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Estudio Siete Colores: El tiempo del paisaje

Ago 10, 2026 | Diseño Sustentable, Paisajismo y diseño de exteriores, Reportajes | 0 Comentarios

Arquitecta y agrónomo, Paula Vilugrón e Ignacio Zúñiga fundaron Estudio Siete Colores convencidos de que los mejores proyectos nacen al comprender los procesos que ya existen. Entre la rehabilitación ecológica, el paisajismo y la arquitectura, su trabajo propone una manera distinta de leer el territorio y de acompañar el tiempo que toda forma de vida necesita para desplegarse.

Un lagarto permanece inmóvil sobre la vara floral de una chupalla. A simple vista parece una escena cualquiera. Paula Vilugrón se detiene a observar. Descubre que el reptil encontró allí alimento gracias a los polinizadores que atrae la planta, refugio entre sus espinas y un lugar donde pasar inadvertido. Lo que parecía un instante fortuito revela una trama que lleva años construyéndose silenciosamente.

«Ahí entendí que había escogido exactamente la planta que necesitaba. Tenía alimento, refugio y podía camuflarse. Ese tipo de encuentros son los que terminan dándole sentido a todo nuestro trabajo.»

La escena resume con precisión la manera en que Estudio Siete Colores comprende el paisaje. Sus proyectos no persiguen una imagen ni buscan imponer un orden sobre el territorio. Intentan restituir condiciones para que la vida vuelva a desplegarse. Lo que celebran no es un jardín recién terminado, sino ese momento, muchas veces imperceptible, en que un ecosistema recupera vínculos que parecían interrumpidos.

En una época en que el paisaje suele entenderse como una superficie disponible para intervenir, Paula Vilugrón, arquitecta, e Ignacio Zúñiga, agrónomo, comienzan siempre desde un gesto mucho menos evidente: recorrer, observar y permanecer el tiempo suficiente antes de tomar una decisión. Están convencidos de que la naturaleza lleva millones de años resolviendo problemas similares y que el verdadero desafío consiste en comprender cómo lo hace.

Llegaron a esa convicción desde trayectorias distintas.

Paula ingresó a la Escuela de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso buscando una disciplina donde pudieran convivir el arte, el diseño y la escritura. Allí descubrió una manera de proyectar que comenzaba mucho antes del plano.

«La escuela fue como mi hogar. Todo partía desde el dibujo, la observación y la atención. Antes de proyectar había que recorrer, mirar y comprender el lugar. Esa manera de aprender terminó cambiando completamente mi forma de entender la arquitectura.»

Años después, mientras participaba en proyectos posteriores al incendio que devastó los cerros de Valparaíso en 2014, esa forma de mirar adquirió otra dimensión. Las quebradas dejaron de ser accidentes geográficos para convertirse en estructuras vivas, capaces de conducir el agua, sostener la biodiversidad y articular un territorio completo.

Ignacio había llegado a conclusiones semejantes desde un camino distinto. Antes de estudiar Agronomía ya encontraba en el jardín un lugar de calma difícil de explicar. Mientras otros veían plantas, él intuía un lenguaje que no pasaba por las palabras.

«Siempre sentí una afinidad muy grande con las plantas. No había un lenguaje verbal; era una comunicación distinta, muy interpretativa. Para mí era un momento de introspección, de mucha calma.»

Cuando se conocieron, la conversación giró durante horas en torno a una misma inquietud: cómo devolverle vitalidad a paisajes degradados. La arquitectura le había enseñado a Paula a comprender el territorio desde el espacio, el recorrido y la experiencia. La agronomía había llevado a Ignacio hacia los procesos biológicos que sostienen la vida bajo la superficie. Descubrieron pronto que esas dos miradas no competían entre sí. Se completaban.

El nombre del estudio apareció casi por casualidad mientras preparaban uno de sus primeros proyectos. Revisando una guía de aves del humedal de Mantagua encontraron al siete colores, una pequeña especie que sólo construye su nido donde el ecosistema conserva un delicado equilibrio. Con el tiempo comprendieron que aquel nombre no describía una identidad visual ni una declaración de principios. Expresaba una aspiración mucho más silenciosa: que algún día sus proyectos dejaran de hablar de ellos y comenzaran a ser habitados nuevamente por la vida.

Lo que ocurre bajo la superficie

Si hubiera que resumir el trabajo de Estudio Siete Colores en una sola imagen, probablemente no sería un jardín en flor, sino un puñado de tierra. Antes de escoger una especie o imaginar un recorrido, Paula e Ignacio se preguntan qué ocurre bajo la superficie. Allí donde la vista ya no alcanza aparecen microorganismos, hongos, lombrices, materia orgánica y una compleja trama de interacciones que sostiene todo aquello que, tiempo después, terminará llamando la atención.

«Cuando uno entra a un jardín quizás no percibe nada de eso. Después alguien dice: ‘Qué bonita está esta planta’, pero esa expresión existe porque debajo ocurrió primero todo un proceso que sostiene lo que finalmente aparece.»

Esa perspectiva modifica por completo la manera de proyectar. El jardín deja de entenderse como una composición de especies para convertirse en un sistema vivo, donde cada decisión altera un equilibrio que comenzó a construirse mucho antes de la intervención y continuará transformándose después de ella. La pregunta deja de ser qué plantar y pasa a ser qué necesita ese lugar para recuperar su capacidad de sostener nuevas formas de vida.

En ese punto las trayectorias de ambos vuelven a encontrarse. Mientras Paula observa la relación entre el territorio y quienes lo habitan, Ignacio dirige la atención hacia los procesos biológicos que preceden a cada brote, floración o semilla. Sus años de estudio en agricultura orgánica y biodinámica ampliaron esa mirada, invitándolo a comprender el suelo como un organismo en permanente transformación y a convivir con ritmos que no siempre resultan evidentes.

«Empezamos a trabajar mucho antes de lo que quizás se puede ver. Hay procesos muy sutiles que ocurren en el suelo y que después la planta transforma en materia viva. Esa expresión vegetal termina sosteniendo insectos, aves y muchas otras formas de vida. La exuberancia que uno observa al final comenzó mucho antes, en algo que nadie alcanzó a ver.»

Dentro de esa búsqueda, la agricultura biodinámica abrió nuevas preguntas. Ignacio habla de los ciclos astronómicos, de los minerales y de prácticas que buscan acompasar el trabajo con los ritmos del entorno. No lo presenta como un conjunto de certezas, sino como una invitación a aceptar que existen procesos cuya complejidad excede, por ahora, nuestra capacidad de explicarlos por completo. Esa disposición atraviesa también la forma en que el estudio enfrenta cada encargo.

Antes de levantar un plano recorren el terreno, conversan con quienes lo habitarán, registran la vegetación espontánea y vuelven una y otra vez sobre el lugar para observar el comportamiento del agua, del viento y de la luz. Los dibujos aparecen después, cuando el sitio comienza a revelar su propia lógica y las decisiones dejan de responder únicamente a una intención de diseño.

«La metodología tiene mucho que ver con conversar. Conversar con el lugar, con qué necesita ese espacio, pero también con las personas. No es lo mismo un jardín privado que un recinto agrícola o un establecimiento educacional. Todo parte desde la observación.»
Los croquis, los planos y los fotomontajes funcionan entonces como una hipótesis más que como una definición. El proyecto continúa transformándose cuando el tiempo incorpora aquello que ningún diseñador podría anticipar.

«Uno puede tener ideas de cosas que van a ocurrir, pero la verdad es que la naturaleza hace toda la pega después. Siempre termina sorprendiéndonos con relaciones e interacciones que nunca imaginamos.»

Esa convicción explica también el cuidado con que hablan de su oficio. Nunca dicen que crean biodiversidad ni que producen naturaleza. Prefieren hablar de favorecer condiciones, porque saben que el resto pertenece a una inteligencia que no les corresponde dirigir.

«Sería muy soberbio decir que nosotros creamos todo eso. Lo que hacemos es incorporar los elementos necesarios para que la naturaleza pueda expresarse de la manera más libre posible.»

Por eso escenas como la del lagarto sobre la chupalla tienen un valor especial.

No constituyen un resultado previsto ni una meta de diseño. Son la señal de que un entramado de relaciones ha comenzado a reconstruirse y de que el proyecto puede seguir desarrollándose sin depender ya de quienes lo imaginaron.

Procesos invisibles

Con los años, Paula e Ignacio incorporaron una práctica que hoy forma parte esencial de su manera de proyectar. Cuando un proyecto plantea una pregunta compleja, rara vez buscan la respuesta en un referente de diseño o en una oficina. Prefieren volver al territorio. Caminan por quebradas, recorren humedales, visitan parques nacionales y observan comunidades vegetales que llevan décadas, incluso siglos, evolucionando sin intervención humana. No regresan para encontrar soluciones que puedan reproducirse, sino para comprender los procesos que han permitido a esos ecosistemas responder, una y otra vez, a las transformaciones de su entorno.

«Muchas veces volvemos a esos lugares porque ahí están las respuestas para los proyectos que estamos desarrollando. No tiene sentido copiar una solución. Lo importante es comprender cómo ese ecosistema resolvió naturalmente un problema parecido.»

Fue esa forma de observar la que los llevó a profundizar en la sucesión ecológica. El concepto describe la transformación gradual de un ecosistema, pero para ellos también terminó convirtiéndose en una manera de interpretar el territorio. Allí donde el ojo inexperto percibe un terreno vacío, ellos reconocen un proceso que ya está en marcha.

Los primeros organismos modifican lentamente el suelo, retienen humedad, incorporan materia orgánica y preparan las condiciones para que nuevas especies puedan establecerse. Décadas después, ese mismo lugar puede sostener un bosque. Cuando finalmente parece alcanzar un equilibrio, una perturbación reorganiza nuevamente el sistema y el ciclo vuelve a comenzar.

«Un bosque necesita otras especies antes para llegar a ser bosque. Siempre parte desde lugares muy inhóspitos. Llegan microorganismos, líquenes, pastos, arbustos… Cada uno prepara las condiciones para el siguiente. Y cuando parece que todo alcanzó un equilibrio, ocurre una perturbación y comienza otro ciclo.»

Comprender esa lógica modificó también la forma en que el estudio concibe cada proyecto. Las especies dejan de elegirse de manera aislada y comienzan a pensarse como integrantes de una comunidad. Lo importante ya no es la presencia de una planta en particular, sino las interacciones que será capaz de generar con el tiempo. El diseño deja entonces de perseguir una imagen definitiva y se concentra en favorecer dinámicas que permitan al lugar continuar transformándose mucho después de terminada la intervención.

«Una comunidad vegetal vendría siendo una sucesión ecológica condensada. Incorporamos distintas especies para que comiencen a generar las condiciones que permitirán la llegada de muchas otras formas de vida.»

Con el paso de los años, Paula comenzó a reconocer esa misma lógica fuera del paisaje. No fue una reflexión buscada ni una metáfora construida para explicar su trabajo. Surgió lentamente, a fuerza de recorrer los mismos lugares y observar cómo cada transformación preparaba la siguiente. Las perturbaciones dejaban de entenderse únicamente como una ruptura; también abrían la posibilidad de nuevos equilibrios. Esa manera de mirar terminó desplazándose, casi sin advertirlo, hacia otros ámbitos de la vida.

«Me he dado cuenta de que todos cumplimos una función. Incluso aquello que parece inmóvil o inerte. En la sucesión ecológica siempre aparecen perturbaciones. Puede ser un incendio, puede ser una inundación. Entonces el sistema se reorganiza y comienza un nuevo ciclo. Después entendí que eso ocurre también en las familias, en los grupos de trabajo, en todos los sistemas donde colaboran distintos integrantes.»

Hay aprendizajes que no caben en una definición ni pueden transmitirse únicamente desde la teoría. Exigen volver al mismo lugar una y otra vez, atravesar las estaciones, reconocer cambios casi imperceptibles y aceptar que algunos procesos sólo revelan su sentido cuando han transcurrido varios años. Es una forma de conocimiento que se construye desde la experiencia y que termina modificando, con la misma lentitud, la manera en que se observa el mundo.

«Hay conocimientos que uno puede comprender intelectualmente, pero otros necesitan ser experimentados. Ver una planta crecer, florecer, atraer insectos, producir semillas y después descubrir su descendencia entrega una comprensión de la continuidad de la vida que no pasa por la razón. Es algo que se impregna en el cuerpo y en la memoria.»

Mientras recuerda esos aprendizajes, Paula sonríe al hablar de la chépica, una planta que durante años intentó controlar en algunos jardines. Con el tiempo dejó de verla como un problema para empezar a preguntarse por el papel que desempeñaba dentro de ese ecosistema. La respuesta nunca estuvo en la especie por sí sola, sino en las relaciones que a partir de ella- una planta pionera que prepara el suelo- se pueden sostener.

Quizás esa sea una de las transformaciones más profundas que ha dejado el trabajo de Estudio Siete Colores. Antes de decidir qué modificar, intentan comprender qué está ocurriendo. Antes de intervenir, permanecen el tiempo suficiente para que el lugar comience a revelar su propia lógica. Sólo entonces aparece el proyecto, no como una respuesta impuesta, sino como una forma de acompañar procesos que ya estaban sucediendo mucho antes de su llegada.

Permanecer

Si algo ha cambiado con los años en la manera de trabajar de Estudio Siete Colores, no ha sido únicamente la elección de especies o la forma de proyectar un jardín. También se ha transformado la relación que Paula e Ignacio establecen con quienes habitarán esos espacios. Comprendieron que restaurar un paisaje no consiste sólo en recuperar procesos ecológicos; también implica reconocer las memorias, los afectos y las historias que cada lugar conserva.

Paula recuerda que durante mucho tiempo defendió una mirada mucho más estricta respecto de la flora nativa. Con los años esa convicción no desapareció, pero se volvió más compleja. Antes de decidir qué especie debía permanecer o ser reemplazada, comenzó a preguntarse qué significado tenía para quienes convivían con ella. Un limonero plantado por un abuelo, una rosa que ha acompañado a una familia durante décadas o un árbol asociado a una celebración también construyen pertenencia. Y ese vínculo, entiende hoy, puede ser el punto de partida para que una persona vuelva a interesarse por todo lo que ocurre a su alrededor.

«Antes era mucho más radical con las plantas nativas. Hoy entiendo que también existen otras especies que generan beneficios distintos. Un frutal, una aromática o una planta cargada de recuerdos pueden transformarse en el primer puente entre una persona y su jardín. Desde ahí comienza una relación que después puede crecer.»
Con el tiempo, esa comprensión también transformó la manera en que ambos acompañan a quienes llegan buscando un proyecto. Ya no se trata únicamente de restaurar un ecosistema, sino de reconstruir una relación

Ignacio ha llegado a una conclusión semejante desde otra experiencia. Gran parte de lo que hoy sabe sobre los suelos, las plantas o las comunidades vegetales no proviene de respuestas inmediatas, sino de haber permanecido el tiempo suficiente junto a un mismo lugar. Hay cambios que sólo aparecen después de varias estaciones y relaciones que se revelan cuando la expectativa de obtener resultados deja espacio a la observación. Esa paciencia, dice, termina siendo una forma de conocimiento.

La conversación vuelve entonces a una idea que había aparecido desde el comienzo del reportaje: algunos aprendizajes no pueden separarse de la experiencia. No basta con comprender un proceso desde la teoría. Es necesario recorrerlo, equivocarse, regresar, descubrir una floración inesperada o advertir que un ave volvió porque, mucho antes, el suelo comenzó a recuperar las condiciones que necesitaba.

Hacia el final de la conversación, Paula recuerda una imagen que vuelve con frecuencia. Una abeja duerme sobre una flor. No está buscando néctar ni polinizando. Descansa. La escena dura apenas unos segundos, pero basta para recordar que la mayor parte de la vida transcurre sin reclamar nuestra atención y que, aun así, sostiene silenciosamente el equilibrio del que también formamos parte.

«Me gustaría que Siete Colores pudiera acercar a las personas a todo eso que está ocurriendo y que muchas veces pasa desapercibido. Cuando observamos una abeja durmiendo sobre una flor, o un lagarto que hace toda su vida asociado a una planta, comenzamos a comprender que existe algo mayor que nosotros y que también pertenecemos a esa trama.»

Después de varias horas de conversación resulta difícil seguir entendiendo el paisajismo como un ejercicio de composición. Paula e Ignacio hablan de microorganismos, de quebradas, de insectos, de árboles y de personas como si todos participaran de una misma conversación, donde cada elemento modifica al otro y ninguno existe de manera aislada. Su trabajo consiste en intervenir con la delicadeza suficiente para que esas relaciones puedan recomponerse y seguir desarrollándose cuando ellos ya no estén.

Quizás por eso rehúyen la idea de controlar el paisaje. Prefieren acompañar procesos, favorecer encuentros y aceptar que el tiempo hará una parte del trabajo que ningún proyecto puede prever. Hay una confianza profunda en esa forma de ejercer el oficio: la convicción de que la inteligencia de un lugar siempre será mayor que la de quien intenta transformarlo.

Al comienzo de esta historia, un lagarto encontraba refugio entre las espinas de una chupalla. Al terminar la conversación, esa escena ya no parece un episodio aislado. Se convierte en la expresión más sencilla de una forma de mirar que entiende el paisaje como una trama de relaciones en permanente transformación. Quizás ésa sea la mayor enseñanza que deja Estudio Siete Colores. No una manera distinta de diseñar jardines, sino la disposición a permanecer el tiempo suficiente para descubrir que la vida, casi siempre, ya estaba ocurriendo antes de que llegáramos.

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