Arquitecto del paisaje y fundador de Chañar Paisajismo, Ignacio Stuven diseña desde una lectura atenta del lugar. Con doce años de experiencia en proyectos residenciales, hoteleros, inmobiliarios y paisajes urbanos, entiende el paisaje como una disciplina que debe incorporarse desde las primeras decisiones. En su método conviven los campos de su infancia, una búsqueda persistente por los viveros menos visibles y una convicción: un jardín no completa la arquitectura; nace con ella y continúa transformándose mucho después de que la obra termina.
El jardín todavía no está. No hay masas vegetales, floraciones ni sombras proyectadas sobre un muro. Hay un terreno y, frente a él, Ignacio se detiene. Antes de pensar qué plantar, busca señales: la composición del suelo, el recorrido del sol, el clima, la dirección en que crecen los árboles cercanos. Mira también más lejos. Una copa que sobresale tras el deslinde, la pendiente de un cerro o una franja vegetal fuera del predio pueden entrar al proyecto sin moverse de su sitio.
“La observación es fundamental para un arquitecto del paisaje. Hay que ver el tipo de suelo, el clima, la ubicación, la exposición solar. Después viene el nexo con el contexto: qué plantas existen alrededor, qué árboles hay, hacia dónde y cómo crecen”.
Así comienza un día cualquiera en su oficio: observando. Lo que para otros podría ser un espacio exterior todavía sin resolver, para Ignacio es un sistema abierto. Esa pausa define buena parte de lo que ocurrirá después. El paisaje deberá atravesar estaciones, crecer, perder hojas, recibir a sus usuarios y formar parte de una rutina.
Stuven habla de tres capas. La primera es esa observación precisa del sitio. La segunda consiste en reconocer el paisaje que lo rodea y traerlo visualmente hacia el interior. Es lo que llama “el jardín prestado”: una continuidad capaz de borrar la sensación de límite y hacer que el proyecto parezca pertenecer a una extensión mayor. La tercera está en la arquitectura: sus circulaciones, sus vistas, los espacios de permanencia y aquello que se percibe desde el interior.
“¿Cómo traigo al jardín los árboles, la montaña o el cerro que están en el contexto? Me interesa que todo se lea como una unidad, que aparezca una sensación de infinitud. Luego estudio la arquitectura: los recorridos, las vistas, los estares y los lugares que se están conformando”.
No se trata de controlar la naturaleza hasta volverla inmóvil. Se trata de anticipar sus cambios lo suficiente para que pueda expresarse sin que el proyecto pierda coherencia. Por eso, Chañar Paisajismo busca integrarse tempranamente a los equipos de arquitectura, inmobiliarias, constructoras y otros especialistas, desde el diseño hasta la ejecución.

Volver a los campos
Mucho antes de formular ese método, Ignacio ya construía pequeños paisajes. Creció en Santiago, pero su infancia transcurrió también entre los campos de la familia paterna, los viveros y la crianza de animales.
Recuerda correr entre las naves de producción y ver cómo las plantas que la familia recogía en distintos lugares llegaban al jardín de la casa. Allí se probaban asociaciones, se esperaba una floración, se observaba qué ocurría cuando una especie quedaba junto a otra.
Los animales fueron su primera vocación. Durante años pensó que estudiaría Medicina Veterinaria. Pero lo que más lo atraía no era solo el animal. Era todo lo que debía existir alrededor para que pudiera vivir.
“Me gustaba crearles hábitats. Partí haciendo terrarios, acuarios, paludarios y distintas cosas para ambientar la naturaleza de esos animales. Ahí descubrí que eso era lo que realmente me gustaba”.
La idea de hábitat apareció antes que la palabra paisajismo. Había que entender humedad, temperatura, agua, vegetación y refugio; componer una escena, pero también asegurar su funcionamiento.
Con el tiempo, a esa curiosidad naturalista se sumó una inquietud artística. Una profesora de arte reconoció esa mezcla y le habló de una carrera todavía poco conocida: Arquitectura del Paisaje.
En la Universidad Central encontró profesores provenientes de la biología, la geografía, las ciencias y la arquitectura. Cada disciplina miraba el territorio desde un lenguaje diferente. Los recorridos a terreno hicieron el resto.
“La universidad me abrió un mundo de sensibilidad hacia la naturaleza. Me enseñó que podía trabajar con ella mediante herramientas arquitectónicas establecidas y formales. Ahí se unieron el lado naturalista y el lado artístico”.
Esa historia explica una sensibilidad. Los doce años que siguieron —trabajando en empresas de arquitectura y paisajismo, coordinando especialidades y participando en obras de distintas escalas— la transformaron en oficio.


Un paisaje no se maquilla
Después de egresar, la teoría se encontró con la obra. Durante doce años Ignacio participó en encargos de distintas escalas y exigencias, y colaboró con profesionales como Atilio Cosmelli, Paula Ojeda, Matías Mackay y Matías Cienfuegos, entre otros. Fue una etapa de diseño, coordinación y ejecución que confirmó una convicción: la vegetación no puede llegar al final del proceso como una capa correctiva.
“La arquitectura del paisaje no es un maquillaje de la arquitectura. Ambas tienen que partir desde el principio. Si leemos el lugar y proyectamos en conjunto, evitamos retrocesos y podemos rescatar la identidad real del proyecto”.
Esa convicción se afinó frente a condiciones muy distintas.
En la renovación del Hotel W Santiago, el paisaje debía responder a tiempos breves y a un estándar de ejecución sin margen visible para el error.
En proyectos costeros como Casa Pueblo, la primera línea de mar obligó a estudiar la salinidad, el viento y la dificultad de plantar sobre arena.
En el edificio Karün de Vitacura, desarrollado por Indesa, la propuesta vegetal tomó la figura de un cerro isla: cada frente fue pensado como una ladera diferente, con especies capaces de traer al conjunto urbano la lectura de la geografía de Santiago.
La costa sigue siendo uno de sus territorios predilectos. Allí, la elección correcta deja de ser una preferencia estética y se vuelve la condición que permite al jardín existir.
Stuven conoce el comportamiento de las plantas costeras y le interesa observar cómo, cuando el diseño ha leído bien el sitio, el paisaje gana espesor con los años.
Chañar Paisajismo recoge esa trayectoria y la pone al servicio del trabajo compartido. El estudio colabora con oficinas de arquitectura, inmobiliarias, constructoras y otros especialistas, integrando vegetación, materialidades y contexto desde las primeras etapas del proyecto.
“Definiría a Chañar como un socio colaborador. Me interesa entrar desde el plano, hablar el mismo lenguaje que la arquitectura y sumar una lectura que permita que el proyecto funcione y tenga proyección en el tiempo”.
Ese lenguaje compartido implica leer planos, comprender circulaciones y vistas, coordinar requerimientos técnicos y sostener una idea desde el concepto hasta la obra. Una tarea que exige tanto sensibilidad como conocimiento constructivo.


La vida que cabe en una especie
La escena cambia. este paisajista recorre viveros pequeños y conversa con microproductores. Busca plantas que rara vez encabezan los catálogos y que, sin embargo, pueden ser exactas para un suelo, una exposición o una asociación determinada. No trabaja con una paleta repetida de antemano. La selección se construye para cada proyecto y exige conocer no solo la apariencia adulta de una especie, sino su velocidad, su demanda hídrica, su estacionalidad y el papel que puede cumplir junto a las demás.
“Tenemos un sinfín de plantas nativas para trabajar y terminamos ocupando siempre las mismas. Yo recorro viveros chiquititos, busco a los microproductores y trato de encontrar la especie que me estoy imaginando para cada rincón”.


En su voz hay entusiasmo, pero también una crítica a las soluciones automáticas. Entre risas, deja una frase: “Los agapantos y las tulbagias son demasiado dosmileros”. No es una prohibición ni un rechazo a una especie por su popularidad. Es una invitación a ampliar el repertorio y a preguntarse por qué una planta está allí, qué aporta y cómo se relacionará con el resto.
Elegir es también asumir responsabilidad. Una especie invasora puede alterar un entorno vulnerable. Una planta mal adaptada demandará agua, reposiciones y mantención permanente. Antes de proyectar, Ignacio busca entender quiénes utilizarán el espacio, cómo lo recorrerán, dónde permanecerán y qué relación se quiere generar entre arquitectura, paisaje y usuarios. Después muestra cómo cambiará el jardín durante el año.
“Me interesa que entiendan cómo va a evolucionar su jardín, para que se identifiquen con él, lo conozcan, lo cuiden y lo conserven como un tesoro”.
En Chañar, la sustentabilidad se aleja del eslogan y vuelve a decisiones comprobables: especies adaptadas al suelo y al clima, menor requerimiento hídrico, menos mantención y una función ecológica definida.
También implica pensar en asociaciones. Stuven utiliza especies pioneras capaces de comenzar a poblar un área y considera las relaciones de apoyo que pueden establecerse entre plantas. Su experiencia temprana con viveros le permite anticipar esos vínculos y proyectar un paisaje que no tenga que rehacerse al cabo de dos temporadas.
“Para mí, la sustentabilidad tiene que ver con elegir correctamente. Con el rol ecológico de cada planta, con disminuir la mantención y el consumo de agua, y con lograr que las especies se adapten bien al tipo de suelo. El conjunto de esas decisiones es lo que vuelve sustentable a un proyecto”.

Del plano al paisaje
Antes de dibujar, el especialista también necesita conocer a quienes habitarán el espacio. No basta con estudiar el terreno, sus condiciones ambientales o la arquitectura que lo contiene. Cada proyecto comienza, además, con una conversación. Quiénes van a habitar o usar el proyecto, quiénes lo visitan, cómo se utilizan los espacios exteriores y qué esperan encontrar en ellos son preguntas que ayudan a definir las primeras decisiones.

El diseño aparece entonces como una traducción. Las circulaciones, las vistas, los lugares de permanencia y la elección de especies deben responder tanto a las condiciones del sitio como a la vida que ocurrirá en él. Una tarea que exige comprender el lenguaje de la arquitectura, pero también anticipar cómo cambiará el paisaje una vez que deje de ser un plano y comience a crecer.
En esa relación entre naturaleza y proyecto aparece también el nombre del estudio. El chañar, Geoffroea decorticans, es uno de los árboles favoritos de Ignacio. Nativo de zonas áridas y semiáridas, produce una floración amarilla y frutos dulces, mientras su corteza se desprende en láminas a medida que crece. En Chile está clasificado oficialmente como vulnerable.
“Tiene una floración hermosa y es muy resiliente. Crece en condiciones abruptas y, aun así, entrega frutos que son un manjar en el desierto. Su corteza se descascara, la va botando, va mudando. Esa metamorfosis me parece muy potente”.

La elección del nombre contiene también una posición: incorporar flora nativa no como tendencia, sino como parte de una red vinculada a suelos, insectos, aves, agua y memoria territorial. Conocer una especie es conocer las relaciones que hace posibles.
Esa mirada, sin embargo, no se limita a la escala doméstica. Para Ignacio, el paisajismo también tiene una responsabilidad urbana: reverdecer la ciudad, recuperar sitios abandonados o degradados y transformarlos en áreas verdes capaces de atraer biodiversidad.
No se trata únicamente de sumar vegetación, sino de volver a conectar aquello que la expansión urbana ha fragmentado, generando corredores ecológicos que permitan el tránsito de especies y restituyan vínculos entre distintos espacios de la ciudad.
Pensar el paisaje a esa escala amplía también el sentido de cada intervención. Un jardín puede ser el comienzo de una relación más extensa con su entorno; un área verde, una pieza dentro de una red mayor.
Desde una casa hasta un espacio urbano, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: qué vida puede albergar un lugar y qué condiciones podemos crear para que esa vida vuelva a desplegarse.

Un socio para el proyecto
Al hablar del futuro, Stuven no fija una escala. Ha trabajado en jardines residenciales, hoteles, proyectos inmobiliarios y paisajes urbanos. En todos permanece la voluntad de construir hábitat.
“Me imagino seguir generando hábitats para humanos y animales, uniendo la naturaleza con las personas en su vida diaria y haciendo que esa relación fluya de manera natural. Quiero aportar a la ciudad desde la ecología”.
Ese horizonte puede tomar la forma de una vivienda, un borde costero, un hotel, un edificio o un fragmento de ciudad. En cada caso vuelve la misma pregunta: qué necesita estar presente para que arquitectura, paisaje y vida puedan sostenerse juntos.
Sobre la mesa, el plano sigue abierto. Allí Chañar encuentra su lugar: dentro del equipo, aportando una mirada que acompaña el proyecto desde sus primeras decisiones hasta aquello que crecerá después.
Antes de plantar, Ignacio mira. Pero ya no mira solo: proyecta con otros.
Un proyecto de paisaje no comienza con la elección de las especies ni termina cuando las plantas encuentran su lugar en el terreno. Comienza mucho antes: en la observación, en las preguntas, en la voluntad de comprender qué sucede en un sitio y qué podría llegar a suceder allí. Para este profesional, esa conversación debe ocurrir desde las primeras etapas del proyecto, junto a arquitectos y desarrolladores, cuando todavía es posible pensar la arquitectura y el paisaje como partes de una misma idea.

Desde esa posición trabaja Chañar: no como una intervención que llega a completar lo que ya está resuelto, sino como un socio que incorpora otra perspectiva al proceso. Una mirada capaz de leer las condiciones del lugar, reconocer sus posibilidades y traducirlas en espacios que respondan a quienes los habitan, pero también a la vida que los rodea.
Sumarse a un proyecto, en ese sentido, es abrirlo a preguntas que quizá no estaban sobre la mesa: qué especies pueden prosperar, qué relaciones pueden establecerse, cómo cambiará ese jardín con el tiempo y qué lugar tendrá la naturaleza en la experiencia cotidiana.
Hay algo de regreso en esa forma de trabajar.
Aunque hoy se exprese en planos, conversaciones y proyectos de arquitectura, su origen está en una curiosidad mucho más temprana: la de observar cómo crecen las cosas, cómo se relacionan entre sí y cómo un pequeño cambio puede transformar un entorno. Aquella atención que comenzó entre viveros, animales y campos familiares sigue presente, ahora convertida en una manera de proyectar.
Quizá por eso el nombre del estudio no es casual. En la resistencia generosa del Chañar Ignacio reconoce una forma de entender el paisaje: no como una imagen que debe permanecer intacta, sino como un organismo vivo, sujeto al tiempo, a las estaciones y a las relaciones que lo hacen posible.
En cada proyecto, la tarea consiste entonces en algo más que diseñar un jardín. Se trata de encontrar qué puede crecer allí, qué merece permanecer y qué nuevas relaciones pueden aparecer. Una manera de volver a mirar el lugar antes de transformarlo. Y de recordar que, cuando el paisaje entra al plano desde el principio, la arquitectura no solo gana un entorno: encuentra otra forma de pertenecer a él.










0 comentarios