ese color que alguien insiste en conservar o por qué un objeto aparentemente fuera de lugar resulta indispensable para una familia.
«Me gusta que el lugar sea propio, incluso si el gusto de esa persona es muy distinto al mío.»
Materia invisible
Resulta inevitable hablar de materiales cuando se conversa con una interiorista. Sin embargo, Claudia parece acercarse a ellos desde un lugar distinto al habitual. No los enumera como recursos compositivos ni como atributos técnicos. Los describe como presencias capaces de modificar la manera en que una persona permanece dentro de un espacio.
Mientras buena parte del diseño contemporáneo organiza los proyectos a partir de una estética determinada, Claudia parece construirlos desde la experiencia corporal de quien los recorrerá. La textura de un lino no es solamente un acabado; es la forma en que la luz atraviesa una habitación durante la mañana. La madera no representa únicamente calidez; introduce un ritmo visual que desacelera la mirada. Incluso el travertino —material que aparece con frecuencia en sus proyectos recientes— deja de ser una elección formal para convertirse en una superficie donde la piedra pierde solemnidad y adquiere una condición casi doméstica.
«Me gusta que haya madera, metal, lino, mármol, distintas telas… que todo converse.»
La palabra vuelve a aparecer: Conversar.
No armonizar. No combinar.
Conversar.

Una conversación supone diferencias. Ningún diálogo ocurre entre elementos idénticos. Quizás por eso sus interiores nunca dependen de una única textura ni de un solo material dominante. Prefiere construir pequeñas tensiones: la aspereza de una piedra frente a la suavidad de un tejido natural; la precisión de un metal dialogando con las vetas impredecibles de una madera; la transparencia de una cortina permitiendo que la luz termine de hacer aquello que nadie puede controlar por completo.
Cuando se observan algunos de sus proyectos residenciales, esa búsqueda aparece con claridad. Un comedor donde la madera oscura encuentra equilibrio en la porosidad de un muro; un estar donde los tonos neutros adquieren profundidad gracias a la superposición de textiles y fibras naturales; una cocina donde el travertino no busca imponerse como pieza escultórica, sino integrarse a la rutina diaria con una naturalidad casi silenciosa.
Ninguna de esas decisiones parece destinada a producir una imagen espectacular. Todas parecen responder a una pregunta mucho más simple y, al mismo tiempo, más difícil: ¿cómo queremos sentirnos cuando la puerta se cierre y la casa vuelva a quedarse sola con quienes la habitan?
Belleza
Existe una idea bastante instalada dentro del diseño contemporáneo: la de asociar calidad con presupuesto. Como si la sofisticación fuese, inevitablemente, el resultado de una mayor capacidad económica. Claudia conoce bien esa lógica. Durante años trabajó para inmobiliarias donde cada decisión debía equilibrar aspiraciones estéticas con restricciones financieras. Esa experiencia terminó modificando su manera de entender el valor de un proyecto.
«Con muchas lucas no es tan difícil hacer un lugar bonito…el desafío es lograr espacios elegantes, cálidos y entretenidos cuando el presupuesto es acotado.»
La frase revela otra forma de mirar el lujo. Una donde el valor no proviene exclusivamente del precio de las piezas, sino del criterio con que son elegidas y puestas en relación. Un sofá confeccionado en lino natural puede convivir con un objeto encontrado en una tienda pequeña. Una mesa de gran factura puede adquirir otra dimensión junto a un jarrón anónimo descubierto casi por casualidad. La sofisticación deja entonces de depender de la acumulación y comienza a construirse desde la proporción, la medida y la capacidad de reconocer qué merece realmente ocupar un lugar dentro de una casa.
Quizás por eso le interesa descubrir nuevos proveedores, pequeños talleres, artesanos y diseñadores emergentes. No lo plantea como una postura ideológica, sino como una consecuencia natural de la curiosidad.
La observación constante del oficio le ha enseñado que el diseño nunca permanece quieto.
Cambian los materiales, aparecen nuevas tecnologías, surgen otros lenguajes. La mirada, en cambio, necesita seguir entrenándose para distinguir aquello que permanece cuando las tendencias terminan por pasar.
Y eso, piensa, sólo ocurre cuando un proyecto deja de perseguir la novedad y comienza a perseguir algo mucho más difícil: la permanencia.

Después de desaparecer
Al final de la conversación, cuando las preguntas ya parecen agotarse, Claudia recuerda algo que no había mencionado antes. Habla de los viajes. De las tiendas de decoración que visita casi por instinto. De la manera en que observar otras ciudades ha ido ampliando su sensibilidad frente a los materiales, las proporciones y las formas de habitar.
Lo cuenta sin convertir esa experiencia en un gesto cosmopolita. Más bien como quien reconoce que mirar también exige desplazarse, salir del propio repertorio para regresar con preguntas nuevas.
Sin embargo, da la impresión de que aquello que realmente ha enriquecido su mirada no ha sido únicamente viajar, sino acompañar durante años la vida de otras personas.
Hay clientes que vuelven cuando cambian de casa. Otros llaman después de un hijo, de una separación, convencidos de que el siguiente proyecto sólo puede comenzar con alguien que ya conoce su manera de habitar el mundo. No regresan para repetir una estética.

Regresan porque sienten que existe alguien capaz de recordar qué objetos no pueden faltar, qué recuerdos necesitan seguir visibles y cuáles son esas pequeñas rutinas que, aunque nadie las fotografíe, terminan definiendo el carácter de un hogar.
Quizás ese sea el verdadero proyecto de Claudia Soruco: no diseñar interiores, ni siquiera construir atmósferas… su trabajo consiste, más bien, en proteger una forma de vida mientras todo lo demás cambia.
Las casas envejecen. Los materiales se transforman. Los hijos crecen, aparecen nuevas necesidades, las familias se reorganizan y los espacios vuelven a pedir otra lectura.
Nada permanece exactamente igual.
Salvo, quizás, esa antigua disposición a escuchar antes de intervenir.
La misma que comenzó mucho antes del interiorismo.
La misma que una vez aprendió observando a un niño y que hoy sigue apareciendo, silenciosamente, cada vez que una conversación se detiene sobre una mesa que nadie quiere mover porque, aunque ningún plano pueda demostrarlo, toda una historia familiar sigue ocurriendo alrededor de ella.
Claudia no diseña casas; diseña las condiciones para que una historia pueda seguir ocurriendo, así se dibuja su firma










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