Cada proyecto suma una pregunta, una solución, un error y una nueva manera de mirar. En ese aprendizaje acumulativo, René Leiva ha construido una práctica que enlaza diseño, construcción y experiencia de habitar, sin convertir el oficio en una fórmula.
El primer proyecto que René Leiva recuerda como una experiencia verdaderamente profesional no fue una casa ni una obra de gran escala. Era un pequeño local para una tostaduría en un centro comercial. El equipo diseñó varios elementos especiales, entre ellos unas lámparas de mimbre de gran formato. Después, a René le correspondió construirlo.
Ese paso, del plano a la obra, alteró su manera de entender el oficio. Por primera vez tenía delante algo que él mismo había dibujado y debía responder preguntas pendientes: cómo unir una pieza, qué material resistía mejor, cuánto pesaba, cuánto costaba o qué hacer cuando la realidad se comportaba de otra manera.
“Lo pasé muy bien construyéndolo y aprendí muchísimo. Probablemente en ese mes aprendí cosas que la universidad simplemente no podía entregarme, porque son conocimientos que aparecen cuando uno se enfrenta físicamente a los materiales y a los problemas”.
La experiencia le mostró que diseño y construcción debían permanecer cerca. Desde entonces, conocer cómo se hacen las cosas es una herramienta para proyectar mejor; la obra no es la etapa donde una idea se ejecuta sin cambios, sino un lugar donde el proyecto continúa pensando.

Imaginar, dar forma, resolver
Mucho antes de encontrar palabras para esa convicción, tres imágenes de infancia reunían ya sus componentes. La primera provenía de Los Supersónicos: aquellas formas del futuro le insinuaron que el mundo cotidiano podía imaginarse de otra manera. La segunda estaba en el comedor de una prima que estudiaba arquitectura, cubierto de cartones y maquetas. Allí comprobó que una idea podía adquirir volumen con materiales sencillos.
La tercera imagen era su padre. Sin formación vinculada al diseño o a la construcción, era un hombre autodidacta a quien René veía arreglar, inventar, transformar espacios y buscar soluciones cada vez que aparecía un problema. “Mirándolo ahora, creo que esas cosas se terminaron mezclando bastante en mí: la curiosidad por imaginar algo diferente, la posibilidad de darle forma y después la necesidad de descubrir cómo construirlo”.
Durante la adolescencia, esa mezcla comenzó a convertirse en una decisión. René sabía que quería dedicarse a algo creativo; incluso consideró el teatro. Pensaba la arquitectura en términos elementales: casas, edificios, espacios. Hoy habla de una profesión que también exige entender a las personas y el territorio, trabajar con presupuestos, materiales, normativas y restricciones que no la rodean desde fuera: la constituyen.
En la Universidad Mayor encontró en Taller el lugar más natural para esa inquietud. Le gustaba dibujar y, especialmente, construir maquetas. Se interesó por la experimentación formal de Zaha Hadid, en la que ahora reconoce una prolongación de su fascinación infantil por el futuro. Hacia el final de la carrera, sin embargo, necesitaba saber cómo se sostenían realmente las cosas.
“Quería conocer los materiales, las uniones, cómo se sostenía una estructura, por qué una solución funcionaba y otra no. Y entendí que había una parte de ese conocimiento que solamente podía adquirir enfrentándome directamente a la obra”.
No se trataba de sumar información técnica a una idea previamente resuelta. Comprender la construcción comenzaba a cambiar la idea desde su origen.

La identidad no está en repetir una forma
René se tituló en 2009 y trabaja de manera independiente desde 2010. Su oficina reúne viviendas, refugios y proyectos comerciales de distintas escalas. Tiene preferencias reconocibles: la madera, las estructuras que recuerdan a los graneros, las diagonales, las entradas de luz y la mezcla de materialidades rústicas e industriales. Pero las entiende como intereses, no como un repertorio que deba imponerse a cada encargo.
“Me cuesta definir el ADN de la oficina desde una estética determinada, porque tampoco me interesa que todos nuestros proyectos se vean iguales”, explica. “Creo que lo que realmente define nuestra arquitectura está más en la manera de trabajar que en una estética”.
Esa manera de trabajar se organiza como un intercambio continuo entre diseño y construcción. René proyecta sabiendo que aquello deberá hacerse, sin tratar la obra como una traducción literal. Allí surgen errores, ajustes y soluciones que amplían su conocimiento; luego, ese aprendizaje reaparece en el proyecto siguiente. La identidad de la oficina no estaría en una apariencia constante, sino en la continuidad del proceso.
También se resiste a convertir la experiencia en una fórmula. Cada proyecto debe pertenecer a quienes lo habitarán y al lugar donde será construido. Prefiere que su identidad aparezca después de comprender esas condiciones, no como una decisión tomada antes de escucharlas.

El encargo empieza en una conversación
Antes de dibujar una planta, René necesita que el cliente le cuente cómo vive. Dice que casi debe convertirse en una persona de confianza: necesita conocer la familia, sus rutinas, cómo recibe a sus amigos, qué espera de la casa y qué cambios imagina para los años siguientes. No busca una lista de recintos, sino información que pocas veces cabe en un programa convencional.
“Mientras más información tenga, más herramientas tengo para diseñar algo que realmente les pertenezca”.
Su atención a los habitantes es información de proyecto: una expectativa futura puede modificar la vivienda; una costumbre diaria puede definir proximidades, recorridos y aperturas.
Después viene el lugar: las vistas, el recorrido del sol, los vientos, la vegetación, el clima y, cuando corresponde, la flora y la fauna. Se suman las posibilidades efectivas de construir: presupuesto, materiales, accesos y factibilidad. La arquitectura aparece al hacer convivir esas condiciones con la mirada del arquitecto.
Los encargos difíciles suelen atraerlo. Un terreno remoto, un acceso complejo o un recurso limitado obligan a establecer prioridades y pueden darle al proyecto una precisión que la libertad absoluta no garantiza. Muchas veces, el problema es la pieza que permite encontrar la respuesta.

Un sistema convertido en laboratorio
El trabajo con contenedores nació dentro de esa lógica y ocupa un capítulo de su trayectoria, no su totalidad. René tenía un terreno en Curanipe, a unas cinco horas de Santiago, y quería construir allí un refugio mientras trabajaba en la capital. Disponía de dos contenedores usados como instalaciones de faena. Reutilizarlos permitía, sobre todo, enfrentar la distancia.
El refugio avanzó cerca de un ochenta por ciento en su taller en Santiago antes de transportar los módulos y terminar la obra en el terreno. Luego aparecieron otros encargos y una investigación técnica: aislación, condensación, corrosión, refuerzos y comportamiento estructural al cortar una caja concebida para otro propósito. También hubo que estudiar si podía ingresar un camión, operar una grúa y hasta qué punto convenía prefabricar.
El valor de esa exploración excede al objeto que la originó. “No creo que una limitación necesariamente perjudique la arquitectura. Muchas veces ocurre lo contrario: cuando tienes un presupuesto acotado, una dimensión que no puedes modificar, un acceso difícil o una estructura existente, tienes que encontrar una solución que probablemente no habría aparecido si hubieras tenido libertad absoluta”.
René describe el contenedor como un laboratorio: le permitió probar, equivocarse y trasladar lo aprendido. Es la misma lógica que atraviesa el resto de su práctica. Incluso un elemento repetible deja de ser genérico cuando se encuentra con una orientación, una vegetación, un clima y una persona determinada. El sistema no entrega la respuesta; ofrece reglas que el proyecto debe interpretar.



Habitar también forma parte del proceso
Cuando busca un momento decisivo en su trayectoria, René evita atribuirlo todo a una obra. Su arquitectura ha cambiado por acumulación. Cada encargo suma habitantes, medidas, recursos, materiales y errores; las herramientas que deja una experiencia se mezclan con las preguntas de la siguiente.
Algunas de sus primeras obras fueron personales o para personas cercanas. Eso le permitió regresar una vez terminadas y habitarlas. Aparecen entonces datos que ni el plano ni la obra anticipaban por completo: la luz durante un día real, el envejecimiento de un material, los usos previstos y los inesperados. Algunas decisiones confirman su sentido; otras hoy las resolvería de otro modo.


“Para mí existe un proceso bastante continuo: diseñar, construir, habitar, aprender y volver a diseñar. Cada obra va dejando algo y ese conocimiento inevitablemente aparece en la siguiente”.
La secuencia resume una práctica en la que terminar un proyecto no significa cerrarlo. El tiempo de uso devuelve información y el arquitecto acepta que esa información puede discutir sus propias decisiones.
Por eso su interés en la construcción no responde únicamente al control. Involucrarse significa permanecer lo bastante cerca para reconocer cuándo la materia, el oficio, el presupuesto o la vida cotidiana están mostrando algo que el dibujo aún no sabía.









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