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AOG: simplicidad, practicidad y eficiencia

Sep 8, 2026 | Arquitectura | 0 Comentarios

Desde Pichilemu, Agustín Orellana ha construido una práctica donde diseño, gestión y construcción forman parte de un mismo proceso. Su aproximación, marcada por una formación más técnica que artística y por años de vínculo con la costa, busca resolver con sencillez, eficiencia y buen gusto, mientras AOG comienza a mirar proyectos de mayor escala para acompañar el crecimiento de un territorio que conoce desde hace dos décadas.

En Pichilemu, el viento no es una condición que pueda resolverse después. Tampoco lo son la orientación, la luz que cambia durante el día o la necesidad de encontrar un lugar donde sentarse afuera y disfrutarlo sin quedar expuesto al frío.

Para Agustín Orellana, esa manera de leer el territorio comenzó mucho antes de estudiar arquitectura. Llegó a Pichilemu a través del surf, recorriendo durante años la costa y aprendiendo a reconocer sus vientos, su geografía y sus distintas condiciones desde la experiencia cotidiana. Con el tiempo, esa familiaridad se transformó en una herramienta de proyecto.

Hoy, desde AOG Arquitectura y Construcción, esa lectura del lugar se traduce en una manera concreta de trabajar: observar primero, entender después y dibujar pensando, desde la primera línea, en cómo aquello podrá construirse.

Es una aproximación que también define su propia trayectoria. Agustín reconoce que desde temprano su relación con la arquitectura estuvo más cerca de lo práctico, lo funcional y lo constructivo que de lo puramente escultórico. No significa dejar de lado la dimensión estética, sino entenderla como parte de un conjunto mayor: una arquitectura que debe funcionar, responder al lugar, ajustarse a un presupuesto y ser posible de construir.

“Siempre supe que yo era un perfil un poco distinto al perfil típico del arquitecto”, cuenta.

Entender

Desde niño, Agustín tenía una inclinación natural por entender cómo funcionan las cosas. Según lo describe su señora, era “manitas”: arreglaba enchufes, desarmaba radios y televisores, intervenía electrodomésticos y, más adelante, desarmaba bicicletas para cambiar piezas y volverlas a armar.

Esa curiosidad por lo tangible terminaría siendo una parte importante de su manera de hacer arquitectura.

La decisión de estudiar la carrera apareció durante la enseñanza media. Junto a un amigo comenzó a hacer maquetas y a mirar de otra manera las casas que visitaban: sus distribuciones, texturas, colores e iluminación. En primero medio ya sabía que quería estudiar arquitectura.

Durante los últimos años de colegio, sin embargo, apareció otra posibilidad. Sus buenas aptitudes para las matemáticas y la física hicieron que Ingeniería Civil pareciera una alternativa atractiva, especialmente considerando las perspectivas económicas de la profesión. Finalmente optó por seguir aquello que siempre había querido y confiar en su intuición.

Estudió Arquitectura en la Universidad del Desarrollo de Santiago. Allí descubrió que la carrera tenía una dimensión artística mucho más importante de lo que había imaginado. Mientras los talleres vinculados al desarrollo formal de los proyectos representaban un desafío, la geometría descriptiva y las asignaturas de carácter técnico aparecían como un terreno natural.

Más que convertirse en una limitación, esa diferencia terminó ayudando a definir su propia aproximación.

Su interés estaba en entender cómo las cosas podían funcionar y cómo podían construirse. Lo práctico y lo funcional adquirieron un peso mayor que lo escultórico, sin que eso significara renunciar a la búsqueda estética. La forma, en su arquitectura, encuentra valor cuando responde a una necesidad, a una condición del lugar o a una manera determinada de habitar.

Esa mirada se volvería especialmente relevante al enfrentarse al mundo profesional, donde las ideas deben convivir con presupuestos, plazos, normativa, materiales y condiciones reales de construcción.

La obra como escuela

Después de titularse, su primera experiencia profesional fue en una empresa de cálculo estructural. Luego llegó a Marambio – San Martín – Gumucio Arquitectos, donde trabajó en proyectos de vivienda con subsidio.

Allí encontró un tipo de problema que se acomodaba especialmente bien a su forma de pensar: diseñar viviendas prácticas y económicas, capaces de responder simultáneamente a exigencias de calidad, clima, geografía y presupuesto.

Fue también el momento en que comenzó a descubrir con mayor claridad dónde estaba su lugar dentro de la profesión.

“Ahí encontré la arquitectura como siempre la había entendido; me relajé y empecé a disfrutar la profesión”, recuerda.

Más que abandonar la dimensión artística, aquella experiencia permitió que el diseño encontrara un propósito concreto. La arquitectura dejó de ser únicamente un ejercicio formal y comenzó a aparecer como una herramienta para resolver problemas reales de habitabilidad y calidad de vida.

Más tarde comenzó a trabajar con Sergio Andreu, con quien mantiene una relación profesional hasta hoy. De esa experiencia destaca especialmente la rigurosidad de los detalles constructivos y la importancia de entregar información completa para que una obra pueda desarrollarse correctamente.

Ese aprendizaje está directamente relacionado con la manera en que funciona AOG.

Para Agustín, diseño y construcción no son etapas separadas. Una no debería esperar a que termine la otra. La pregunta sobre cómo se construirá un proyecto debe estar presente desde que aparece la primera idea.

Desde Pichilemu, AOG ha ido construyendo así una práctica donde diseño, gestión y construcción forman parte de un mismo proceso. Una arquitectura que busca resolver con sencillez, eficiencia y buen gusto, y que hoy comienza a ampliar su mirada hacia proyectos de mayor escala.

Construir para comprobar

AOG nació de una necesidad concreta, pero rápidamente se transformó en una oportunidad.

Durante la pandemia, la oficina donde Agustín trabajaba redujo sus proyectos y él quedó sin trabajo. Se trasladó a Pichilemu, un lugar al que ya llevaba años llegando por su relación con el surf, mientras buscaba nuevas posibilidades. Poco después retomó el trabajo con Sergio Andreu y comenzaron a aparecer, al mismo tiempo, proyectos propios en la costa.

La independencia llegó antes de lo previsto.

“Yo sabía que eventualmente iba a querer ser independiente. Quizás se me adelantó un poco; por eso me gusta seguir trabajando con otros arquitectos: me mantiene en constante aprendizaje y crecimiento”, explica.

Uno de los primeros proyectos fue una casa en la costa de Pichilemu, inicialmente concebida como un refugio para una pareja. Con la llegada de su primer hijo, el proyecto evolucionó hasta transformarse en una vivienda familiar de 150 metros cuadrados.

Fue una experiencia significativa porque mostró algo que se convertiría en una constante en AOG: los proyectos deben tener la capacidad de adaptarse a la vida real.

Más adelante llegó La Pancora Lodge, un proyecto que llevó esa lógica un paso más allá y en el que AOG asumió por primera vez la gestión completa.

La gestión ocupa hoy un lugar central en la propuesta de la oficina. Agustín entiende que construir una casa representa para muchas personas uno de los proyectos más importantes que emprenderán y, al mismo tiempo, un proceso que puede estar cargado de incertidumbre: adicionales, plazos, coordinación entre especialidades y decisiones que deben tomarse durante la obra.

Por eso AOG reúne tres dimensiones que normalmente pueden aparecer separadas: gestión, arquitectura y construcción.

“Es importante para nosotros gestionar el proyecto, diseñarlo y construirlo”, explica.

La propuesta no consiste simplemente en ofrecer más servicios. Se trata de asumir una mayor responsabilidad sobre el proceso completo y, con ello, reducir la incertidumbre para el cliente.

El objetivo es minimizar los riesgos sin convertir la arquitectura en un producto estandarizado.

Simplicidad, practicidad y eficiencia

Si hubiera que resumir el ADN de AOG en una frase, Agustín no necesita demasiadas palabras:

“Simplicidad, practicidad y eficiencia con buen gusto”.

La descripción habla de un minimalismo contemporáneo con ciertos elementos rústicos, asociado también a la manera de construir en la costa. Pero más importante que definir un estilo es entender la lógica que existe detrás.

AOG no busca complejizar los proyectos para hacerlos reconocibles. La arquitectura puede ser sencilla y, al mismo tiempo, estar cuidadosamente pensada.

Buenos recintos. Distribuciones claras. Materialidades adecuadas. Terminaciones cuidadas. Espacios que funcionen.

“Líneas simples con buen programa, espacios bien distribuidos, que funcionen”, dice.

En esa frase existe buena parte de la filosofía de la oficina. La sencillez no es una falta de ambición formal, sino una decisión. Se trata de eliminar lo innecesario para concentrar los recursos donde realmente importan.

Por eso el proyecto comienza antes del dibujo.

La primera conversación es con el cliente. Agustín entiende que muchas veces las personas saben cómo quieren vivir, pero no necesariamente saben traducirlo en metros cuadrados, distribución, orientación o presupuesto.

Allí aparece otro aspecto de su trabajo: escuchar y ayudar a tomar decisiones.

“Uno a veces también pasa a ser una suerte de consejero, ayudando al cliente a tomar decisiones”, dice.

Entender cómo vive una familia, qué necesita y qué puede realmente costear permite distinguir entre aquello que se pide inicialmente y aquello que efectivamente se necesita.

Después aparecen el terreno, la normativa, el emplazamiento, la orientación, el programa y el presupuesto.

Todos esos factores participan simultáneamente en el proyecto.

AOG trabaja con las distintas especialidades y materialidades de manera paralela, buscando que la solución espacial sea también una solución constructiva.

“Desde la primera línea estamos pensando en cómo se va a construir esto”, explica.

El desafío está en encontrar materiales de buena calidad y valor estético, pero que sean costeables, junto con decisiones constructivas sencillas de ejecutar.

La arquitectura, en este sentido, no termina en el dibujo.

Se comprueba en la obra..

Aprender la costa

Pichilemu ocupa un lugar particular en esta historia porque no llegó después de la arquitectura: estaba antes.

Agustín lleva alrededor de veinte años vinculado al lugar, principalmente a través del surf. Durante ese tiempo fue conociendo una geografía que posteriormente comenzó a mirar con otros ojos.

El viento sur, frío e intenso. El viento norte asociado a la lluvia. Las vistas orientadas hacia el poniente. La manera en que cambia la luz natural durante el día.

Son condiciones que no pueden quedar al margen de un proyecto.

“Se me da de manera natural”, dice al hablar de esa lectura del territorio.

La experiencia acumulada se convierte así en decisiones concretas: aprovechar la luz, protegerse del viento y crear espacios exteriores donde realmente pueda disfrutarse la naturaleza y el entorno.

Pero el vínculo con Pichilemu no se limita a las condiciones climáticas.

También existe una dimensión material y local.

AOG compra sus maderas en barracas de la zona y procura trabajar con proveedores y personas del lugar. La razón inicial es práctica: Pichilemu está apartado y trasladar materiales implica costos. Pero con el tiempo esa relación se ha transformado en algo más profundo.

“Hay una pasión por el lugar que se ha ido desarrollando con el tiempo”, cuenta.

Esa relación adquiere especial relevancia en un territorio que está cambiando.

Pichilemu ha experimentado un crecimiento poblacional importante y la llegada de nuevos proyectos está modificando progresivamente su escala. Cada intervención empieza, por lo tanto, a tener una presencia diferente.

En Punta de Lobos, plantea Agustín, incluso una obra pequeña puede generar un gran impacto sobre el entorno.

La Pancora Lodge fue, en ese sentido, un punto de inflexión. El proyecto puso a prueba la metodología de gestión y construcción de AOG, pero también enfrentó a la oficina a una normativa más compleja y a una escala con mayor incidencia territorial.

Crecer con el lugar

Hay dos proyectos que Agustín reconoce como especialmente importantes dentro de la trayectoria de AOG.

El primero es aquella casa de Pichilemu que comenzó como un pequeño refugio y terminó convirtiéndose en una vivienda familiar.

Fue la primera obra diseñada por ellos que se construyó desde cero y una oportunidad temprana para acercarse directamente a la construcción.

El segundo es La Pancora Lodge, porque permitió llevar la metodología de AOG a un proceso completo.

Su construcción fue planificada en dos etapas, de manera que pudiera crecer sin demoliciones ni costos innecesarios.

La decisión resume una forma de pensar: proyectar para resolver el presente, pero también anticipar las necesidades futuras.

Las remodelaciones también han formado parte del camino, aunque actualmente ocupan un lugar menor dentro de la oficina. Agustín reconoce el interés que existe en trabajar con algo que ya está construido y encontrar nuevas posibilidades a partir de lo existente.

Pero cuando puede elegir, prefiere comenzar desde cero.

Allí encuentra mayor libertad para pensar el proyecto desde el principio y hacer que las decisiones de diseño, construcción y presupuesto formen parte de una misma estrategia.

Ahora AOG está entrando en una nueva etapa.

El objetivo no es competir por volumen ni perseguir cada encargo residencial disponible. Los proyectos de vivienda seguirán llegando, especialmente a través de recomendaciones, pero la oficina comienza a abrirse hacia otras posibilidades.

El siguiente paso está relacionado con proyectos de mayor complejidad y escala, especialmente en Pichilemu.

Eso implica aprender un nuevo lenguaje: el de los fondos de inversión, las estructuras de financiamiento y las herramientas necesarias para desarrollar iniciativas mayores.

Es un terreno nuevo, pero la inquietud ya estaba presente en La Pancora Lodge: entender que la arquitectura también puede participar en la manera en que un territorio crece.

Agustín no pretende convertir esa inquietud en un discurso político.

“Lo político, la verdad, no es lo mío”, dice.

Su manera de intervenir es otra.

Pensar proyectos concretos. Ubicarlos en terrenos estratégicos. Aportar servicios. Activar zonas. Generar nuevas posibilidades. Ayudar a ordenar el crecimiento desde la propia arquitectura.

Es una mirada que vuelve, finalmente, al mismo punto de partida.

Observar las condiciones reales. Entender a las personas. Conocer el lugar. Calcular lo que se puede hacer. Y construirlo bien.

Una manera de trabajar que encontró su lugar cuando el diseño dejó de ser una abstracción y comenzó a enfrentarse con presupuestos, materiales, viento, normativa, clientes y obra.

En Pichilemu, donde lleva años aprendiendo a leer el viento antes de que una casa exista, esa manera de hacer ha encontrado también un territorio propio.

Y ahora que ese territorio cambia, AOG quiere crecer con él.

No desde grandes declaraciones, sino desde aquello que mejor conoce: proyectos concretos, construibles, funcionales y pensados para durar.

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