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SJ & Co: el espacio entre dos miradas

Oct 5, 2026 | Destacados, Interiorismo | 0 Comentarios

Amigas desde la universidad y socias casi por consecuencia, Soledad Peró y Josefa Palma han construido SJ & Co a partir de una conversación que lleva años. Entre recuerdos de infancia, viajes de madrugada, casas todavía en obra y discusiones creativas que nunca buscan una ganadora, ambas desarrollan un interiorismo cercano, atento a lo que ya existe y pensado para una vida que inevitablemente deja huellas.

En Lago Ranco, la casa todavía parece una promesa. «Son dos palos parados y un piso», dicen entre risas. Soledad Peró y Josefa Palma han viajado para verla cuando aún hay que imaginar casi todo. El día anterior se reunieron con el arquitecto y desplegaron los planos; ahora recorren la obra junto al equipo de terreno, observan las vigas, preguntan por la electricidad, descubren las maderas de la zona y tratan de adivinar cómo entrará la luz cuando aparezcan los muros.

Donde hoy hay una estructura desnuda, ellas ya ven muebles, recorridos, texturas y objetos. Una propone algo. La otra lo mira un segundo más.

—¿Y si lo hacemos distinto?

La pregunta se repite de muchas maneras en SJ & Co. A veces modifica un color; otras, cambia por completo la distribución de un espacio. No siempre están de acuerdo y tampoco pretenden estarlo. Su manera de diseñar nació precisamente de esa conversación: una idea que pasa de una a otra, se discute, se prueba y vuelve convertida en algo que ninguna habría pensado por separado.

Antes de ser socias fueron compañeras y amigas. Antes de construir una marca, se enviaban referencias a cualquier hora. Y mucho antes de estudiar diseño, ambas ya miraban las casas como si dentro de ellas hubiese algo por descifrar.

Yo te apaño

Después de la universidad, cada una siguió su propio recorrido. Soledad entró al mundo del retail, donde aprendió a trabajar con plazos, proveedores y decisiones que debían traducirse rápidamente en resultados concretos.

Josefa viajó a España para cursar un máster en diseño de packaging y, al regresar, trabajó como diseñadora en esa área.

Entre medio apareció una casa en Chicureo.

Josefa acababa de egresar cuando le propusieron desarrollarla desde cero. No tenía todavía la experiencia que un encargo de esa escala parecía exigir, pero dijo que sí.

«En ese minuto sentía que no sabía ni qué era un ladrillo ni qué era el concreto. Google fue mi mejor amigo. Me tiré a la piscina solamente con las ganas».

Lo cuenta ahora riéndose, aunque entonces el salto era real. Tuvo que aprender en obra, preguntar y resolver mientras el proyecto avanzaba. Soledad comenzó a acompañarla hasta que, en algún momento, dejó de ser una ayuda ocasional.

«Me gusta lo que estás haciendo. Yo te apaño», le dijo.

Así empezó el trabajo conjunto. Sin una inauguración formal ni una fecha precisa, sino con una amiga entrando en el proyecto de la otra.

La casa resultó bien. Años más tarde, los mismos clientes volvieron a buscarlas para una nueva vivienda en Lago Ranco.

En los primeros tiempos, el estudio se llamó La Chick Interiorismo. El nombre había aparecido durante un viaje de Josefa a Miami, al ver un letrero dentro de una tienda. Le gustaba la palabra, la imagen y la posibilidad de construir un estudio boutique que conservara cierta accesibilidad.

La marca creció junto a ellas. Llegaron oficinas, baños de visita y pequeños espacios donde podían detenerse en cada decisión. También apareció un problema inesperado: casi nadie lograba pronunciar correctamente el nombre.

«Nos decían La Chica, La Chec, La Shake… cualquier cosa, menos La Chick», recuerdan.

La anécdota provocaba risa, pero también confirmaba una sensación que ambas ya tenían. El estudio había cambiado y necesitaba una identidad más cercana a quienes lo sostenían. Josefa comenzó a jugar con sus iniciales, dibujó una nueva imagen y se la envió a Soledad.

La respuesta no necesitó demasiada discusión: «Me encanta. Cambiamos sí o sí».

Así apareció SJ & Co. Un nombre más limpio, directo y personal. Ya no remitía a una idea externa sobre el estilo, sino a ellas mismas y a la sociedad creativa que han construido.

No estar de acuerdo: Una forma de Trabajar

Cuando hablan del estudio, Soledad y Josefa no separan con facilidad lo profesional de la amistad. Llevan tantos años tomando decisiones juntas que pueden leer la reacción de la otra antes de que diga algo.

«La Sole es como mi hermana. Yo soy hija única, así que es la hermana que nunca tuve. La conozco demasiado y sé perfectamente cuándo tiene una idea en la cabeza», cuenta Josefa.

También saben cómo insistir sin imponerse.

«Muchas veces una propone algo y la otra lo cuestiona o lo lleva un poco más allá. No necesitamos estar de acuerdo desde el primer minuto. De hecho, cuando pensamos distinto suelen aparecer mejores soluciones».

No existe una fórmula para decidir quién tiene razón. A veces una idea resiste todas las preguntas; otras, pierde fuerza mientras intentan justificarla. La amistad les ha dado suficiente confianza para no aferrarse a una propuesta solo porque nació de una de ellas.

«Hay momentos en que una dice: ‘No, creo que lo mío puede funcionar mejor’. Lo conversamos y, muchas veces, terminamos reconociendo: ‘Ya, tienes razón tú; sigamos por ahí'».

El proyecto se va afinando en esa ida y vuelta. No hay una que piensa y otra que ejecuta, ni una división rígida entre lo creativo y lo práctico. Ambas participan en el proceso completo y encuentran en sus pequeñas diferencias la razón para trabajar juntas.

Ese contrapunto también les impide repetirse. Aunque comparten una sensibilidad por los espacios limpios, los materiales nobles y las composiciones serenas, ninguna de las dos quiere que una persona pueda recorrer varios proyectos y encontrar la misma casa una y otra vez.

«Para nosotras el punto de partida nunca es: ‘Queremos que esta casa se vea como SJ & Co’. Primero queremos entender a la persona que va a vivir ahí».

Una casa que se puede tocar

Soledad y Josefa preguntan mucho. Quieren saber si sus clientes reciben amigos, si cocinan, si hay niños, si trabajan desde la casa, si guardan cosas, si prefieren sentarse todos juntos o repartirse en distintos lugares.

También preguntan qué ocurre en un día corriente, cuando la casa no está ordenada para una visita ni preparada para una fotografía.

«Cuéntanos todo de ti», suelen decir.

No buscan información anecdótica. De esas respuestas dependerán el tamaño de una mesa, la resistencia de una tela, la posición de un mueble o la necesidad de almacenamiento. Antes de dibujar cómo se verá el espacio, necesitan descubrir qué deberá soportar.

Josefa recuerda esos livings antiguos donde todo parecía demasiado delicado para ser usado.

«El típico living de la abuelita donde no te podías sentar porque era intocable. Muy bonito, pero muy incómodo».

En las casas reales se derrama el café, los niños suben al sofá, aparecen juguetes y alguna superficie termina rayada. Para ellas, el diseño debe admitir esos episodios sin convertirlos en una pequeña tragedia doméstica.

«Queremos que esas cosas sigan pasando, pero que la casa te permita vivirlas. Que el sofá tenga una funda que puedas sacar, meter a la lavadora y listo. Que a la alfombra puedas pasarle un paño. No queremos que estés todo el día preocupado de mantener tu casa bonita».

La belleza, bajo esa mirada, no puede exigir una vigilancia constante. Necesita convivir con el movimiento, el desorden pasajero y las transformaciones familiares. Una casa no debería obligar a sus habitantes a comportarse como invitados.

«Puede ser estética, pero tiene que poder usarse. Tiene que poder vivirse».

Por eso la funcionalidad no llega después para corregir el proyecto. Está presente desde la primera conversación. A veces se expresa en una circulación despejada; otras, en una decisión aparentemente mínima que hace más fácil una acción repetida todos los días.

Una casa se conoce también por aquello que permite hacer sin pensarlo.

Lo que ya estaba ahí

Cuando llegan a un espacio, Soledad y Josefa no comienzan haciendo una lista de todo lo que debería desaparecer. Observan.

Puede haber una mesa desgastada, un sillón fuera de tono, una pieza heredada o un objeto que no parece encontrar su lugar. Antes de descartarlo, preguntan de dónde viene.

«Hay cosas que tienen una historia. Quizás se las regalaron para el matrimonio o han pasado de generación en generación. Son objetos personales, que hablan de quienes viven ahí. Al final, es su casa, su lugar seguro».

Una mesa puede lijarse. Un sofá puede cambiar de tapiz. Un mueble puede pintarse o pasar a otra habitación. No se trata de conservar por obligación ni de llenar los proyectos de gestos nostálgicos, sino de reconocer cuándo algo todavía tiene valor.

«Renovar no significa partir de cero».

Esa manera de trabajar también vuelve más inteligente el uso del presupuesto. En lugar de distribuirlo de forma pareja o gastar para reemplazarlo todo, deciden dónde una inversión cambiará realmente el espacio y dónde basta con mirar nuevamente lo existente.

«El mejor proyecto no es necesariamente el que tiene más presupuesto, sino el que toma mejores decisiones».

Los materiales tampoco aparecen como una lista cerrada. Primero piensan en lo que el lugar debería transmitir. Desde esa sensación comienzan a surgir una paleta, determinadas texturas y formas de iluminar.

Luego construyen por capas. Una pieza nueva puede convivir con un objeto antiguo; una superficie noble, con un elemento sencillo; un ambiente sereno, con algo levemente inesperado.

«La coherencia no significa que todo tenga que combinar perfectamente. Nos gusta que haya elementos que sorprendan, porque hacen que el espacio se sienta menos armado y más vivido».

En esa pequeña interrupción suele aparecer el carácter.

Cambiar de paisaje

Un departamento piloto que desarrollaron en La Serena fue uno de los primeros proyectos que las obligó a alejarse de su circuito habitual.

Una inmobiliaria les entregó la confianza para asumirlo y ellas respondieron viajando, coordinando y montando cada detalle.

«Cuando fuimos, partimos a las cuatro de la mañana en auto. Llegamos, montamos y volvimos. Es durísimo, pero nos encanta».

El proyecto tuvo una buena recepción y los propietarios de otros departamentos del mismo edificio comenzaron a contactarlas. Algunas de esas viviendas serían destinadas a arriendo temporal, por lo que debían sentirse acogedoras y personales sin conocer todavía a quienes las habitarían.

La Serena les enseñó a resolver la distancia. Lago Ranco, en cambio, les ha permitido entrar antes.

En la nueva casa participan cuando la obra aún está en desarrollo. Pueden conversar con el arquitecto, revisar los planos y anticipar decisiones de iluminación, distribución y materialidad que más tarde serían difíciles de modificar.
«El arquitecto nos dijo: ‘Láncense ustedes, tomen los planos. Si necesitan cambiar algo, todavía estamos a tiempo'».

Soledad y Josefa valoran esa confianza y también el conocimiento que aparece al trabajar con otras disciplinas. Preguntan por las vigas, la electricidad y la construcción.

Caminan junto a quienes ejecutan la obra y observan cómo una idea dibujada comienza a adquirir peso.

No son arquitectas y no intentan ocupar ese lugar. Les interesa que ambos trabajos se encuentren lo suficientemente temprano como para que la casa pueda pensarse de manera completa.

El paisaje también las obliga a salir de sus respuestas conocidas.

«Acá empezamos a mirar las maderas, la naturaleza, los materiales que podríamos usar. Viajar te abre la cabeza. Vas recorriendo, ves algo en el camino, conversas con alguien y aparece una posibilidad que en Santiago quizás no habríamos pensado».

Moverse implica trasladar muebles, encontrar proveedores y coordinar equipos lejos de casa. Pero también las mantiene atentas. Una carretera, un pequeño puesto o una madera vista en terreno puede entrar al proyecto y cambiarlo.

Mover, probar, volver a mirar

No todos los encargos comienzan con una casa vacía ni requieren meses de trabajo. SJ & Co. ofrece proyectos integrales, asesorías online y encuentros breves donde a veces basta con observar lo que ya existe y cambiarlo de posición.

Hay clientes que las llaman por videollamada y recorren con el teléfono una habitación.

«Nos dicen: ‘Mira, tengo esto, ¿dónde lo pongo?’. Y nosotras empezamos: ‘Muévelo para acá, saca esto, prueba ese mueble allá’ «.

Esa espontaneidad contiene algo de sus propias historias. La niña que imaginaba interiores mientras recorría las calles y la que reorganizaba muebles con su madre siguen presentes en esas decisiones rápidas.

En las asesorías online, el trabajo se desarrolla mediante fotografías, reuniones, propuestas visuales y selecciones con enlaces de compra. En los proyectos completos, el acompañamiento abarca planos, visualizaciones, compras, proveedores, maestros, montaje y la ubicación del último objeto.

La escala cambia, pero la conversación inicial permanece. Incluso cuando el encargo es pequeño, necesitan entender quién está al otro lado.

Esa cercanía explica que muchos clientes regresen. Las llaman para un segundo espacio, después para otro, y más adelante para una nueva casa. Con el tiempo, terminan conociendo sus rutinas, cambios familiares y formas de vivir.

«Al final se convierten en amigos. Nos vuelven a llamar para el tercer, cuarto o quinto espacio que necesitan cambiar».

Crecer sin perder la conversación

Soledad y Josefa quieren que SJ & Co. crezca. Lo dicen con entusiasmo, aunque también con cierta conciencia de lo que podría perderse si el estudio se alejara demasiado de su origen.

Proyectan una primera oficina donde puedan reunir materiales y muestras, recibir a los clientes y dejar de desplegar el estudio en lugares prestados. Imaginan también sumar nuevas personas al equipo y asumir proyectos cada vez más integrales.

Una de ellas viajará a Madrid para continuar formándose en decoración de interiores. Durante tres meses podrá recorrer, observar otras culturas y sumar nuevas referencias a una práctica que nunca ha dejado de aprender sobre la marcha.

Sin embargo, cuando piensan en el futuro no hablan de construir una gran estructura ni de repetir una estética reconocible. Vuelven a las casas.

«Nos gustan los proyectos personales, ese uno a uno con el cliente. La casa en Ranco, desde cero, por ejemplo, nos hace sentir que nos pican los dedos porque queremos verla lista».
No se cierran a otras escalas ni tipologías. Han trabajado en viviendas, oficinas, espacios comerciales y departamentos piloto. Pero en el mundo residencial encuentran una intimidad que les importa: conocer a una persona, entrar con cuidado en su rutina y acompañarla hasta que el espacio comienza a sentirse propio.

La identidad de SJ & Co. no está en una madera determinada ni en una paleta que deba repetirse. Está en la forma de mirar antes de cambiar, en la voluntad de preguntar y en esa conversación entre ambas que comenzó mucho antes de que existiera el estudio.

La casa que proyectan en Lanco Ranco todavía es «dos palos parados y un piso». Faltan muros, lámparas, muebles y todos aquellos objetos que terminarán contando quién vive allí y dando forma a un nuevo hogar.

Soledad ve una posibilidad. Josefa propone moverla un poco. Una insiste; la otra vuelve a mirar… Todavía no están de acuerdo, y quizás sea justamente ahí donde comienza el proyecto.

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