Llegó a la arquitectura casi por descarte, al sur buscando una vida posible y a Estudio Gobé avanzando proyecto a proyecto. En la forma de trabajar de Juan José Robert, la dispersión convive con el rigor y la escucha, con la certeza de que un arquitecto también debe saber poner límites. Su historia se abre, vuelve, cambia de dirección. Quizás por eso entiende tan bien que una casa tampoco nace de una sola idea.
uan José Robert está hablando de la arquitectura del sur cuando, de pronto, se detiene. Ha pasado de la vista al volcán al viento norte; del sol que todos quieren atrapar a la lluvia que golpea justo en esa misma orientación; de los grandes paños vidriados a las ventanas correderas que, asegura, tarde o temprano se filtran.
Entonces hace una pausa y pregunta, con absoluta naturalidad:
—Creo que me dispersé un poquito. ¿Me repites la pregunta?
La escena explica bastante más de él que cualquier definición ensayada. Juanjo piensa en voz alta. Avanza por asociaciones y, cuando parece haberse alejado, regresa con una variable concreta entre las manos: el clima, el presupuesto, una decisión material, la vida futura de quien va a habitar.
Su calma no es quietud. Su dispersión tampoco es falta de precisión. Es una manera de mirar muchas cosas al mismo tiempo hasta descubrir cómo hacerlas convivir.
Tiene 36 años, es arquitecto de la Universidad del Desarrollo y está detrás de Gobé Estudio. Cuando intenta nombrar su cargo, enumera varios: arquitecto, jefe de proyectos, administrador. Alguien le propone “director de orquesta” y él se ríe. Gobé es todavía un estudio pequeño; muchas veces, la orquesta completa cabe dentro de una sola persona.

Antes del plano, el desorden
En su infancia no hubo una casa extraordinaria que decidiera su vocación ni una genealogía familiar ligada al oficio. Si busca un indicio, lo encuentra en otro sitio: en el niño inquieto, distraído y algo desastroso que fue.
“Era súper disperso. Eso me hacía una persona un poquito más creativa”, recuerda.
Por un breve tiempo inventó juguetes y ballestas. Más tarde, en Educación Tecnológica, aparecieron el dibujo técnico con rapidógrafo y las maquetas. Un profesor dedicado a reproducir las iglesias de Chiloé acercó por primera vez ese hacer manual a algo que, años después, Juanjo reconocería como arquitectura. Pero entonces no hubo revelación.
Al terminar el colegio no sabía qué estudiar. Se preparó para entrar a Odontología, la prueba no salió como esperaba y acabó postulando a Arquitectura porque un amigo había elegido esa carrera y todavía le quedaba una puerta abierta.
Entró casi por descarte. Se quedó porque encontró su lugar.
“En primer año descubrí que me gustó caleta. Esas actitudes medias dispersas, medias desastrosas, convivieron bien con el ritmo de la arquitectura”.
Había noches largas, maquetas, entregas y una libertad que no había reconocido antes. Lo que lo atrapó fue algo más elemental: la posibilidad de inventar.
“Inventar cosas para otros, inventar proyectos, maquetas, estructuras para descansar, reposeras. Y hoy sigo inventando. Ahora son muebles, mesas, banquetas, cosas en madera nativa; y, en lo profesional, diseños de casas”.
Con los años, aquella libertad se llenó de condiciones: normativa, eficiencia energética, clima, tendencias, materiales y dinero disponible. “Es una sopa de puros ingredientes”, dice. El placer de imaginar sigue ahí, solo que ahora cada idea debe sostenerse, construirse y responder por sus consecuencias.

Irse al sur sin inventar una épica
Durante sus primeros años de trabajo colaboró con oficinas de arquitectura en Santiago. Hizo proyectos, aprendió el ritmo profesional y pasó un periodo dedicado intensamente a visualizar la arquitectura que otros habían pensado.
Fue una escuela útil y también una incomodidad creciente: mientras más horas dedicaba a representar ideas ajenas, más aparecía el deseo de probar las propias.
La mudanza a Puerto Varas, a comienzos de 2020, se presta para un relato romántico: dejar Santiago, seguir el paisaje, comenzar de nuevo frente al lago.

Juanjo no lo adorna. Se fue porque, con los ingresos de un arquitecto joven y un interés puesto en la vivienda, la independencia se estaba volviendo inviable en la capital. El sur parecía permitirle otra vida.
“Inicialmente no fue por la arquitectura. Fue por la calidad de vida que buscaba y porque vivir en Santiago se me estaba haciendo muy difícil”.
La coincidencia hizo el resto. La pandemia impulsó la llegada de nuevas familias a la zona y aumentó la demanda por viviendas, ampliaciones y regularizaciones. Juanjo llegó sin contactos, entró a una oficina local y comenzó a tomar pequeños encargos en paralelo: levantamientos, dibujos técnicos y expedientes de propiedades que nunca habían tenido planos.
Hay una imagen de esos años que permanece: Juanjo entrando a una casona antigua con una huincha, un lápiz y algunas hojas, registrando muro por muro algo que hasta entonces solo existía en pie. Antes de diseñar desde cero, tuvo que aprender a leer lo construido.
El boca a boca hizo su trabajo. Las regularizaciones se multiplicaron y, entre un encargo y otro, apareció la primera vivienda: una casa en Chiloé. El dato lo sorprende mientras lo cuenta. Las iglesias chilotas de aquellas maquetas escolares regresaban, de algún modo, al inicio de su vida independiente.
“Nunca había hecho esa conexión. Conversándolo uno empieza a hacer clic”, admite.
Después llegó la casa de un amigo, luego la del padre de ese amigo, después otro proyecto. No hubo un salto repentino, sino una secuencia coherente con su manera de avanzar: “pasito a pasito, poquito a poquito”.

Un apellido que tuvo que reescribirse
Gobé también nació de un pequeño desajuste. El nombre es su apellido, Robert, llevado a una escritura que intenta acercarse a su pronunciación francesa. Juanjo cambió las letras para que la gente pudiera decirlo como él lo había escuchado siempre. No resultó del todo —lo cuenta riéndose—, pero quedó una palabra breve, sonora y fácil de recordar.
El estudio tomó forma junto con esos primeros proyectos. Aún hoy convive con trabajos menos visibles y, después de un año especialmente difícil para el rubro, también con un empleo en una inmobiliaria. Juanjo no esconde esa doble jornada ni la convierte en una derrota. Habla desde el lugar real de muchos estudios jóvenes: sostener una práctica mientras se crea espacio para que crezca.
“Hoy estoy con dos trabajos: la inmobiliaria y mi estudio. Gobé siempre va a ser mi guagüita, porque la quiero tirar para arriba”.
La frase tiene ternura, pero no ingenuidad. Sabe cuánto cuesta una ventana hecha a medida y cómo una decisión mal resuelta puede acompañar durante años a una familia. La soltura con que conversa desaparece cuando habla de esa responsabilidad. En obra, la precisión no es un rasgo de autor; es una obligación con la vida y el dinero de otro.

Que la casa no le pertenezca al arquitecto
Si hay una idea que ordena la práctica de Gobé, no nace de una forma ni de un material. Nace de una conversación. Juanjo escucha mucho. Pregunta, propone, vuelve atrás y necesita que el cliente participe desde los primeros trazos hasta ese momento en que la obra deja de ser proyecto y recibe sus llaves.
En una disciplina donde la autoría puede volverse una posición de poder, él se resiste a interpretar al arquitecto como una figura incuestionable.
“No quiero tomar el camino de que el arquitecto es Dios. Quiero escuchar a mi cliente y hacer arquitectura para él. No quiero convencerlo de algo que no quiere ni obligarlo a vivir con una decisión que nunca le gustó”.
Eso no significa dibujar sin criterio todo lo que le pidan. Escuchar, para Juanjo, no es retirarse del proyecto. Es acompañar la decisión con información, advertir los riesgos y sostener los límites que la experiencia vuelve innegociables.
Puede ceder en un revestimiento o explorar una idea inesperada, pero no prometerá una solución que sabe destinada a fallar.
También pide algo a cambio: un margen de confianza.
“Yo no te voy a hacer una arquitectura a mi pinta —les dice—, pero dame algo para que tu casa sea única”.
Con ese permiso puede aparecer una estructura distinta, un espacio de mayor altura, un gesto de vidrio o una decisión capaz de darle carácter al conjunto. No busca una extravagancia ni una firma reconocible a cualquier precio. Busca que la casa hable, aunque sea en voz baja, de las personas para quienes fue pensada.
Su fórmula es tan sencilla que él mismo se ríe al decirla: “Cliente feliz, arquitectura feliz”. Detrás de esa ligereza hay un método exigente. Una vivienda absorbe ahorros y expone a quienes la encargan a un proceso que rara vez es perfecto. Habrá imprevistos y errores. Lo importante es que ninguno termine defendiendo el capricho del arquitecto por sobre la convicción de quien vivirá allí.




Cuando la lluvia cae de lado
Escuchar al cliente en Puerto Varas también implica enseñarle a escuchar el lugar. Casi todos quieren lo mismo: mirar el volcán, recibir el sol, abrir la casa hacia el paisaje. El problema es que desde esa dirección llegan también el viento y la lluvia.
“Uno tiene que decir: te voy a entregar la mejor vista, pero necesitas saber que aquí la lluvia no es vertical; es horizontal”.
Esa frase contiene buena parte de su arquitectura. El deseo no se cancela, se traduce. La abertura puede mantenerse, pero cambia el sistema; la terraza sigue allí, pero necesita resguardo. En la zona, una ventana corredera expuesta puede convertirse rápidamente en una filtración. Y una casa resuelta completamente en hormigón, por atractiva que parezca en una imagen, puede ser una mala respuesta térmica y económica.

“Yo te puedo escuchar, pero si me pides una casa de hormigón no voy a regalarte esa pesadilla. Sería un dolor de cabeza y te vas a arrepentir”.
Ahí aparece una de esas contradicciones que, en realidad, no lo son: el arquitecto que no quiere imponer también sabe decir que no. Lo hace porque la escucha incluye aquello que el cliente todavía no puede anticipar. Su trabajo está justamente en reunir el anhelo de una gran vista con la lluvia horizontal; el deseo de algo singular con un presupuesto concreto; la libertad creativa con una obra que debe envejecer bien.
El clima reduce el repertorio material y, al mismo tiempo, lo vuelve más atento. Zinc, madera, tejuelas: opciones conocidas en el paisaje sureño, cada una con costos y mantenciones distintas. Juanjo quisiera explorar más, pero no fuerza una innovación desligada de la realidad.
“Manda el bolsillo, mandan las modas y escucho al cliente. Hay una mezcla de todo”, resume.
Otra vez, ninguna decisión existe sola.


El foco puede moverse
Juanjo quiere que Gobé crezca primero en Los Lagos y Los Ríos, y luego más allá del sur. Le interesa proyectar en otros climas para descubrir cómo cambia la arquitectura cuando cambia el espíritu del lugar. También imagina asumir encargos de mayor escala: un edificio residencial, un condominio, un proyecto inmobiliario. Y mientras enumera esas posibilidades, vuelve a aparecer el mueble, ese oficio paralelo que le permite inventar con las manos y trabajar con madera nativa.
No presenta esos deseos como un plan cerrado. Sabe que su cabeza se abre antes de llegar al punto final y que el foco, a veces, se desplaza en pleno trayecto.
“Cuesta llegar al objetivo. De repente estás muy enfocado en algo, llegaste a la Z, después a la M y ahí encontraste otro tipo de arquitectura. Adiós la Z: te fuiste por los números. En esta cabeza dispersa todavía hay mucho por recorrer”.
La historia de Gobé ha avanzado así: por asociaciones, oportunidades y desvíos que solo después revelan su continuidad. Odontología llevó a Arquitectura; Santiago, a Puerto Varas; los proyectos ajenos, al deseo de diseñar los propios; las regularizaciones, a la primera casa; una maqueta escolar, muchos años más tarde, volvió a encontrarse con Chiloé.
Tal vez el foco de Juanjo no esté en alcanzar una letra precisa. Está en saber qué hacer con todo lo que aparece antes de llegar: medirlo, escucharlo, ponerlo a prueba y convertirlo en espacio. La línea no es recta. Nunca lo fue. Pero, entre una pausa y la siguiente idea, las casas comienzan a encontrar su lugar.










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